Los Juegos Olímpicos, ese gran evento que cada cuatro años captura la atención del mundo entero y que París acoge en 2024, tiene sus raíces profundamente ancladas en la historia de la Antigua Grecia. Si bien se asemejan mucho a los espectáculos deportivos actuales, en sus orígenes estos eventos poseían un significado mucho más profundo para los helenos, así como unas normas y características que distan mucho de las que conocemos hoy en día.
Plano del sitio arqueológico de Olimpia.
Los Primeros Juegos Olímpicos
En la antigua ciudad de Olimpia, según cuentan sus habitantes, se llevó a cabo un evento que marcó la historia del deporte para siempre: los primeros Juegos Olímpicos en el año 776 a.C. El lugar elegido fue el monte sagrado Altis, entre los ríos Cladeo y Alfeo, donde existía ya anteriormente un santuario en el que se rendía culto a Zeus, probablemente con juegos deportivos desde época micénica. Pero es a partir de la restauración de Ífito cuando está documentada su celebración periódica cada cuatro años en la primera luna llena después del solsticio de verano, el octavo mes del calendario solar (actual julio-agosto).
En aquellos tiempos, los atletas participaban completamente desnudos, mostrando su destreza física y su valor ante los dioses. La competición inicial consistía en una carrera clásica de velocidad, aunque con el paso de los años se fueron añadiendo otras pruebas. Los juegos se convirtieron en un espectáculo de grandeza deportiva y espiritualidad en el siglo V a.C.
Durante su celebración, se promulgaba la tregua olímpica, un cese de hostilidades que permitía a los atletas y espectadores viajar y participar en paz. Este período de paz reflejaba el ideal griego de 'ekecheiria', o "mantener las manos alejadas de la violencia", y servía como un recordatorio de la posibilidad de la concordia entre las polis enfrentadas.
Más de 10.800 atletas (hombres y mujeres) de 204 países compiten en 46 disciplinas este 2024 d.C. en París.
Las Pruebas Olímpicas Antiguas
Entre las pruebas más destacadas se encontraba el Hoplitódromo, donde los atletas corrían equipados con armas y corazas, y el pentatlón, que incluía carreras, saltos y lanzamientos. Las competiciones como el lanzamiento de disco y de jabalina eran similares a las actuales, aunque con ciertas diferencias notables, como el uso de correas propulsoras en la jabalina.
Aunque los Juegos duraban siete días, en los que se desarrollaban diversas ceremonias, las competiciones se concentraban en tres jornadas. De las cinco pruebas, la de características más controvertidas es la del salto: de acuerdo con las representaciones cerámicas, los saltadores sostenían una pesa en cada mano y ejecutaban un salto múltiple: tal vez cinco saltos seguidos con pausa entre uno y otro, con lo que se alcanzaban marcas de 16 metros. La prueba se disputaba «al mejor de cinco», es decir, bastaba con que uno consiguiera la victoria en tres de las cinco pruebas para ser declarado el atleta más completo.
Seguían las disciplinas de lucha, como el boxeo, que terminaba cuando uno de los contrincantes se rendía alzando la mano o era noqueado, de forma muy parecida a como nos cuenta Homero: «Se abalanzaron uno contra otro y cruzaron entre ellos sus recias manos; terribles eran los crujidos de las mandíbulas, y el sudor chorreaba por todos sus miembros.
Fresco de boxeadores en las Termas de Stabiae.
Finalmente se celebraban las pruebas de velocidad. La del stadion -llamada así por la longitud de la pista de Olimpia, un «estadio» o 192 metros- era la más antigua de todas, ya que se considera la única disciplina en la que se compitió en la Olimpíada de 776 a.C. Por este motivo, el nombre de los «vencedores olímpicos», olympionikai, usado para identificar las distintas Olimpíadas, se concedía al vencedor del stadion. La jornada se completaba con una carrera de ida y vuelta por el estadio, el diaulos, y otra de resistencia, el dolikhos, en la que se recorría veinticuatro veces la pista (es decir, unos cinco kilómetros). Una de las últimas pruebas en incorporarse fue la «carrera de hoplitas», el hoplitodromos, en la que los corredores participaban equipados con la armadura hoplita, si bien más tarde corrían sólo con el escudo.
