La moda, un reflejo de la cultura y la sociedad, ha sido moldeada por visionarios que han desafiado las convenciones y han impuesto su sello personal. Entre ellos, destacan los diseñadores de moda británicos nacidos en la década de 1960, una generación que ha dejado una huella imborrable en la industria. Este artículo se centra en explorar la trayectoria de estos creadores, con un enfoque especial en la figura de John Galliano.
El look boho: una tendencia que nunca desaparece
De Etro a Missoni, el look boho se encuentra en el corazón de las firmas que lo convirtieron en su ADN, y aunque no podemos hablar de tendencia si nunca desapareció, irrumpe de forma intermitente en pasarela. Con él reaparecen en escena esos otros 2000, los que definieron Sienna Miller o Kate Moss vestidas de Matthew Williamson. Para aquellos cuya memoria no arranca hasta los años 90, la visión de lo que representaban las chicas boho era una versión, pulida y empaquetada, de lo que se entiende por moda hippie. Un cóctel de ropa antigua y diseños coloridos, sazonado con el desaliño justo del grunge.
Las gemelas Olsen vinieron a representar ese estilo que convirtieron en el sello de su guardarropa. Fueron, de hecho, dos de sus mejores embajadoras. Pero cuando lo defendieron en la alfombra roja de la Met Gala, allá por 2017, la industria llevaba décadas lucrándose de las chaquetas de cosaco y las camisas de campesino bordadas. Como sucedió con el punk, con los teddies y, en general, con todas las tribus urbanas, la moda fagocitó una contracultura para convertirla en cultura pop, al alcance de todos.
Orígenes del estilo bohemio
¿De dónde viene la idea de look bohemio? Parece de lo más descabellado vincular a Sienna Miller con las óperas de Giacomo Puccini. Pero como suele suceder en la mayoría de casos, todos los ámbitos culturales están relacionados entre sí. La idea de “bohemio” que hoy asociamos a una vida a contracorriente en los círculos artísticos y literarios está directamente vinculada al término en francés. Para el país galo, “les bohémiens” eran aquellas gentes romaníes que llegaron a Francia desde Bohemia, (lo que es hoy la República Checa).
La libertad y el estilo de vida al margen de la ley que vincularon a la población gitana se romantizó y sirvió de punto de partida para un auténtico fenómeno que alcanzó desde la ópera (La Bohème), la literatura (Escenas de la vida bohemia) o la pintura (En verano:la bohemia, de Auguste Renoir). En Reino Unido, la imagen del bohemio se ligó a la hermandad prerrafaelita y el movimiento estético de mediados del siglo XIX.
Ingredientes principales de la esencia del look boho
- “Gypsy”, gitano en inglés, es el calificativo que más se (mal) utiliza a la hora de hablar de los referentes detrás de la moda boho.
- Esos vestidos fluidos que llevaron Jane Morris y otras mujeres de la hermandad prerrafaelita, un pastiche de lo artesanal y lo medieval, están íntimamente ligados a los que definieron los años 60 y 70.
“El romance de las leyendas artúricas y la vida bohemia de los artistas que estaban reformulando estas historias parecen muy alineadas con nuestro tiempo”; comentó en una ocasión Jimmy Page, que aparte de integrar los Led Zeppelin, coleccionaba obras de prerrafaeitas como Edward Burne-Jones.
A comienzos de s. XX, el artista británico Augustus John y su mujer Dorelia McNeill serían otro ejemplo claro. No solo por lanzarse a vivir en dos caravanas gitanas junto a sus hijos en los campos de Cambridge, sino también por el armario de Dorelia. “Antes que ella en este siglo ninguna mujer vistió aquellas ropas que eran casi indias, y, sin embargo, enteramente europeas. Que son clásicas y sin embargo, han abstraído algo de las personas gitanas”; describía Cecil Beaton. Sus faldas largas y sus colores, tan influyentes, perfilaron un look muy claro que todas, de Viva King a Edith Sitwell, quisieron imitar.
