Zancada a zancada, año a año, medalla tras medalla, Mo Farah empieza a verse a la altura de dos leyendas del atletismo como los inolvidables Haile Gebrselassie y Kenenisa Bekele, los etíopes que dominaron las pruebas de fondo en la pista antes de que irrumpiera este atleta de alambre, de puro escuálido, que se ha empeñado en llevarse una par de medallas de oro de cada campeonato.
Este éxito compensa una temporada muy ácida para Farah.
El británico acusó a la prensa de arrastrar su nombre por el fango después de que la BBC señalara al grupo de Alberto Salazar, el gurú de las pruebas de fondo que, bajo el auspicio del Nike Oregon Project, alimenta un exquisito grupo de corredores.
El británico sufrió con el golpe y renunció a un mitin, pero ha ido reponiéndose hasta llegar pletórico a Pekín.
Y no era una ciudad de grato recuerdo. Allí, en los Juegos de 2008, ni siquiera alcanzó la final de 5.000.
Pero Farah se ha preparado muy bien en Oregón, Kenia y Font Romeu. Falta le hace.
El miércoles vuelve al tajo con las eliminatorias de 5.000. Ese día volverá a sonreír en la línea de salida mientras se hace preguntas mirando a sus oponentes: «¿Eres mejor que yo?
A Mo Farah, el nuevo rey del fondo, le costó reconocer a su hija Rihanna, que lo buscaba envuelta en la Union Jack, algo perdida también en medio del estruendo que hizo temblar el estadio olímpico de Londres tras asistir al inesperado desenlace de la carrera de 10.000 metros y que completó una jornada redonda para el atletismo británico.
En la competición más lenta desde Barcelona '92, a tirones, donde etíopes, kenianos y eritreos, la élite, se enredaron en una esperada guerra táctica por equipos, Farah se resguardó, un espectador más, frotándose las manos al ver que rara vez se giraba por debajo de los 65 segundos.
Rupp (27:30.90), segundo, el primer blanco que sube al podio desde el italiano Salvatore Antivo -plata también en Seúl 1988-, el primer estadounidense desde Billy Mills en 1964 (oro), completó un final imprevisto en cualquier guión, sin kenianos en el podio -no sucedía desde Moscú en 1980-.
Kenenisa, plusmarquista mundial (26:17.53) y olímpico (27:01.17), que hace cuatro años en Pekín alcanzó el cénit de su carrera simbolizado en su última vuelta de las 25 que debe completar un corredor de 10.000 m., 53.42 s. -sólo seis centésimas por debajo del tiempo de Farah-, finalizó cuarto (27:32.44), desfondado, sin el último récord al que aspiraba, convertirse en el primer atleta con tres títulos olímpicos en la prueba larga de fondo, hito que se también se les resistió a Gebrselassie, Zatopek, Nurmi y Viren.
También perdió la opción de ser el primero que gana un evento individual de pista en tres JJOO consecutivos.
El marroquí Khalid Ska había sido hasta hoy el último campeón olímpico de 10.000 m. no etíope (Barcelona 1992).
El país africano había sumado cuatro títulos consecutivos en la disciplina, uno más que los finlandeses voladores, inabordables entre 1912 y 1928.
Farah es el primer atleta que gana esta carrera en suelo patrio.
El año pasado se marchó con su mujer, Tania, que espera gemelos, y con Rihanna a Oregón para entrenarse con el maratoniano Alberto Salazar. A punto estuvo de tener que alterar sus planes, pues los agentes de la Seguridad Nacional de EEUU desconfiaban del lugar de nacimiento del atleta, Mogadiscio, pero Salazar encontró a algunos agentes del FBI amantes del atletismo y así consiguió el visado tras pasar un tiempo esperando en Canadá.
PekínMientras Ruth Beitia hacía lo imposible por colarse en el pódium de salto de altura, alguien estaba escribiendo un nuevo capítulo en la historia del fondo en la línea de meta del Nido del Pájaro.
El británico Mo Farah se estaba proclamando campeón mundial de los 5.000 metros lisos, consiguiendo un doblete después de haber hecho lo propio el primer día del campeonato en los 10.000 metros y revalidando sus dos oros de hace dos años en Moscú. Y honrando los dos que consiguió el año pasado en el europeo de Zurich. Y los dos de los Juegos Olímpicos de Londres en 2012 también.
Es historia del atletismo, pero no por la cantidad de oros mundiales que atesora este británico espigado, que lleva cinco. Al lado de los once de Bolt, eso no es nada.
Es un homenaje al corredor resolutivo, y que tiene tan clara su estrategia que es capaz de imponérsela a los demás corredores, ya sea por presión o por pura telekinesis.
Ha ganado el 5.000 y el 10.000 en Pekín igual que lo hizo en Moscú, en Londres y en Zurich: poniéndose atrás, dejando hacer a los demás y arrancando a falta de 400 metros para terminar fundiendo los plomos de hasta el último keniata o etíope. Y haciendo la 'M' de Mo al terminar, el Mobot, claro. Si no, no ha ganado.
