Este artículo pretende resaltar el papel de Simone de Beauvoir y su obra, El Segundo Sexo en los comienzos de los estudios sobre la Historia de las Mujeres. Se cumplen ahora cincuenta años de la publicación de uno de los textos fundacionales del feminismo contemporáneo: El segundo sexo, de Simone de Beauvoir (1908-1986). Si todo el mundo reconoce su importancia por haber negado la existencia de un destino biológico femenino, el movimiento feminista posterior se ha distanciado de algunas de sus tesis que influyeron en pasos en falso de la liberación de la mujer.
En Le deuxième sexe, largo ensayo publicado en 1949, Simone de Beauvoir elabora un análisis fenomenológico del sujeto-mujer y de las figuras de lo femenino. Hay que reconocer a De Beauvoir el hecho de ser la primera mujer que realizó una obra enciclopédica preguntándose sobre su identidad. En su exposición, pretende lograr que se considere a la mujer como un ser humano, con su libertad y autonomía personal, con su capacidad activa y sus recursos propios. Afirma en la introducción que dudó durante mucho tiempo en escribir un libro sobre la mujer, porque el tema le parecía irritante.
No se consideraba feminista, porque pensaba que era un movimiento equivocado en su raíz. En sus Memorias ha escrito que nunca le pesó ser mujer, sino que le supuso grandes satisfacciones, pues los varones fueron para ella camaradas y no adversarios. Presumía de unir en su persona corazón de mujer y cabeza de hombre, y se consideraba única.
La Subordinación de la Mujer y la Crítica a las Limitaciones Impuestas
De Beauvoir consideró que era necesario crear un clima de opinión pública para que la condición subordinada de la mujer cambiara. En su opinión, el problema de la mujer se reducía a uno: no estaba considerada como un ser humano igual al varón, sino relegada a un segundo plano, tenida como un objeto, apreciada casi exclusivamente por el servicio sexual prestado al varón. Resignada a limitarse a una sola de sus funciones, esposa y madre, en muchos casos la mujer advierte que ha sido víctima de una ilusión; dependiendo social y económicamente de su marido, sin otra capacitación para valerse por sí misma, cuando sus hijos no la necesitan directamente, le sobra tiempo y se ve condenada a la pasividad, a la ociosidad o a las falsas evasiones.
La obra fue criticada entonces por quienes, como los comunistas, defendían que la opresión era siempre una cuestión de clase, o por quienes denunciaban su «atrevimiento pornográfico» o sus «descripciones sórdidas». Pero los aciertos de la obra de Simone de Beauvoir son claros cuando afirma categóricamente que ni la biología, ni la psicología, ni el materialismo histórico definen el destino de la mujer, determinándola a ser inferior al varón y conduciéndola a ser relegada: la mujer es un ser humano con la misma dignidad y derechos que el varón.
También acierta al desarrollar y promover el papel de las mujeres en la sociedad, al exigir una formación intelectual y profesional; así podrá tener otro tipo de intereses y de posibilidades de ganarse la vida que no sea sólo el contraer matrimonio, como si éste fuera su «única carrera» y la exclusiva justificación de su existencia. Propugna que se den responsabilidades a las mujeres, que tengan autonomía económica, para que puedan desarrollar sus capacidades en igualdad de oportunidades.
En el terreno del amor y de las relaciones entre mujeres y hombres propone considerarse ambos, uno a otro, como semejantes y tratarse con mutuo respeto: «En los dos sexos se desarrolla el mismo drama de la carne y el espíritu, de la finitud y la trascendencia; a ambos les roe el tiempo, los acecha la muerte; ambos tienen la misma necesidad esencial uno del otro; y pueden extraer de su libertad la misma gloria; si supiesen saborearla, no sentirían la tentación de disputarse falaces privilegios; y entonces podría nacer la fraternidad entre ellos».
Críticas a la Concepción de la Diferencia y la Maternidad
Al afirmar que la mujer no es esencia («no se nace mujer, se llega a serlo») ni destino, niega la posibilidad de definir la diferencia; reduce su ser a pura facticidad, donde la forma de ser «activa», atribuida alegremente al varón, se erige en única forma de existir, sin dejar opción a desarrollar el derecho a la diferencia de la mujer. Se defiende, sin embargo, de esta crítica afirmando que las diferencias no pueden lesionar la igualdad, pero admite sólo diferencias biológicas: «No veo que la libertad haya creado nunca uniformidad. En primer lugar, siempre habrá entre el varón y la mujer ciertas diferencias; al tener una figura singular, su erotismo, y por tanto su mundo sexual, no podrían dejar de engendrar en la mujer una sensibilidad singulares: sus relaciones con su propio cuerpo, con el cuerpo masculino, con el hijo, no serán jamás idénticas a las que el varón sostiene con su propio cuerpo, con el cuerpo femenino y con el hijo; los que tanto hablan de ‘igualdad en la diferencia’ darían muestras de mala voluntad si no me concedieran que pueden existir ‘diferencias en la igualdad'».
