Alfonso del Corral: Un Testimonio de Fe y Esperanza tras la Trágica Pérdida de su Hijo Álvaro

Para muchos aficionados al baloncesto, el nombre de Alfonso del Corral evoca recuerdos del bravo escolta del Real Madrid. Sin embargo, hace años, Del Corral y su esposa enfrentaron la devastadora pérdida de su hijo Álvaro, de tan solo 6 años, en un trágico accidente doméstico.

Alfonso del Corral en su etapa como jugador del Real Madrid.

El Doctor del Corral, reconocido médico traumatólogo del Hospital Ruber Internacional de Madrid, ha compartido su relato sobre el profundo cambio que se produjo en su vida y en la de su esposa tras el fallecimiento de Álvaro. Este testimonio extraordinario, marcado por la aceptación de la voluntad divina en medio del inmenso dolor familiar, ha conmovido a muchos.

Alfonso del Corral cuenta su experiencia de fe en el programa de testimonios “Cambio de Agujas” de HM Television.

Asalto al Cielo: Alfonso del Corral

En este espacio, comparte cómo la fe le ayudó a superar el dolor y encontrar un nuevo sentido a su vida.

Una Vida Marcada por el Deporte y la Disciplina

Aunque creció en una familia numerosa católica, Del Corral explica que su fe era “de tradición, no vivida”. Como deportista de élite e hijo de militar, su vida era disciplinada y sus valores exigentes, pero “sólo rezaba cuando había algún problema”. El deporte le ayudaba a desahogarse cuando algún sufrimiento emocional le tocaba en su juventud.

“El deporte es un arma estupenda, te da fuerza, te da seguridad. Me enamoré apasionadamente del baloncesto, lo vivía como una religión”, recuerda.

Durante cuatro temporadas, Alfonso del Corral formó parte del Real Madrid. “He estado con jugadores que tenían más cualidades, más talento, así que yo lo compensaba con más esfuerzo, más entrenamiento, más voluntad de victoria. Esa fue mi historia”.

El éxito no le cegó porque le llegó ya bastante maduro y poco a poco. “También mi padre siempre me avisaba de la vida, de los golpes que puede dar la vida y eso me hacía ser cauto y prudente”.

La Alegría Familiar y la Llegada de Álvaro

En lo familiar y lo profesional las cosas iban bien. “Me casé muy joven con la mujer de mi vida, porque yo la conocí con 20 o 21 años. Ella tenía 17. Y con ella formé una familia, en la que hemos tenido cinco hijos. Álvaro era el tercero”.

Álvaro era un niño especial. “El niño tenía ángel, era muy cariñoso. Era muy fuerte, iba a ser muy grande y muy fuerte. Y siempre muy vitalista. Un día se metía en medio de nuestra cama de matrimonio y nos abrazaba. Decía: “¿No os dais cuenta que yo he venido a uniros?”. Y es verdad. Es verdad. Porque mi matrimonio, a lo mejor, se hubiera perdido, si no hubiese sido por este sacrificio enorme. O sea, que el niño tuvo una misión aquí. Y fue la de cambiarnos a todos, transformarnos, unirnos y caminar hacia el encuentro de Dios”.

El Día que Cambió sus Vidas

El día del accidente, Del Corral se encontraba en un momento de éxito profesional. Era su primer año al frente de los servicios médicos del Real Madrid y acababa de recibir el “cum laude” por su tesis doctoral. Sin embargo, en medio de la celebración, recibió la noticia del accidente de su hijo. Tras seis horas de esfuerzos médicos, Álvaro murió.

El médico Del Corral describe con exactitud su dolor, físico, que no deja respirar y oprime el corazón.

El duelo es un proceso doloroso y personal.

Un Encuentro Divino en Medio del Dolor

Después de 3 días con ese dolor, “mi mujer y yo tuvimos una pequeña discusión. Y entonces, en medio de la irritación, pues no sé, me senté en un cuarto, había una Biblia y la abrí. Entonces, me parece que era San Mateo, era el evangelio en el que el Señor dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Días después, tras una experiencia mística, Del Corral encontró consuelo en la fe. Encontró una frase bíblica que resonó profundamente en su corazón: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida". Esta frase, que también encontró escrita por su hijo Álvaro, le brindó una experiencia de Dios que transformó su dolor.

