Diego Rodríguez, el hijo del Cid: Historia y Tragedia

No cabe duda de que el Cid Campeador es uno de los personajes más prestigiosos y famosos en la historia española por su papel importante como soldado en la Reconquista. Mucho se ha escrito sobre Rodrigo Díaz de Vivar. Sin embargo, muchas personas desconocen que el Cid Campeador, además de sus dos hijas biológicas María y Cristina, tuvo un hijo llamado Diego Rodríguez.

El Cantar no habla de él. Pero con el programa realizado desde Consuegra no podíamos dejar la oportunidad de, desde la sección de Historia, dar unas pinceladas sobre un suceso que, dicen, trastocó la vida del Cid.

Aunque tras las nuevas pautas y disparates contra la Historia de España y su enseñanza a las generaciones, de aquí a poco, nadie sabrá ni siquiera cómo se llamaba el Cid, hoy el personal aún alcanza a decir que Rodrigo y hasta que era de Vivar. También que su mujer se llamaba Jimena, pero en cuanto entramos en sus hijos la cosa se complica mucho. Muchos no dudarán en decir que tuvo dos hijas, que es verdad, pero al mentarlas, serán muchos los que las nombrarán como Doña Elvira y Doña Sol.

Sin embargo, sus verdaderos nombres no fueron esos y ni sus maridos los pérfidos infantes de Carrión. La una se llamó María, que se casó con el infante navarro Ramiro, y cuyo hijo, García Ramírez, fue rey de Navarra, restaurador de la dinastía y abuelo de Sancho VII el Fuerte, el gigantón de las Navas. La otra, Cristina, contrajo matrimonio con el conde de Barcelona Ramón Berenguer III, tuvo una hija que fue condesa de Besalu y murió joven sin descendencia masculina.

Eso ya se conoce menos. Pues Rodrigo sí lo tuvo. Un varón que fue la alegría y la gran tragedia de su padre, pues falleció antes que él. Diego se llamó y fue un valiente y esforzado guerrero que llegó a luchar al lado de su padre y que en combate y en plena juventud vino a morir, para aflicción del gran adalid cristiano y de su madre Jimena. Muy poco sabemos de él, aunque es justo reconocer que en los últimos años, tanto en su Burgos natal, así como en el solar paterno de Vivar y en la ciudad y castillo de Consuegra (Toledo), donde sucumbió, se ha comenzado a rescatar del olvido.

Sabemos que vino a nacer allá por el año 1075 y que sus padres estaban por aquella fecha en la ciudad castellana, así que es lógico atribuirle allí su llegada al mundo.

El Cid Después De Muerto: La Historia Real Detrás Del Mito

La historia, aunque poco, se conoce algo más con Gonzalo Martínez Díaz (El Cid histórico). Por ella puede asegurarse que estuvo ya al lado de su primogénito en la peripecia del segundo destierro y cabalgó a su lado en toda la ofensiva en el Levante, que acabó por apoderarse de la ciudad de Valencia y convertirse en señor de todo su alfoz. Fue tras aquella conquista cuando las desavenencias con el Rey Alfonso VI se diluyeron, se levantó el castigo y comenzó un cierta colaboración.

Las fronteras castellanas estaban siendo atacadas cada año por los poderosos ejércitos almorávides, ahora al mando del muy capaz emir y general Ben Tasufin. Su obsesión era recuperar Toledo, algo que a la postre y por la tenaz resistencia del capitán general de aquellas fronteras de Alfonso VI, Álvar Fáñez, primo hermano o hermanastro incluso de Rodrigo, y por tanto pariente de Diego, no pudo conseguir.

Pero los almorávides, excepto en los ataques al de Vivar, triunfaron en reiteradas batallas contra los castellanos, Sagrajas primero, Consuegra después y finalmente la gran matanza de Uclés. Fue en Consuegra, en agosto de 1097, cumplidos ya los 22 años, cuando Diego pereció. Una muerte heroica y una espina más en el costado de su padre, pues fue el peor enemigo de éste, el conde García Ordóñez, a quien se achacó buena responsabilidad en ella al no haber protegido, como hubiera debido, el flanco de la mesnada cidiana, que en aquel infausto día Rodrigo había dejado al mando de su hijo, quedando él guardando Valencia.

