Gonzalo Fernández de Córdoba y Herrera nació el 1 de septiembre de 1453 en el castillo de Montilla, cerca de la frontera entre la Corona de Castilla y el reino de Granada. Fue en una sociedad cambiante donde nació Gonzalo, hijo menor de Pedro Fernández de Córdoba. Su destino parecía marcado por las circunstancias de su nacimiento, obligándole a vivir a la sombra de su hermano mayor. Esa era su situación -solo modificada tras quedar viudo y sin descendencia- cuando comenzó la guerra de Granada.
Poco antes de su nacimiento, muchos sabios abandonaron Constantinopla tras la entrada otomana, llevando consigo conocimientos sobre el pensamiento griego y manuscritos clásicos. Buscaron refugio en Italia, impulsando el Renacimiento. Al mismo tiempo, Johannes Gutenberg revolucionaba la cultura con la invención de la imprenta de tipos móviles.
Johannes Gutenberg revolucionó la cultura con la invención de la imprenta de tipos móviles.
Formación y Primeros Años
Al llegar a la adolescencia, Gonzalo fue enviado a la corte del príncipe Alfonso, donde se educó en los principios caballerescos que regían a la nobleza. En Castilla corrían tiempos turbulentos, los que marcaron el reinado del hermanastro de este, Enrique IV. La prematura muerte del príncipe Alfonso hizo que Gonzalo regresara al señorío familiar. En ese momento sintió una llamada espiritual que culminó en un fallido intento de profesar como fraile jerónimo en el monasterio cordobés de Valparaíso. Al parecer, el prior le disuadió de ingresar en la orden.
Guerra de Granada
Para un hombre como él, a punto de cumplir los treinta años y curtido en lances de frontera, esto era una oportunidad. En aquel decenio, junto a los combates encarnizados y los duros asedios, se vivieron desafíos personales y hazañas de espíritu caballeresco. La protagonizada por Hernán Pérez del Pulgar, uno de los capitanes del ejército cristiano, se hizo famosa. Durante el asedio a Granada, penetró en la ciudad y clavó un mensaje en la puerta de la mezquita principal en el que podía leerse “Ave María”.
Conoció a Boabdil, enfrentado ya a su padre, el sultán Muley Hacén, cuando fue apresado en la batalla de Lucena en 1483. En diversas ocasiones, Gonzalo entró en Granada para proveer de armas y dinero a los partidarios de Boabdil, que logró hacerse con el trono nazarí. Desde Íllora, población de la que la ya reina Isabel le había nombrado alcaide en 1486, lanzó sobre la vega de Granada continuas cabalgadas (rápidas ofensivas acometidas por grupos de jinetes con armamento ligero), buscando el botín fácil y el desgaste del enemigo. Ello no fue obstáculo para ayudar a Boabdil en sus luchas con otros miembros de su familia, siempre alentadas desde el bando cristiano.
Será en esos años de cabalgadas cuando vislumbre que la importancia de la caballería pesada podía tener los días contados. La velocidad se imponía sobre los hombres y caballos revestidos de pesadas armaduras. Descubrió el potencial de la infantería, si era empleada de forma conveniente y con el armamento óptimo. Hasta entonces, a los hombres a pie se los utilizaba como simples peones. Su principal misión consistía en proteger a los jinetes si acababan siendo derribados y el peso de sus armaduras les impedía moverse.
Gonzalo Fernández de Córdoba, formado militarmente a la usanza medieval, comprobaba que, en la guerra contra los moros, librada en gran parte en terreno montañoso, la caballería pesada tenía serios problemas. Comprendió que una de las claves de la estrategia radicaba en el uso adecuado de la infantería. La idea suponía romper un pilar de la estructura social del mundo medieval. Los caballeros eran los bellatores, que tenían encomendado el deber de luchar para defender a la sociedad.
La guerra de Granada fue un gozne en el que se dieron la mano la última guerra medieval y el ensayo de las nuevas estrategias. Para Fernández de Córdoba fue también el tiempo en que se curtió en el campo de la negociación. Tuvo la oportunidad de intervenir en algunos de los tratos que culminaron en la entrega de la plaza de Loja, que Boabdil acordó directamente con él. También tomó parte activa en los difíciles parlamentos mantenidos en el otoño de 1491, que permitieron la firma de las Capitulaciones de Granada. El último sultán nazarí confió totalmente en su amigo, que acompañó a Hernando de Zafra, secretario de los reyes, en todo el proceso negociador.
La Corona buscaba encumbrar a hombres sin títulos, que debieran su posición a la voluntad real. Allí brillaban duques como los de Arcos, de Alba o Medina Sidonia, condes como el de Cabra o de Tendilla. Eran los Ponce de León, los Álvarez de Toledo, los López de Mendoza... Es probable que el hecho de que no fuera cabeza de su linaje jugase a su favor, en un momento en el que la Corona buscaba encumbrar a hombres sin títulos, que debieran su posición a la voluntad real. Hombres como el propio Zafra, Pérez del Pulgar o el propio Gonzalo Fernández de Córdoba, que se hicieron a sí mismos gracias a sus capacidades.