Así lo ha hecho en Pekín para ganar a Eliud Kipchoge este sábado sobre los cinco kilómetros, y hace unos días para doblegar a su compatriota Geoffrey Kamworor.
Carreras en las que no se muestra - en la de hoy incluso parecía que pretendía ser doblado sin que nadie se diese cuenta tan atrás iba - y en las que aparece en la última vuelta para dar al traste con la esperanza de África de recuperar el trono perdido del fondo en pista.
Marcas de 27:01.13 en diez mil y de 13:50.38 en cinco mil, asequibles para la mayoría de fondistas de primer nivel que evidencian una cosa: cuando Mo el Faraón está en el redil, nadie se atreve a hacer nada.
Si vas lento, te arranca las pegatinas en la última vuelta. Si vas rápido... prefieren no averiguarlo.
Es historia del atletismo también por los números: es el primer fondista de la historia en revalidar un doblete de estas características en un mundial, repitiendo su hazaña de Moscú en 2013. Es más: también es el primer atleta de la historia en conseguir un doblete en dos mundiales, un europeo y unos Juegos Olímpicos.
Todo esto teniendo en cuenta que el británico nacido en Somalia está esperando el momento propicio para dar el salto al maratón y extender su dictadura al asfalto. Los keniatas están temblando.
La cualidad que hace único a Mo Farah es su sprint final.
Un atleta capacitado para hacer marcas de máximo nivel en pruebas de largo aliento (tiene 12:53.11 en 5.000 y 26:46.57 en 10.000, poca broma) pero también para arrebatarle el récord de Europa de 1.500 metros a Fermín Cacho con 3:28.81 minutos.
Un combo mortal al que sólo pudo hacer frente el etíope Ibrahim Jeilan en los mundiales de Daegu de 2011, cuando le derrotó en los últimos metros del 10.000.
No sabemos si Mohammed Farah repetirá su famoso signo tantas veces como por ejemplo las cuatro veces en que Haile Gebreselassie ganó los 10.000 metros, pero desde luego se ha convertido en el 'coco' de cualquier campeonato.
Ningún fondista quiere cruzarse con él: en apenas 400 metros puede dejar en nada el poderío histórico de Kenia y Etiopía en fondo.
Es, sin duda, el corredor más resolutivo de mundo, y si África no se pone las pilas, Mo Farah podrá repetir la operación en Río de Janeiro con precisión de cirujano.
Que al espectador la escena de la línea de meta le hace mucha gracia, pero al corredor que llega por detrás en segundo lugar después de tirar durante toda la prueba, más bien poca.
Un método que, por ahora y hasta que nadie le ponga remedio, le ha valido para ganar seis medallas en mundiales, dos en Juegos Olímpicos y seis en campeonatos de Europa de pista.
Los kenianos ya saben cómo se la gasta este atleta capaz de hacer algo impensable en el atletismo: correr en un segmento de cuatro meses un medio maratón en menos de una hora (59.32) y un 1.500 en menos de tres minutos y medio (3:28.93). Por eso no especularon. Pusieron un ritmo elevado, pero insuficiente para descabalgar a un Farah imponente.
Al británico nacido en Somalia le bastó, como acostumbra, con imponer su ley en el último kilómetro (2.28). A falta de 500 metros incrementó el ritmo progresivamente y aunque se dio un susto al tropezar con su perseguidor, el notable Kamworor, diez años más joven (22), fue acelerando hasta descolgando a Kamworor y a Tanui, plata y bronce, nada más salir de la curva para una vuelta final en 53.8.
Mientras, con los grandes maratones ya en el horizonte, con el de Berlín en septiembre, el Mundial se ha convertido en un incómodo trámite para los grandes fondistas.
Los dólares atraen más que las medallas. Un oro en Pekín se paga a 60.000 dólares; el primer puesto en Boston, por ejemplo, a 150.000.
Eso abrió la puerta a las sorpresas. A que los italianos Pentile, de 41 años, y Meucci, fueran en cabeza a mitad carrera. O que un corredor de Lesotho, último en el Mundial de Moscú, se escapara durante unos kilómetros.
Ghebreslassie, al que sus padres intentaron alejar del atletismo, se convierte en el campeón mundial de maratón más joven de la historia y da a Eritrea su primera medalla de oro. A sus 19 años, su recorrido es breve. Su debut se produjo en el maratón de Chicago, en 2014. Era la liebre, pero después de llevar a los mejores hasta el kilómetro 35 decidió continuar para acabar sexto. Este año fue segundo en Hamburgo.
Javi Guerra no quiso saber nada de los africanos. Renunció desde la salida al grupo de cabeza y se dedicó a ir remontando puestos. En el kilómetro 15 tenía a 38 rivales por delante. En el 30, ya solo a 19. Al final entró en el puesto decimotercero (2:16.59) que le otorga una plaza para el maratón olímpico del próximo verano.