Las curtidas tropas de Rodrigo habían acudido con Diego en cabeza a ayudar al Rey Alfonso que se aprestaba a combatir a los fanáticos africanos de negros turbantes e interceptarlos en las proximidades de Consuegra, cuyo poderoso castillo les ofrecía, además, protección si las cosas venían mal dadas, como así sucedió.

El emir Yusuf ibn Tasufin supo frenar el embate de la caballería pesada castellana y envolverla con sus rápidos jinetes del desierto, acabando por obtener un incuestionable triunfo y volviéndose a repetir la situación de Sagrajas el año anterior, cuando se produjo el primer encuentro campal.

Alfonso, muy confiado en su victoria, había levantado el cerco al que tenía sometido a Zaragoza tras haber tomado Toledo el año anterior y se lanzó contra las tropas que, tras desembarcar en Algeciras, habían ido subiendo península arriba. Tanto en aquella batalla como en ésta de Consuegra el Ejército musulmán se mostró superior en táctica y capacidad y las bajas cristianas fueron muchas y dolorosas.

Tasufin envió por delante hacia Toledo a su general Mahammed ben al-Hach y en apoyo de Alfonso llegó la poderosa caballería de Álvar Fáñez, donde formaban los temibles pardos, que antes de llegar habían sufrido ya una emboscada en la cercanía de Cuenca que les causó bastantes bajas. Diego, para gran alegría del Rey Alfonso, aterrizó prestamente en dicha cita, y la llegada de tan reconocidas tropas acabó aumentando la moral del campo cristiano.

La noche anterior, ya todos en el campamento del castillo, el veterano Fáñez reiteró una y otra vez a los capitanes presentes, en particular al conde Ordóñez, que iba a combatir pegado al joven, que cuidara de flanquearlo y que se ayudaran mutuamente en aquel ala para no consentir que los disgregaran y envolvieran.

Para el orden de batalla, Alfonso colocó a su lado a Álvar Fáñez y a su más leal y viejo amigo, el conde Pero Ansurez, quien le había acompañado a su exilio tolenbado tras su derrota a manos de su hermano Sancho II y fundador de Valladolid. En otro costado se desplegaron las tropas cidianas, las mejor armadas, y con la orden expresa a Ordóñez y su caballería de que le proteja ante cualquier contingencia.

García Ordóñez era declarado enemigo del Cid desde que este, estando las parias en Sevilla, al rey Almomatid fue atacado por el otro que las estaba cobrando al de Granada, Abdalá, y se lanzaron contra el sevillano despreciando a Rodrigo. Grave error, Ordóñez acabó derrotado, preso y al que Rodrigo segó con su espada un mechón de su barba. Un agravio que por más que luego generosamente lo liberó, el magnate no perdonaría jamás.

No faltan, pues, que con tales antecedentes, lo que sucedió en Consuegra no tuviera que ver con una miserable venganza en el hijo al no poder cobrársela en el padre. Desde luego, el transcurso de la contienda hace pensar que algo de ello pudo haber y, desde luego, Fáñez no dudó en reprochárselo amargamente después.

La infantería cristiana marchó de inicio contra la almorávide apoyada por los contingentes de caballería. Consiguieron romper los haces almohades pero, en un momento, su impulso se detuvo y entonces las reservas de jinetes de Tasufin los envolvieron. Alfonso mandó la retirada ordenada hacia el castillo.

Por el lado izquierdo, el Rey, con Fáñez y Ansúrez, apoyándose los unos en los otros, lo hicieron sin demasiadas bajas y en orden. Pero en el otro flanco, el derecho, Ordóñez, sin atender a la situación de Diego y su mesnada, se dio a la fuga buscando tan solo salvarse él.

