Antigua Maternidad de Peñagrande: Historia de un Reformatorio Franquista

En el barrio de Peñagrande, Madrid, se encuentra el Instituto de secundaria y formación profesional Isaac Newton, un lugar con una historia oculta y controvertida. Enfrente, en el parque del Arroyo de los Pinos, una placa conmemora a las mujeres que sufrieron la privación de sus derechos en la maternidad de Peñagrande, un centro que hoy revela un pasado lleno de sufrimiento y represión.

La primera vez que oí hablar de Peña Grande fue de casualidad. Era marzo de 2018 y estaba haciendo un reportaje con testimonios sobre cómo es ser madre con 15 años. Mientras buscaba posibles fuentes, di con una fundación leonesa que atiende este tipo de casos porque su presidenta, María García, también fue madre soltera en los años 70. Me pareció interesante comparar si las perspectivas y el apoyo que tiene una adolescente en esa situación habían cambiado mucho con el paso del tiempo, pero su testimonio reveló mucho más que la diferencia entre generaciones. Ella fue la primera que me contó cómo la ingresaron en el centro para "mujeres descarriadas" cuando su tripa empezó a delatarla en el colegio de monjas en el que estudiaba.

Este lugar, oficialmente conocido como la maternidad de Nuestra Señora de La Almudena, es ahora el instituto de educación secundaria Isaac Newton, cuya dirección está comprometida en no olvidar lo que pasó en otra época entre sus paredes. No pusieron ningún problema en que visitásemos el centro, y hasta nos acompañaron sala por sala explicándonos qué era cada sitio. Tampoco hubo problemas con la Comunidad de Madrid, que dio su aprobación para poder filmar y hacer fotografías el mismo día de la petición. Después de esa visita hablé con varias madres más, quienes con sus experiencias y recuerdos ayudaron a recomponer el puzle de la historia

Peñagrande, Madrid, vista desde el parque del Arroyo de los Pinos.

Orígenes y Propósito

La mal llamada maternidad tiene su origen en la compra en 1950 de una finca de dos hectáreas del norte de Madrid, en los terrenos conocidos como La Canaleja, del periférico barrio de Peñagrande. Abrió sus puertas en 1955 y su capacidad era inicialmente de unas mil personas entre niños y madres (atendidas por 36 religiosa), una situación de hacinamiento que fue reduciéndose paulatinamente y que se convirtió en un problema estructural. El edificio lo construyó el arquitecto Luis García de la Rasilla, que trabajó mucho en la Dirección General de Regiones Devastadas, y para hacerse una idea de sus dimensiones hay que unir al complejo actual del edificio la iglesia aneja, que se levantó en los terrenos de la parte derribada. Su propósito era servir como internado para madres solteras y menores de edad, a menudo llevadas allí por sus propias familias (que cedían la patria potestad a la instituión), y a veces por denuncias de curas o maestros.

Una de las primera cosas que hizo el régimen franquista fue oficializar la represión hacia las mujeres, creando en 1941 el Patronato de Protección de la Mujer, ideado por la esposa de Franco, Carmen Polo, que fue presidenta de honor de la institución, inspirada por el nacionalcatolicismo. Con aquel organismo, que dependía orgánicamente del Ministerio de Justicia y que tuvo delegaciones en todas las provincias, se pretendía reeducar a las jóvenes descarriadas de la rígida moral católica. Las congregaciones religiosas estuvieron al frente de los centros del patronato, donde miles de niñas, adolescentes y mujeres adultas fueron internadas, entre 1941 y 1985, enviadas por sus padres y hermanos normalmente, o conducidas allí por la Policía, por el simple hecho de mostrar un comportamiento poco recatado. El destino de las jóvenes embarazadas solteras fue, en su mayoría, los centros de reeducación del patronato.

