La etimología, la ciencia del significado verdadero, nos permite desvestir las palabras para revelar su esencia pura. En el estudio del "nacimiento", encontramos diferencias conceptuales notables entre idiomas, como el hebreo y las lenguas romances.
En hebreo, uno no "nace" sino que "es nacido", utilizando la raíz de dos letras: Lamed y Dalet. Al recién nacido se le denomina vaLaD y al animal vaLDán. Esta raíz se extiende a conceptos como moLeDet (patria) y toLaDá (estirpe o resultado).
Del latín nascĕre, "nacer" tiene múltiples acepciones:
- Salir del vientre materno, del huevo o de la semilla.
- Aparecer o salir del interior.
- Empezar a dejarse ver en el horizonte (un astro).
- Empezar a ser (una cosa).
- Manar o brotar (fuentes, ríos).
- Empezar desde otra cosa, como saliendo de ella.
- Inferirse de otra cosa.
- Tener una tendencia o aptitud natural.
- Iniciarse en una actividad o experiencia.
La palabra "nada" proviene de nata, forma femenina del participio natus del verbo nasci (nacer) en latín. Res nata significaba "el asunto en cuestión". La evolución hacia un sentido negativo se relaciona con el plural nati en la expresión homines nati ("los hombres nacidos"), que degeneró en "nadie".
Siempre me han fascinado las palabras, tan antojadizas, tan caprichosas como los seres humanos que las utilizamos. Por eso no hay nada como la etimología, la ciencia del significado verdadero, nada como quitarle al verbo el atavío del tiempo para quedarse con el étimo desnudo y puro.
Reflexionando sobre la etimología de las palabras cuando hace unos días inventé un término que a mí me satisface pero al que no auguro mucho recorrido: etimogogia. Así, la persona que practica o ejerce la etimogogia es etimogoga.
Podemos apreciar el significado de matrona, estudios demuestran que los resultados son generalmente más positivos y satisfactorios cuando el parto es atendido por matronas que cuando son atendidos por ginecólogos, pues éstos tienden a intervenir con mayor frecuencia de manera innecesaria.
Etimológicamente, la palabra ‘matrona’ surge de ‘mater’ (derivación de ‘matrix’ = de la madre), la voz ‘matrix-i-cis’ (matriz) que equivale al griego ‘jisterai’ (útero o matriz). La palabra ‘obstetrix-icis’ deviene de ‘obstetrices’, que eran personas expertas que asistían al parto. El término de origen latino ‘ob stare’ obtiene su significado en relación con la posición que ocupaba la mujer que asistía el parto: estar delante.
Incluso antes de que aparecieran estos términos, ya existían mujeres acompañando partos y nacimientos. Hay referencias de parteras en todas las culturas, en todas las civilizaciones, desde tiempos inmemoriales y con diferentes nombres.
Hasta bien entrado el siglo XVII, fue exclusivamente un trabajo de mujeres, donde los hombres no sólo no tenían cabida, sino que tenían prohibido, por ley, por religión o por cultura, tener relación con los partos, las menstruaciones y, en general, otros aspectos íntimos de lo femenino.
La etimología de «hombre» es realmente curiosa e incluso podría decirse que bastante profunda. El sustantivo «hombre» proviene del latín homo, hominis. En latín venía a tener más o menos las mismas acepciones que tiene hoy en día en español. Nos quedaremos con unas cuantas líneas del DLE:
hombre. (Del latín homo, ‑ĭnis).
- m. Ser animado racional, varón o mujer. Usado, seguido de un complemento, para hacer referencia a un grupo determinado del género humano. El hombre del Renacimiento. El hombre europeo.
- m. varón (‖ persona del sexo masculino).
- m. Varón que ha llegado a la edad adulta.
A su vez, la raíz del latín homo, hominis es compartida con humus ‘tierra’, ‘suelo’ y se remonta hasta el protoindoeuropeo *dʰéǵʰōm ‘tierra’, de donde *ǵʰm̥mṓ ‘terrestre, terrícola’. Básicamente, un hombre (homo) es el que sale del y pertenece al suelo (humus).
