Prepárense para una dosis de humor fresco y divertido con esta selección de chistes pensados especialmente para los niños. ¡Hoy nos reímos con pañales y lentejas!
Aquí tienes una colección de chistes que seguramente sacarán una sonrisa a los más pequeños (y quizás también a los mayores):
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¿Qué le dijo un pañal a otro?
¡Nos vemos en el baño!
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¿Por qué las lentejas son tan buenas amigas?
Porque siempre están unidas en el plato.
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¿Qué hace un pañal en una carrera?
¡Va a toda pastilla!
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¿Cuál es el plato favorito de un bebé?
¡Lentejas con babero!
CHISTES de ANIMALES para morirse de la risa para NIÑOS 🐘🐈🦎🐛🐧 - Chistes buenos #2
Además de los chistes, también podemos aprender sobre las costumbres y tradiciones relacionadas con la crianza de animales. Por ejemplo, en algunas regiones, las cabras tienen un papel importante en la vida de las familias. Los machos recibían diferentes nombres según su edad y condición reproductiva:
- Chivos: Macho recién nacido.
- Rihuegos/Riguegos/Rebezos: Entre chivo y primal.
- Primales: Eran machos adultos a los que se les capaba.
- Cojudos: Eran machos adultos sin capar.
A las chivas se les dejaba crecer y luego las tenían para cría mientras que a los chivos se les vendía.
Tenían que tener cuidado cuando juntaban a los machos y a las hembras porque los machos podían querer preñar hasta a las chivas pequeñas, por eso a veces separaban y dejaban aparte a las chivas cuando hacían el encuentro entre machos y hembras, encuentro que en los últimos años que tuvieron ganado se producía en diciembre.
La paridera era en el mes de mayo cuando tuvieron los últimos rebaños, aunque anteriormente recuerda Paca que era a finales de julio y primeros de agosto, época en la que casi no había comida.
Tenían que tener cuidado cuando parían las cabras para que no se quedasen por el monte porque la zorra podía comerse a los chivos.
Isabel recuerda que cuando tenía unos dieciséis años su padre le llevaba un brazado de chivos y le preguntaba de que cabras eran para poder dárselos a las madres y que mamasen, ella los miraba y sabía reconocer a cada cual.
Dice que todas las cabras tenían nombres como: la Mochirla, la de la Patá Así (una que había estado coja), la Linda…
Se ordeñaba muy poco a las cabras, algún calostro que se quedaban para las casas y cuando se les ponían malas las ubres.
Si se les ponían malas las ubres dicen que luego ya no valían para dar de mamar y las vendían para carne.
Las cabras vivían normalmente entre siete y ocho años.
Cuando las cabras se hacían viejas intentaban matarlas o venderlas antes de que muriesen naturalmente.
A las cabras que morían de viejas las llevaban a la Peña Gallina y allí iban los abantos a por ellas.
Los chivos y las cabras iban a comprarlos desde Valdepeñas (Guadalajara), Berzosa, Torrelaguna, Cubillo de Uceda, Somosierra…
Para venderlas cuentan que tenían que estar en condiciones, que no fueran muy viejas porque entonces la carne estaba más dura y que no estuvieran flacas como un palo.
También iba el pielero de Torrelaguna al que llamaban el Salero y compraba además de chivos pieles de cabra.
Cada familia pastoreaba a sus propias cabras durante todo el año con dos excepciones, la cabrá que se hacía del 1 al 25 de julio en la que se hacían dos grandes rebaños que pastoreaban por turnos y la cabrá de los machos en la que se llevaba a los machos apartados mientras no era la época de cubrición y a la que también pastoreaban por turnos.
Las niñas y niños desde bien pequeños ayudaban o se hacían directamente cargo de las chivas y chivos. Cuando ya eran un poquito más mayores pastoreaban los rebaños de cabras.
Álvaro cuenta que con once años ya iba sólo con las cabras y pasaba miedo, hacía un tiempo que se había terminado la guerra y andaban por ahí los maquis. Pero aunque fueran solos era frecuente que se encontraran con otros pastores y pastoras del mismo pueblo o de Cervera, momento que aprovechaban para hablar y compartir. Álvaro recuerda a muchas pastoras de Cervera con las que pasaba ratos: la María del Dionisio, la Fidela del caminero, la Teodora del Benigno, la Leonor que dice siempre estaba regañando con toda la gente. Paca cuenta que se iba con pastores normalmente más mayores porque le contaban cosas de antes y que a Pedro, que cantaba muy bien y había aprendido jota aragonesa porque había hecho la mili en Zaragoza, estando en el monte los pastores le pedían a veces que se echara una jota.