Por eso, concluida la guerra de Granada, la sorpresa entre los grandes sería solo relativa ante el encargo a Gonzalo, por parte de los monarcas, del mando de un ejército para socorrer al rey de Nápoles, cuyo trono se hallaba seriamente amenazado por los franceses.
Rendición de Granada.
El Conflicto Italiano
El origen de este problema se encontraba en la reclamación que, basándose en los supuestos derechos de la desaparecida casa de Anjou, Carlos VIII de Francia planteaba sobre Nápoles. Al mismo tiempo, el rey francés había desplegado una importante cobertura diplomática. Había firmado la paz con los poderosos duques de Borgoña, indemnizado al monarca inglés, acordado con Fernando la devolución del Rosellón y la Cerdaña y condonado a Isabel el préstamo hecho para sufragar los gastos de la guerra de Granada.
El avance del francés por Italia fue arrollador, un verdadero paseo militar. El nuevo rey, asustado ante su inminente llegada, abdicó a favor de su hijo Ferrandino. Este, como Ferrante II, pidió ayuda a España a cambio de la entrega de una serie de plazas fuertes en Calabria. En febrero de 1495, Carlos VIII entraba en Nápoles y se hacía coronar rey. Por las mismas fechas, Gonzalo Fernández de Córdoba desembarcaba en el puerto de Mesina al frente de su ejército.
Era una tropa heterogénea: ballesteros murcianos, jinetes andaluces, peones vizcaínos, algunos veteranos de la guerra de Granada, aventureros y gentes que tenían cuentas pendientes con la justicia y querían poner tierra de por medio. Aun así, el andaluz iba a enfrentarse a un ejército más numeroso, formado por tropas mucho mejor organizadas que las suyas. Apenas se detuvo unos días en Mesina, lo justo para que sus hombres se recuperaran de la travesía. Pero no perdió el tiempo. Sus espías ya le habían informado de que Calabria era tan agreste como las Alpujarras y preparó su estrategia. La misma que había aprendido en los años de la guerra de Granada. Acciones puntuales, emboscadas, apoderarse de las pequeñas plazas fuertes que le permitieran controlar el terreno.
Sin embargo, Ferrante se empecinó en librar batalla en campo abierto con los franceses, abandonando la protección de los muros de Seminara, donde estaba a resguardo el ejército. De nada sirvieron las advertencias del español de que los franceses ocupaban una mejor posición sobre el terreno y eran superiores en número. Se libró el choque, y aquellos se alzaron con el triunfo. La primera batalla de Gonzalo en Italia se saldaba con una derrota. Pero fue la primera y la última. Ante los muros de Seminara, donde años más tarde obtendría una resonante victoria, sufrió su único revés. Logró replegarse ordenadamente hacia Regio, sin permitir a los franceses acercarse al grueso de sus tropas.
Aquel descalabro tuvo una consecuencia inesperada: sus hombres, conscientes de su postura antes del combate, se apiñaron en torno a él. Poco a poco recuperó el terreno perdido. Las fortalezas de Calabria, ocupadas por los franceses, pasaron de nuevo a poder de los españoles. El 14 de julio venció a los galos en Atella. Por primera vez en un documento, el de las capitulaciones firmadas con los franceses en aquella ocasión, aparece el apelativo que pasará a la historia. El texto recogía el modo en que sus soldados lo habían aclamado en el campo de batalla: “¡Gran Capitán!
Su fama era tal que sus hombres le seguían sin que les prometiera sueldo. Les bastaba con el honor que suponía pelear a sus órdenes. Esto ocurría en un mundo dominado en el terreno militar por la existencia de los condottieri, capitanes cuya tropas combatían en el bando del mejor postor, por lo que en una misma campaña podían luchar, caso de finalizar su contrato, en las filas de quienes hasta la víspera habían sido sus enemigos. Solo la muerte de Ferrante II en septiembre a causa de unas fiebres malignas -aunque muchos contemporáneos sospecharon que fue envenenado con unas hierbas ponzoñosas- impidió su entrada triunfante en Nápoles. Le sucedió en el trono su tío Fadrique, a cuyas órdenes se puso el Gran Capitán.
Gonzalo Fernandez de Cordoba 💥El GRAN CAPITAN💥 Su leyenda
Integridad Inquebrantable
En ese momento, Gonzalo, cuya formación respondía a una sólida fe religiosa, acudió a la llamada de Alejandro VI, el papa Borgia, cuya situación era muy delicada. En Roma se vivían graves tensiones ante la falta de trigo y otros abastos de primera necesidad que le llegaban por mar. La pequeña ciudad costera estaba bajo control de los franceses, y, desde su fortaleza, un corsario al servicio de Francia impedía con su artillería la llegada de los barcos con los víveres. El asedio de las tropas pontificias, que duraba meses, se había mostrado ineficaz. En Roma, los soldados del papa reprimían las protestas callejeras por la escasez. Cada día que pasaba, la posibilidad de un motín era algo más que una amenaza.
