SANTO DOMINGO, que pasó a la historia como Domingo de Guzmán, nació en la población castellana de Caleruega, actualmente perteneciente a la provincia de Burgos. Nació en Caleruega alrededor del 1172-74, en el seno de una familia profundamente creyente.
Sus padres, don Félix de Guzmán y doña Juana de Aza, parientes de reyes castellanos y de León, descendían de los condes-fundadores de Castilla.
Cuando nació Domingo, en el siglo XII (hacia 1174), Caleruega era de la diócesis de Osma, actualmente es de la de Burgos.
Monasterio de Santo Domingo de Guzmán en Caleruega, Burgos.
Formación y Vocación
Desde niño sus padres le dieron una buena formación religiosa, enviándole a estudiar a Gumiel de Izán con un hermano de la beata Juana, que era arcipreste. Durante siete años fue educado por su tío Arcipreste, don Gonzalo de Aza, hasta los catorce años en que fue a vivir a Palencia a estudiar las artes de la época (Humanidades superiores y Filosofía), así como Teología.
Más tarde, para ampliar su formación, le enviaron al Estudio General de Palencia. Allí también fue profesor del Estudio General de Palencia. Allí estudió artes liberales y a continuación se entregó durante cuatro años al estudió teología. Estudiaba con tal avidez y constancia que pasaba casi las noches sin dormir.
Al terminar la carrera de Artes en 1190, recibida la tonsura, se hizo Canónigo Regular en la Catedral de Osma.
Allí, durante una hambruna que se cobró la vida de muchos conciudadanos, el futuro santo vendió sus libros para dar de comer a los pobres, con lo que ya empezaba a destacar por su santidad el joven Domingo.
8 de agosto: Santo Domingo de Guzmán: El Predicador de la Verdad y Fundador de los Dominicos
Como estudiante en Palencia, llegó a apreciar la inseparabilidad de la fe y la caridad, la verdad y el amor, la integridad y la compasión. Como nos cuenta el beato Jordán de Sajonia, conmovido por el gran número de personas que sufrían y morían durante una grave hambruna, Domingo vendió sus preciosos libros y, con una bondad ejemplar, estableció un centro de limosnas donde los pobres podían ser alimentados (Libellus, 10).
De este período hay una anécdota que deja traslucir al vivo el espíritu de Domingo. Se cuenta que mientras estudiaba en Palencia se desencadenó en casi toda España una gran hambre. Entonces Domingo, “conmovido por la indigencia de los pobres y ardiendo en compasión hacia ellos, resolvió con un solo acto, obedecer los consejos del Señor, y reparar en cuanto podía la miseria de los pobres que morían de hambre” (p. 86-87).
Un puesto principal en todos estos lugares por los que él pasó lo ocupó la Sagrada Escritura: a ella se acercó Domingo en el coro del templo y en el pupitre de su habitación, en la oración y en el estudio, con el corazón y la cabeza.
Encuentro con la Herejía Cátara
En 1205, por encargo del Rey Alfonso VIII de Castilla, acompaña al Obispo de Osma, Diego, como embajador extraordinario para concertar en la corte danesa las bodas del príncipe Fernando. Con este motivo, tuvo que hacer nuevos viajes, y en sus idas y venidas a través de Francia, conoció los estragos que en las almas producía la herejía albigense.
Llegado un momento concreto (1204-1205), hubo un hito clave en su vida, que fueron los dos viajes que realizó con su obispo, Diego de Acebes, al norte de Europa, en calidad de legados diplomáticos del rey de Castilla, Alfonso VIII, y en el contexto de los cuales pasaron por Occitania (al norte de los Pirineos). Allí tomó contacto con un grave problema que azotaba al Mediodía de la actual Francia: la herejía cátara.
En el fondo de esta herejía, cuyos contenidos y matices no siempre eran sencillos de clasificar, latía un esquema maniqueo, según el cual lo terreno es creación diabólica, en oposición a lo espiritual, creación divina. La respuesta de la Iglesia no era fácil: a la vida poco ejemplar de muchos ministros se unía su deficiente formación teológica; también entraban en juego intereses de orden temporal que a veces favorecían la propagación de la herejía en detrimento de la verdadera fe.
Había, pues, una serie de carencias de orden coyuntural, que sin embargo ponían fácil al error su éxito. A raíz de aquella experiencia no volvió a Osma, sino que se instaló en la zona, y siendo el primero en vivir el ideal al que aspiraba, se dedicó de lleno a la predicación por los pueblos y aldeas del lugar.
Santo Domingo predicando.
De acuerdo con el Papa Inocencio III, en 1206, al terminar las embajadas, se estableció en el Langüedoc como predicador de la verdad entre los cátaros. Para remediar los males que la ignorancia religiosa producía en la sociedad, en 1215 establece en Tolosa la primera casa de su Orden de Predicadores, cedida a Domingo por Pedro Sella, quien con Tomás de Tolosa se asocia a su obra.
Fundación de la Orden de Predicadores
Inspirado por el Espíritu y para enfrentar este problema, Domingo establece en Tolosa la primera comunidad de su Orden de Predicadores en 1215, en una casa cedida por Pedro Seila, quien con Tomás de Tolosa se asocia a su obra.