“Sentí una presencia del que yo llamo “El Resucitado”. El dolor no es que desapareciera, es que, o cambió, o yo sentí la presencia de “Alguien”, que compartía conmigo ese dolor. Que, a partir de ese momento, yo sabía que había Algo y ese Algo lo iba a encontrar”.

Alfonso del Corral comparte su testimonio de fe.

Volcado en la Lectura y el Conocimiento

“Entonces yo empecé a leer muchísimo. No sabía quién era. La palabra, la expresión es de Jesucristo. Pero esa experiencia que, mucha gente dice que son delirios, alucinaciones, el síndrome del duelo, yo sé que es real. Dieciocho años después, yo aseguro que es verdad. Me pueden partir las piernas, pero eso era real. No es una frase, es algo que yo experimenté. Pero, es que, después de dieciocho años yo sé que el Señor vive.

Leí muchísimo. Y me leí todo tipo de religiones, todo tipo de pensadores. Pero, cuando leía las palabras del Señor, cuando leía las epístolas, los Hechos de los Apóstoles, yo sentía fuego en mi interior, como dicen los discípulos de Emaús. Sentía un fuego. Otras cosas eran muy bonitas, pero no tenían ese fuego”.

“Son años en los que yo no dormía, seis o siete años en que leía y devoraba todo, leía todo lo que caía en mis manos. Me acostaba tarde, leyendo, y me levantaba temprano para leer. Dormía tres horas al día. Y entonces, empecé a esperar un poco, a experimentar y a gozar con todos esos sagrados misterios”.

El Sufrimiento como Camino de Transformación

Médico y padre herido por la muerte de un hijo, llegó a algunas conclusiones sobre el sufrimiento. “El sufrimiento es horroroso. Pero el sufrimiento, la enfermedad, el dolor y la muerte son la cara de una realidad efímera. El sufrimiento, curiosamente, no deja indiferente a todo el mundo. A algunas personas, el sufrimiento los destruye; a otras muchas, que no son creyentes, los cambia, los hace mejores seres humanos, les quita una parte de esa soberbia, esa prepotencia, porque el sufrimiento te abaja, te hace más cercano. El sufrimiento te abre los ojos, porque vivimos borrachos. Y, mucho más, el hombre occidental vive inmerso en esta situación”.

“Para el cristiano, para el creyente de verdad, el sufrimiento, evidentemente, te conecta. Sobre todo, si tú experimentas que no estás solo en ese sufrimiento, esa es la gran diferencia. Nadie te va a quitar el sufrimiento, el sufrimiento está ahí. La diferencia es que el Señor murió en la Cruz precisamente para darnos ese sentido. Nadie entiende la cruz. Pero, ¿por qué tiene que morir en la cruz? ¿Por qué Dios ha permitido morir en esa cruz? Porque es fundamental, es el centro de nuestra historia, como dice San Pablo. Hay que aceptar esa cruz. No es fácil porque todos queremos la buena vida, es decir, vivir bien, no tener enfermedades, no sufrir. Y el Señor te ayuda a llevar esa cruz. Por eso, murió Él en esa cruz. Este es el punto de encuentro entre Dios y el hombre”.

A Alfonso del Corral le inspiran las personas con vocación a compartir y aliviar el sufrimiento, como el Padre Alegre y sus Cottolengo (www.cottolengopalegre.org). Le inspira también la confianza de estas instituciones en la Providencia: “ellas no pueden pedir. Y eso comporta que hay noches que no hay nada que comer”.

También le emocionan muchos enfermos del Cottolengo que anuncian que rezarán por él. “Cuando vuelvo, claro, luego en el coche, lloro a moco y baba. Aquello es Evangelio, sin matices, sin frases hechas, sin tópicos, sin nada. No sé, es verdadero y auténtico. No son perfectos, claro, ni las monjas, ni los enfermos, naturalmente. Pero, aquello es extraordinariamente maravilloso y, como eso, hay mucho en el mundo”.

Un Mensaje de Esperanza para Quienes Han Perdido un Hijo

A menudo hay personas que le piden palabras para consolar a padres que han perdido un hijo. Pero no hay consuelo humano y menos con palabras, aunque sí dolor compartido y esperanza en Cristo.

