Cada año, aproximadamente 703,000 personas pierden la vida por suicidio, lo que equivale a una tasa de mortalidad anual estimada de 1 de cada 100 muertes. El suicidio representa la cuarta causa principal de mortalidad a nivel mundial en los grupos de edad de 15 a 24 años (Ávila Granda et al., 2024). El suicidio constituye un problema de salud pública multifactorial que involucra numerosos determinantes familiares y biopsicosociales (Tio et al., 2024).
En este artículo de reflexión se analizan los factores del suicidio que influyen en el entorno familiar, potenciado por el estigma, la epigenética y sucesos traumáticos. El propósito de este artículo consiste en llevar a cabo un análisis detallado de los factores familiares que pueden representar un riesgo o brindar protección en relación con el suicidio. Esto permitirá identificar señales, tomar medidas frente al suicidio y apoyar el proceso de duelo en el ámbito familiar, comunitario y social.
Este análisis destaca cuestiones clave que deben resolverse para que las intervenciones basadas en investigaciones biopsicosociales puedan prevenir el impacto del duelo traumático por suicidio. Se busca proporcionar recursos a todas las personas afectadas por él mismo y, en última instancia, ofrecer soluciones para abordar la conducta.
Tasas de suicidio a nivel mundial en 2016.
Perspectivas Teóricas
Se considera que la conducta suicida es un acto determinado por múltiples factores de riesgo con implicaciones biopsicosociales, de personalidad y familiares (Tio et al., 2024). Estudios recientes han demostrado que los principales factores de riesgo que intervienen en el suicidio son originados por los traumas infantiles repetidos en el entorno de las relaciones de apego y relacionado con el trastorno traumático de desarrollo junto con los antecedentes familiares de suicidio (Coll Palacios y Barrera Vidal, 2022).
Si bien un suicidio individual suele ir acompañado de un profundo sentimiento de soledad, la familia y los amigos casi siempre se quedan atrás para llorar, tratar de entender las razones de la muerte y aprender a continuar con sus vidas (Hennipman-Herweijer et al., 2024). Por lo tanto, las estrategias de prevención del suicidio deben incluir relaciones, intervenciones comunitarias y sociales (Rodríguez-Otero et al., 2022).
Resulta muy compleja la prevención universal, el tabú social actual que rodea a esta realidad, junto con las medidas de prevención del suicidio necesitan abordarse abiertamente, es fundamental cambiar la conciencia biopsicosocial (Bengoechea-Fortes et al., 2024). Se han creado asociaciones para abordar el impacto del suicidio, facilitando recursos a las familias o personas afectadas, además ofrecen programas de sensibilización social (Jaso Esain, 2019).
Por otro lado, muchos estudios confirman que estas asociaciones o grupos de apoyo facilitan el acercamiento a grupos psicológicos, espirituales, etc., que ayudan a procesar el duelo (Adshead y Runacres, 2024). La primera ayuda recibida es de los familiares, amigos o comunidad. Presentarse a grupos de apoyo es una ayuda más para las familias que posibilita compartir experiencias a través de la escucha activa, empatía y proceso de aceptación de otras personas o grupo testimonial que vivenciaron eventos parecidos.
Parecido a los grupos de apoyo de supervivientes, los familiares afectados por el suicidio además pueden apoyarse en los entornos psicológicos y espirituales para fomentar la resiliencia, esperanza y apoyo. Un reciente estudio sobre la espiritualidad y religión en el proceso de duelo por suicidio encontró que la comunidad religiosa desempeñaba un papel defensivo para los supervivientes y un recurso importante durante el proceso de duelo (Čepulienė et al., 2021). La fe provee medios de compasión y permite más fácilmente confrontar un evento complicado y doloroso; además, forma parte de un entorno que puede brindar la validación emocional, espiritual y amistad.
El acompañamiento y apoyo psicológico desde un abordaje multidisciplinar de las personas que sufren el duelo es necesario para potenciar un sentimiento de control sobre sus vidas y facilitar recursos de afrontamiento adaptativo. Se necesita proporcionar un abordaje integral y seguimiento continuo, a través de la identificación de factores de riesgo o protectores que posibilitan mejores respuestas adaptativas biopsicosociales (Calhoun et al., 2022).
