Catherine François es una figura destacada en el ámbito literario, conocida tanto por su obra personal como por su relación con el músico Santiago Auserón. Su trabajo se caracteriza por la intuición y la timidez, mientras que Auserón aporta razón y locuacidad. Llevan más de treinta años juntos y veinte repitiendo en Mallorca los meses de buen tiempo.
Mallorca, lugar de inspiración y residencia para Catherine François y Santiago Auserón.
Vida Personal y Familiar
Catherine François es intuición y timidez; Santiago Auserón, pura razón y locuacidad. Llevan más de treinta años juntos y veinte repitiendo en Mallorca los meses de buen tiempo. Acaban de llegar a Santa María, donde tienen una casa.
La bienvenida a su pueblo se la dan en esta ocasión varios carteles que protestan por el nuevo corredor ferroviario que propone el Govern a raíz de la electrificación del tren y que dejará al pueblo dividido en dos sectores. La polémica es nueva y les pilla desprevenidos, pero no son ajenos a las transformaciones de Mallorca.
"Hace 20 años en nuestra casa se oían las moscas y se veían las estrellas. Los chalés han crecido y también está la autopista. A partir de las cinco de la mañana el nivel de decibelios ha ido subiendo. Desde el punto de vista afectivo, estoy del lado de los ecologistas, pero no hay que ser hipócritas, a todos nos parece más cómoda la autopista. Es una contradicción que hay que asumir", advierte el músico, que lanzará al final de la entrevista un órdago a los púgiles.
Obra Literaria
Catherine es delicada, dice que aún no domina a la perfección el castellano y trabaja a golpe de sensaciones. En El árbol ausente, un texto fragmentado sobre el aprendizaje del lenguaje en la niñez, no hay "planificación": "Catherine trata de narrar adaptando su pensamiento al fluir natural de las cosas", adelanta Santiago. Ella asiente. "La escritura de Catherine procede de la intuición.
Sólo escribe por necesidad interior, no busca la relevancia en el oficio ni notoriedades, a pesar de llevar 20 años publicando. Es una escritora secreta, pero con un compromiso profundo. Para vivir necesita encerrarse con sus papeles y extraer a lo largo del tiempo pensamientos que son especialmente necesarios. Guarda nudos de sensaciones indescifrables dentro de ella que no encuentran una expresión fácil a través del lenguaje", continúa Santiago.
El cantante ya tradujo también su anterior La ciudad infinita. En El árbol ausente, la autora trata de explicar que la aventura del aprendizaje del lenguaje se vive en la niñez con una intensidad particular. "Es algo que olvidamos de adultos, cuando nuestras experiencias son dirigidas por las exigencias sociales", por lo que el libro, observa Catherine, es un alegato para que los mayores sigan preguntándose por el significado de las palabras.
Las escenas que viven los pequeños protagonistas del volumen suceden en la periferia de París en los años 60, en Massy, donde las clases trabajadoras emergentes se instalaron, como los padres de la propia Catherine, y donde se suma el tema de la guerra. "Era un enclave ferroviario bombardeado por los alemanes y los aliados. Y en esa zona había enterradas bombas que aún no han explotado.
Era la época de la electrificación, de la subida del nivel de vida, de la nouvelle vague, del pensamiento francés... Sartre salía en la televisión, había interés por la reflexión. Hoy en día los inmigrantes que están en la periferia también van a necesitar escribir lo que les ha pasado, más incluso que el francés medio, que está cansado de contar el mundo", considera Santiago. Catherine le interrumpe: "Creo que los inmigrantes necesitan, como dice Gilles Deleuze, una ´reterritorialización´, encontrar propia identidad en Francia, de ahí ese fundamentalismo actual".
Gilles Deleuze, filósofo que influyó en el pensamiento de Catherine François.
Ambos recuerdan las clases que tomaron de Deleuze en la Universidad de Vincennes (París VIII), "llena de ácratas, porque sacaron a todos los revolucionarios de la Sorbona. Allí no se pedía título para dar clases, no había exámenes. Deleuze era un escenógrafo del pensamiento. Tenía un poder mental admirable. Partía de un concepto de Kant, luego saltaba a otro filósofo, al poeta Burroughs y terminaba con un cineasta. Esa universidad era como el rastro madrileño, como un campamento de gitanos donde se especulaba", evoca el cantante por un instante, pero vuelve a Mallorca.
Influencia y Colaboración con Santiago Auserón
El cantante ya tradujo también su anterior La ciudad infinita. Santiago celebra que su mujer haya conseguido un elevado grado de claridad en este texto, que ha sido traducido y prologado por él mismo.
