Benito Lertxundi es una figura emblemática de la música vasca, cuya influencia se extiende a lo largo de varias décadas. Este artículo explora su vida personal, su carrera musical y su impacto en la cultura vasca.
Primeros años y encuentro con Hervás
José Luis Gracia Martínez, conocido como 'Lertxundi', nació en Santurce. En el año 65, invitado por un amigo, viajó desde Santurce hasta Hervás, un pueblo en Cáceres, con la intención de pasar 15 días, pero terminó quedándose dos meses. «Le decía a mi padre: «¡Eh, Aitá! Mándame dinero para el autobús». Y el hombre iba a llevar el sobre al autobús para que luego yo lo recogiera aquí -cuenta sentado en una mesa del bar 'El picaporte'-. Cuando llegaba, yo decía: 'Bueno, ya tengo dinero para otra semana'. El día que volví, me presenté en el bar, porque nosotros por entonces teníamos un bar cerca del puerto de Santurce, el bar Gracia. Abríamos a las cinco de la mañana, porque iban los pescadores. Cuando llegué, vi a mi padre allí con la escoba, barriendo. Me quedé en la puerta y le llamé: «¡Aitá!». Me vio y me dijo: «¡Joder, ya has llegao!». Unos pocos días después, José Luis Gracia Martínez (71 años ahora, 18 tenía cuando hizo aquel viaje que le cambió la vida) regresó de nuevo a Hervás, esta vez con sus padres.
Que aquella primera vez él se quedara dos meses en vez de 15 días tiene una explicación. Más bien un nombre: Encarna Colmenar Aprea, que recuerda la fecha en que se conocieron. «El 24 ó 25 de junio del 65 fue cuando él apareció por aquí», recuerda la mujer, que no puede evitar la risa cuando recuerda cómo se fraguó lo del mote con el que todos conocen aquí a su marido. «Se lo puso 'Marci', el del Mesón El 60, que es muy amigo nuestro -explica-. A él, ese apodo nunca le sentó mal. «Empezaron con 'Lertxundi', 'Lertxundi' y me quedé con 'Lertxundi'... Yo siempre me lo tomé bien, porque me lo dicen con buena voluntad», comenta en tono afable José Luis, que en 1965 se encaprichó de Encarna y con el paso de los años también del pueblo de ella, donde se casaron a los tres años de conocerse.
«¿Qué es lo que tiene Hervás? Eso me pregunto yo muchas veces. A mí me enamora. Me lo he pasado siempre muy bien, nunca he tenido un problema con nadie aquí, y tengo una cuadrilla que en cuanto me ven salen disparados a hacer todo por mí. Aquí la gente es maravillosa.
Identidad a través de la música
Vida familiar y herencia cultural
Su querencia por el municipio cacereño la han heredado su hija y su hijo, que nacieron en el País Vasco. El hijo, de 48 años, viajó con su mujer y sus niños desde Algorta (Vizcaya) hasta Hervás a principios de julio. La esposa y los niños se quedaron, y él estuvo todo el mes bajando a Extremadura los viernes al terminar de trabajar y subiendo al País Vasco los domingos por la tarde. Lo hicieron, por ejemplo, en mayo, que lo pasaron entero en Hervás. En verano, sin embargo, prefieren alquilar una casa. «Les decimos a los amigos 'Vamos para allá en tal fecha', y ellos se encargan de buscarnos una casa», cuenta Encarna. Este año llegaron el 26 de julio y estarán hasta finales de este mes.
El guión de sus días de verano en Extremadura empieza a las ocho de la mañana, cuando salen de casa para dar un paseo de dos horas. Habitualmente, suben a pie siete de los 17 kilómetros de ascensión del puerto de Honduras, el que comunica los valles del Ambroz y el Jerte y que cierra al tráfico casi todos los inviernos por la nieve. «Llegamos a casa, nos duchamos y salimos a buscar a los amigos, a tomar cuatro vinos -cuenta 'Lertxundi'-. Luego, siestita, y después, otro paseíto. A las ocho salimos a tomar un par de zuritos o tres, y a las nueve y media o así estamos en casa». «¿Qué es lo que tiene Hervás? En otra época, añade Encarna, comían y cenaban fuera, «cerrábamos los bares», evoca la mujer, que se ha hecho a Sestao, donde el matrimonio reside, igual de bien que su marido a Hervás. De hecho, desde hace tiempo es ella quien acude a los partidos del Athletic de Bilbao.