Sesenta años después, esas vidas bohemias no las llevaban tanto los artistas, sino más bien una generación procedente del distrito Haight-Ashbury de San Francisco que quiso desmarcarse del establishment. Aunque la mayoría de los hippies procedían de clase media o alta y tenían un hogar al que volver cuando dejasen su vida de contracultura, a efectos estéticos ellos representaron la alternativa que contrarrestaba una incipiente moda rápida con prendas hechas a mano y harapos vintage. “Hoy nada está pasado de moda porque todo está de moda. Cualquier prenda de cualquier época está a disposición de todos”, dijo el filósofo Marshall McLuhan en 1968.
A esta imagen también contribuyeron las estrellas del rock. De hecho, según señala Emmanuelle Dirix en Dressing the decades, la música fue instrumental a la hora de trasladar las influencias hippies a la moda de la calle. “Los Beatles, Jimi Hendrix, Janis Joplin y Joni Mitchell pusieron estos looks de la contracultura en el foco. Mientras que la moda al principio era reacia, se adoptaron pronto”, señala.
El fenómeno imparable de las tiendas vintage
Resulta imposible entender los inicios del pret-à-pôrter sin tener en cuenta la fiebre de las boutiques que brotaron, como setas, en las calles de las principales capitales europeas. Londres fue mucho más rápida que París en entender las necesidades de una juventud que se agolpaba ante los escaparates, ávida de novedades y de ropa asequible. Que la moda hippie derivase en parte de los mods británicos justifica este desmarque y lo diferencia de la que se llevaba en Estados Unidos: “La escena londinense era más consciente de la moda y más chic que su equivalente estadounidense”, sostiene Gavin Baddeley en Street Culture.
Al frente de Biba, Barbara Hulanicki fue de las primeras en captar el espíritu de mediados de los 60: mezclando prendas de los años 20, 30 con estilos victorianos, del Art Nouveau o del Decó, dibujó esa chica independiente a la que aspiraban los grupos de amigas que se acercaban a comprar a su local de Kensington (Londres).
Había distinciones en lo que los jóvenes llevaban y la forma de hacerlo, especialmente en cuanto a la ropa vintage: como explica Jonathan Walford en Sixties Fashion, mientras en Estados Unidos el vintage se convirtió a través del movimiento hippie más bien en “una expresión de rebelión contra la conformidad y la opulencia”, en la capital británica era “una extensión del dandismo mod y del granny chic”. Es decir, si en Londres el estilo hippie era una mezcolanza de prendas reales, antiguas y otras con deje étnico, en Estados Unidos tendía a ser intencionadamente desgastada y descoordinada, con una motivación detrás más política que artística.
En 1966 la revista Life se hizo eco del fenómeno a través de un artículo en el que explicaba cómo los jóvenes ingleses estaban cambiando Carnaby Street por el mercadillo de Portobello Road. “La fiebre por las prendas antiguas brota de una feliz combinación de looks estilosos y de la economía”, apuntaban, haciendo hincapié en los vestidos de noche de los años 20 y los camisones victorianos como los más buscados. A este barrio solía acudir Jimi Henrix para comprar sus chaquetas de húsar, como aquella de la Royal Veterinary Corps que le granjeó una llamada de atención por parte de la policía, que lo consideraba una ofensa a la memoria de su dueño original.
Una de las tiendas más míticas de Portobello Road fue I was Lord Kitchener’s Valet, que vendía vestidos de época victoriana y uniformes militares retirados del servicio. Eric Clapton fue uno de los primeros en comprarse una de esas chaquetas a comienzos de 1966, con el debut del primer álbum de Cream. Allí Mick Jagger también adquirió una chaqueta de guardia de granaderos y la llevó en Ready, Steado Go, mientras interpretó Paint in Black.
Era mayo de 1966: “A la mañana siguiente había una cola de unas cien personas queriendo comprar la prenda… hacia la hora de comer habíamos vendido todo lo de la tienda”; confesaba Robert Orbach, responsable del local, en una entrevista.
