La relación entre traducción y exilio es un tema fascinante que se manifiesta de diversas maneras en el ámbito de los organismos internacionales y la literatura. A lo largo del siglo XX, numerosos traductores se vieron influenciados por experiencias de exilio, ya fuera por motivos políticos, económicos o personales.
En este contexto, es interesante recordar cómo, hace más de medio siglo, comenzó a circular el galicismo “exilado”. Entiendo por exilio lo que, en su segunda acepción, explica la definición actual de la Real Academia Española: «Expatriación, generalmente por motivos políticos». Lo que no quiere decir que no vaya a referirme de pasada a algún que otro exiliado cuyos motivos no fueron estrictamente políticos: no hace falta recordar aquella frase memorable de Manuel García Cuesta, más conocido por el Espartero: «más cornás da el hambre».
Trabajé como traductor durante cinco años en las Naciones Unidas, primero en Nueva York y luego en Viena, Ginebra y un poco en el mundo entero, y pude darme cuenta de la enorme influencia que tuvieron los sucesivos exilios en las traducciones al español. Primero, evidentemente, el de la guerra civil española, luego el de Cuba, la Argentina y el Uruguay, el de Chile...
Sede de las Naciones Unidas en Nueva York
La Influencia del Exilio en las Traducciones al Español
Hay que destacar la importancia que ha tenido siempre, en la traducción al español en las Naciones Unidas, el exilio, político o no. Por poner solo un ejemplo, la relación de poetas peruanos que en algún momento trabajaron en las Naciones Unidas (desde Emilio Adolfo Westphalen hasta Luis Loayza, pasando por Raúl Deustua) parecería una antología de la poesía peruana contemporánea.
Al hablar de las Naciones Unidas, no me refiero solo a esa Organización sino también a sus muchos organismos especializados: la Unesco, la Organización Mundial de la Salud, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), el Organismo Internacional de Energía Atómica...
Cuando llegué a las Naciones Unidas en 1965, yo, que era jurista de profesión, concretamente jurídico del Aire, me encontré con lo que todavía hoy seguimos buscando los traductores: una lengua española culta, perfectamente legible y aceptable para todos los hispanohablantes.
Un problema en los primeros años de la Organización fue que España, sencillamente, no era miembro de las Naciones Unidas. En realidad, el origen de la traducción al español en las Naciones Unidas está envuelto en leyendas. Por extraño que parezca, nadie parece saber a ciencia cierta quién tradujo la Carta de las Naciones Unidas al español. He hablado con muchos viejos funcionarios, pero ninguno está seguro.
Personalmente, me inclino a creer que fue el argentino Honorio Roigt, luego primer jefe de la sección española de traducción, quien se ocupó de la tarea, aunque quizá no la realizara solo. El idioma español, sin embargo, no corrió nunca peligro de no ser admitido como idioma oficial en las Naciones Unidas, dado que más del 30 % de los países que asistieron a esa Conferencia de San Francisco eran de habla española (salvo error, 18 países).
Lo cual no quiere decir que exiliados españoles no participaran desde el primer momento en las actividades de la Organización, porque, como es sabido, la guerra civil española irradió hacia el exterior un número impresionante de republicanos, muchos de ellos de alto nivel intelectual.
No me resisto a mencionar a Alfredo Mendizábal, catedrático de Derecho Natural de la Universidad de Oviedo, que, católico y liberal, amigo y traductor de Maritain, consiguió enemistarse por igual con ambos bandos de la contienda. Su labor como traductor en las Naciones Unidas fue importante hasta que -al parecer por desacuerdo con la expresión «derechos humanos» (en contraposición a “derechos del hombre”, que era la clásica en derecho internacional español)- decidió abandonar la traducción.
La Asamblea General había decidido ese cambio en 1952, basándose en gran parte en que la Carta había preferido la expresión «derechos humanos» en varios de sus artículos.
Traductores Notables y sus Contribuciones
Me sería imposible hablar de todas las personas notables (sobre todo escritores) que he conocido en mis años de relación con organismos internacionales. Mi enumeración será por ello necesariamente deficitaria, pero creo que puede ilustrar de algún modo lo que quiero decir.
De todos modos, siempre me pareció asombroso, por ejemplo, compartir despacho en las Naciones Unidas con un exembajador chileno, con un exdecano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Montevideo, con (José Luis Valente) uno de los mejores poetas españoles del pasado siglo, con un novelista de talla universal como el argentino Julio Cortázar o con el premio Cervantes y también argentino Juan Gelman, o bien con diputados, magistrados, catedráticos o políticos conocidos...