"Lo que gané con Radio Futura lo gasté en la casa de Santa María. Esta isla me ha dado la mayor parte de las canciones de Juan Perro. Aquí la gente te deja en paz, hay una calma discreta. El mallorquín tiene una agudeza contenida que sólo muestra cuando le conviene", refiere.
Reflexiones de Santiago Auserón sobre la Música y la Poesía
En lo más alto de la fama de su primer grupo, Radio Futura, Santiago Auserón (Zaragoza, 1954) se empeñó en apearse de lo mayoritario para explorar otros sonidos con su alias Juan Perro. Ese camino de búsqueda -I can’t get no satisfaction, dice, como la canción de los Rolling Stones- no se ha detenido hasta hoy.
En la presentación de tu último disco, Libertad, hace dos años en la Sala Berlín de Madrid, dijiste que un concierto de rock es como un recital de poesía. Quizá la afirmación de que los rockeros son como los poetas es un poco atrevida, en la medida en que los poetas solamente disponen de la relación entre el cálamo y el papiro que viene de antiguo. A través de las palabras tienen que crear un universo. Se comprometen en la creación de un universo imaginario que les compete a cada uno de ellos, casi en exclusiva, pero que al final acaba siendo un universo en el que todos podemos entrar.
Los rockeros están enchufados a la corriente eléctrica, estamos vinculados a la cultura de masas de otro modo. Lo que quise decir en ese momento es que los rockeros, que habíamos gozado del dudoso privilegio del acceso a la fama inmediato y sin preparación previa, al cabo del tiempo tenemos que pagar el precio. Y para crecer, para envejecer con dignidad, nos hace falta el trance de devenir minoritarios al cabo del tiempo.
Los artistas cuya creación necesita periodos de reflexión, o se conciben a medio o largo plazo, no se estilan. Todo lo que no sea de construcción prácticamente automatizada, de inmediatez mercantil, no tiene sitio en el mercado. Los que nos hemos refugiado, sin dejar el rockerío, en una creación a largo plazo, en un proceso creativo a largo plazo, acabamos pareciéndonos a los que desde hace siglos llevan sobreviviendo malamente a base de tiradas muy pequeñitas, como es el caso de los poetas.
O, en el caso de la música, a sectores que han estado marginalizados durante siglos, como es el caso del flamenco, que por fortuna ya es universalmente reconocido, u otras artes. La gente de la música clásica, o de la contemporánea, sabe que va a pasar la vida haciendo un trabajo muy, muy, muy exigente y a la vez orientado hacia minorías. En ese devenir minoritario de los viejos rockeros yo creo que hay algo de honor. Reconocerse en esa senda.
Hay muchos rockeros jóvenes en todo el mundo, en todas las ciudades y en todos los pueblos. Gente que mantiene, digamos, el pálpito, la intensidad, la vibrata alta esa del rock and roll, del chispazo rítmico y de la inmediatez del sonido eléctrico. Pero no tiene sitio en la actualidad, a no ser que se ciña a los patrones mercantiles establecidos y que permiten un cálculo de los beneficios de modo algoritmo.
La herencia del mestizaje, de los mestizajes, de las músicas populares del siglo XX, está lejos de extinguirse. Lo que pasa que el mercado está dominado por una tendencia y músicas derivadas del rock, del blues y el jazz, la música negra norteamericana, la música afrolatina y todas sus combinaciones fronterizas, desde la frontera de México hasta el Cono Sur en Latinoamérica, y luego a través de toda Europa y tocando ya en Oriente Próximo y hacia el Oriente lejano, incluso.
En el pico de una fama con Radio Futura, uno de los mejores grupos que ha dado la historia de este país, decides bajarte de ese tren e iniciar un camino de búsqueda que continúa hasta hoy y que sigue dando sus frutos. Es muy difícil explicar en muy breve tiempo cuál ha sido el principal descubrimiento, pero uno que a mí me parece primordial y que quizá no se ha difundido tanto, o eso me parece a mí, es el descubrimiento del ritmo africano que estuvo aquí antes que en América y que va a América y luego vuelve.
Yo creo que en mi generación estuvimos contagiados por el sonido afronorteamericano de diversas maneras. En casa de nuestros padres se escuchaba swing, en la calle íbamos buscando, en particular en Zaragoza, la ciudad donde nací, las máquinas de discos que tenían los primeros rock and rolls y las primeras versiones de los grupos británicos… Es decir, toda mi generación estuvo tocada por un contagio musical electrizado y electrizante que venía hecho en otra lengua, que estaba hecho por otra raza y en otro continente.