Simone de Beauvoir realizó un esfuerzo de investigación histórica, literaria, psicoanalítica y antropológica sin precedentes en torno a la situación de la mujer, e impulsó la bandera del trato de igualdad para mujeres y hombres. Tuvo el mérito de apuntar desde el existencialismo sartriano unas reivindicaciones de los derechos humanos de las mujeres que hasta entonces no se habían planteado de forma sistemática. Pero sabemos que en su vida personal y afectiva tanto ella como Sartre fueron menos heroicos y resistentes de lo que dejaron creer, que instrumentalizaron amores y amistades, que ella tardó en comprender la argumentación feminista.
De ahí que las tesis de Simone de Beauvoir, retomadas por el feminismo norteamericano de los años setenta, hayan influido en carencias o limitaciones del modo de concebir la liberación de la mujer. Así, la desvalorización de la maternidad que hace De Beauvoir llevó a despreocuparse de dar soluciones a la dificultad de conciliar vida profesional y atención a la familia.
Hoy se defienden posturas contenidas en El segundo sexo desde opciones intelectuales similares al existencialismo de De Beauvoir. Sin embargo, cerramos el siglo XX con un verdadero cambio cualitativo en el discurso: se ha pasado de hablar de feminismo como antidiscriminación a hablar de la «perspectiva de igualdad de género»; se ha pasado -a nivel conceptual, al menos- de considerarlo un problema propio de las mujeres, a resolver por ellas, a verlo como un problema de todos: un problema de gobierno, un problema de desarrollo y política social. Porque la defensa de los derechos humanos de las mujeres no es un movimiento que afecte sólo a sus militantes.
Desde instancias supranacionales como las Naciones Unidas y el Consejo de Europa se está abordando hoy el derecho a la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres bajo el concepto de «igualdad de género». Esto incluye aceptar y evaluar de forma igualitaria las diferencias que existen entre mujeres y hombres, incluyendo esta igualdad el derecho a ser diferentes. Se acentúa el derecho de igualdad en cuanto a coparticipación en todas las esferas de la vida.
La igualdad de género, porque respeta la diferencia entre mujeres y hombres, conduce a que la participación de las mujeres en todos los ámbitos de la vida pública y en los procesos de toma de decisiones sea mayor, de modo que los valores, intereses y experiencias de las mujeres se tengan en cuenta al tomar decisiones políticas. No son sólo las mujeres las que han de defender los asuntos familiares; pero, de hecho, la mayoría de los defensores de la igualdad en dichos asuntos son las mujeres. Pero no es admisible considerar estas dificultades como un problema exclusivo de las mujeres.
¿No será que han de transformarse esos rígidos esquemas competitivos y de productividad empresarial de manera que los hombres compartan con las mujeres sus responsabilidades de educación y cuidado de los hijos? Muchas veces en la historia del pensamiento humano, las grandes revisiones se deben a posturas que nacieron radicalizadas para aclimatarse después a la realidad. Pero el feminismo se encuentra ya de vuelta de la fase de radicalización, y ha recalado en estrategias tales como la denominada gender mainstreaming, que es la reorganización y mejora de los procesos de adopción de políticas públicas, de manera que se incorpore en todas ellas la perspectiva de igualdad de género.
Si esto se lleva a cabo desde instancias supranacionales, se trata de ponerlo en práctica a niveles de gobierno político, empresarial, cultural, social, familiar. Buena muestra de ello es el III Plan de Igualdad de Oportunidades (1997-2000) diseñado en España por el Instituto de la Mujer, donde se afirma que el principio del mainstreaming «implica la promoción de la igualdad de oportunidades en todas las políticas y medidas generales, teniendo en cuenta activa y abiertamente, en el momento de su planificación, los posibles efectos en las respectivas situaciones de hombres y mujeres. De lo que se deduce que el nuevo modo de hacer política en nuestra sociedad democrática incluye esta problemática, sin dejar que sea un asunto que concierne solamente a las mujeres.
Si la mujer se considera «invertebrada» ante los nuevos retos de nuestra civilización, es un problema con solución social, política, económica y cultural. Y es un problema de todos.
Feminismo radical, abolicionista, transfeminismo, de igualdad, de la diferencia, feminismo socialista, ecofeminismo, ciberfeminismo, feminismo filosófico, feminismo separatista, feminismo disidente, liberal, feminismo factual o feminismo científico y feminismo individualista. La cuarta ola del feminismo está formada por todas estas corrientes y quizás alguna más. Simone de Beauvoir máxima representante del feminismo de la igualdad consideró la maternidad como una servidumbre por lo que había que terminar con ella.