La pregunta es inevitable: todas esas personas, además de destacar en sus respectivas especialidades, ¿sabían realmente inglés y francés, por no hablar de chino, árabe o ruso? Y, lo que es más importante, ¿sabían traducir? Creo sinceramente que la respuesta es afirmativa. Lo que ocurre es que su formación había sido práctica, que tuvieron que aprender sobre el terreno porque jamás habían pasado por una facultad de traducción e interpretación, ya que esas facultades, sencillamente, no existían.
Mi intención es ahora simplemente hablar de algunos destacados escritores, más o menos exiliados, a los que he conocido, también más o menos, en mis años de traductor de las Naciones Unidas.
He de señalar también que todos los organismos del sistema de las Naciones Unidas han recurrido siempre, para sus traducciones al español, no solo a personal de plantilla sino también, para atender a necesidades extraordinarias de conferencias, etc., o con carácter habitual, a los llamados “temporeros”, traductores con contratos relativamente cortos que pasaban y pasan con frecuencia de un organismo a otro, lo que, entre otras cosas, facilita la uniformidad de la lengua española.
Y debo revelar asimismo una opinión generalizada entonces en ese mundo traductor, y probablemente falsa como toda opinión generalizada: las traducciones de las Naciones Unidas de Nueva York y Ginebra eran las más sólidas, resolvían los problemas de neologismos y marcaban pautas. Sin embargo, desde el punto de vista puramente literario, las mejores eran las de la Organización Mundial de la Salud, las peores las de la Organización Mundial del Trabajo, también de Ginebra, y las de la Unesco de París (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) podían ser cualquier cosa, desde excelentes hasta infames, por la diversidad de los temas tratados y la variedad de sus traductores, cuyos méritos eran a veces mucho más políticos que literarios o lingüísticos.
A continuación, se mencionan algunos traductores notables:
- Julio Cortázar: Aunque su valoración pueda haber sufrido variaciones, su estatura me parece indiscutible. Sin embargo, difícilmente se podría considerar a Cortázar, argentino nacido en Bélgica, como exiliado, aunque escapara del peronismo. Yo conocí a dos Cortázares, en los años sesenta del pasado siglo, cuando él trabajaba con su primera mujer, Aurora Bernárdez, para el Organismo Internacional de Energía Atómica, en Viena. Como traductor literario, se deben a Cortázar, sobre todo, una excelente versión de los cuentos de Edgar Alan Poe y las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. A título de chisme, quiero decir que, en el Organismo Internacional de Energía Atómica de Viena se decía que Aurora Bernárdez era mucho mejor traductora que él.
- José Ángel Valente: Su trayectoria en las Naciones Unidas es muy importante. Conocí a Valente en los años cincuenta en el Colegio Mayor Ximénez de Cisneros de Madrid, cuando recibió, en 1954, el premio Adonais por su libro A modo de esperanza. José Ángel Valente no necesita presentación. Alguna vez compartí despacho con él. Era hombre de lengua afilada pero considerado con quien consideraba sus iguales. En el sistema de las Naciones Unidas tenía un prestigio indudable, a pesar de su galleguismo un tanto impostado. Como traductor literario (Dylan Thomas, John Keats, Eugenio Montale, Constantino Cavafis y Paul Celan), no me atrevería a juzgarlo: del francés, inglés e italiano Valente no tenía problemas. José Ángel Valente y sus traducciones ha sido un tema estudiado por gente muy competente: sin ir más lejos, por Juan Manuel del Río Surribas.
- Juan Gelman: Otro poeta indiscutible que, exiliado, tuvo que recurrir con frecuencia a las Naciones Unidas para sobrevivir. Juan Gelman, cuya vida complicada y trágica no es preciso recordar ahora, fue un gran poeta, muy preocupado por la traducción. De hecho, uno de sus libros más importantes (Traducciones III. Los poemas de Sidney West (1968-1969)) pretende ser traducciones de una especie de heterónimo, un poeta inventado. Comienza con una cita apócrifa de un apócrifo Po I-Po: «La traducción, ¿es traición? / La poesía, ¿es traducción?» (Gelman, 2012: 95).
- Luis Loayza: Seguramente su nombre no sonará a casi nadie. Y, sin embargo, Luis Loayza, Lucho Loayza es (porque todavía vive) uno de los más exquisitos escritores peruanos. Lo que pasa es que nunca se preocupó demasiado por publicar. Compañero y amigo de Vargas Llosa (de hecho, es uno de los personajes de Conversación en la catedral), Luis Loayza es también autor, por ejemplo, de El sol de Lima, un libro de ensayos que no tiene desperdicio: desde la mejor crítica del Ulises de Joyce que he leído nunca hasta el mejor artículo nunca escrito sobre el Inca Garcilaso de la Vega. Luis Loayza, además de traducir sesudos documentos de, sobre todo, la Organización Mundial del Comercio, ha traducido también, de forma insuperable, a escritores insólitos: Thomas de Quincy, Arthur Machen...