Uno de aquellos centros fue el de Nuestra Señora de la Almudena, más conocido como Peñagrande por el barrio madrileño donde se ubicaba. Abierto en 1955, fue uno de los reformatorios femeninos más grandes de toda España, especializado en jóvenes embarazadas y madres solteras. También se le conoció como la maternidad de Peñagrande, porque había un paritorio donde daban a luz las internas y que estuvo atendido, entre otros, por el ginecólogo Eduardo Vela, vinculado, como se ha demostrado, con las adopciones irregulares durante la dictadura.

Condiciones de Vida y Testimonios

En la maternidad de Peñagrande las internas trabajaban embarazadas durante horas fregando el suelo y recibían presiones para dar en adopción sus hijas. En algunas ocasiones, a tenor de los testimonios recogidos, los hijos nacían muertos y eran enterrados en el patio que hoy es del instituto o se daban en adopciones irregulares. Los testimonios coinciden en que si se llevaban al pequeño “al botiquín”, la madre no volvería a verlo. En Peñagrande entraban chicas entre los 16 y los 21 años, aunque a veces se quedaban hasta los 25, desde luego mucho después de dar a luz.

Los testimonios de las mujeres internadas allí, recogidos en los últimos años en documentales y reportajes, apoyados, sobre todo, por la memoria histórica del colectivo 'Las desterradas hijas de Eva', de Consuelo García del Cid, dan fe de las penalidades y vejaciones sufridas por las internas a manos de las religiosas.

Cuando Itziar se dispone a traspasar la puerta que da acceso a los restos de la antigua maternidad de Peña Grande, en Madrid, retrocede 48 años en el tiempo. Nada más dejar atrás los pasillos del instituto que ahora ocupa el recinto, empieza a reconocer los frisos de las paredes y los suelos que fregaba de rodillas a diario, hasta el mismo día que dio a luz entre insultos. Como miles de mujeres, Itziar del Santo pasó su embarazo en el internado para embarazadas de Peña Grande, un centro franquista, garante de la moral católica, que tenía recluidas a adolescentes embarazadas de familias sin recursos o repudiadas de toda la geografía española. Bajo un régimen carcelario, mujeres como Itziar, María Ángeles, Isabel, María, Dolores o Ana, sufrieron las humillaciones diarias y la explotación a que las monjas de las Cruzadas Evangélicas las sometieron, dueñas de su tutela. Este centro, el único con esta labor en España, sobrevivió a la dictadura franquista y se mantuvo abierto desde 1960 hasta 1984. Sus prácticas, sin embargo, no cambiaron.

María Ángeles Martínez conserva pocos recuerdos de los meses que pasó en Peña Grande, pero enseguida reconoce las rejas que aún protegen las ventanas del reconvertido centro de Secundaria en el barrio del mismo nombre. “Entré con 19 años, en agosto de 1975. Era huérfana y me acababa de quedar embarazada, así que mi cuñada, que quería deshacerse de mí, me dijo 'vístete que nos vamos', y sin saber a dónde iba, me trajo aquí”. Ella no lo sabía entonces, pero la persona que le dio la bienvenida, sor María, se haría célebre décadas después por el escándalo de los niños robados.

Desde que superaban el umbral de entrada, y durante todo el tiempo que vivían allí, las presiones para dar en adopción a sus hijos eran constantes en todas las adolescentes -y niñas- que internaban en Peña Grande. “Me decían que qué iba a hacer yo con una hija, cómo la iba a dar de comer, si me habían echado de casa, si era una desgraciada, y ella iba a serlo también”, recuerda Itziar, que entró en 1970 con 19 años recién cumplidos. En lo que queda del paritorio, ahora colonizado por excrementos de palomas, rememora el día en que dio a luz a su hija. “Estaba en la sala de dilatación, y con media cabeza ya fuera me dijeron que tenía que ir andando sola hasta el paritorio y subirme al potro. Fui con todo el cuidado, pero nació con la cabeza apepinada. Cuando lo vieron, dejaron de insistirme para dársela. Otras no tuvieron esa suerte.

