Cómo Confesar un Aborto: Pasos Hacia la Sanación y el Perdón

La pérdida perinatal es una experiencia emocionalmente devastadora para las madres, cuyo duelo puede prolongarse durante un largo período de tiempo y, en muchas ocasiones, de forma silenciosa. En la actualidad, se está otorgando cada vez mayor importancia al reconocimiento del mismo y al sufrimiento que lleva aparejado, si bien aún queda bastante camino para otorgarle el lugar que merece a nivel sanitario y social.

Con motivo de este avance, desde distintos hospitales, se están poniendo en marcha guías de actuación que pretenden atender las necesidades psicológicas derivadas de esta experiencia, así como de dotar de herramientas a los profesionales sanitarios, suponiendo un escalón más en la concienciación social.

Es decir, el duelo se inserta en una cultura que impone determinados mandatos sobre quién puede hacer un duelo, cómo, sobre quién y durante cuánto tiempo. La elaboración de las pérdidas en general, no solo de la producida tras un fallecimiento, es inherente a nuestra existencia, siendo un hecho natural el tener que afrontarlas y aprender a convivir con ellas.

Podríamos decir que nuestra sociedad está viviendo de espaldas a la muerte, convirtiendo esta experiencia natural en un gran tabú, no facilitando espacios para sentir, expresar dolor y compartir. En su lugar, existe una tendencia generalizada a incitar a la persona en duelo a recuperarse rápidamente (Tizón y Sforza, 2008), tapar el llanto, seguir funcionando y rendir, en lugar de rendirse.

Desencadenan respuestas que también se pueden considerar naturales y saludables y que nos afectan a nivel físico, emocional, intelectual, relacional, conductual y espiritual (Payás, 2014), siendo estas respuestas muy diferentes de unas personas a otras. Es decir, la universalidad de la pérdida no impide que las vivencias sean únicas a nivel personal, intersubjetivo e intercultural.

Podemos decir por tanto, que el duelo representa una experiencia única, que cada persona afrontará de forma particular con sus propios recursos y que produce un sufrimiento psicológico. Se asienta en una biografía y personalidad previas y se produce en unas circunstancias determinadas y en un momento social y cultural que condicionan el proceso y su expresión.

Se hace mucho más difícil aún la capacidad de entender y manejar la muerte de forma natural cuando la pérdida obedece a sucesos demasiado alejados de lo mínimamente predecible y que son ilógicos e injustos (Bayés, 2001). Encontramos así las muertes que contravienen las leyes entre generaciones, falleciendo los hijos antes que los padres, y mucho más cuando la muerte es de un recién nacido.

Estos hechos, que forman parte de nuestra existencia, bajo la presión de la ocultación y el aislamiento, producen traumas y dolor y remueven los pilares del psiquismo. La construcción de “muros de silencio” alrededor de la muerte (Payás, 2014, p.47), como estrategia de huida desesperada del dolor emocional, dificulta la elaboración natural y saludable de este inevitable proceso del ciclo vital.

Si algo caracteriza al duelo es que se trata de un proceso único, no un estado, en el que la persona avanza por una serie orientativa de fases hacia la integración de la pérdida irreparable e insustituible y se esfuerza por aprender a seguir viviendo en un nuevo escenario, en parte, vacío.

Se trata de un proceso dinámico por naturaleza, que conlleva siempre conectar con el dolor emocional, sentirlo, expresarlo y también hacer algo con ese dolor, no solo esperar a que pase el tiempo. De hecho, algunos autores lo plantean en términos de llevar a cabo una serie de tareas, lo cual implica una actitud activa por parte de la persona en duelo, quien puede hacer algo para crecer en nuevas direcciones de forma positiva (Worden, 2004).

Por ello, la elaboración no es sólo cuestión de tiempo, sino que exige un trabajo interior (Juri, 2006). Desde los modelos psicodinámicos, la conceptualización del duelo y su resolución ha variado desde definiciones basadas primordialmente en mecanismos intrapsíquicos a otras entendidas desde modelos biopsicosociales.