Diego Rodríguez, rodeado por sus hombres y cercados por todas las tropas almorávides, lucharon hasta la extenuación, pero a la postre las masas enemigas vencieron la resistencia y acabaron dándole muerte junto a los más fieles, que aguantaron con él hasta el final. Los supervivientes se congregaron al lado de Alfonso VI primero en la ciudad y, viendo que era indefendible, se retiraron como último recurso al castillo.

Tasufin, sabiendo al Rey dentro, le puso cerco e intentó su asalto. Ocho días duró el sitio y los asaltos. Sin agua y apenas sin comida, los centenares que quedaban se defendieron con tal desesperación y consiguieron rechazar las acometidas una y otra vez y preservar el poderoso bastión en lo alto del cerro.

Las bajas almorávides fueron tan cuantiosas y, comprobado el emir que no conseguían abrir brecha y temiendo además que aparecieran refuerzos, decidió curarse en salud y conformase con el triunfo obtenido, por lo que ordenó retornar hacia Al-Ándalus, donde a su llegada celebró una gran victoria.

En el campo cristiano, tras el alivio por haber logrado escapar del cepo musulmán, todo era tristeza y rabia en el caso de Fáñez, que no se guardó de acusar a Ordóñez de haber causado la muerte del hijo de su pariente y amigo.

En Valencia, al llegar la mala nueva, la desolación se apoderó del Cid, pues perdía su único hijo varón, su heredero, en plena flor de su juventud y el final de sus sueños de crear un linaje que continuara en los tiempos. Para Rodrigo fue sin duda el golpe más demoledor de toda su vida.

Años después, y muerto Rodrigo, lo mismo le sucedería al Rey Alfonso, que vería morir tras la derrota de Ucles, a su también único hijo varón, el Infante Sancho, al que esta vez García Ordóñez sí protegió infructuosamente dando su vida por él junto a los muros de Belinchon, quedando la Corona sin heredero.

Fue en 1997 cuando a partir de la noticia que publicó Francisco Domínguez Tendero -el entonces cronista oficial de la ciudad-, se difundió la efeméride sobre la batalla que tuvo lugar en Consuegra un 15 de agosto del año 1097 , una batalla en la que murió Diego Rodríguez, hijo del Cid Campeador.

A partir de otra conocida batalla, es decir la de Sagrajas o de Zalaca ocurrida cerca de Badajoz en 1086, se dejaba a la vista la posibilidad de que un nuevo ataque almorávide ocurriera en zonas clave del reino de Castilla y León. El rey Alfonso VI ya se había reconciliado en el año 1086 con uno de sus mejores vasallos: Rodrigo Díaz de Vivar, aquél que llamaron el Cid Campeador y a quien entregó diferentes donaciones como el castillo de Dueñas y el de Gormaz.

Este acercamiento venía motivado ante el temor de nuevos ataques. Alfonso VI se había enfrentado ya a Yusuf ibn Tasufin en Toledo y por ello conocía la forma de actuar y atacar de este líder almorávide y de su ejército.

En mayo de 1097 el rey se dirigía con su ejército de unos 3.600 hombres a tierras del reino taifa de Zaragoza para ayudar al rey Mostaín que luchaba contra los aragoneses, aunque el rey castellano no llegaría a pisar tierras zaragozanas ya que de camino recibiría la noticia de que Yusuf ibn Tasfin había desembarcado de nuevo en la península al frente de un numeroso ejército. Rápidamente las fuerzas castellano-leonesas iniciaron la marcha hacia el sur buscando a sus enemigos.

Alfonso VI no quería caer en el mismo error que cometió once años atrás en Sagrajas y por ello quería pelear a la defensiva desde Toledo, aunque se inclinó finalmente por organizar un dispositivo defensivo entre Consuegra y Cuenca. El lento avance del enemigo hizo que Alfonso VI se impacientara, ya que Yusuf quedó en Córdoba más tiempo del debido. Ante la impaciencia de la llegada del ejército enemigo, el rey castellano pidió ayuda al Cid, el cual, sin negársela, envía un contingente de tropas entre las que figuraba su único hijo varón, Diego Rodríguez.