Atletas Destacados
Los atletas más destacados, como Leónidas de Rodas, Arraquión y Milón de Crotona, se convirtieron en leyendas por su valentía y habilidad en las competiciones. Se decía, por ejemplo, que cuando Milón de Crotona, el más célebre de todos los campeones de lucha, fue a la guerra contra Síbaris acudió revestido con una piel de león y una clava (los atributos de Heracles) además de con sus seis coronas olímpicas.
La fama de Milón llegó a tal punto que pronto surgieron fabulosas leyendas en torno a su figura, como la que atañe a su muerte: intentando partir con sus manos un tronco que los leñadores habían marcado previamente con el hacha, quedó atrapado y fue devorado por una manada de lobos.
El Final de los Juegos Antiguos
El final de los Juegos antiguos se produce en un contexto marcado por el ascenso del cristianismo a religión de estado a finales del siglo IV de la mano del emperador Teodosio. En aquel momento, se realizó una legislación antipagana que abocó a los Juegos a su desaparición. Los juegos continuaron celebrándose hasta el año 393 d.C., cuando el emperador romano Teodosio I los prohibió como parte de su campaña para promover el cristianismo y erradicar las prácticas paganas.
El Retorno de los Juegos Olímpicos
Historia de los juegos olímpicos modernos
A pesar de que existieron intentos de juegos, no será hasta el siglo XIX cuando se produzca una suerte de resurgimiento o revival de los Juegos. El Barón de Coubertin, fue clave para el retorno. Una figura entusiasmada por el mundo clásico y que también tenía la pasión inglesa por el deporte amateur. Fue él quien prendió la llama del olimpismo moderno y fundó el COI en 1894.
Sin embargo, es injusto atribuirle todo el mérito, ya que contará con el crucial precedente de los Juegos organizados en Atenas por el griego Evangelos Zappas. Poco después de la independencia griega, en la década de 1830, había surgido la idea de restaurar los juegos, pero fue en 1859 cuando Zappas, empresario y filántropo, organizó unos juegos 37 años antes de Coubertin, aunque solo participaban griegos. Él también sería clave para el hallazgo y la restauración del mejor símbolo de la recuperación de los Juegos: un lugar que se convertiría en sede de los juegos modernos y en un auténtico símbolo para el Olimpismo.
La Recompensa de la Fama
Cada uno de los triunfadores era proclamado como «el mejor entre los griegos» y recibía una corona vegetal, hecha con las hojas del árbol consagrado a las diferentes divinidades que auspiciaban los Juegos: de olivo en Olimpia, de laurel en Delfos, de apio fresco en Nemea y de apio seco en Corinto.
| Sede | Corona | Divinidad |
|---|---|---|
| Olimpia | Olivo | Zeus |
| Delfos | Laurel | Apolo |
| Nemea | Apio fresco | Zeus Nemeo |
| Corinto | Apio seco | Poseidón |
Pero hay que tener en cuenta que los campeones olímpicos también obtenían premios materiales, como la exención de impuestos o ser mantenidos a expensas de su ciudad para el resto de su vida, honor que se extendía a su familia y descendientes. También eran glorificados por medio de estatuas, como el famoso Diadúmeno o «atleta coronado», de Policleto, que constituye una de las más excelsas representaciones plásticas del ideal olímpico.
Sin duda, los Juegos Olímpicos de la antigüedad nos dejaron un legado que permanece en los juegos actuales: como la esencia competitiva, la celebración de la excelencia atlética y una sociedad pendiente del evento.