Lindemann (1944) realiza observaciones de personas que perdieron trágicamente a sus familiares. Coincide con Freud en que la elaboración del duelo consistiría en retirar la energía del objeto significativo perdido para poder dedicarse a nuevas relaciones, siendo el desapego con el fallecido el trabajo central del duelo.

En su descripción, aparece una conceptualización del trabajo de duelo como un proceso psicológico universal, relativamente pasivo, desencadenado por un acontecimiento que la persona no desea, produciéndose una serie de reacciones psicológicas que ella no elige, pero que serán las que permitirán la elaboración del duelo. Kübler-Ross (1969) también describe un proceso con etapas relativamente universales, mencionando la negación, rabia, negociación, depresión y aceptación.

Worden (1982) y Rando (1984) conciben el duelo como un proceso más activo y particular, introduciendo la idea de tareas a realizar en el trabajo de duelo. Worden describe las de aceptar la realidad de la pérdida, experimentar el dolor de la pérdida, adaptarse a un medio en el que ya falta el ser querido, y retirar la energía emocional de la persona que falta, reinvirtiéndola en otras relaciones.

Rando (1983) añade que habría que tener en cuenta la particularidad de cada duelo, estando esta determinada por la mezcla única de factores psicológicos, fisiológicos y sociales pertenecientes a la persona en duelo. Bowlby (1980, 1993), incorpora enfoques de la psicología cognitiva y la etología, apartándose de las conceptualizaciones estrictamente psicoanalíticas.

En relación a lo anterior, identificó cuatro etapas del duelo correlacionadas, que serían: la fase de impacto y obnubilación; la fase de protesta, anhelo y búsqueda; la fase de desorganización y desesperación; y, finalmente, la fase de reorganización (Bowlby, 1961, 1980, 1993) .

Para Tizón (2004), al igual que para Bowlby, los duelos se entienden como fenómenos biopsicosociales que involucran emociones, cambios en las cogniciones y en las relaciones y que modifican o rompen ciertas formas de vinculación establecidos con anterioridad. Considera que se alteran los recuerdos, la vivencia de relaciones interiorizadas y las capacidades y expresiones yoicas que configuran el mundo interno.

A pesar de esto, la ansiedad, el sufrimiento, la enfermedad y la desestructuración psicosocial que pueden formar parte de las primeras etapas, a medio y largo plazo, con una resolución adecuada, dan lugar a una mayor organización, integración y creatividad. La elaboración del duelo se entenderá desde esta perspectiva como el trabajo psicológico que se inicia tras la pérdida y termina con la aceptación de la realidad interna y externa (Tizón, 2004).

Es precisamente la aceptación de esta realidad interna y externa lo que permite la superación de la tristeza, la posible ambivalencia hacia lo perdido, y la recomposición del mundo interno con sus cogniciones, sentimientos y fantasías fundamentales (Tizón, 2004). Describe además otros procesos psicosociales, antropológicos e incluso económicos, que están también implicados, y que se expresan de forma diferente en las diversas culturas, como las expresiones de luto, rituales, etc.

Para Tizón (2004), las personas que consiguen alcanzar una mayor tolerancia a la frustración y a la ambivalencia podrán convivir de forma más adecuada con la duda, la incertidumbre, el pesar y la culpa, sin tener que llegar a la actuación. Junto a lo anterior, la capacidad de introspección y de insight facilitará la posibilidad de contactar con la realidad interna y externa de una forma más global, lo que otorgará sentido y coherencia al momento vital.

Añade que este proceso de duelo tan doloroso tendrá un final mejor si se inserta en el apoyo de la comunidad y no se patologiza. Para Bleichmar (2010a), los acontecimientos traumáticos pueden predisponer a las personas a la reemergencia de un estado depresivo cuando las condiciones vitales actuales confrontan y evocan estados previos de impotencia/indefensión, dada la importancia de las etapas tempranas para determinar el mundo interno.