Estigma y Trauma
A diferencia de otras formas de muerte, el suicidio está estigmatizado, a pesar de los avances recientes para normalizar el suicidio y los trastornos psicológicos. Muchas personas en duelo informan que puede ser complejo hablar con otras personas sobre su pérdida, puesto que los demás a menudo se sienten incómodos al hablar sobre el suicidio. Esto puede hacer que el superviviente se sienta aislado (Baños-Chaparro, 2022).
El sentimiento de no poder hablar sobre la muerte, frecuentemente se ve agravado por la creencia de tener que ocultar la causa de la muerte. A veces, los sistemas de creencias de otras personas, incluido el de los propios supervivientes, pueden ser una barrera para aceptar la muerte y un impedimento para hablar. Los supervivientes sienten vergüenza o asumen la culpa indirectamente. En consecuencia, refuerzan las conductas evitativas en el contexto social y no expresan las emociones (Baños-Chaparro, 2022).
Los estudios confirman niveles altos de rechazo y estigma sociales, que están asociados con ansiedad psicosocial y un mayor riesgo de conductas suicidas (Scocco et al., 2017). El duelo por suicidio puede llevar a un trauma psicológico o TEPT, muestran intensos síntomas de evitación de los recuerdos, pensamientos intrusivos, pesadillas relacionadas con la muerte, recuerdos angustiosos y repetidos, sentimientos de distanciamiento de los demás, dificultad para crear sentimientos positivos, ansiedad e ira (Jiménez-Prensa et al., 2023).
En el proceso de duelo, las personas frecuentemente recurren a la espiritualidad en busca de consuelo y orientación. Para muchas personas, hablar de sus seres queridos es fundamental para recuperarse de su pérdida. El estigma del suicidio supone un bloqueo para superar el duelo (Goulah-Pabst, 2023).
Las familias o seres queridos tienen más probabilidades que otras personas en duelo de desarrollar síntomas de Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). El TEPT puede predecir un duelo complicado, el 78% de los supervivientes desarrollan duelos complicados. Es fundamental tener en cuenta esta relación para elaborar intervenciones psicoterapéuticas más efectivas (Glad et al., 2021).
Frecuentemente, el suicidio implica daños psicosociales considerables. En ocasiones, los supervivientes son testigos del acto final, o los primeros en encontrar el cuerpo sin vida (Ruiz-Osorio y Díaz-Facio, 2023). Los que se quedan para encontrar el cuerpo del difunto luchan por sacarse de la mente las dolorosas imágenes. En tales circunstancias, se produce una angustia traumática, marcada por el miedo, el horror, la vulnerabilidad, alteración del ánimo y creencias distorsionadas. El duelo puede incluir síntomas traumáticos como la preocupación por los recuerdos dolorosos, la disociación y la desregulación emocional (Grad et al., 2021).
La angustia psicológica es más aguda e intensa en los primeros meses después del duelo y tiende a disminuir “fisiológicamente” con el tiempo. El estigma provoca mayores niveles de angustia y desesperanza psicológica (Ruiz-Osorio y Díaz-Facio Lince, 2023). Reexperimentar el estrés asociado al trauma o duelo complicado, podría reactivar el estigma con el tiempo.
Estas investigaciones acentúan la necesidad de cuidar y apoyar a la angustia psicológica de los supervivientes de suicidio a través de esquemas específicos contra el estigma del suicidio, junto con programas dedicados al apoyo del duelo (Ruiz-Osorio y Díaz-Facio Lince, 2023). Dichos programas también deben esforzarse por reducir la brecha de género a través de los servicios de apoyo y cuidado (Scocco et al., 2017).
El estigma y la ocultación de la muerte por suicidio por parte de los familiares, dificulta elaborar el duelo por suicidio (Herrero et al., 2023). Es fundamental integrar el evento traumático en su narrativa. Para ello, el doliente debe reconocer que su duelo es legítimo y debe poder hacerlo a nivel familiar, comunitario y social, sin tabúes ni vergüenzas. Solo de esta manera se puede convertir lo incomprensible en comprensible (Putin et al., 2023).
Las investigaciones afirman que el estigma se relaciona con un mayor riesgo de suicidio, peor autoconcepto y dificultades para afrontar el duelo (Scocco, et al., 2017). Asimismo, se convierte en un secreto, de modo voluntario y como un recurso frecuente para evitar el estigma (Azorina et al., 2019). No obstante, si bien el secreto es una decisión voluntaria y respetable, los estudios revelan que las intervenciones psicoterapéuticas familiares que fomentan un entorno seguro, que permiten comprender y compartir emociones, sentimientos, contar historias y consecuentemente poder evitar los secretos, favorecen una mejor respuesta adaptativa de afrontamiento al duelo (Ramo, 2024).
