El Concilio de Éfeso y la Maternidad Divina de María

La liturgia de la Iglesia celebra la maternidad divina de María, un acontecimiento de importancia singular para la historia de la humanidad. En un mismo diseño proyectó Dios la encarnación de su Hijo y la maternidad divina de María. Ambos representan unidos un misterio muy grande.

Icono de la Virgen María.

Los Primeros Siglos y la Definición de la Maternidad Divina

Los primeros siglos fueron descubriendo, paso a paso, todo aquello que implicaba el hecho histórico de la encarnación del Verbo de Dios. A pesar de que Cristo representaba el fundamento del culto cristiano, algunos no reconocían claramente su divinidad. Otros expresaban reticencias a su humanidad. Y otros no acertaban a comprender cómo Dios y el hombre se hallaban unidos en unidad de persona. Las herejías de entonces eran más bien insuficiencia de conocimiento. No sabían compaginar los datos del Nuevo Testamento y las afirmaciones de los Padres Apostólicos.

Los primeros concilios ecuménicos hicieron una clarificación singular. El concilio de Nicea definió en el 325 que el Hijo de Dios se encarnó y se hizo hombre verdadero. El concilio de Constantinopla definió en 381 que el Verbo de Dios se encarnó por obra del Espíritu Santo y de María Virgen.

Representación del Concilio de Éfeso.

El Concilio de Éfeso (431)

El concilio de Éfeso definió en 431 la maternidad divina de María: enseñó que María es verdadera Madre de Dios. Efectivamente, de María no nace un cuerpo, sino una persona, Jesús. En él hay dos naturalezas, divina una y humana otra, pero una sola persona. Esta maternidad divina de María habla claramente de la profundidad sorprendente de la gracia y del amor de Dios en nosotros. Dios se ha entrañado en nuestras vidas. Para siempre estará con nosotros con el fin de hacernos Dios con él. Ha venido a romper el techo y límite de la raza humana y hacernos vivir como hijos de Dios gracias a la misma filiación divina del Hijo. Para siempre seremos, con el Hijo, “partícipes de la divina naturaleza”, pues no viviremos solos.

Implicaciones de la Maternidad Divina

La maternidad divina de María no afecta solo a la concepción y parto de Jesús. No representa un elemento pasivo y puntual en la vida de María. Fue madre e hizo amorosamente de madre. Vivió responsablemente en plena colaboración de fe, en estrecha colaboración con Cristo. Y se hizo más madre creyendo y contribuyendo activamente a la obra de Jesús. Le concibió antes en su corazón que en su cuerpo. Vivió y conmurió con él. Colaboró con el Padre en el don del Hijo predilecto. También ella lo entregó por nosotros.

María, en los primero siglos, siempre fue representada con el Hijo, nunca sin él. Las fiestas marianas son las fiestas del Hijo. Esto corrige una cierta corriente de espiritualidad popular que contempla a María independientemente del evangelio y de su vinculación eclesial. Fue llena de gracia; cayó en gracia a Dios y a ella le cayó Dios en gracia. Concibió al Verbo de Dios en su entraña y también en su corazón. Fue rumiante permanente de la palabra de Dios. Quien solo habla de María, o la aísla demasiado, no la conoce. Ella confiesa que su grandeza no es ella, sino Dios: “Ha hecho cosas grandes e mí el que es Todopoderoso”. Un verdadero cristiano no debe separar nunca a María de Jesús. Su piedad ha de ser siempre cristocéntrica.

Un verdadero cristiano no separa nunca a María de la Iglesia, no hace capilla aparte, no sigue un culto aislado. Está presente en la vanguardia de la evangelización, de la salvación y redención de los grandes problemas del pueblo. Un culto para lucir y vestir, para pasarlo bien, no tiene sentido. La imitación por excelencia de María es el seguimiento espiritual del evangelio durante los domingos del año. El año litúrgico es la persona y vida de Jesús que se hacen presentes y actuales para ser revividas por nosotros. Comulgando con la eucaristía y con el evangelio, Cristo vive en nosotros y nosotros le revelamos y manifestamos al mundo. Nos transformamos en su cuerpo místico. Seguir los evangelios, desde adviento a Pentecostés, es convivir con Jesús como ayer lo hizo María. Es dejarnos transformar y convertir en él. El testimonio es la mejor evangelización para los que no le conocen. María, siendo madre de Cristo, que es nuestra vida, es madre nuestra. Nuestra vida ha estado en su seno.

Jesús, naciendo de ella, unió para siempre lo divino y lo humano en una sola persona. Si Dios está tan entrañado en nosotros, la violencia es sinsentido y contradicción. Él es nuestra paz.