Cuando María Ángeles dio a luz, le dijeron que su hija había nacido muerta, pero jamás le dejaron ver el cuerpo, ni le dieron el certificado de defunción o legajo de aborto. “Me metieron en la sala de dilatación y no escuchaban el pulso del bebé, pero aun así mandaron preparar una incubadora. Pasé al paritorio y cuando salió dijeron 'esta cosa está muerta'. Entonces, las dos comadronas desaparecieron y me quedé sola con 'la bisturí' -la llamábamos así porque nos rajaba de arriba abajo- y un bulto que no se movía en la báscula”, rememora. “Luego me pasaron a la habitación y me vendaron los pechos. Me subió la leche y sor María mandó que me la sacaran para una niña que iban a dar en adopción”. La misma monja le dijo que habían enterrado a su hija en el jardín.

Cuando los bebés enfermaban, eran llevados al 'botiquín', el lugar temido por todas las madres. A menudo los menores nunca volvían, y sus madres desaparecían a su vez. Entre los restos de esta parte del edificio, aún puede verse el largo pasillo repleto de ventanas por donde las familias pudientes se paseaban para escoger el bebé que querían llevarse a casa, una práctica que se mantuvo hasta el cierre, ya en democracia. “Una familia nos dijo que era el cuarto niño que se llevaban allí. En los ochenta pagaban 500.000 pesetas por cada uno [unos 16.000 euros ajustados a la inflación actual]”, explica Isabel. Las que estuvieron en los setenta recuerdan la cifra de 200.000 pesetas por bebé (6.300€). Un documento de la investigación de García del Cid es revelador sobre la importancia que tuvo este centro en la trama de niños robados. En él, el secretario general de la Junta Nacional del Patronato de León, pide “ayuda” para un amigo que quiere “prohijar una criatura”.

Los días en la Maternidad empezaban sobre las siete de la mañana. Nada más levantarse, cada interna se encargaba de alguna tarea del centro, como la limpieza o la cocina. Después de un frugal desayuno, acudían a “talleres”: jornadas de trabajo donde hacían labores de manufactura para grandes marcas. Coser etiquetas para El Corte Inglés, montar cajas para perfumes de Agua de Rosas, arreglos para Puma… “Las explotaban laboralmente. La gente no tiene ni idea de las cosas que se hacían aquí en nombre de grandes marcas. Las monjas de Peña Grande utilizaban la hora de amamantar como presión para hacerlas producir más. La que no acababa la carga de trabajo al mediodía, no podía subir a la guardería a dar el pecho. La maternidad tenía capacidad para acoger a 600 internas con sus hijos. Algunas se iban al dar a luz -con o sin bebé-, pero las que no tenían dónde ir se quedaban con los menores. El centro se dividía en varias partes y ninguna tenía contacto con el resto. Las sumisas no se mezclaban con las rebeldes, ni las madres con las embarazadas, y tampoco las que procedían de familias humildes con “las de pago”, que ingresaban para ocultar la gestación y tenían mejores condiciones que las otras. Convivían niñas gestantes desde los 11 años hasta los 25, el máximo que podía retener el centro a las internas. “Veías a madres jugando con muñecas...

Rezaban el rosario dos veces al día, y los domingos la asistencia a misa era obligatoria. Pero lo peor venía justo después de la homilía. “Las embarazadas salíamos por el coro y nos colocaban en fila en esta pared. Delante, una hilera de hombres sentados que iban pasando. Nos miraban el culo, las tetas, los dientes… y elegían con cuál se querían quedar. Como si fuéramos ganado. Se oía que cuando se llevaban a una, pagaban en torno a 75.000 pesetas en el año 70 [unos 2.000 euros]. “A las que se casaban con ellos les pasaron burradas, porque no eran hombres normales”, recuerda Dolores, que aunque por edad no le tocó, sí presenció este mercado de mujeres ya instaurada la democracia. María García, que estuvo en el centro en 1972, fue elegida uno de esos domingos. “Me negué rotundamente, y me hicieron la vida imposible, me cambiaron de cuarto y me pusieron en uno lleno de humedad”, explica.