Betty Friedman analizó los problemas de las mujeres madres y su insatisfacción. Margaret Mead mediante sus estudios transmitió la maternidad como una posibilidad y que las mujeres podían decidir ser o no ser madres (maternidad deseada y libremente elegida). El feminismo de la diferencia considera la maternidad como argumento a favor de la superioridad femenina. Mimi Gladstein habla del feminismo que se queda en casa cuidando a los hijos y que no debe se despreciada por ello. Es un galimatías donde no se encuentra una línea de pensamiento común respecto de la maternidad.
Hay feministas que rechazan la maternidad, otras que la eligen como forma de reivindicar su diferencia con el varón. Comienza a haber una corriente entre las feministas más jóvenes que recriminan al feminismo haber dejado fuera la maternidad, haberla relegado al ámbito privado. Sin embargo, sí hay un elemento común en las distintas corrientes feministas, a saber: la defensa del derecho a elegir no ser madre, cuando ya se es, mediante el recurso al aborto. El feminismo debe apoyar a las mujeres madres trabajando por modificar la cultura de la maternidad (presentándola en su realidad: ni ensalzada, ni despreciada), transformando la cultura de la crianza (incorporando a los padres y al entorno social), incorporando cambios en la cultura laboral (concienciando que la desigualdad laboral empieza con la maternidad).
Simone de Beauvoir
Entrevista con Margaret A. Simons
Margaret A. Simons: Tengo una pregunta sobre la influencia de Sartre en El segundo sexo.
Simone de Beauvoir: No, no exactamente. Yo había empezado, bueno, él fue quien me lo dijo… Quería escribir sobre mí y me dijo: “No olvides explicar en primer lugar qué es ser mujer”. Y le dije: “Pero eso nunca me molestó, siempre fui igual a los hombres”, y él dijo: “Sí, pero, aun así, te criaron de manera diferente, con mitos diferentes y una visión diferente del mundo”. Y le dije, “eso es verdad”. Y así es como comencé a trabajar en los mitos. Y luego, me animó diciendo que, para comprender los mitos, uno tenía que entender la realidad. Así que tuve que volver a la realidad, todo eso, fisiológicamente, históricamente, etc.
Margaret A. Simons: Pero ¿no era tu infancia diferente de la de un niño?
Simone de Beauvoir: No de mi propia infancia, pero interpreto de manera diferente la infancia de otras personas. Veo muchas mujeres cuya infancia fue desfavorable en comparación con la de un niño.
Margaret A. Simons: Recuerdo un pasaje de Memorias de una joven formal.
Simone de Beauvoir: Ah sí, cerca del Colegio Stanislas. Y pensé que tenían una educación superior, eso es cierto. Pero al final, me adapté al mío porque pensé que más adelante podría continuar con la educación superior.
Margaret A. Simons: En tu autobiografía, escribiste que hubo un desacuerdo entre tú y Sartre con respecto a la literatura y la filosofía, y la vida.
Margaret A. Simons: Y en algún lugar describiste que la sexualidad y la pasión te abrumaban cuando eras joven. Siempre pensaste que era una cuestión de voluntad, un acto de la voluntad.
Simone de Beauvoir: Sí, Sartre fue mucho más voluntarista. Pero también pensó eso sobre lo abrumador.
Margaret A. Simons: Pensé que quizás eso podría ser un problema en El segundo sexo. Usaste la filosofía de Sartre, que es voluntarista, pero estudiaste el cuerpo, la pasión y la formación de las chicas.
Simone de Beauvoir: De todos modos, hay una opción en el sentido sartreano, es decir, las elecciones siempre se hacen en una situación determinada y, a partir de la misma situación, uno puede elegir esto o aquello. Uno puede tener diferentes opciones en una sola situación. Es decir, se es una chica con cierta formación física y cierta formación social, pero a partir de eso, uno puede elegir aceptarlo o escapar de ello… Bueno, naturalmente, la elección en sí depende de varias cosas.
Margaret A. Simons: Pero Sartre no fue tan voluntarista.
Simone de Beauvoir: Oh no, El ser y la nada, que escribió mucho antes de eso, está lleno de textos sobre el cuerpo.
Margaret A. Simons: Cuando, en El ser y la nada, habla tanto de masoquismo como de sadismo, de amor, etc., el cuerpo también desempeña un papel muy importante para Sartre.
Simone de Beauvoir: Lo leyó en el camino, mientras lo escribía, ya que siempre leíamos el trabajo del otro. De vez en cuando, después de leer un capítulo, me decía que había correcciones, como a veces yo se le decía a él. Así que ese libro también lo leyó como yo lo escribí. Así que no le sorprendió en absoluto el libro.