El testimonio de Orbach daba buena cuenta de un fenómeno en ciernes: el de las estrellas del rock como una influencia en el armario de la gente de a pie. Incluidas las prendas de segunda mano, por mucho que el hecho dejara perplejos a diseñadores como James Galanos. Pero esta preferencia es mucho más que una anécdota, como dejó bien claro el fenómeno de la ropa militar. Aunque algunos veteranos de guerra no estaban muy contentos con que se llevasen uniformes militares por moda, esto no impidió que las compras de John Lennon o de Mick Jagger se trasladasen a las calles.
En Reino Unido esta elección no entrañaba ningún mensaje político, pero en Estados Unidos llevar una chaqueta khaki con una flor prendida en un ojal era una manera de protestar silenciosamente contra la guerra de Vietnam. Efectivamente, la tendencia había dado el salto a Estados Unidos, donde las jóvenes escarbaban en tiendas de segunda mano buscando uniformes auténticos de la Primera Guerra Mundial: “Lo llaman ‘ropa con alma’ porque son un artículo genuino”; recogía la revista Life en 1966.
Todo empezó cuando sus fundadores, el periodista Nigel Waymouth y su novia, Sheila Cohen, intentaron vender la colección de prendas vintage de ella. Allí se podían encontrar igualmente polisones victorianos, vestidos de charlestón o cascos de la guerra de los Bóers. Pero el negocio amplió sus miras más allá de la segunda mano cuando aterrizó John Pearse, un sastre de Savile Row. La iniciativa solo duró cuatro años, pero fue un tiempo suficiente para convertirse en una dirección imprescindible para clientes como Anita Pallenberg, los Beatles o Jimi Hendrix.
Al otro lado del charco, los extravagantes looks de The Charlatans, a medio camino entre las piezas western y las prendas vintage, contribuyeron a sembrar la semilla para esta estética en Norteamérica. Detrás de los conjuntos hippies de Janis Joplin estaría Linda Gravenites, una figurinista con la que empezó a trabajar en 1967 y que se pasaría los dos años siguientes creando para ella trajes sastre con manteles de encaje, bolsos a partir de vestidos de cuentas de los años 20 o ponchos cortados de chales de piano con flecos. Otro de los referentes fueron Sonny y Cher, cuyos fans acabaron imitando los cientos de pantalones de campana de colores que fueron parte de su imagen.
Como sucediese a finales del s. XIX, las tiendas en los años 60 también importaron modas exóticas, como kurtas indias, chalecos de piel de cabra o abrigos con motivos paisley y forros de pelo blanco, que se popularizaron después de que John Lennon luciese uno tras el lanzamiento de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, en mayo de 1967. En Estados Unidos, Los Ángeles aglutinaba direcciones imprescindibles como Bootstrings o Sat Purush. En Nueva York, las boutiques imprescindibles eran Abracadabra, Serendipity o Paraphernalia: aquí empezó su carrera Betsey Johnson, que decidió emprender por su cuenta y acabó aliándose con una firma deportiva junior con la que empezó a diseñar a comienzos de los años 70 bajo el nombre de Alley Cat label. Todavía puede encontrarse alguno de sus vestidos a lo casa de la Pradera en Etsy de aquella época.
Los textiles y la ropa africana se hicieron especialmente populares entre los afroamericanos, cuyo interés aumentó con la lucha por los derechos civiles. En Life también se hicieron eco de la tendencia: “Cuando llevaba mis diseños a las tiendas hace cinco años, la manera más rápida de darme puerta era mencionar a África”, comentaba para la publicación la diseñadora Khadejha. “Muchos afroamericanos han comenzado a tener un fuerte sentido de identificación con África y su historia, el folclore y el arte”. Como recoge Sixties Fashion, en Harlem The New Breed fue una de las boutiques que se acabó especializando en este tipo de prendas.
