En el pintoresco pueblo de Estepa, situado en el corazón de Andalucía, a finales del siglo XIX, un nombre pronto resonaría en toda España: Francisco Ríos González, conocido como "El Pernales". Su historia es la de un hombre marcado por la pobreza, la injusticia y un profundo rencor hacia las autoridades, que lo llevaron a convertirse en uno de los bandidos más famosos de su época.
En este ambiente de desigualdad y desesperación, nacieron en Estepa unos niños que revivirían la figura del bandido, con sus crueldades, violencias y generosidades. Tres muchachos ya corrían por las calles de Estepa, destinados a ser famosos: Joaquín Camargo Gómez, «el Vivillo»; Manuel López Ramírez, «el Vizcaya» y Antonio Ríos Fernández, «el Soniche». Y faltaba que naciera el sobrino de este último, que superaría a todos en renombre: Francisco Ríos González, «el Pernales».
Francisco de Paula José Ríos González nació el 23 de julio de 1879 en Estepa, Sevilla. Sus padres, Francisco Ríos Jiménez y Josefa González Cordero, eran jornaleros de humilde condición, que vivían en una casucha miserable en las afueras del pueblo. El padre, que había sido vaquerizo en Montellano, trabajaba duramente para mantener a su familia, buscando frutos y hortalizas en los campos y practicando la caza furtiva para complementar su escaso jornal.
La familia del futuro bandido era de humilde condición. Habitaba una casucha de miserable aspecto en las afueras del pueblo. El padre, dicen, había sido vaquerizo en Montellano, llevando ahora la misma triste vida que todos los braceros. Trabajaba menos de lo que quisiera y cobraba escaso jornal. Cuando el hambre apretaba, emprendía largas caminatas en busca de frutos y hortalizas, practicando también la caza de forma rústica, burlando a los guardias y saltando tapias y cercados.
El futuro caballista creció lleno de necesidades, sin recibir instrucción alguna. A los diez años, Francisco se fue con su padre a Calva, donde ambos trabajaron como cabreros durante dos años. Al regresar a Estepa, trabajaban en lo que podían. Si no tenían trabajo, merodeaban por los alrededores en busca de comida para llevar a su hogar. La presencia de la Guardia Civil les obligaba a dar rodeos, pero a veces tenían encuentros desagradables con ella.
Un día, tras ser advertidos por la Guardia Civil, Francisco presenció cómo golpeaban a su padre. El muchacho, al verle maltratado, se rebeló e intentó agredir a los guardias. Estos, teniendo en cuenta su corta edad, se contentaron con darle unos cuantos pescozones. Francisco nunca olvidaría aquellos golpes, y desde entonces, un odio salvaje hacia los civiles creció en él.
Por aquellos días Francisco realizó los primeros robos en los campos, en las casas y en las tiendas. Eran pequeñas raterías, que pronto fueron aumentando en cuantía. La Guardia Civil le imponía pequeños correctivos, con los que sólo lograba hacerle reincidir. El médico titular de Estepa, don Juan Jiménez, sintió compasión de él y trató de hacerle abandonar aquel mal camino. A su amable trato, el muchacho pareció dulcificarse. Poco a poco perdió aquel recelo de animal perseguido en el que constantemente vivía. Aprendió a leer medianamente y a trazar, con trabajo una torpe y vacilante escritura. Al tiempo que le daba lecciones le buscó también trabajo. De entonces data su gran afición a los caballos, de los que más tarde sería un gran conocedor.
Un día, la Guardia Civil sorprendió al padre de Francisco cometiendo un pequeño delito. Uno de los guardias le propinó un fuerte culatazo, que lo derribó al suelo. Francisco, al enterarse de que el autor había sido el sargento Padilla, del puesto de Puente Genil, juró vengarse. Huyó del trabajo y volvió a robar. Hoy era un jamón, mañana un borrego, otro día un costal de aceitunas... Su madre ya no se beneficiaba de ellos. Era él quien lo derrochaba en tabernas, mancebías o en las timbas y garitos de la población. La mala vida le atenazaba fuertemente, borrando sus buenas cualidades, si alguna vez las tuvo. En poco tiempo cayó de lleno en el mundo del delito. Ayudó a varios caballistas, entre ellos a su tío, Antonio Ríos, «el Soniche», y sirvió en más de una ocasión como corredor de rescate en los secuestros.
Tenía ya veintiún años y estaba lleno de vicios. Es entonces cuando comenzaron a manifestarse en él perversos instintos. Se ha dicho con insistencia que en esa época es conserje del casino de Estepa. El supuesto es falso. También lo es que forme parte de la banda de «el Vivillo». La razón es sencilla. Por aquellos días éste se encuentra huido en Argel, de donde más tarde marcha a la República Argentina. En el año 1900 sólo existían en Estepa dos bandidos de nombradía, «el Soniche» y «el Vizcaya». Al primero ya hemos dicho que suele ayudarle su sobrino. Y no lo tiene porque el futuro terrible «Pernales» es en aquel pueblo lo que se dice nadie. Aseguran noticias veraces que entre sus convecinos no goza, por cierto, fama de valiente. Casi unánimemente se le tiene por poco hombre. Parece ser que esto es debido a que en más de una cuestión personal no ha respondido como debiera a las ofensas recibidas. Su valor está, pues, en entredicho.
Un día, Francisco se fijó en María de las Nieves Caballero y la cortejó en su reja. Durante meses, Francisco fue todos los días del número diez de la calle de La Alcoba, donde vivía, al treinta y dos de la calle de la Dehesa, domicilio de su novia. Se casaron el día de Navidad de aquel año de 1901. Así lo acredita la inscripción que figura en la parroquia de Santa María, de Estepa.
La ceremonia tuvo efecto el día de Navidad de aquel año de 1901. Así lo acredita la inscripción que figura en la parroquia de Santa María, de Estepa: En la ciudad de Estepa, diócesis y provincia de Sevilla, a veinte y cinco de diciembre de mil novecientos y uno, yo, don José Ramos Mejías, cura propio de esta iglesia parroquial de Santa María de la Asunción. la Mayor y Matriz, desposé y casé por palabras de presente, que hicieron verdadero y legítimo matrimonio a Francisco de Paula José Ríos, de estado soltero, jornalero, de edad de veintitrés años, hijo legítimo de Francisco Ríos Jiménez, difunto, y de Josefa González Cordero, juntamente con María de las Nieves Pilar Caballero, también soltera, de edad de veinte y siete años, que vive en la calle Dehesa, número treinta y dos, hija legítima de Manuel Caballero Fernández y de María del Carmen Páez González. Confesaron y comulgaron, fueron aprobados en doctrina cristiana y amonestados en tres días festivos, según y como lo dispone el Santo Concilio de Trento, en esta Iglesia Parroquial, de cuyas proclamas no resultó impedimento alguno canónico, habiendo precedido el oportuno consejo favorable de sus padres y todos los requisitos necesarios para la validez y legitimación de este Sacramento, siendo testigos a dicho desposorio D. Francisco Juárez de Negrón y D. En fe de lo cual lo firmo fecha ut supra.-José Ramos.
Francisco seguía robando y gastando en las tabernas lo que faltaba en su casa. La Guardia Civil le castigaba repetidamente, pero él se salvaba de condenas serias gracias a hábiles coartadas. Los disgustos entre el matrimonio aumentaban y a veces trascendían con escándalo a la calle. En estas circunstancias les llegó su primera hija, María del Pilar, que nació el 15 de octubre de 1902. Contra lo que toda familia espera, su presencia no contribuyó a una mejor armonía entre los cónyuges. A las constantes discusiones siguieron pronto los malos tratos. Francisco apenas paraba en su casa.
Una de estas veces llegó a primera hora de la tarde, dispuesto a descansar. Su hija, que contaba diez meses de edad, se mostraba inquieta. No dejaba de llorar, impidiendo a su padre conciliar el sueño. Trataba éste de hacerla callar y no lo conseguía. Molesto por su insistencia, se levantó furioso y la zarandeó. Sólo consiguió que arreciera en su llanto. Desesperado, se acercó a la lumbre que ardía en el hogar. Metió los dedos en el bolsillo del chaleco y echó en las brasas una moneda de cobre de diez céntimos. Cuando juzgó que estaba bien caliente, la retiró con la tenaza. -¡Toma! -dijo-, para que llores con motivo. Un hiriente grito acompañó al olor de la carne chamuscada. No obstante, volvió a repetirlo, tres años después, con su segunda hija, Josefa, que había nacido el 25 de julio de 1904.
María de las Nieves no pudo resistir por más tiempo aquel mal vivir y aquel constante sufrimiento. El amor de antaño se había trocado en desprecio. Y un día, harta de humillaciones, de vergüenzas y de lágrimas, abandonó con sus hijas la casa de la calle del Toril. Francisco nada hizo por detenerlas. Sin duda le agradó verse libre. La verdad es que ya no volvió a ocuparse de ellas, encandilado por nuevos amoríos. Ni en sus tiempos de esplendor, cuando era de todos temido y manejaba dinero en abundancia, les hizo llegar ni una sola peseta.