Alejandro VI, que ese mismo año había dado a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos, pidió al Gran Capitán que lo librase de aquella pesadilla. Una semana bastó a Gonzalo para apoderarse de la plaza y resolver el problema. Su entrada en Roma fue triunfal, y, como los generales victoriosos de la época del Imperio, llevó aherrojado al corsario ante el papa. Todas las grandes familias de la aristocracia romana querían agasajarlo. Alejandro VI le concedió la Rosa de Oro, máximo galardón pontificio.
El Gran Capitán había cimentado su educación de caballero sobre los principios de la lealtad y la fe. Su visita a Roma le permitió rezar ante la tumba de san Pedro y ganar las indulgencias que otorgaba la Iglesia. Ha llegado hasta nosotros una anécdota de su encuentro con Alejandro VI que nos ofrece una imagen de su temple y le define en dos de los principios en que cimentó su educación de caballero: la lealtad y la fe, esta última fundamental en un mundo donde los principios religiosos ejercían gran influencia en las formas de vida.
El papa hizo un comentario desdeñoso hacia los Reyes Católicos, señalando que tenían pendientes importantes deudas con él. Gonzalo le replicó que era mucho lo que el pontífice les debía a Isabel y Fernando, empezando por la conquista de Ostia. El Gran Capitán abandonó Roma para volver a Nápoles, donde le fue tributado un recibimiento regio. Fadrique, que le debía el reino, se mostró generoso y le otorgó el señorío de Santángelo, con el título de duque.
Los Reyes Católicos -que le habían confiado aquel ejército por sus cualidades, pero también porque querían el mando en manos de un segundón, cuya actitud distara del engreimiento de los grandes- recibían ahora a todo un duque aclamado en Italia. Le dispensaron en Zaragoza, sobre todo la reina Isabel, una acogida digna de los méritos contraídos.
Gonzalo Fernández de Córdoba recorriendo el campo de batalla de Ceriñola, por Federico de Madrazo.
Últimos Años
Apenas tuvo tiempo para descansar. Los mudéjares granadinos se habían sublevado en 1501, mostrando su rechazo ante el incumplimiento de las Capitulaciones de Granada, en especial en lo tocante a la tolerancia religiosa. Sin embargo, no dudó en tomar parte en la lucha para acabar con la rebelión. En esta guerra se produjo un cambio sustancial en el mando del ejército cristiano: al frente de las tropas, todavía integradas en gran parte por las mesnadas de los nobles, estaba Gonzalo Fernández de Córdoba.
Tras aplastar la insurrección, decidió leer a los clásicos, imbuido del ambiente que había respirado en Italia, donde la vuelta al mundo grecolatino era una realidad. Años más tarde vuelve a España y Juana I le concede la fortaleza de Loja y se hace alcalde de la ciudad el día 15 de julio de 1508. Aunque había gozado de su tiempo en Loja, enfermó y regresó a Granada a principios de agosto de 1515, donde murió el 2 de diciembre. Fue enterrado, tal y como él pidió tras cambiar su testamento, en la Iglesia del Monasterio de San Jerónimo de Granada.
El Gran Capitán participó también en la redacción de las capitulaciones de rendición, donde se fijaron los acuerdos entre Boabdil y los Reyes Católicos. En 1486 fue nombrado alcaide de Íllora con la misión de fomentar las disensiones entre Boabdil, que era apoyado por los Abencerrajes(2) y el Zagal (3). En estos años contrajo segundas nupcias en el Palacio de Portocarrero (Córdoba). Antes había contraido matrimonio con su prima Isabel de Montemayor, que moriría pronto al dar por primera vez a luz. Su segunda esposa era María Manrique de Lara y Espinosa, Dama de la Reina Isabel, del linaje de los Duques de Nájera con quien tuvo dos hijas. El enlace se produjo el 14 de febrero de 1489 en Palma del Río e inmediatamente el matrimonio trasladó su residencia a Íllora. La constante marcha de Gonzalo a las campañas de la Guerra de Granada (1482-1492) dejó a María al frente de la casa donde demostró su implicación social y política; tal y como se manifestó en la rápida intervención que ejerció tras el incendio de Santa Fe de 1491.
Después de esto, los Reyes Católicos decidieron enviarlo a Sicilia para vigilar el estrecho de Mesina. Por otro lado, en Nápoles la situación era complicada, ya que el rey de Francia Carlos VIII, lo había conquistado y ese reino pertenecía a la Corona de Aragón. El dilema del Gran Capitán era entonces si atravesar el estrecho de Mesina dejando Sicilia para desembarcar en Calabria o no. Era peligroso porque los franceses podrían tomar esto como una ofensiva, pero contra todo pronóstico luchó y recuperó Nápoles. Justo después de esto, en 1499, consiguió recuperar Ostia -a petición del Papa- en una rápida maniobra admirada en toda Europa. Tiempo después, antes de comenzar el nuevo siglo, los turcos otomanos atacaron plazas venecianas en el Mar Adriático. Para detenerles en la Isla de Cefalonia se hizo una alianza internacional. Los ejércitos y la armada aliados necesitaban un jefe, el cual fue el Gran Capitán a petición del Duque de Venecia y del Papa.