El modo en que nosotros hemos vivido esos contagios interétnicos yo creo que es especial. Y tardé décadas en darme cuenta de que en la historia de España había rastros suficientes como para detectar que se contagio venía de muy largo, de muchísimos siglos atrás, y que de alguna manera es una de las cosas que viene a dar unidad a la diversidad imposible de los pueblos de Iberia. El único hilo de costura posible está en la música y en la poesía.
Claro, esclavos importados desde el Magreb, ellos venían del Sahel, la zona ya tocando con el mundo negro de África. Pero es que yo sospecho, una vez hice toda una investigación que se llamó El ritmo perdido -está publicado en Anagrama-, acerca de estos asuntos. Al final yo creo que ese libro empieza siendo una historia personal, de la fascinación de mi generación por el ritmo negro, y acaba siendo una historia de España vista desde el trance rítmico. Y cómo eso nos llevó luego al Nuevo Mundo.
Desde el punto de vista mercantil, la mercancía que se vende como reguetón a mí no me interesa nada, me aburre soberanamente. Punto. Pero respeto lo que pasa entre los jóvenes. Y si alguien quiere decir que porque soy viejo ya no entiendo lo que pasa, y que nuestros abuelos decían que los Beatles ya eran ruido, sí, pero al cabo del tiempo resulta que no eran tan ruido, a ver si ocurre lo mismo con el reguetón dentro de 80 años.
Hay cosas objetivamente interesantes desde el punto de vista musicológico, antropológico, incluso. O sea, la célula rítmica que el reguetón repite hasta la saciedad, de una manera muy fácil porque se automatiza en el ordenador, la síncopa tun-chica-tun-ta, es la célula mínima del ritmo sincopado. Eso es un elemento de origen africano, de África occidental, del mundo negro, que en estos momentos ha invadido toda América Latina. Los ritmos tribales de los pueblos autóctonos de América no tenían esa síncopa. Es la primera vez que la raza, como se suele decir, practica la síncopa negra.
Sí, que no siempre rige la paridad rítmica, exactamente. La síncopa permite aprender la polirritmia, aprender a conjuntar acentos binarios y ternarios, cuentas de dos y de tres tiempos, y dentro del ritmo binario, gesticular con la alternancia de los pies y de las manos, que conduce a escandir también en cuentas de tres.
Es una humildad perversa, debo reconocer. Había un músico que influyó mucho en nuestra generación, ya al final de la adolescencia, que fue Brian Eno, que formó parte del grupo Roxy Music y enredaba con un ordenador y tal, y realmente como capacidades musicales, aparte de un look muy escandaloso y su sintetizador, en aquel momento todavía tenía pocos argumentos. Él se llamaba a sí mismo «no músico». Y aquello nos gustaba a los rockeritos que queríamos intervenir en escena sin preparación previa, sin tener que pasar por una carrera en el conservatorio. Cosa que, atajo ya directamente, es un error. Hay que pasar cuanto antes por conservatorio o por un oficio musical, aunque sea en una escuela independiente, bien aprendido, si luego te vas a dedicar a ello.
Nunca es tarde. Tendría que haberlo hecho, pero aquella idea del no músico nos funcionaba. No soy músico de formación. Soy músico, ahora ya sí que puedo decirlo, porque he adquirido de manera autodidacta el oficio y con la ayuda importantísima de la convivencia con excelentes músicos, desde Radio Futura hasta la fecha. Desde la convivencia con mi hermano [Luis Auserón], aprendiendo a tocar el bajo a la vez que yo aprendía a cantar y a manejar por primera vez una guitarra eléctrica.
La manera de conformarse, sí. Herminio Molero era un artista plástico y modelo publicitario, y teníamos en común, mi hermano Luis y yo, ser delineantes de la construcción. Éramos tres delineantes. Yo fui delineante durante diez años, hice toda la carrera de filosofía en el nocturno trabajando de delineante, de los 15 a los 25. Él fundó lo que él quería llamar Orquesta Futurama y luego Javier Furia, que en gloria esté, Javier Pérez Grueso, le convenció de que había que buscar un nombre más molón y lo propuso de una radio italiana que se llamaba Radio Cità Futura, y ya entre todos lo cortamos y lo llamamos Radio Futura. Y funcionó.