La Pérdida Perinatal: Aspectos de Contextualización

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el período perinatal se extiende desde las 22 semanas de gestación hasta la primera semana de vida del neonato (World Health Organization [WHO], 2006). Sin embargo, en la práctica y en la literatura especializada se conceptualiza en términos más amplios, existiendo variabilidad entre países y organizaciones científicas.

La OMS, la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia (FIGO) y la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO) recomiendan considerar las siguientes definiciones y criterios cronológicos (Lombardía y Fernández, 2007; Pastor Montero, 2016):

  • Muerte fetal: Es la muerte del producto de la concepción antes de la expulsión o su extracción completa del cuerpo de la madre, independientemente del tiempo de duración de embarazo.
  • Muerte neonatal: Es la muerte del recién nacido en las primeras 4 semanas de vida (28 días).

La tasa de mortalidad perinatal es un indicador importante de la salud pública (Flennady et al., 2016; De Bernis et al., 2016; Cassidy, 2018). Evitar la muerte perinatal es importante porque tiene impactos psicológicos y sociales para las familias y los profesionales sanitarios, además de costes económicos sustanciales (Mistry, Heazell, Vincent y Roberts, 2013; Heazell et al., 2016; Campbell, Kurinczuk, Heazell, Leal y Rivero-Arias, 2018; Cassidy, 2018).

A nivel epidemiológico, la tasa de mortalidad perinatal se ha reducido en España durante las últimas décadas, debido a las mejoras sanitarias y sociales (Pastor Montero, 2016). Según datos disponibles del Instituto Nacional de Estadística (INE), considerando un corte temporal retrospectivo de diez años, la mortalidad perinatal en España pasó de situarse en un 4’87 ‰ en el año 2004 a un 4,46‰ en 2014. Los datos más recientes disponibles (INE, 2017) sitúan la tasa de ...

En este contexto, la escucha de la Palabra de Dios asume también un significado particular. Cada domingo, la Palabra de Dios es proclamada en la comunidad cristiana para que el día del Señor se ilumine con la luz que proviene del misterio pascual.10 En la celebración eucarística asistimos a un verdadero diálogo entre Dios y su pueblo.

En la proclamación de las lecturas bíblicas, se recorre la historia de nuestra salvación como una incesante obra de misericordia que se nos anuncia. Dios sigue hablando hoy con nosotros como sus amigos, se «entretiene» con nosotros,11 para ofrecernos su compañía y mostrarnos el sendero de la vida. Su Palabra se hace intérprete de nuestras peticiones y preocupaciones, y es también respuesta fecunda para que podamos experimentar concretamente su cercanía.

Qué importante es la homilía, en la que «la verdad va de la mano de la belleza y del bien»,12 para que el corazón de los creyentes vibre ante la grandeza de la misericordia. Recomiendo mucho la preparación de la homilía y el cuidado de la predicación. Ella será tanto más fructuosa, cuanto más haya experimentado el sacerdote en sí mismo la bondad misericordiosa del Señor.

Comunicar la certeza de que Dios nos ama no es un ejercicio retórico, sino condición de credibilidad del propio sacerdocio. Vivir la misericordia es el camino seguro para que ella llegue a ser verdadero anuncio de consolación y de conversión en la vida pastoral.

La Biblia es la gran historia que narra las maravillas de la misericordia de Dios. Cada una de sus páginas está impregnada del amor del Padre que desde la creación ha querido imprimir en el universo los signos de su amor. El Espíritu Santo, a través de las palabras de los profetas y de los escritos sapienciales, ha modelado la historia de Israel con el reconocimiento de la ternura y de la cercanía de Dios, a pesar de la infidelidad del pueblo.

La vida de Jesús y su predicación marcan de manera decisiva la historia de la comunidad cristiana, que entiende la propia misión como respuesta al mandato de Cristo de ser instrumento permanente de su misericordia y de su perdón (cf. Jn 20,23). Por medio de la Sagrada Escritura, que se mantiene viva gracias a la fe de la Iglesia, el Señor continúa hablando a su Esposa y le indica los caminos a seguir, para que el Evangelio de la salvación llegue a todos.