Margaret A. Simons: No mucho antes de que escribieras El segundo sexo, él escribió Baudelaire, mencionando muy poco sobre la infancia de Baudelaire. Y luego, en San Genet, escribió mucho sobre la infancia de Jean Genet.
Simone de Beauvoir: No, no lo creo. Creo que eso fue un desarrollo. Baudelaire fue escrito muy rápidamente y para Genet quería hacer algo más extenso.
Margaret A. Simons: Veo diferencias entre tu perspectiva en El segundo sexo y la perspectiva de El ser y nada. Has dicho que en las relaciones sociales hay que buscar la reciprocidad. Ese es un tipo de optimismo que no estaba en El ser y la nada. ¿Estás de acuerdo?
Simone de Beauvoir: Sí, en efecto, creo que la idea de reciprocidad vino más tarde para Sartre. La tuvo en La Crítica de la razón dialéctica. En El ser y la nada, la reciprocidad no es su tema. Pero eso no significa que no creyera que la reciprocidad fuera la mejor manera de vivir las relaciones humanas. Eso era lo que él creía. Es sólo que no era su tema en El ser y nada, porque en El ser y nada estaba preocupado por el individuo y no tanto por las relaciones entre individuos… Es decir, en El segundo sexo, me coloco mucho más en un plano moral, mientras que Sartre se ocupó de la moralidad más adelante. De hecho, nunca trató exactamente con la moralidad.
Margaret A. Simons: Ahora una pregunta final sobre la maternidad.
Simone de Beauvoir: No, no dije eso exactamente. Dije que podría haber una relación humana, incluso una relación completamente interesante y privilegiada entre madre e hijo, pero que, en muchos casos, era por orden del narcisismo o la tiranía o algo así. Pero no dije que la maternidad en sí misma siempre fuera algo que debía condenarse, no, no dije eso. No, algo que tiene peligros, pero obviamente, cualquier aventura humana tiene sus peligros, como el amor o cualquier cosa.
Margaret A. Simons: No, no dije que la maternidad no es compatible con el sentido humano.
Simone de Beauvoir: Sí, por supuesto, la maternidad me interesa mucho, porque también se discute mucho en los sectores feministas. Hay feministas que son madres y, por supuesto, sólo porque una está a favor del aborto, naturalmente, todas las feministas están a favor del aborto, pero eso no significa que no haya algunas que hayan elegido tener hijos. Y creo que esa puede ser una elección completamente válida, lo cual es muy peligroso hoy porque toda la responsabilidad recae en los hombros de la mujer, porque en general es la maternidad esclavizada. Una persona amiga ha escrito un libro llamado Esclavitud materna. No, ciertamente no escribí que la maternidad no tenía un sentido humano. Es posible que haya dicho que uno tenía que darle uno o que el embrión, siempre y cuando todavía no se considere humano, siempre que no sea un ser con relaciones humanas con su madre o su padre, no es nada, uno puede eliminar el embrión. Pero nunca dije que la relación con el niño no era una relación humana.
Escuche, estoy muy contenta de que esté emprendiendo la nueva traducción de El segundo sexo, y corrija la mala traducción de “la réalité humaine” como “la verdadera naturaleza del hombre” ya que la base del existencialismo es precisamente que no hay naturaleza humana, y por lo tanto no hay “naturaleza femenina”. No es algo dado. Hay una presencia en el mundo, que es la presencia que define al hombre, que se define por su presencia en el mundo, su conciencia y no una naturaleza que le otorga a priori ciertas características.
Simone de Beauvoir: También hay mujeres en Francia que hacen eso, pero estoy completamente en contra porque al final vuelven a las mitologías de los hombres, es decir, esa mujer es un ser aparte, y eso me parece completamente erróneo. Mejor que se identifiquen como un ser humano que resulta ser una mujer.
Margaret A. Simons: En América, la cuestión de la identidad de la mujer a menudo se relaciona con la vida; una mujer a veces se queda embarazada cuando está insegura de su identidad.
Simone de Beauvoir: No, en general, mis amigas no son madres. La mayoría de mis amigas no tienen hijos. Por supuesto, tengo amigas con niños, pero tengo muchas amigas sin niños. Mi hermana no tiene hijos; mi amiga Olga no tiene hijos, muchas, muchas mujeres que conozco no tienen hijos. Hay algunas que tienen un hijo y no es gran cosa. No se consideran madres, además trabajan. Casi todas las mujeres con las que estoy conectada trabajan. O son actrices, o son abogadas.
Entrevista realizada por Margaret A.
| Feminismo | Descripción | Visión sobre la Maternidad |
|---|---|---|
| De la igualdad | Busca la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. | Considerada como una servidumbre, busca alternativas para liberarse de ella. |
| De la diferencia | Valora las diferencias entre hombres y mujeres, reivindicando lo femenino. | Argumento a favor de la superioridad femenina, reivindicando el rol maternal. |