En 1215, Domingo, después de años predicando y conociendo de primera mano la situación, se instaló de modo más oficial en Toulouse, la ciudad principal de la zona. Entre esa fecha y 1220 una serie de bulas y acontecimientos propiciaron la fundación y primera expansión de la Orden.
En 1215 asiste al Concilio de Letrán donde solicita la aprobación de su Orden. Al año siguiente retorna a Francia y en el mes de Agosto dispersa a sus frailes, enviando cuatro a España y tres a París, decidiendo marchar él a Roma.
Los frailes de la Orden de Predicadores deberán vivir pobremente, e incluso mendigar su pan, no poseerán más que su convento, e irán de dos en dos sin dinero, llevando lo estrictamente necesario para el viaje. Los frailes de la Orden son frailes predicadores. Su misión es predicar el Evangelio allá donde vayan, a fin de ganar almas para Cristo.
Hasta el momento, la predicación era facultad exclusiva de los obispos, y a menudo ésta había quedado reducida a la explicación del padre nuestro, avemaría y credo. Para cumplir la misión recibida, los frailes deberán contemplar a Cristo y su Palabra en la oración y en el estudio.
Estos tres elementos favorecerán su rápida expansión, ya que su modelo de vida ejemplar suscitó en muchos varones de aquella hora el deseo de imitarles; a su vez, la Orden de Predicadores va a entrar de lleno en el mundo de la cultura, que en aquel momento asiste al nacimiento y extensión de las universidades.
La presencia de los dominicos en ciudades como París y Bolonia (donde surgen los dos primeros Estudios Generales, como se llamaban entonces las universidades) propiciará que muchos alumnos y profesores tomen el hábito blanquinegro, a la vez que abrirá un nuevo frente de evangelización a los predicadores: los ámbitos intelectuales de la Cristiandad.
Gran servicio a la Iglesia prestarán miembros tan insignes como san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino, o en España san Raimundo de Peñafort y san Vicente Ferrer, entre una larga lista que llega hasta nuestros días.
Últimos Años y Muerte
En la Fiesta de Pentecostés de 1220 asiste al primer Capítulo General de la Orden, celebrado en Bolonia. En él se redactan la segunda parte de las Constituciones. Con su Orden perfectamente estructurada y más de sesenta comunidades en funcionamiento, agotado físicamente, tras breve enfermedad, murió el 6 de agosto de 1221, a los cincuenta y un años de edad, en el convento de Bolonia, donde sus restos permanecen sepultados.
Santo Domingo de Guzmán fue un hombre emprendedor, predicador infatigable, fundador y organizador de la Orden de Predicadores. Fue un hombre sencillo con una profunda vida interior, de gran ecuanimidad y compasivo, dejó un testamento de paz fruto de la pasión de su vida: vivir con Cristo y aprender de Él la vida apostólica.
Domingo de Guzmán dejó un testamento de paz, como herederos de lo que fue la pasión de su vida: vivir con Cristo y aprender de Él la vida apostólica.
Santo Domingo de Guzmán.
Legado
Santo Domingo vivió una época de cambios, con numerosos desafíos a los que intentó dar respuesta. Santo Domingo de Guzmán fue un hombre emprendedor, predicador infatigable, fundador y organizador de la Orden de Predicadores.
El celo de santo Domingo por el Evangelio y su deseo de una vida genuinamente apostólica lo llevaron a destacar la importancia de la vida en común. Nuevamente, el beato Jordán de Sajonia nos dice que, al fundar su Orden, Domingo eligió significativamente “ser llamado, no subprior, sino hermano Domingo” (Libellus, 21).
Este ideal de fraternidad debía encontrar su expresión en una forma inclusiva de gobierno, en la que todos participaban en el proceso de discernimiento y toma de decisiones de acuerdo con sus respectivos roles y autoridad, a través del sistema de capítulos a todos los niveles. Este proceso “sinodal” permitió a la Orden adaptar su vida y su misión a los cambiantes contextos históricos, manteniendo la comunión fraterna.
Junto con san Francisco de Asís, Domingo comprendió que la proclamación del Evangelio, verbis et exemplo, implicaba la edificación de toda la comunidad eclesial en la unidad fraterna y el discipulado misionero.
El carisma dominicano de la predicación se desbordó pronto en la constitución de las diversas ramas de la gran familia dominicana, abarcando todos los estados de vida en la Iglesia. En los siglos siguientes, encontró una expresión elocuente en los escritos de santa Catalina de Siena, las pinturas del beato fra Angelico y las obras de caridad de santa Rosa de Lima, el beato Juan Macías y santa Margarita de Castello.
También en nuestro tiempo sigue inspirando el trabajo de artistas, estudiosos, profesores y comunicadores. En este año del aniversario, no podemos dejar de recordar a aquellos miembros de la familia dominicana cuyo martirio fue en sí mismo una poderosa forma de predicación. O a los innumerables hombres y mujeres que, imitando la sencillez y compasión de san Martín de Porres, han llevado la alegría del Evangelio a las periferias de las sociedades y de nuestro mundo.