- Calvert Casy: En Roma, en la FAO, me parece imprescindible citar a Calvert Casy, un exquisito escritor cubano a quien nadie recuerda, el cual, homosexual en una época en que no se estilaba, se suicidó en esta ciudad en 1969, siendo traductor de la FAO.
- Joan Prat (Armand Obiols): En Viena quiero destacar sobre todo a Joan Prat, más conocido por su seudónimo de Armand Obiols, gran poeta y espléndido traductor, que después de la guerra civil española emigró con Mercè Rodoreda al castillo de Roissy-en-Brie y fue Pigmalión de la Rodoreda durante muchos años.
- Eduardo Mendoza: Traductor de las Naciones Unidas, se pasó, como muchos otros, a la interpretación de conferencias, a fin de disponer de más tiempo para escribir. Lo conocí en Nueva York (sobre todo en el rodaje de Ángeles Gordos de Manolo Summers) y su trabajo como traductor literario (Shakespeare, etc.) es impecable.
- Aquilino Duque: Con él coincidí más de una vez en Roma y en Ginebra (fue funcionario entre 1961 y 1975) y -espero- sigue tan terne. Quizá sea el único que, fino prosista y poeta y excelente traductor de Karen Blixen, Mandelstam y Os Lusíadas, haya descrito, en alguna novela suya, todo aquel mundo inverosímil de los traductores internacionales, que él vivió muy de cerca.
Sin embargo, antes que nada, quiero hablar de un exiliado ilustre de la guerra civil española, que acabó traduciendo en México para el Fondo de Cultura Económica. Fue un diputado e importante político (de origen suizo y alsaciano) y hermano del célebre -aunque no tanto como debiera- compositor Roberto Gerhard, un discípulo de Schoenberg asentado en Inglaterra.
Günter Grass, un escritor siempre preocupado por la traducción y cuyas estupendas relaciones con sus traductores se han hecho legendarias, tuvo la suerte de encontrar a tres profesionales de excepción que se encargaron de verter su primer libro al francés, inglés y español, respectivamente. Jean Amsler (Le tambour, 1961), Ralph Manheim (The Tin Drum, 1962) y Carlos Gerhard, (El tambor de hojalata, 1963) fueron los que convirtieron realmente a Grass en autor universal. Los dos primeros tuvieron en su día amplio reconocimiento y recibieron numerosos galardones. Cuando empecé a investigar sobre él, solo averigüé que fue un español exiliado a México y muerto en 1974. En Internet pude encontrar una impresionante relación de las traducciones de toda clase que hizo para el Fondo de Cultura Económica y para la editorial mexicana Joaquín Mortiz en los años cincuenta y sesenta, entre las que destacaba la llamada «Trilogía de Dánzig» de Günter Grass (El tambor de hojalata, El gato y el ratón y Años de perro).
Durante medio siglo, la traducción española de El tambor de hojalata de Carlos Gerhard fue leída por cientos de miles de personas en todos los países de habla hispana. Cuando, en 1978, Jaime Salinas, gran editor, quiso publicar en España el libro, hasta entonces prohibido por la censura, y se planteó la posibilidad de hacer una nueva traducción, yo, que por aquella época asesoraba a la editorial Alfaguara, dije que, aunque mejorable como cualquier traducción, la de Carlos Gerhard conservaba su frescura y podía seguir reeditándose indefinidamente...
Hacia 2005 comenzó a sentirse en distintos países la necesidad de acometer nuevas traducciones de El tambor de hojalata: Francia, Finlandia, Italia, Portugal, todo el ámbito anglosajón... y también España. Por ello Günter Grass convocó, en Dánzig2, una reunión con sus traductores, como solía hacer cuando escribía un nuevo libro. Al enfrentarme luego con la tarea, me sorprendió la calidad de la traducción hecha por Carlos Gerhard medio siglo antes. Yo jugaba con ventaja: el contacto con Grass y la comunicación directa con él, los múltiples medios de investigación existentes ya, las minuciosas actas redactadas en la reunión de Dánzig, la experiencia de muchos libros de Grass traducidos por mí...
Günter Grass
No existe, o no he sabido encontrar, una obra sobre la traducción parecida a la excelente Interpreters at the United Nations: A History, de Jesús Baigorri-Jalón, que fue intérprete de las Naciones Unidas en Nueva York y luego profesor titular de interpretación del Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Salamanca. Sin embargo, en clave completamente distinta, hay un libro muy interesante sobre los primeros tiempos de la traducción en el sistema de las Naciones Unidas: Seixanta anys d'anar pel món (Sesenta años de andar por el mundo) de un periodista, Eugeni Xammar que fue ya funcionario nada menos que de la Sociedad de las Naciones.