Fue una experiencia que se apoderó por completo de mi vida, pero no por completo de mis deseos. Fue algo absolutamente inesperado el entrar en un local de ensayo, empezar a rehacer unos temas que Herminio ya tenía avanzados y que quería que lo hiciésemos más new wave. En la complicidad entre Enrique, Luis y yo, y con Javier, le dimos un aire más moderno, digamos. Él quería hacer una especie de pasodoble castizo madrileño y nosotros le dijimos que tenía que ser un poco más punky. Acabamos decidiendo que además de punky tendría que tener algo de funk, algo negro. El punkyya totalmente paliducho e intoxicado no nos interesaba del todo, queríamos un poco más de movimiento negroide. Y bueno, se fue fraguando ahí todo un estilo que duró toda una década de producción de canciones todavía interesantes.
Entonces, primero, debo agradecer el que ya dos generaciones han pasado el testigo del reconocimiento de Radio Futura, que todavía se mantiene, que las descargas por ahí son innumerablemente más significativas que las que pueden afectar a Juan Perro o a otras cosas que he hecho bajo mi nombre de pila, incomparablemente, y sigue funcionando. Cuando una marca funciona… Además, el mercado no te suele perdonar el cambio de marca, y yo lo que hice fue un reto al mercado.
Al ponerme Juan Perro, literalmente fue invertir el logo de la RCA Victor, que era un gramófono, la voz de su amo, un gramófono, demostrando que a través de un fonograma la instrucción podría llegar al cerebrito del perro. A mí me apeteció invertir aquel logotipo y aquella marca y, con Juan Perro, lanzar un ladrido a la industria musical.
Uno de los mejores discos es La canción de Juan Perro. Hay un momento fundamental que es tu viaje, tu primer viaje a Cuba, el inicio de ese otro personaje y un momento fundacional en esa búsqueda que siempre has tenido. Eso lo has contado en Semilla del son, primero en libro, en Libros del Kultrum, y luego en un documental también sobre sobre esa historia. ¿Cuál es la clave de Cuba?
El modo de cantar e incluso de hablar en mi lengua natal de los negros y de los mulatos, de la gente de cuya herencia africana está todavía muy próxima. Y el modo en como afecta la negritud a mi cultura natal, tanto la rítmica como melódica, como lingüística. La manera de hablar el castellano de los negros a mí me fascinaba. Muchos de ellos conservaban una parte del léxico que yo solamente había recobrado a través de la literatura del Siglo de Oro. Y en la conversación cotidiana de Cuba se hacían presente otra vez esas palabras. Aquello ya me fascinaba, esa manera de hablar, con tanta justeza, con tanta exactitud, con tanta riqueza de sentido, tan apropiada, en mi lengua, con un rostro de negro o de mestizo, ya con diversas etnias mezcladas en el rostro, me resultó fascinante. Y en particular, en la música, en el tema rítmico, que siempre me ha atraído como reflexión teórica. Cuba ha sido para mí un elemento sustancial. Lo sigue siendo, no dejará de serlo mientras viva. Es para mí el faro de la Hispanidad.
Francisco Repilado, Compay Segundo. Tú lo redescubres en esos años, haces que grabe para que eso se conozca fuera de la isla, y sin embargo se hace mundialmente conocido, ese redescubrimiento se da con Ry Cooder y Buenavista Social Club.
Pero si mi huida de lo mayoritario es deliberada, y me ha costado incluso esfuerzo. Primero para convencer a mi familia. Y luego a la gente cercana. Yo dejé interrumpido un doctorado que había iniciado en París en el 77, asistiendo a los cursos de Gilles Deleuze y de otros grandes pensadores, y creí que iba a convertirme en un intelectualillo de oficio. Y cuando me metí en Radio Futura, pum, aquello dio un giro incontrolable y me llevó por otros derroteros. Pero yo seguí manteniendo el deseo de estudiar filosofía. Porque había descubierto algo. No es por acumular saber.
Al contrario, pierdes más. Pero es una perdición muy interesante. Es una perdición liberadora. Es un no saber que se adquiere a través de la filosofía, como decía Sócrates ya desde el principio. Es un no saber de búsqueda continua en el cual se iluminan muchas cosas, aunque sean meros fogonazos que te salen al paso.
No estar sometido a nada que no sea lo que lo que diga la madre, la gran madre, y seguir sus designios con alegría.
Tú naciste en Zaragoza, luego te mudaste de ahí, luego volviste, y vas a parar a Villanueva de los Castillejos.
Todavía sueño con Castillejos. A veces son sueños un poco alucinantes. Sueño que voy hacia la plaza y de pronto está rodeada de rascacielos, y me entra una pena inmensa ver la tor...