A él, un futbolero de verdad que preside la Peña Deportiva Cultural Urkiaga, de Sestao, se lo prohibió el médico. «Me dio un derrame cerebral y me quitó las emociones fuertes», explica José Luis, que se concede ir a algún partido tranquilo. Por ejemplo: un amistoso hace poco contra el Baracaldo. Y otro que pintaba a paseo y acabó en funeral. «El Athletic invitó a la peña a que fuéramos a ver desde el palco el partido contra el Formentera, de la Copa del Rey -recuerda él-. Y yo pensé: Bah, les metemos cinco', y me decidí a ir». «Yo le animé a que fuera», añade Encarna. Lo que ocurrió fue que el equipo de Segunda División B marcó un gol en el último minuto, en un córner al que subió hasta el portero, y eliminó de la competición al Athletic. Es el último choque oficial que ha visto en directo José Luis, que desde aquel junio de 1965 en que conoció a Encarna, apenas ha faltado a su verano en Hervás.
Jon Maia: Un bertsolari hijo de emigrantes
Aunque Jon Maia no es partidario de encapsular lo que hace en un concepto, sí repite que él es el primer bertsolari hijo de emigrantes españoles. Quizá porque esa autodefinición contiene varios de los conflictos que han atravesado su biografía: el de la identidad nacional, el de los idiomas y el de la clase social. Nacido en 1972 en Urretxu, ha dedicado gran parte de su vida a trabajar con palabras, improvisando versos cantados en directo y escribiendo letras de canciones para músicos y grupos como Negu Gorriak, Soziedad Alkoholika, Anari, Gozategi o Benito Lertxundi.
Fue finalista del Campeonato Absoluto de Bertsolaris en 1997, 2001, 2005 y 2009, y también en el campeonato de Gipuzkoa en las ediciones de 2003, 2007 y 2015. Sabe que esta manifestación cultural ancestral y efímera -“algo que se consume en el momento mismo en que se crea, si estás delante lo disfrutas, si no estás, no lo disfrutas”, asegura- es muy poco conocida fuera del País Vasco, aunque allí sea capaz de competir con toda una final del Mundial de fútbol: el 18 de diciembre más de 13.000 personas prefirieron asistir en directo en Pamplona al concurso en el que Maialen Lujanbio ganó su tercer campeonato antes que ver por la tele a Leo Messi alzando su primera Copa del Mundo con la selección argentina.
Las actuaciones de los bertsolaris son, para Maia, “las olimpiadas de la palabra, la exhibición del ingenio en directo”, un fenómeno artístico cuya repercusión está limitada por las circunstancias. “Somos como una isla, lo que se hace en euskera es como una isla”, reflexiona al respecto, añadiendo otra descripción, otra capa más de significado, a una identidad que queda completada con unas palabras que pronuncia durante la entrevista: “Si somos algo realmente, somos una canción”. Somos una canción, Kantu bat gara en euskera, es precisamente el título de su disco-libro en el que reinterpreta algunas canciones de las muchas cuyas letras ha firmado en los últimos treinta años. Un viaje personal a través de su trayectoria y de la historia del País Vasco en las últimas décadas que presenta en Madrid el jueves 2 de febrero en la sala Galileo Galilei.
Lo que más me gusta es ser inclasificable, no me gusta encarcelarme en un concepto, decir “soy así” y quedarme en eso. Me gusta transformarme, reinventarme, atreverme a explorar de diversos modos, siempre relacionados con la comunicación y el compromiso social y cultural. Y siempre con la palabra como arma.
Mi idioma materno es el castellano, pero desde muy pequeño aprendí el euskera. Soy casualmente el primer bertsolari, improvisador oral en euskera, hijo de emigrantes españoles. Es algo curioso. En su momento fue para mí un conflicto interno y lingüístico, ahora el idioma de todo lo que hago es el euskera. Desde que canto, ya sean bertsos o canciones, o escribo libros o hago documentales, todo lo hago en euskera.