Sería oportuno que cada comunidad, en un domingo del Año litúrgico, renovase su compromiso en favor de la difusión, conocimiento y profundización de la Sagrada Escritura: un domingo dedicado enteramente a la Palabra de Dios para comprender la inagotable riqueza que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo.

Ciertamente, entre esas iniciativas tendrá que estar la difusión más amplia de la lectio divina, para que, a través de la lectura orante del texto sagrado, la vida espiritual se fortalezca y crezca. La celebración de la misericordia tiene lugar de modo especial en el Sacramento de la Reconciliación. Es el momento en el que sentimos el abrazo del Padre que sale a nuestro encuentro para restituirnos de nuevo la gracia de ser sus hijos.

Somos pecadores y cargamos con el peso de la contradicción entre lo que queremos hacer y lo que, en cambio, hacemos (cf. Rm 7,14-21); la gracia, sin embargo, nos precede siempre y adopta el rostro de la misericordia que se realiza eficazmente con la reconciliación y el perdón. Dios hace que comprendamos su inmenso amor justamente ante nuestra condición de pecadores.

En el Sacramento del Perdón, Dios muestra la vía de la conversión hacia él, y nos invita a experimentar de nuevo su cercanía. Es un perdón que se obtiene, ante todo, empezando por vivir la caridad. Lo recuerda también el apóstol Pedro cuando escribe que «el amor cubre la multitud de los pecados» (1 Pe 4,8). Sólo Dios perdona los pecados, pero quiere que también nosotros estemos dispuestos a perdonar a los demás, como él perdona nuestras faltas: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12).

Una experiencia de gracia que la Iglesia ha vivido con mucho fruto a lo largo del Año jubilar ha sido ciertamente el servicio de los Misioneros de la Misericordia. Su acción pastoral ha querido evidenciar queDios no pone ningún límite a cuantos lo...

En España ya son más de 30 las diócesis (la mitad de las del país) que han puesto en marcha un Proyecto Raquel (www.proyecto-raquel.com) de acompañamiento, escucha y sanación de la mujer que ha abortado. Los equipos de Proyecto Raquel también trabajan con otras personas que han estado implicadas en abortos: padres que colaboraron en la decisión, o profesionales que la practicaron.

Heridos por esta práctica (llanto, pesadillas, sufrimientos al ver otros niños o bebés, temor a nuevos hijos, relaciones rotas, etc...) muchos necesitan poder contar lo que han hecho, reconocerlo, ponerle nombre y ser acompañados a nivel espiritual, humano y psicológico.

Proyecto Raquel ofrece apoyo y sanación a mujeres y hombres afectados por el aborto.

Proyecto Raquel: Un Camino de Sanación

A nivel de toda España, unas 300 personas recurren cada año a la ayuda de Proyecto Raquel, una iniciativa que llegó a España en 2010.La mayor parte de las personas encuentran un alivio y sanación importantes en unas 10 sesiones, durante un periodo de 3 meses.

Una de las últimas diócesis que ha puesto en marcha el Proyecto Raquel es la de Granada, con una treintena de profesionales y voluntarios. Trabajan en siete equipos: Consejeros (hay una docena), Difusión-Esperanza, Formación, Acogida, Psicóloga, Sacerdotes y un Representante del Proyecto.

Los sacerdotes estarán disponibles para cualquier momento en el que se les pida consulta o cercanía: pueden confesar el pecado del aborto, pueden celebrar misa por los niños fallecidos, hacer oración pidiendo la sanación de las mujeres dañadas, etc... Los equipos de Proyecto Raquel en Granada están dispuestos a desplazarse donde lo que requiera la persona.

Colaboran con las parroquias, movimientos e instituciones para ayudar a las víctimas del aborto. "Proyecto Raquel es una respuesta al drama del aborto y camino de sanación de esa herida interior tanto de mujeres como de hombres que lo han sufrido. Es un ministerio de misericordia en la Iglesia", explica el sacerdote Antonio Luis Martín, consiliario de Proyecto Raquel Granada.