En Consuegra tendrá lugar aquella famosa batalla, la que hoy es protagonista del evento denominado “Consuegra Medieval” y en la que fallece Diego, el hijo del Cid, cuyos restos fueron trasladados posteriormente con los honores debidos al monasterio de San Pedro de Cardeña en Burgos.

Nuestro rey castellano permanecería asediado en el castillo de Consuegra durante ocho días, generándose en ese momento un episodio histórico que es el eje vertebrador de nuestra conmemoración.

En la actualidad el evento de "Consuegra Medieval" que comenzo a organizarse en que tiene lugar en torno a las fechas de la batalla, es organizado por una asociación cultural en la que se incluyen la mayor parte de los voluntarios y voluntarias que participan en el evento con el respaldo lógicamente, de diferentes instituciones, asociaciones … que suman su esfuerzo cada año para ir mejorado la calidad del espectáculo, que brilla por su originalidad, por la calidad de sus trajes, armas y elementos.

El visitante que acuda a Consuegra Medieval podrá descubrir como se vivía en un castillo medieval en pleno asedio; podrá saber como se nombraba a un caballero y las diferentes fases que debía de pasar hasta que el rey le ciñera la espada. Además, en la parte baja de la población, un campamento almorávide aguarda paciente el momento de la lucha para poder atacar al rey Alfonso VI y tomar la fortaleza.

Diego Rodríguez, o Diego Ruiz (1076? Debió de llevarlo consigo el Cid en su destierro ya que no consta que permaneciera con su madre e hermanas en Castilla. Murió en la Batalla de Consuegra luchando contra los almorávides.

No hay mención de la vida de Diego en ningún texto, con la excepción del muy fabuloso y anacrónistico poema del siglo XVI escrito por Ximénez de Ayllón. Hay que preguntarse, ¿por qué no?, ¿por qué no estaba Diego en Cardeña con Jimena y sus hijas cuando el Cid fue exiliado por primera vez en 1081?

A unos seis años de edad, Diego estaba en edad de marcharsede su madre y de su casa para educarse en otra parte. Como era de costumbre que los sobrinos se criaran en casa de sus tíos maternos, es posible que Diego estuviera en Asturias en la corte de su tío Rodrigo, ahora conde de Oviedo. Cuando el Cid, voluntariamente, se fue a Zaragoza y Barcelona entre 1083 y 1087, sus vasallos Álvar Fáñez y Pedro Bermúdez se quedaron en Castilla con su rey. El hijo del Cid, quizá, hizo lo mismo.

O, como hijo de previo matrimonio, Diego, según la ley, habría sido criado por sus parientes maternos como era el caso con todos los hijos de segundos matrimonios. En esta última situación, no había razón para estar él en Cardeña con Jimenay sus hijas.

Como hijo heredero del Cid, la muy seria acusación de traición y la posterior confiscación de todos los bienes familiares, también tenian implicación para Diego. Al salir de la cárcel, en 1090, posiblemente acompafió a sus parientes femeninas a Valencia para vivir con su padre y asumir su papel de caballero y heredero del Cid. A la inversa, también es posible que Diego se alineó contra su padre al lado del rey; en oposición a su padre, de la misma manera que hicieron los habitantes de Burgos, según el Cantar de Mio Cid. Como vasallo leal del rey, el joven Diego actuaría dentro de la ley. Padre e hijo se reconciliarían más tarde, en 1092, cuando el Cid fue perdonado por el rey.

Jimena viajó entre Valencia y Burgos en esta época y quizá fue agente de esta reconciliación entre padre e hijo si no del vasallo y su rey. Esta teoría añadiría otro motivo a la necesidad abrumadora del Cid de conciliarse con su rey y, por ende, con su hijo. refleja la desesperación del Cid.