En 1975, con Franco aún vivo, mis padres me matriculan en una ikastola y deciden que sus hijos seamos vascoparlantes y aprendamos en el idioma de aquella nueva tierra que les había acogido.
Influencia de Atahualpa Yupanqui
El verano de 1968 estaba en todo su esplendor en Donostia cuando un puñado de jóvenes músicos, a los que los unía el convencimiento de que la canción es el mejor medio para lanzar mensajes nuevos al viento, que hablaran de justicia y libertad, pudieron al fin encontrarse con aquel hombre a quien tanto admiraban. Ese mágico día quedó en el recuerdo de todos ellos y del propio visitante, que no pudo ocultar su emoción al saber que una parte de él había logrado regresar a casa. Ese hombre, venido de lejanas tierras, se llamaba Atahualpa Yupanqui, que en la lengua granítica de los Andes significa lo que realmente fue: “un narrador de los mensajes de la tierra”, aunque su partida de nacimiento asegure, por fuera de su historia artística, que su nombre real era Héctor Roberto Chavero Arain.
Por otro lado, quienes le abrieron los brazos en aquella primera visita a Euskal Herria eran jóvenes cantautores enrolados en un movimiento cultural llamado Ez Dok Amairu, de los cuales, dos de ellos, Mikel Laboa y Benito Lertxundi no podían ocultar su satisfacción al comprobar cómo el destino los había puesto frente al que por entonces era considerado uno de los máximos referentes de la poesía popular a nivel mundial. Los acompañaba en el entusiasmo Paco Ibañez, que si bien no era parte activa de Ez dok amairu, le unía al grupo su origen vasco por vía materna, el conocimiento del euskera y el de haber compartido escenario con Xabier Lete y Mikel Laboa, además de ser un cantautor comprometido en la resistencia antifranquista.
Tanto Laboa como Ibáñez Gorostida sentían un enorme respecto por esa figura que había iluminado el camino a tantos artistas y convertido, a esa altura de la vida, en el patriarca del folclore argentino y sudamericano. Años atrás habían oído sus discos e interpretado algunos de sus temas más emblemáticos como lo recordaba Mikel Laboa, al mencionar en más de una ocasión aquel disco de Atahualpa que por casualidad había llegado a sus manos en el año 1953. Un disco proveniente de Burdeos y que le había provocado una impresión profunda, no sólo en la manera en cómo sonaba esa guitarra sino también en lo que transmitían esas letras que reivindicaban al hombre frente a las injusticias y las humillaciones, y que para esos años oscuros del franquismo eran cuestiones que sencillamente subvertían el orden: temas prohibidos.
Por esas razones, ese disco había tenido que venir del otro lado de la frontera estatal, cuyo origen provenía de aquel fugaz paso de Yupanqui por el sello discográfico Le Chant du Monde, donde alcanzó a grabar ocho temas, tras arribar a París después de una prolongada gira del artista y militante, de nueve meses de duración, por los países del Este europeo.
En cuanto a Paco Ibañez -quien con el tiempo logró cultivar una sólida amistad con don Ata, a punto tal que grabaron un disco junto-, el encuentro con la música yupanquiana tuvo las mismas características. Aunque en verdad Paco contó con una ventaja: la de estar residiendo a causa del exilio político de sus padres en París y ser testigo de aquella memorable actuación de Atahualpa en el teatro L’Athenèe. Un concierto que tuvo lugar de manera fortuita el 7 de julio de 1950 y nada menos que de la mano de la cantante Edith Piaff, cuando ese hombre de rostro indio y hablar pausado, era aún en esas latitudes, un perfecto desconocido. Pero en definitiva, todas esas grabaciones del sello francés Le Chant du Monde en julio de 1950, permitieron que el juglar argentino comenzara a ser conocido en Europa y sobre todo cuando dos años más tarde logró obtener el mayor galardón otorgado por la prestigiosa academia Charles Cros, mediante su baguala “Minero soy”, que de ahí en más fue uno de los discos clandestinos más escuchados al sur de los Pirineos.