Tras el periodo de capacitación, las personas que integran Proyecto Raquel "están dispuestas a acompañar, a donarse, a entregar su tiempo y su oración por quien lo necesite". El teléfono de contacto de Proyecto Raquel Granada, que atiende con absoluta confidencialidad, es 618-532-998.

Se trata de examinar nuestra conciencia a partir de nuestra última confesión.

El Dolor Silencioso y la Búsqueda de Comprensión

Al principio, no sabía si contarlo. Luego tuve claro que, aunque este blog va muchas veces de la parte divertida de la maternidad, no podía obviar el lado opuesto, el del dolor. Luego me entraron las dudas de cómo enfocar un tema del que muchas veces nadie quiere hablar. Y al final, escribo esto tal cual me sale, aunque hacerlo me haga pasar un mal rato, porque duele.

Hace dos semanas perdí al que iba a ser mi cuarto hijo. Sí, sé que hablar de hijo en etapas tempranas del embarazo es quizás decir mucho. Pero desde el momento en que el test da positivo, una ya imagina cosas. Y durante dos semanas, pensé en cómo sería la vida con cuatro hijos, cómo entraríamos en el coche y, fijaos la tontería, cómo sería dar a luz en pleno agosto, acostumbrada yo a parir en otoño.

Me descargué una app para ir haciendo fotos cada semana de mi barriga y hasta escribí un post (para publicar más adelante) sobre síntomas del embarazo antes de la primera falta. Cosas que pasan cuando es el cuarto, que ya te lo «hueles» antes de tiempo. No contamos nada a nadie; en las tres gestaciones decidimos hacerlo público una vez que pasaba el primer trimestre. Pero curiosamente, esta vez, íbamos a contarlo antes, tan sólo porque la Navidad estaba cerca.

Y si en ninguno de los tres embarazos anteriores me hice una ecografía antes de la semana 12 (la primera de la Seguridad Social), esta vez habíamos pedido cita en una clínica privada para hacer una justo antes de Nochebuena. Ya veis, para una vez que íbamos a anticiparnos… Y con sinceridad os digo que lo único en lo que pensaba en torno a esa ecografía es que pudieran ser dos, por aquello de que tengo hermanos mellizos.

Supe que estaba embarazada cuando volví de mi viaje a París, aunque yo ya lo sospechaba desde hacía unos días. Sólo dos semanas después, amanecí sangrando. Fijaos si en mi mente no entraba la idea de que algo fuese mal, básicamente por mis antecedentes, que cuando sentí el sangrado, sin saber que era tal y sin ir al baño a mirar, mi primer pensamiento fue: «leñe, Carmen, que tú tienes el suelo pélvico de lujo, no será posible que vayas a tener a estas alturas pérdidas de orina».

Pero no, al ir al baño lo supe, y aunque mantuve la calma, porque en el tercer embarazo tuve un sangrado sin ninguna importancia, decidí ir a Urgencias después de dejar a los peques en el cole. Allí, en cuanto me pasaron a hacer la eco para ver qué pasaba, empecé a sangrar más y ya lo vi claro, sin que me dijesen nada. Y aunque no me hablasen abiertamente de que estaba perdiendo el bebé, me comentaron que se veía poco para estar en la semana 6. Vamos, blanco y en botella.

Me dijeron que no hiciera nada especial, que si se trataba de un aborto, que insisto, no me lo confirmaron, lo expulsaría de forma natural. Salí de Urgencias conmocionada. Cuando llegué a casa, lloré de rabia y de pena. Ése es el primer sentimiento que te invade: la tristeza, porque te habías hecho a la idea de algo que ya no va a ser, porque te habías imaginado un bebé que se ha ido. Y necesitas tu tiempo de duelo.

Obviamente, depende mucho de la fase del embarazo en la que te encuentres cuando se produce la pérdida; no es lo mismo estar de 6 semanas que de 10, ni de 10 que de 20 semanas. El dolor depende mucho de eso, y claro está, de cómo cada una lo afronte. Recuerdo que ese día teníamos tutoría con la profesora de Alfonso y, cuando iba caminando al cole, me encontré un chupete rosa en la calle, tirado en el suelo. Por unos segundos pensé que era una señal. Luego sentí culpabilidad.