En 1097, junto con Alvar Fáñez; Diego a los veintiún años de edad, fue mandado a Consuegra a fin de socorrer a Alfonso VI, en lugar del Cid, quien no podía ausentarse de Valencia. En la batalla de Consuegra y posterior asedio, Diego murió. Su padre, Rodrigo Diaz de Vivar, murió dos años más tarde.

Alvarez, en su libro El Cid y Cardeña, explica que Berganza halló un documento fechado en 1296 en que se dice que un tal Diego Alonso Martínez de Olivera fue descendiente del Cid. Alvarez también creyó que Diego tuvo un hijo llamado Juan . En 1097, Diego ya tenía edad para tener hijo. La identidad de la madre del hijo es desconocida y no hay recuerdo legal de matrimonio.

Es sorprendente que el Cantar de Mio Cid no nombre a Diego, especialmente cuando, con frecuencia, nomina correctamente a personajes sin importancia. El hijo del Cid no es desconocido por sus fuentes ni por textos posteriores. Como ya se dijo, la Historia Roderici de principios del siglo XII, menciona su encarcelamiento con Jimena en 1089. El Liber Regnum de principios del siglo XIII cuenta su muerte en Consuegra y provee la fecha exacta de sábado, 15 de agosto.

Molinos de Consuegra, escenario de la batalla donde murió Diego Rodríguez.

La Primera Crónica General generalmente sigue fielmente al Cantar de Mio Cid, en asuntos cidianos pero, puesto que los compiladores de la crónica alfonsina también se aprovechaban de otros textos, proporciona información verdaderamente distinta del Cantar. En este anno lidio el rey don Alfonso con Abenalhage en Consuegra et fue vencido el rey Alffonsso, et metiosse en esse castiello de Consuegra. La mas de siete noches que visiones me siguen, ca veo mi padre Diego Laynez et a mi fijo Diego Ruiz et cada vez que les veo dizenme: mucho avedes morado aqui!

De todos los tempranos romances que tratan de Rodrigo Díaz de Vivar, y a pesar de su acostumbrado interés en aspectos emocionales más que históricos, sólo un romance menciona su hijo.

¿Por qué, pues, no aparece Diego en el Cantar de Mio Cid? Según Horrent, no se le menciona, al hijo, sencillamente, porque no estaba en Cardeña con Jimena y sus hijas cuando el Cid dejó Castilla. Sin embargo, es posible que el poeta original, airado por la lealtad de Diego hacia Alfonso VI en contra de su padre, muy a propósito eligiera no mencionarle en el Poema.

Cualquier mención de Diego hubiera requerido una explicación de su ausencia, lo que no hubiera contribuido al próposito del autor: la glorificación del Cid. Von Richthofen en su El problema estructural del Poema del Cid y Nuevas aportaciones críticas sobre la estructura del Poema del Cid, demuestra conclusivamente que el poema fue compuesto de manera triparita.

Como otros textos épicos, esta primitiva porción del Cantar de Mio Cid que relata sus aventuras en el exilio, la conquista de Valencia y su reconciliación con su rey, forma una unidad y podría leerse separadamente. Con este cantar terminan todos los aspectos verdaderamente históricos del Cantar de Mio Cid. Probablemente fue una gesta, algo parecido a la Historia Roderici pero en romance, quizá basada en un diario de guerra o canto noticiero. Otro poeta puede haber agregado el Cantar del Destierro a los versos existentes.

Un segundo o tercer autor interpoló los episodios más imaginativos -digamos ficticios- como el arca de Raquel y Vidas, la huelga de hambre del conde de Barcelona, etc., y contribuyó con toda la sección del Afrenta de Comes al poema. La teoría de Von Richthofen resuelve los problemas de estructura, cronología e historicidad presentados por los críticos. La crítica reciente pone más énfasis en los aspectos literarios y artísticos del Cantar de Mio Cid.

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