Tendrían que pasar unos cuantos años más para que recién a mediados de la década del ’60 en el Estado español se comenzaran a difundir en pocas radios y tímidamente, algunos temas de Yupanqui, por lo común extraídos de aquel single que contenía, y se puede decir de esta manera, cuatro genialidades suyas. Nos referimos a “Malambo”, “La olvidada”, “Los ejes de mi carreta” y “El poeta”, este último con estrofas que marcaron a fuego a más de algún cantautor amateur, como lo confesó años después Mikel Laboa. Tema creado durante los años de afiliación al PC argentino y que por problemas de censuras en su país no sería difundido, como otras composiciones, hasta un tiempo después y luego de su alejamiento de esa estructura política.
Ez Dok Amairu y la Resurrección Cultural Vasca
Los primeros pasos del grupo tuvieron lugar en aquellas reuniones celebradas en la calle Getaria de San Sebastián, en los locales del grupo eclesiástico Herri Gaztedi donde se daban cita Benito Lertxundi, Lourdes Iriondo, José Ángel Irigarai, los hermanos Lekuona, José Anton Artze y Mikel Laboa. Éste último, por venir de Barcelona donde cursaba la especialidad de Psiquiatría infantil, empeñado en llevar a la práctica algo similar en el País Vasco a lo que venía desarrollando el movimiento de la Nueva Canço en Catalunya, es decir, tratar de formar un grupo cultural y conjugar voluntades en torno a la canción, cuando menos en Gipuzkoa, a sabiendas de que algo así también se estaba desarrollando en Bizkaia.
Finalmente, constituido Ez dok Amairu, sus integrantes se encaminaron en recuperar la tan castigada cultura vasca acosada de manera sistemática por el régimen desde el mismo final de la Guerra Civil, como también impulsar una toma de conciencia a favor del euskera y la identidad nacional. Pero además, apuntaron a valorizar las canciones tradicionales, recuperar ese tesoro cultural que iba, en la práctica, hacia su desaparición y procurar hacer una elección del repertorio más encaminada a la denuncia social y política que al simple costumbrismo folclórico. Fue así, de ese modo y en esas difíciles coyunturas políticas y sociales que soportaba el conjunto del pueblo de Euskal Herria, cuando esos jóvenes se convencieron de que la poesía podía ser una herramienta eficaz para construir sueños colectivos y derribar barrotes impuestos desde la intolerancia. Y lo hicieron acompañados con tan solo una guitarra y como respuesta a una política de igamiento sistemático de parte del nacionalismo español.
Sin duda eran épocas de efervescencia juvenil y cuando estaban llegando a Euskal Herria los ecos del Mayo francés del 68, las luchas anticolonialistas y antiimperialistas. O las revueltas callejeras contra la Guerra de Vietnam e incluso el fenómeno hippie, con la propuesta de rechazar las demandas de la sociedad de consumo, el pacifismo y la contracultura. Unos años en definitiva donde empiezan a extenderse nuevas ideologías y perspectivas de cambio, y en las que muchos jóvenes hallaron el reflejo de esos ideales en determinados cantautores como Violeta Parra, Víctor Jara, el grupo Quilapayún, George Brassens, Bob Dylan, Jacques Brel…y por supuesto, Atahualpa Yupanqui.
El nacionalismo musical vasco
En gran medida, las propuestas en torno a lo que sea la música vasca también se irán enmarcando dentro del proyecto nacionalista. En concreto, la canción tradicional vasca -y todos los elementos culturales en general- van a convertirse ahora en identitarios de carácter étnico, de manera que se presentarán con sentidos de exclusividad, unidad de destino, esencialismo, etc. Además, con la irrupción del nacionalismo vasco, lo que sea esa identidad étnica no sólo habrá de ser fijado y preservado, sino también difundido (con su consiguiente utilización política). De ahí que en música se emprenda una labor de recopilación sistemática de canciones populares, así como la creación de entidades y actividades impulsadas por las instituciones de color eminentemente nacionalista.
| Figura clave | Aportaciones |
|---|---|
| Resurrección María de Azkue | Recopilación de más de mil ochocientas melodías, Cancionero Popular Vasco |
| Padre José Antonio de Donostia | Euskal Eres-Sorta, Cancionero Vasco |
Es preciso prolongar la vida libre de incapacidad, y para eso, el ejercicio físico es la más potente y eficaz “medicina”.Por último, creo que la intergeneracionalidad es otro reto.