La conexión entre el hombre y la tierra también se encuentra en lenguas semíticas: el hebreo אָדָם /aˈdam/ ‘hombre’ está claramente relacionado con אֲדָמָה /adaˈma/ ‘tierra’.
Desde muy antiguo se consideró que el hombre como especie (el ser humano) era un animal que provenía del suelo. Esto podemos verlo reflejado en las mitologías, incluyendo naturalmente la judeocristiana:
Modeló Yavé al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. Génesis 2, 7
En la mitología griega podemos ver algo parecido en el mito de Deucalión y Pirra, que hacen nacer a la nueva generación de hombres a partir de las piedras del suelo (los huesos de su madre, según el propio oráculo), e incluso el del nacimiento de Pandora, que fue creada por Hefesto con arcilla, o los hombres -los Espartos- que nacieron de los dientes de un dragón al ser plantados en el suelo por Cadmo y posteriormente por Jasón.
Deucalión y Pirra arrojan piedras, de las que nace la nueva generación de hombres
Esto no hay que tomárselo como si los romanos pensaran que los hombres brotaban del suelo como si fueran árboles, sino que los hombres (homines) son simplemente «los de la tierra», «los terrestres», en clara contraposición a los dioses, que viven en los cielos. Como prueba de la necesaria distancia que debía haber entre dioses y hombres, tenemos los mitos de la Torre de Babel en la tradición judeocristiana y el de Ícaro, que murió por querer volar hasta el cielo, en la griega.
Por supuesto, los hombres, ya que se originan en el suelo, están destinados a volver a él:
Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás. Génesis 3, 19
En relación con esto tenemos la trama de Antígona y sus hermanos Etéocles y Polinices. A pesar de la prohibición de la ley humana de enterrar a Polinices, al ser considerado un traidor, Antígona respeta la ley divina que obliga a enterrarlo.
Antígona tenía la obligación de enterrar a su hermano Polinices
Así, enterrando a los muertos, se cerraba el círculo, el ciclo de la vida: del suelo venimos y al suelo vamos para volver a nacer. Puede incluso ser interesante hablar del mito de Adonis, que nació del árbol de la mirra (en el que se había metamorfoseado Mirra) cuando un jabalí le hincó los colmillos, y murió igualmente por el ataque de un jabalí. De la sangre del difunto Adonis yacente en el suelo nacieron un puñado de flores.
La muerte de Adonis
Asimismo, otra versión del mito narra que Afrodita le entregó a Perséfone (reina del inframundo) a Adonis para que lo cuidara, y Zeus decretó que debía pasar la mitad del año con Perséfone (en el inframundo) y la otra mitad con Afrodita (en la Tierra), de lo que puede verse una interesante explicación de la transición vida-muerte-vida-muerte-etc. y del ciclo de las estaciones del año.
En el contexto de la visión binocular, los términos "foria" y "tropia" describen la alineación de los ojos. La foria se refiere a una desviación ocular latente que se compensa con las reservas de fusión, mientras que la tropia es una desviación manifiesta. El paso de foria a tropia es una zona de transición entre control y descontrol binocular. Las reservas fusionales, la capacidad del sistema visual para mantener la alineación, pueden verse afectadas por diversos factores como el cansancio, la salud o cambios refractivos.
A menudo, las heteroforias compensadas se pueden descompensar, a pesar de disponer de buenas reservas fusionales, por una pérdida visual monocular debida a una patología macular o a una pérdida de transparencia de medios, por ejemplo. En situaciones más excepcionales, la micropsia significativa provocada por una translocación macular creará una anisoiconia lo suficientemente acentuada para desencadenar el paso de furia a tropia.
Tabla resumen de conceptos
| Término | Descripción |
|---|---|
| Nacer (Latín) | Salir del vientre, aparecer, empezar a ser. |
| Nacer (Hebreo) | Ser nacido (pasivo). |
| Homo (Latín) | Hombre, ser humano, relacionado con la tierra (humus). |
| Foria | Desviación ocular latente compensada. |
| Tropia | Desviación ocular manifiesta. |