Además, el estigma conduce a una tensión emocional sustancial y permanente, incluida la soledad y la desesperanza, que son importantes precursores de los duelos complicados.
Epigenética y Trauma
La conducta suicida es la consecuencia de la interrelación de procesos psicológicos (depresión, psicosis, sustancias adictivas), sociales (soledad, precariedad laboral), biológicos (heredabilidad del 50%) y contextuales (acontecimientos traumáticos) (Baca García y Aroca, 2014). Los factores socioculturales, familiares (apoyo e historia) y la concienciación junto con los tratamientos psicológicos son determinantes para evitar el suicidio.
La identificación temprana de las ideas, comportamientos y síntomas suicidas, permiten promover las habilidades resilientes a través del tratamiento de la salud mental y el seguimiento (Anbessie et al., 2024). Un estudio postmortem de los tejidos cerebrales de 36 personas fallecidas por suicidio demostró la relación entre el trauma y la alteración epigenética en los seres humanos (McGowan et al., 2009). La epigenética explica como los efectos del estrés y el trauma pueden transmitirse de generación en generación (Zhou y Ryan, 2023).
Cheung et al. (2020), estudiaron de dos temas importantes en esta línea, los roles de adversidad en la vida temprana y trastornos mentales en los cambios epigenéticos observados en el suicidio. En primer lugar, los traumas, especialmente los que ocurren en la etapa de vida temprana, se han establecido como uno de los factores de riesgo más intensos de suicidio a nivel epigenético. Algunas modificaciones epigenéticas pueden tener una relación más directa con experiencias de adversidad en la vida temprana a nivel intergeneracional, que con el suicidio y factores genéticos. Además, en la infancia el trauma puede ser una covariable importante que se hereda (Pitillas Salvá, 2021).
En segundo lugar, la literatura científica destaca los desafíos para distinguir la epigenética de las tendencias suicidas de las de las enfermedades psiquiátricas relacionadas con el suicidio (Cheung et al., 2020). La heredabilidad parece depender en parte de los trastornos mentales, como los trastornos del estado de ánimo y las adicciones. El 80% que han intentado suicidarse cumplen los criterios de un trastorno mental (Oquendo, 2024), también es parcialmente independiente, no se debe de caer en el reduccionismo, para lo cual es necesario entender todos los aspectos adversos que pueden afectar u origina los trastornos (Haro et al., 2020).
Se ha planteado la hipótesis de que este factor es independiente e influye en respuestas adaptativas estresantes y agresión impulsiva, y las personas que tienen estos dos rasgos de personalidad y un trastorno mental importante tienen el mayor riesgo de suicidio (Boot et al., 2022). Los factores biopsicosociales, culturales y ambientales, como las experiencias adversas tempranas, incluido el suicidio en el contexto familiar, el abuso sexual y físico durante la infancia, el entorno familiar, cultural y social tienen un fuerte impacto en el riesgo de suicidio.
Algunos de ellos son susceptibles de producir efectos directos, mientras que otros serán controlados a través del riesgo de psicopatologías, lo que aumenta el riesgo de conductas suicidas (Alvarez-Subiela et al., 2022). La comprensión del sistema epigenético que causa la vulnerabilidad a las tendencias suicidas es muy limitada, y los esfuerzos para identificar los mecanismos moleculares precisos que están involucrados se han visto obstaculizados por la gran heterogeneidad que se encuentra dentro de estos grupos. El modelo generalmente aceptado y considerado para el determinismo epigenético es un modelo poligénico que involucra un gran número de variantes genéticas, cada una de las cuales aporta una pequeña modulación del riesgo. Por lo tanto, es probable que los estudios de asociación que sean capaces de detectar pequeños efectos sean más útiles.
La mayoría de los estudios sobre epigenética se basan en la hipótesis de “enfermedad común-variante común”, que propone que las variantes genéticas comunes en la población general aumentan el riesgo de enfermedad. Sin embargo, se ha argumentado que este modelo puede no ser aplicable a las enfermedades psiquiátricas debido a su complejidad y heterogeneidad genética.
Mecanismos epigenéticos que influyen en la expresión genética.