“Yo solo les puedo decir que les quiero, que sé perfectamente lo que están pasando. Que es un dolor horroroso, que no es humano, que no se puede aceptar porque humanamente es inaceptable y, que yo, desde aquí, les diría que rezo por ellos. Ya sé que ellos no quieren eso ahora. Y que, si pudiera, les abrazaría. No hay frases ni tópicos. No soy quien para darles un consejo: solo les puedo decir que Cristo vive, que hay esperanza. Que es inaceptable y que ahora mismo no tendrán ni fuerzas y, por tanto, que no me vengan con tópicos ni con frases hechas. Pero que el Señor está ahí, que el Señor está esperándoles con su niño ahí, en el Cielo. Y eso lo creo profundamente. Que tengan esperanza. Y que si tienen un poquito de fe, que recen, que recen mucho. Que la oración es tremenda. Y que apuesten por la vida, que el Señor les devolverá ciento por uno. Que sigan amando, que sigan apostando por la vida. Que si pueden tener hijos, que tengan hijos.

Invitado por el Grupo de oración “Reina de la paz”, en la parroquia del Sagrario-Catedral, Alfonso del Corral ha estado recientemente en Granada, para compartir su testimonio de conversión del dolor a la esperanza.

Hace 22 años tuve un hecho tremendo que es la muerte de un hijo. Y alrededor de ellos y como consecuencia de eso, tuve una experiencia y un encuentro con Dios. Aquello me cambió la vida. En ese sufrimiento, en un primer momento, paso a un caminar y a un buscar. Y efectivamente, yo soy un hombre totalmente converso, apasionado y, sobre todo, un hombre lleno de esperanza.

Empecé por invitación de unas monjas que me hablaron de un matrimonio que habían tenido un caso parecido de una pérdida de un hijo. Yo les di mi testimonio y, a raíz de eso, fue una detrás de otra, invitando a gente y amigos que intentaban propagar esa esperanza a personas que sufren.

Fue inmediatamente después. Ante el fogonazo de sentirte muerto. Pierdes a un hijo, pero quedas muerto, tú y tu mujer, y todo tu entorno. Tuve una experiencia, que siempre cuento en mis testimonios, de una serie de hechos que fueron sucediéndose en los que realmente experimento lo más importante: que Jesucristo no es una historia del pasado; que Jesucristo es una historia viva y Jesucristo está vivo. Y, por lo tanto, cuando tú has experimentado que Dios existe; que Dios está aquí a tu lado y va caminando contigo, te empiezas a formar y a seguir creciendo, y vas caminando con tus derrotas, con tus errores y con tus contradicciones, porque es la naturaleza humana. No somos ángeles, somos humanos, que estamos caminando aquí.

Ese choque de cara a cara, ese encuentro con el sufrimiento, con la enfermedad, con la muerte, en definitiva es el encuentro con la cruz de tu vida. La cruz de tu vida es insufrible, es inaceptable. Solamente se puede aceptar cuando percibes que esa cruz también está llevada por Otro, que es Dios; que Dios te quiere ahí y eso te da las fuerzas justas, porque, sin Él, no puedes llevarlo y para transformar completamente ese sufrimiento en algo que pueda ser positivo, aunque parezca algo increíble.

El sufrimiento es absurdo. Es algo inaceptable. Sólo tiene sentido con una visión trascendente, superior. El sufrimiento está dentro de nuestra naturaleza humana, que está aquí imperfecta. Y existe la enfermedad, el dolor. Y existe muchísimo. El mundo está lleno de enfermedad y de dolor, y lo que es peor, de la enfermedad del egoísmo, y de la soledad, y del aislamiento de todas estas personas. Vivimos en una ceguera absoluta.

Soy un hombre de parroquia. Tengo muchos amigos curas, por todos lados. Voy a grupos de montaña. Tengo muchísimos amigos: sacerdotes párrocos, y mucha gente de diferentes grupos y carismas, y tengo amistad con ellos. Recogí el testigo de mi madre, en un carisma: el carisma del Cottolengo, del padre Alegre. Me siento muy cercano al espíritu cotolenguino y voy caminando. Me siento un hombre de Iglesia.

La muerte de un hijo, y de un hijo pequeño, es especialmente brutal, porque es contra natura. Porque todos aceptamos que en un momento determinado nuestros abuelos, nuestros padres se tienen que ir. Y cuando te afecta de hermanos es muy duro. Y ya un hijo es algo que choca frontalmente con estos principios biológicos. Pero, en definitiva, es la muerte. La muerte de cualquier persona.

Lo único que existe posiblemente es, en primer lugar, rezar profundamente por ellos, para que tengan fe, esperanza, que busquen, que desde luego su hijo no está muerto; que su hijo está en el Cielo, en los brazos de la Madre del Cielo.

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