“También se decía era el sitio más vigilado por los proxenetas, y algunos policías te ofrecían sacarte de allí para llevarte luego a prostíbulos. El contexto de lo que soportaban a diario, tanto en las rutinas como las prácticas, se entiende tan solo con el trato vejatorio y el maltrato psicológico que recibían desde que entraban por la puerta. Para las monjas, ellas eran la representación andante del pecado, por haberse quedado embarazadas fuera del matrimonio. “El sacerdote nos decía que no podíamos aspirar a un marido normal, solo a uno que no nos pegase mucho”, explica María. Las monjas aprovechaban los momentos de máxima debilidad, durante el parto, para colocarles los papeles de la adopción delante, entre insultos y reproches. “De puta para arriba, te llamaban de todo para hundirte y tenerte a su merced”, cuenta Dolores, que llegó con seis meses de embarazo procedente de Cantabria. “No podías mirarlas a la cara. La hija que tuvo Dolores era de su padre, el mismo que la metió en el centro cuando tras reiterados abusos se quedó embarazada. Nadie le preguntó cómo había sucedido. Tampoco cuando a los meses de dar a luz se volvió a quedar en estado, a pesar de que la única salida del centro había sido, precisamente, un fin de semana con su padre. “Me decían que lo mío era vicio.

“El sacerdote nos decía que no podíamos aspirar a un marido normal, solo a uno que no nos pegase mucho”, explica María. Las monjas aprovechaban los momentos de máxima debilidad, durante el parto, para colocarles los papeles de la adopción delante, entre insultos y reproches. “De puta para arriba, te llamaban de todo para hundirte y tenerte a su merced”, cuenta Dolores, que llegó con seis meses de embarazo procedente de Cantabria. “No podías mirarlas a la cara. La hija que tuvo Dolores era de su padre, el mismo que la metió en el centro cuando tras reiterados abusos se quedó embarazada. Nadie le preguntó cómo había sucedido. Tampoco cuando a los meses de dar a luz se volvió a quedar en estado, a pesar de que la única salida del centro había sido, precisamente, un fin de semana con su padre. “Me decían que lo mío era vicio.

Informe de 1968: Un Vistazo a las Deficiencias

Pero más allá de los testimonios en primera persona de las víctimas, existen pruebas documentales que los corroboran. Público ha podido acceder a un informe oficial, de 1968, que reseña todas las deficiencias de la vida en el reformatorio de Peñagrande, desde la escasa comida e higiene hasta los castigos físicos y emocionales que recibieron las internas.

Imagen antigua del Colegio de Nuestra Señora de la Almudena, conocido como el reformatorio o maternidad de Peñagrande.

El Ministerio de Justicia, cuyos fondos nutrían al Patronato, quien a su vez financiaba los reformatorios, con partidas anuales a las congregaciones de monjas, encargó un estudio sobre el centro de Peñagrande. Hasta 1968 ya habían pasado por allí miles de mujeres. Varias funcionarias se personaron en el reformatorio, en el que en aquellos momentos estaban internadas 250 mujeres y niñas, con edades comprendidas entre los 12 y los 24 años, y 200 niños, de hasta cuatro años de edad. Estaba gestionado por 36 religiosas Esclavas de la Virgen Dolorosa. Dos años después, serían las Cruzadas Evangélicas las que se encargarían del centro hasta su clausura, a principios de 1984.

Llama la atención el apartado destinado a los castigos. Las funcionarias constataron que “estos más que castigos son vejaciones que no parecen estar conformes con el respeto debido a la dignidad de la persona humana. Las privaciones de comida y de descanso nocturno impuestas a jóvenes madres gestantes y lactantes que trabajan todo el día no están indicadas”, dice el informe.

El estudio no explicita más castigos, además de las privaciones de alimento y sueño. Para las funcionarias, que son citadas en el informe como 'visitadoras', aquellos castigos “deberían desecharse totalmente. Son peligrosos, 'ineducativos', anti legales y contrarios al espíritu cristiano”.