Auge de los diseñadores del boho chic
Entre finales de los años 60 y principios de los 70 la estética hippie era el referente por excelencia. La inspiración había invertido su dirección: ya no eran los modistos los únicos que marcaban tendencia. “Lo que veías en la calle al final se convertía en lo que veías en los desfiles. La gente estaba juntando cosas de la manera más interesante y creativa, y los diseñadores lo estaban viendo”; concedió en una entrevista el fotógrafo Baron Wolman, que además de retratar a las principales groupies, co-creó Rags, la revista de moda que nació como respuesta a la dictadura de la moda de la época.
Las prendas bohemias llegaron hasta los sitios más inesperados, como la nieve: “A todo el mundo le gusta vestir como un zíngaro hoy en día, incluso a los esquiadores”, recogía Vogue en noviembre de 1969. El fenómeno respondía a una auténtica fascinación por todo lo que tenía que ver con los parajes más recónditos del planeta. Si National Geographic y otras publicaciones afines nutrieron las imaginaciones de occidente con culturas exóticas, Vogue vino a hacer lo propio con la editora Diana Vreeland al frente: “El ojo tiene que viajar”; solía decir en su cita más célebre. Del mismo modo, fastuosos editoriales de moda inmortalizados en India o en Egipto contribuyeron a poner la vestimenta de esos países en el punto de mira.
Esos periplos también vertebraron la creatividad de los diseñadores. Antes de glamourizar el punk, Zandra Rhodes hizo algo similar con el atuendo bohemio. De un viaje a Australia surgiría el motivo ‘Ayers Rock’ con el que imprimió vestidos de seda y chiffon. La británica había estudiado textiles en el Royal College of Art de Londres, donde había conocido a Sylvia Ayton, con la que abrió su propia tienda en 1967. Su primera colección independiente, ‘Knitted circle’, consistió en vestidos tipo caftán de sedas pintadas a mano con motivos tomados de puntadas de bordados. Con algunos de estos diseños apareció Natalie Wood en Vogue a comienzos de 1970, además de servir como vestuario escénico para la Royal Shakespeare Company ese mismo año.
La alianza de Rhodes y Ayton no fue la única. El periodo vino marcado por una moda con una creatividad detrás compartida, especialmente con profesionales textiles. A Ossie Clark, que estudió en el mismo sitio, quizá no se le entendería igual sin dos mujeres. Por un lado, Alice Pollock, la diseñadora con la que tenía la boutique de Quorum. Por el otro, Celia Birtwell, la diseñadora textil con la que acabó casándose en 1968. Ella diseñó muchos de los estampados con los que Ossie Clar...
John Galliano: Auge, caída y redención
Celebrities: John Galliano - Muchachada Nui | RTVE Series
Este viernes 10 de mayo se estrena en España, en cines, el documental 'Auge y caída de John Galliano' ('High & Low - John Galliano', según su título original), dirigido por el ganador del Oscar al Mejor Documental Kevin Macdonald ('Un día de septiembre').
La película recorre la carrera del prestigioso diseñador de moda nacido en 1960 en Gibraltar John Galliano, director creativo de Christian Dior entre 1996 y 2011. El diseñador que acaba de triunfar con sus diseños para Maison Margiela y uno de archivo de Givenchy que ha lucido Zendaya en la Gala Met 2024 celebrada esta misma semana, cayó en desgracia después de ser detenido en París por lanzar insultos antisemitas contra una pareja en un café, y que posteriormente viera la luz un vídeo en el que, visiblemente ebrio, afirmaba que amaba a Hitler.
Christian Dior lo despidió en septiembre de 2011 dando inicio a una etapa en la que estuvo condenado al ostracismo más absoluto.
Anhelo de película
Cuenta el director Kevin Macdonald que fue el propio John Galliano el primer interesado en que este documental se llevara a cabo: "Fui a París, me reuní con él, almorzamos y era obvio que quería hacer una película. Creo que lo tenía en mente por varias razones, quizá en parte porque pensó: Alexander McQueen tiene una gran película. Yo debería tener una sobre mí. Sabía que había que hacerla mostrándolo todo, lo bueno y lo malo, y sabía que no todos iban a perdonarle. Me dijo: 'Me gustaría que la gente entendiera un poco más lo que pasó'. Y me pareció una buena motivación para hacer una película".