Sí, es inevitable. Siempre pensamos qué pudimos hacer mal para que pasase eso. Y yo me eché la culpa por haber corrido estando embarazada. Y durante una semana, no quise correr más. Pero no, no fue por correr, me lo dijeron matrona y ginecóloga, y además leí mucho sobre el tema cuando decidí quedarme embarazada. Pero somos así, tendemos a buscar el porqué a todo cuando muchas veces no hay una causa.

Y si no hubiera sido el correr, hubiera buscado el motivo en algún golpe de los niños jugando con ellos o qué sé yo. La realidad es que entre un 10 y un 20% de los embarazos detectados terminan en un aborto (la mayoría en el primer trimestre y por defectos cromosómicos). Y por estadística, siendo el cuarto, podía tocarme a mí. Cierto es que hay mujeres a las que les pasa la primera vez que se quedan embarazadas y quizás nunca les haya pasado a otras que tengan 6 hijos pero la realidad y los números son los que son.

Y que no es lo mismo quedarse embarazada con 27 años, como fue mi primera vez, que a los 34. Y después llega la fase de aceptación. Puedes tardar poco o mucho, yo a los dos días acepté que esto había pasado por algo y que no, no era un drama. Porque objetivamente no lo es. Conozco decenas de mujeres que han pasado por esto y, aunque es doloroso, no es una tragedia. Sí lo es perder un bebé cuando una ya está en una fase avanzada del embarazo, sí lo es perderlo durante el parto (que por desgracia conozco un caso), sí lo es perder un hijo.

Eso sí creo que es un drama, lo mío no. Lo que pasa que esta fase no se cerró del todo hasta que una semana después volví a urgencias para confirmar lo que para mí era una realidad. Es curioso, ese día, solo ese día, durante un rato quise pensar que igual mi lotería por adelantado (era 21 de diciembre) era la sorprendente noticia de que ahí seguía el bebé.

También me dijo que quedaban unos pequeños restos y que tenía que consultar si darme medicación o no. Y ese rato que pasé esperando hasta que me diera una respuesta, fue un suplicio, quería cerrar el círculo ya, de una vez, y no tener que volver allí días después a esa sala. Por suerte, lo descartaron. Ese día, como es lógico, volvía revivir todo y volví a llorar. Pero sabiendo lo afortunada que era.

En la sala de espera de ginecología estuve hablando con otras dos chicas que estaban esperando. Las tres habíamos estado la semana anterior allí por sangrados y las tres habíamos perdido nuestros bebés. Una de ellas, con la tragedia de haber perdido a un bebé que nació en un parto prematuro y que solo sobrevivió cinco días. ¿Cómo demonios voy a quejarme yo? Tengo tres niños sanos, felices… He tenidos tres embarazos que han sido un regalo, en los que he podido hacer de todo y en los que me he encontrado estupendamente.

No, esto que ha pasado ha sido doloroso pero está superado, no me gusta recrearme en el dolor. No voy a negar que es algo que queda ahí guardado para una experiencia posterior, y que el miedo que nunca tuve es probable que lo tenga en el futuro. Pero éste no es un post para que nadie tema nada ni se preocupe más de lo necesario; si por algo me caracterizo es por ser la despreocupación y tranquilidad personificada.

No hay que pensar que esto nos puede pasar pero, si nos pasa, lo único que quiero que sepáis es que se supera, que nos ha pasado a muchas y que hay que llorar con ganas unos días para luego tomar aire y venirse arriba. Si ya tenéis hijos, sentíos afortunada.

Si ya tienes hijos, siéntete afortunada. Y si no, recuerda que el amor y la misericordia están siempre disponibles, ofreciendo un camino hacia la sanación y la esperanza.

Sanando las heridas del aborto. Viñedo de Raquel

Publicaciones populares: