La Casa Niño Vera, ubicada en la calle Emilio Malumbres nº 4, tiene una rica historia vinculada a la comarca de la que es natural. Edificada en el siglo XVII, sirvió de residencia al matrimonio formado por Juan Fermín Virto de Vera y Mª Josefa Anchorena antes de construir su casa principal en la Plaza de los Fueros en 1741.
Arquitectónicamente, la fachada de la casa presenta dos balcones simétricos en la primera y segunda altura, una galería de seis vanos adintelados en el ático y un alero de madera tallada de gran vuelo. Un escudo barroco situado entre los dos balcones de la segunda altura la distingue como casa insigne.
La Comarca de Vera: Un Mosaico de Culturas
La comarca de la Vera ha estado poblada desde la prehistoria. Todas las culturas y pueblos presentes en la Península Ibérica lo estuvieron también en la Vera. Encontramos aquí asentamientos prehistóricos y tenemos constancia de que fue habitada por fenicios, vetones, celtas y romanos, como así lo corroboran puentes, ruinas y restos de calzadas.
Vándalos, suevos, alanos, visigodos y árabes llegaron después, fundando poblaciones, introduciendo cultivos y mejorando la agricultura. De la época romana queda un tramo de calzada romana en buen estado, que enlaza con la principal que recorría la Vera, hasta unirse con la calzada del Puerto Pico. Esta calzada sube desde el sur, en el lugar conocido como Las Zapateras, y serpenteando por la sierra, se prolonga hasta la portilla de los Escarbaeros, a más de 2000 metros de altura, comunicándose con la meseta castellana a través de Navalonguilla.
La comarca de la Vera, era conocida y aparece citada en algunos documentos reales de la segunda mitad del siglo XII, antes de tener lugar la fundación de Plasencia.
La Asistencia Infantil y la Iglesia
La Casa Niño Vera, como muchas instituciones similares, tenía un fuerte vínculo con el cristianismo y el importante papel de la iglesia en su asistencia a los niños indefensos.
Encontramos aquí asentamientos prehistóricos y tenemos constancia de que fue habitada por fenicios, vetones, celtas y romanos, como así lo corroboran puentes, ruinas y restos de calzadas. La iglesia contribuirá también no sólo a compadecer, lamentar y rezar por estos desgraciados, sino también a fundar hospitales, lazaretos, casas de expósitos, colegios de doctrinos, refugios y beaterios para atender al niño necesitado. Los Reyes Católicos apoyaron la fundación del Hospital de la Santa Cruz o de la Piedra creado por el cardenal Mendoza en Toledo en 1499, Carlos V el hospital de niños expósitos de Burgos (1513-1598) y Felipe II la Inclusa de Madrid en 1623.
Desde el siglo xv fueron las jerarquías eclesiásticas, más que la monarquía, quienes acometieron con prodigalidad las fundaciones de niños expósitos, amén de otras contribuciones más modestas por parte de cabildos catedralicios, órdenes religiosas (los jerónimos en Guadalupe en 1480) y cofradías (la cofradía de San José creaba una casa de niños expósitos en Valladolid en 1540, surgirían otras casas en Córdoba en 1565, en Madrid en 1567, en Málaga en 1573, en Salamanca en 1586 y en Baeza en 1590).
En 1790 la corona enviaría un cuestionario a todos los obispos diocesanos interesándose por las casas de expósitos y sus reglamentos, elevando una Real Cédula en 1796 por la que legitimaba a todos los niños y niñas expósitos y ordenaba la creación de una casa de expósitos en cada cabeza diocesana (con otras subsidiarias en los pueblos más alejados).
La Constitución de Cádiz entregaba a los municipios (más tarde diputaciones provinciales) la protección y sustento de las respectivas casas aunque dirigidas por Juntas de Caridad (integradas a veces en las Sociedades Económicas de Amigos del País). En 1822 se proclamó la Ley General de Beneficencia, aunque Fernando VII terminaría por conceder mayores competencias a la iglesia (obras pías en forma de Sociedades de Señoras, Juntas de Damas de Honor y Mérito y Damas de la Caridad).
La vida de los niños abandonados en la inclusa, por Soraya Romero
El Proceso de Admisión y Cuidado de los Niños Expósitos
En Zamora se recibía a los niños expuestos en un torno de cajón dotado de campanilla (como en los conventos de monjas), que permanecía abierto desde el amanecer hasta la puesta de sol. Todas las ordenanzas hispanas prohíben rigurosamente que se identifique a los padres o personas que acuden con los niños por miedo a los infanticidios (no olvidemos que la pobreza era entonces galopante).
El torno estaba aledaño a un cuarto donde permanecía vigilante una nodriza de lactancia que debía acreditar buena conducta, solían ser mujeres entre 20 y 30 años, muchas procedentes de la comarca de Sayago (en otros lares meseteños pasiegas de la Montaña y en Extremadura muchachas procedentes de la Sierra de Gata y de las Hurdes) y era alimentada de a diario con una libra de carne, dos onzas de tocino y cinco cuarterones de pan para que tuviera leche y amamantara con solvencia (cuidando de que consumiera sus raciones con aprovechamiento y no las vendiera). Otras nodrizas criaban a los niños en sus propios domicilios durante 18 meses, habitualmente eran aldeanas de los pueblos más cercanos.
Si el niño no portaba ningún cartoncillo al cuello indicando su nombre, era bautizado con el del santo del día (o con el de José, en el caso de Valladolid, por ser el nombre de la cofradía que acogía a los expósitos, y los apellidos habituales de Patrocinio, Salvador, Santa María o Expósito). Otros nombres corrientes para los varones fueron los de Juan, Francisco, Pedro, Manuel, Antonio y Bernardo. Y entre las niñas los de María, Josefa, Isabel, Teresa, Catalina, Juana, Ana o Apolonia.
En todo caso, un nuevo cartoncillo o un marchamo de plomo pendiente de un hilo o cordón asignaba al expósito un número de identificación visible a modo de carné de identidad (en la inclusa de Santiago de Compostela un cirujano realizaba una tarja o incisión sangrante en un brazo de los niños expósitos recién ingresados).
Gabriel Flores: Un Cronista de la Historia de Vera
Gabriel Flores nació en 1952 en la calle Mayor de Vera, en el número 59. Pasa las mañanas allí, en el silencio de la sala de lectura del Archivo Municipal de Vera, entre legajos con más de cinco siglos de historia.
En los primeros años en la caja recorrió muchos pueblos de la provincia, haciendo sustituciones: Turre, Mojácar, Garrucha, Olula del Río, Zurgena, Fiñana, Gérgal, Almería capital. Pero en 2010 la entidad decidió prejubilarlo, con solo 58 años, y él aceptó. Pero no se iba a quedar sentado en un banco de la Plaza Mayor viendo el tiempo pasar.
Así que habló con Manuel Caparrós, archivero de Vera, y comenzó a visitar el Archivo Municipal. La afición de Gabriel Flores por la historia no es nueva. Por eso decidió formarse y aprender algo de paleografía. Primero con el historiador Juan Grima y después con Alfonso González. “Ahora ya soy capaz de leer algunos documentos enteros y otros lo suficiente para entender lo esencial”, explica.
Tras muchos años rebuscando entre los cientos de cajas, desentrañando antiguos textos de pleitos o actas, Gabriel Flores decidió darle forma a todo ello en un libro. Ahora está acabando su segundo libro. Aún no tiene título, pero en él repasa la historia y datos curiosos sobre las calles de la ciudad.