Por algunas de las mujeres que fueron recluidas en aquel centro, este diario sabe que otro de los castigos consistía en no poder atender a los bebés ni darles el pecho aunque lloraran a rabiar hasta que no se hubiera concluido la tarea asignada, por ejemplo, coser pantalones vaqueros, que luego las monjas vendían en el exterior.

Las autoras del trabajo sobre Peñagrande criticaron el régimen de vida “severo y carcelario de las internas, la censura en la correspondencia, el poco tiempo que las madres podían pasar con sus hijos y lo deficitariamente vestidas que iban las chicas: “Llevan unas batas mal confeccionadas, desteñidas y en ocasiones no muy limpias”.

En cuanto a la alimentación, las funcionarias constataron lo deficiente que era: pocas proteínas y mucho pan. “Comida insuficiente, abundancia de pan y escasez de carne y pescado (...) Al mediodía, judías estofadas, sin chorizo ni tocino (…) Para cenar, figura chorizo con pan frito (…) que no fue del gusto de las jóvenes”.

A las visitadoras les llamó la atención el poco gasto que hacían las religiosas en medicamentos. “Considerando que se producen unos 30 partos mensuales y es preciso añadir la medicación de gestantes, madres y niños, ese gasto es muy reducido”, decían.

En el capítulo económico, la congregación religiosa no salía bien parada. “Los datos que nos proporcionó la reverenda madre sobre subvención por acogida y día, dotación de ropa para los niños, etc. no concordaron con los que teníamos del patronato”.

Como conclusión, las visitadoras pidieron que el centro cerrara, “se disolviera, y se reorganizara totalmente con un espíritu nuevo”. Pero nada más lejos de la realidad. El informe se guardó en un cajón, no tuvo efecto alguno pese a las graves irregularidades que denunciaba. Las vejaciones a las jóvenes no solo quedaron impunes, continuaron produciéndose 16 años más, como una marca indeleble de la represión franquista hacia las mujeres.

Niños Robados y Adopciones Irregulares

El objetivo del reformatorio de Peñagrande era, sobre el papel: “Acoger a la joven soltera que va a tener un hijo y proporcionarle un ambiente discreto, hogareño, seguro, donde pueda prepararse para ser madre (…) Además prestarle una ayuda que le permita quedarse con el niño si así lo desea”, recordaba el informe, en 1968.

Sin embargo, las presiones a las jóvenes madres para que dieran a sus bebés en adopción, sin que conste en numerosos casos algún certificado oficial que recoja la renuncia de la madre, fue la tónica general en Peñagrande. Las visitadoras proponían que “se organicen urgentemente servicios de adopción, ya que está demostrado que en numerosos casos, esa medida es la mejor solución para el niño y para su madre”.

De aquellas presiones de las monjas a las jóvenes gestantes no hay, al parecer, prueba escrita. Pero los testimonios de muchas de las mujeres que dejaron en el centro a sus recién nacidos, ya fuera porque nacieron muertos, como les aseguraron, o porque no tuvieron más remedio que sucumbir a las amenazas de las religiosas, coinciden en señalar el modus operandi que ya apuntaban las funcionarias del Ministerio de Justicia: “No se trata de sugerirles y menos de imponerles el abandono del hijo, sino de orientarlas para tomar respecto a su hijo la mejor decisión”.

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El Extraño Viaje de los 'Papeles' de Peñagrande

El reformatorio de Peñagrande funcionó 29 años, hasta principios de 1984. Toda la documentación que generó su actividad, así como los archivos del Patronato de Protección a la Mujer y de Menor de Madrid, fueron trasladados a la recién creada Comunidad de Madrid. Así lo indicaba el Boletín Oficial madrileño en marzo de 1984.