El objetivo del director, que anteriormente ya había retratado en el cine a iconos de la cultura pop como Mick Jagger ('Being Mick', 2001), Bob Marley ('Marley', 2012) o Whitney Houston ('Whitney', 2018), era abrir un debate entre los espectadores sobre la actitud de Galliano y las circunstancias que le llevaron a hacer estos comentarios antisemitas a pesar de que él mismo tiene ascendencia judía de la rama sefardí: "Estaba ciego, borracho, desmayado. Ni siquiera recuerda por qué lo hizo. Así que quiero que la gente salga con la sensación de que es un tema más complicado de lo que parece".
El documental, que cuenta con la presencia del propio John Galliano, incluye también el testimonio de algunas figuras del mundo del cine y de la moda como Penélope Cruz, Charlize Theron, Naomi Campbell o Kate Moss, que no dudaron en participar en la película a riesgo de manchar su propia reputación. "Yo diría que lo hicieron porque sentían lealtad hacia él, porque les gusta, y querían exponer sus experiencias con él. Creo que la lealtad es una gran cualidad", explica Macdonald.
'Auge y caída de John Galliano', que fue nominada en la categoría de Mejor Montaje en los British Independent Film Awards, acaba siendo en última instancia una película optimista sobre un hombre que fue esclavo de sus adicciones pero supo redimirse, pasando por una clínica de rehabilitación y varias sesiones educativas con un rabino.
Posteriormente, en 2014, fue nombrado director artístico de la firma Maison Margiela. "La única petición de Galliano fue que el final fuera del documental no fuese depresivo.
María D. A mediados de los 90 era el diseñador de moda por excelencia y en 1997 se acercó al absolutismo: el empresario Bernard Arnault lo puso al frente de Dior. Una pareja lo grabó soltando improperios contra los judíos y ensalzando a Hitler en La Perle, un conocido bar del Marais, en el centro de París. Lo denunciaron y la prensa difundió las imágenes que dieron lugar a otras demandas y a que Dior se desprendiera de él. Galliano pasó dos años encerrado en un centro de rehabilitación en el desierto de Arizona.
«Galliano fue la primer víctima de la cultura de la cancelación en la moda. Fue desterrado en la moda y en la sociedad por ese arrebato de borrachera. Un inquietante paralelismo marcó sus vidas y su trabajo: McQueen se suicidó en 2010, mientras que las drogas y el alcohol llevaron a Galliano a la desgracia.
«Galliano tuvo una fuerza mediática excepcional. Hoy resulta representativo del final de un ciclo: el apogeo absoluto y la destrucción. Aunque reconoce que resulta imposible pensar en el diseñador sin comprender al personaje, Samson recuerda que el trabajo de Galliano en la historia de la moda es «excepcional».
«Tenemos la suerte de conservar piezas suyas que muestran el saber hacer, la técnica. Una de sus mayores contribuciones a la moda es, según el especialista, la creación de un universo propio en la que desde la concepción hasta la fabricación del vestido, muestra un altísimo dominio de ideas y de calidad, y un auténtico amor por la silueta femenina.
«Galliano llevó la moda a un lugar más sensual. Puso la belleza de nuevo a la vanguardia. Tenía una compañía pequeña e independiente en la que él mismo teñía las piezas a mano.
«Creo que en la fuerza del anonimato de Martin Margiela ha encontrado una especie de penitencia», opina Samson, para quien Galliano no ha perdido su saber hacer y su creatividad. La oportunidad en Margiela le ha permitido, eso sí, volver del exilio, aunque el creador aún lucha por recuperar su influencia.
«Espero que algún día tenga su propia casa de alta costura. Algo pequeño donde pueda volver a crear belleza en su forma más pura», defiende la biógrafa.