Los Dogmas Marianos

Hasta la fecha, son cuatro los Dogmas marianos que la Iglesia reconoce desde que el Concilio de Éfeso en 431 definió el primero de ellos, la Maternidad Divina de María, (María Madre de Dios). Al que siguió el de la Virginidad Perpetua de María (Virgen antes, durante y después del parto), en el Concilio de Letrán en 649. Debiendo esperar doce siglos después, el de la Inmaculada Concepción, proclamado por el beato Pío IX el 8 de diciembre de 1854. El cuarto y hasta ahora el último, la «Asunción gloriosa de los Cielos de la Virgen María en cuerpo y alma», lo definirá Pío XII el 1º de noviembre de 1950.

En relación a los dos primeros dogmas marianos, Virgen y Madre, nacen en orden a clarificar y concretar el misterio del Hijo , hombre y Dios verdadero. En torno a los dos primeros-siempre virgen y maternidad divina- que se declaran en los cuatro primeros siglos, debemos observar que tratan de responder a orientaciones teológicas no aceptables para la fe cristiana ( modalismo, docetismo y monofisismo) que ponen en tela de juicio que Jesucristo fuera a la vez Dios y hombre y que asumió plenamente la condición humana, excepto en el pecado. Se prefería hablar mejor de una “aparente o fingida” humanidad. Con este panorama, demasiado escueto, la fe de la comunidad eclesial, acudió a la figura de María para poner las cosas en su sitio y reconocer a Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre.

Al afirmar la maternidad divina de María, quedaba claro que Dios se hizo totalmente hombre; por su virginidad es indudable que lo que hay en su seno viene de Dios, es Hijo de Dios. La invocación ( Éfeso, 421) de Theotokos( Mater Dei) pareció a algunos errónea ( una criatura no puede engendrar a Dios) ; los había que acudían a mitos paganos( Isis) Pero los padres conciliares y el pueblo, en Éfeso, no trataron, con esta invocación, tanto de ensalzar a María cuanto de afirmar y ratificar que el Hijo es una sola persona en sus dos naturalezas- humana y divina.

Pero además virginidad y maternidad divina de María, no sólo defienden el misterio de Jesucristo, sino que nos trasmiten otro mensaje sobre su persona y la obra de Dios en María En la virginidad se nos revela que María fue toda ella propiedad de Dios, criatura sin mancha ni fisuras. Virginidad es expropiación de sí misma para ser sierva-esclava de Dios; sacramento viviente: su persona y sus obras translucen a Dios y las cosas de Dios. En la maternidad nos encontramos que María es el templo vivo y real de la presencia de Dios. Hablamos de un Dios que no sólo da cosas, sino que se entrega sin medida.

Dogmas Marianos
Dogma Mariano Definición Concilio/Papa Año
Maternidad Divina de María María es la Madre de Dios (Theotokos) Concilio de Éfeso 431
Virginidad Perpetua de María María fue virgen antes, durante y después del parto Concilio de Letrán 649
Inmaculada Concepción María fue concebida sin pecado original Pío IX 1854
Asunción de María María fue asunta en cuerpo y alma al cielo Pío XII 1950

Los dos siguientes dogmas sobre La Virgen - Inmaculada Concepción y Asunta al Cielo- tardaron. Pero al igual que los dos primeros, Virginidad perpetua de María y Maternidad Divina ( Concilio de Éfeso, 431), se plantean salir en defensa de la persona humana.

Se nos viene a decir que la Asunción es el culmen necesario de la vida de María, llena de gracia. Si desde el comienzo era toda de Dios, a El pertenece por y para siempre. Contemplados desde una perspectiva eclesiológica ambos dogmas nos ponen frente a nuestro origen y destino: salimos de Dios , regresaremos a El.

Cuatro Dogmas Marianos - Padre Ángel Espinosa de los Monteros

El "Latrocinio de Éfeso"

En Éfeso se había definido la maternidad divina de María. Aparece entonces la figura de un anciano monje de Constantinopla llamado Eutiques (378?- 454). El Obispo de Constantinopla Flaviano condena a Eutiques, e informa al obispo de Roma León I (440-461). Los monifisistas, amparados por el patriarca de Alejandría Dióscoro y por el emperador Teodosio II, consiguen la convocatoria de un Sínodo. Éste se celebró en Éfeso (449).

El Sínodo, presidido por Dióscoro, fue una continua violencia desde el principio hasta el fin. Se rechazó el documento pontificio y depusieron a Flaviano. Pelotones de monjes monofisitas arrastran a Flaviano, lo destierran muriendo en el camino. Los legados pontificios lograron escabullirse. Al enterarse el papa de lo sucedido, lo llamó "el latrocinio de Éfeso", y en un Sínodo romano condenó lo ocurrido.

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