Sin embargo, nunca llegó a producirse ese traspaso, como desveló una investigación de la revista Interviú en 2016. Esos archivos pasaron a la Dirección General de Protección Jurídica al Menor del Ministerio de Justicia, que en 1988 pasó a depender del Ministerio de Asuntos Sociales. Cuando este gabinete se fusionó, en 1998, con el de Trabajo, los papeles del Patronato en Madrid, incluidos los del reformatorio de Peñagrande, fueron enviados a la sede del Ministerio de Empleo, en la madrileña calle Agustín de Betancourt, donde permanecen.

Documentos del Patronato de la Mujer en el Ministerio de Empleo en Madrid.

De las 3.000 cajas de documentación que fueron transferidas al Ministerio de Empleo, solo se conservan 1.500. El resto fueron destruidas en 1996 debido a una inundación de los sótanos del ministerio, como confirmó a la citada revista Luis Casado de Otaola, jefe del Área de Documentación Administrativa del Ministerio de Empleo.

Y ahí, entre las cajas que se han conservado --apenas 30 de ellas contienen material sobre la delegación madrileña del Patronato de la Mujer, el resto versan sobre los servicios de protección al menor del franquismo en Madrid--, se halla el informe de 1968 sobre el reformatorio de Peñagrande. La periodista que firma este artículo descubrió el documento en 2017.

Este diario ha podido saber de antiguas fuentes de la Secretaria de Estado de Justicia que entre el material documental del Patronato de la Mujer en Madrid constan expedientes de mujeres internadas en Peñagrande, del nacimiento de sus hijos y de las posteriores adopciones llevadas a cabo por mediación de los servicios sociales de la dictadura, en manos de religiosas --por ejemplo, en Madrid, era la conocida sor María la encargada de las adopciones, muchas de ellas, irregulares, por lo que llegó a ser investigada--.

Pero esos expedientes, vitales para las personas que buscan sus orígenes biológicos, no aparecen. La violencia ejercida contra las mujeres a través del Patronato de Protección a la Mujer, dependiente del Ministerio de Justicia, es uno de los temas más complejos y quizás menos conocidos de la represión franquista. Durante el Franquismo, esta institución disponía de una red de centros de internamiento regentados generalmente por órdenes religiosas en los que se encerraba a mujeres jóvenes por “conducta inmoral”, denuncias de familiares y particulares o a petición de las autoridades civiles y religiosas colaboradoras o de las propias familias.

El Legado y el Reconocimiento Actual

Estamos en 2025 -han pasado 75 años desde que se abrió el Patronato, presidido por Carmen Polo- y la sensibilidad hacia las mujeres que fueron víctimas de la institución ha crecido por fin, hasta el punto de que este mes de junio la Conferencia Española de Religiosos (CONFER) ha celebrado un acto para pedir disculpas a las supervivientes del Patronato en la Fundación Pablo VI de Madrid. El acto fue interrumpido por víctimas de la institución al grito de “Verdad, justicia y reparación. Ni olvido ni perdón”, y pancartas con un rotundo “No”.

Desde entonces, Peña Grande y lo que rodeó a esa maternidad es un poco más conocido. Seis meses después de su publicación, el ayuntamiento de Madrid puso una placa en la puerta del instituto para recordar a las mujeres que pasaron por allí. También se han hecho obras de teatro y se han emitido programas monográficos en varias cadenas de televisión recuperando testimonios y documentos del Patronato.

La celebración del acto tendrá lugar en el parque situado frente al actual IES Isaac Newton (Joaquín Lorenzo, 2). Zapata y Galcerán descubrirán una placa en memoria de todas aquellas madres que estuvieron recluidas en este lugar, padeciendo todo tipo de crueldades y castigos.

En YouTube se puede encontrar el vídeo de un acto celebrado en el instituto en 2017 con las durísimas palabras de la investigadora Consuelo García del Cid Guerra, que fue quien puso sobre el tapete el tema en 2012 con el libro Las desterradas hijas de Eva. Ahora ya sí, hay numerosos trabajos de investigación, entrevistas o vídeos de actos públicos, pero todos son muy recientes. Las cosas han cambiado, sin duda.

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