Las pastoras y pastores llevaban mantas gruesas de lana para protegerse del agua y del frío. Además los mozos y hombres llevaban capotes y zanjones. Los zanjones que hacían ellos mismos con pieles de cabras los usaban para abrigarse y evitar roturas en los pantalones.
Como pastoras y pastores tenían que desarrollar muchas habilidades y vivían múltiples aventuras:
A veces se les tiraba piedras a las cabras para que hicieran caso. Cuenta Juan que el tío Juanillos presumía de puntería y decía que si les tiraba una piedra a las cabras les daba dónde quería, en el cuerno derecho por ejemplo.
Si una cabra tenía una pata rota, cogían cuatro o seis palillos de jara y se los ponían en la pata envueltos con cuerdas de torvisco para curarla. Si era una cadera donde tenían la lesión le recortaban el pelo, le echaban brea, la dejaban en reposo y le llevaban comida por ejemplo hojas de encina.
Paca recuerda que con diecisiete años fue a cuidar a los machos cabríos hasta la linde de Tortuero, por el camino tuvo que cantar para no tener miedo pero cuando llegó se sentó a ver amanecer y aquello le pareció tan hermoso que dice no lo olvidará nunca. “La vida en el campo es muy triste pero a veces es muy alegre, yo te digo que no la cambio por la de Madrid” concluye.
No era extraño que les pillase una tormenta en medio del monte y tuvieran que refugiarse de cualquier manera. Una vez estando de pastora con un primo a Paca le cogió una tormenta en el cerro Cabeza de Antón, tronaba y el ganado se desparramó. Al rato cuando la tormenta amainó se dio cuenta de que faltaban al menos doscientas cabras porque echaba en falta más cencerros en su piara.
Los cencerros eran un elemento importante que permitían localizar al ganado. Los hacían en el propio pueblo y se componían de un badajo de madera que metían por una cuerda, a esa cuerda le hacían una presilla y le metían un palo y a ese palo lo metían por la castigaera, que era otra cuerda del cencerro. Paca recuerda que el señor Julio sabía manejar los cencerros y los golpeaba por delante porque así sonaban más claro y mejor.
LINK VIDEO CABRÁ- EL ATAZAR
El 29 de junio se celebraba San Pedro y el 30 de junio la mañana de los rebaños. El 30 de junio por la mañana cada familia llevaba sus rebaños al pueblo y una o varias personas asignadas por el ayuntamiento contabilizaban las cabezas de cada rebaño. Después de esta operación que tenía como fin que cada cual pagara los impuestos correspondientes según el número de animales que tuviera, se juntaba a todas las cabras en la plaza, machos y hembras mezclados, y se las dividía en dos grandes rebaños de unas mil o mil doscientas cabezas cada uno, aunque a Paca le han contado que en El Atazar en tiempos pretéritos a ella, llegó a haber cinco mil cabezas de ganado caprino.
El 30 de junio recuerdan que también iban muchos marchantes a comprar “venían hasta de Segovia y de Bustarviejo a por cabras” dice Álvaro.
Desde la plaza cada uno de los rebaños se iba hacia el cerro del Antón y otro hacia Peña Rubia. Tres o cuatro personas, hombres normalmente, los acompañaban pero ya desde la primera noche sólo se quedaban dos hombres con cada uno de los rebaños. Estos dos hombres eran relevados por otros dos a los días. En los veinticinco días que duraba aproximadamente la cabrá repartían el número de días que tenía que pastorear cada familia en base al número de cabras que tenían. Los pastores pasaban el día y la noche al raso y llevaban una sartén con la que se hacían un torrezno y con la grasa de freírlo se preparaban una sopa añadiendo agua y pan. A veces los perros, otras veces ellos con escopeta, cazaban algún conejo y lo cocinaban en la sartén, con la propia pringue del torrezno.
Se organizaban de esta manera con el ganado para poder segar el trigo y el centeno. Con este sistema entre dos personas cuidaban de todas las cabras mientras que sino cada piara tenía que ir con una persona. La cabrá terminaba entre el 20 y 25 de julio dependiendo de lo adelantada que tuvieran la siega.
Al regreso para saber de quién era cada cabra recurrían a las señales que tenían en las orejas las cabras. Estas señales se las hacían realizándoles una serie de cortes cuando eran chivejas y en cada casa eran diferentes, por ejemplo las de la casa de Álvaro y Pablo L.