Al dedicarse de lleno al robo, intentó el secuestro del hijo de un rico propietario de Estepa, cuando el muchacho, que iba a caballo hacia su cortijo, recogió a Francisco en el camino y lo hizo subir a la grupa. Fracasó, naturalmente. Denunciado, cayó una vez más en poder de la Guardia Civil e ingresó en prisión. Inmediatamente fue procesado. Le defendió don Antonio Ramón Leonis. Las crueldades para con sus hijas, el mal trato dado a su mujer y el haber roto la costumbre, siempre observada, de respetar a los vecinos de Estepa, le acarrearon su antipatía. La mayoría le odiaban y María de las Nieves, que había tenido necesidad de ponerse a servir, más que ninguno. Casi todos evitaban su trato.
Durante algún tiempo vagó por las calles y los campos con otros perdularios como él. Acababa de cumplir veinticinco años. Era un hombre bajo, ancho de espaldas, algo rubio, con pecas. Bajo las cejas despobladas, que se inclinaban hacia arriba, sus grandes ojos azules, casi siempre entornados, miraban de través, con dura luz. El rostro, totalmente afeitado, era frío e impasible. Tenía la boca amplia y desdeñosa. Sobre la frente le caía, arqueado, un mechón rebelde escapado de su rústico peinado. En la mejilla derecha tenía una cicatriz. Su aspecto general expresaba una naturaleza bárbara, unos instintos agresivos.
En Estepa ya hacía tiempo que se le conocía por el apodo de «el Pernales». No se sabe de dónde había podido venirle, ya que ni su familia ni en el pueblo lo había usado nadie. En la Alameda sí hubo, tiempo atrás, un tabernero a quien llamaron así, como ya se ha dicho en la biografía de «el Bizco de Borge». Pero, dada la diferencia de tiempo entre aquél y Francisco Ríos, no era posible establecer relación alguna. Hay quien sostiene que «Pernales» es lo mismo que pedernales, con la supresión de la d y la contracción de la doble e en un solo sonido. Se supone, por tanto, que con el mote quiso calificarse la dureza de sentimientos del bandido, bien demostrada muchas veces. También pudo tener su origen en alguna particularidad de las extremidades inferiores, aunque esto es menos creíble, dada la escasa estatura (1,50 metros) de Francisco Ríos.
Ya soñaba con igualar, no sólo a su tío, «el Soniche», sino a «el Vizcaya», que era el bandido más respetado y querido de Estepa. Precisamente por aquellos días la Guardia Civil había truncado su carrera, metiéndole en prisión, con gran disgusto de sus paisanos. Impaciente, buscaba «el Pernales» a otros jóvenes que, como él, no se asustasen de nada y quisieran ganar fácilmente dinero. No tardó en hallarlos. Eran de tan malísima fama como él. Uno de ellos sobrino de «el Vizcaya». Se llamaba Antonio López Martín, pero todos le decían «el Niño de la Gloria». Se trataba de un mocito pinturero, muy pagado de su planta, jaque y retador. El otro era Juan Muñoz, a quien se conocía por «el Canuto». Los tres estaban cansados de tantos hurtos menudos, y también de prestar apoyo a quienes con el mismo riesgo se llevaban buenos miles de pesetas. Decidieron, pues, erigirse...
La figura de "El Pernales" se convirtió en un símbolo de rebeldía y desafío para muchos, aunque su vida estuvo marcada por la violencia y el sufrimiento. Su historia es un reflejo de las duras condiciones de vida en la Andalucía del siglo XIX y de la lucha por la supervivencia en un mundo marcado por la desigualdad y la injusticia.
Un bandolero andaluz.
La siguiente tabla resume los datos clave de la vida de Francisco Ríos González, "El Pernales":
| Dato | Información |
|---|---|
| Nombre completo | Francisco de Paula José Ríos González |
| Apodo | El Pernales |
| Fecha de nacimiento | 23 de julio de 1879 |
| Lugar de nacimiento | Estepa, Sevilla |
| Padres | Francisco Ríos Jiménez y Josefa González Cordero |
| Ocupación de los padres | Jornaleros |
| Esposa | María de las Nieves Caballero |
| Hijas | María del Pilar y Josefa |
| Actividad principal | Bandolerismo |
Mapa de Andalucía, región de origen de "El Pernales".
