Pedro Peña e Hijos: Una Saga de Arte y Flamenco

La familia Peña ha dejado una huella imborrable en el mundo del arte, especialmente en el flamenco y la actuación. A continuación, exploraremos la vida y el legado de varios miembros destacados de esta familia.

Pedro Peña Allén: El Abuelo Manolo

Tras una larguísima carrera como actor secundario, sobre todo en los escenarios teatrales, Pedro Peña se hizo muy popular gracias a la televisión como el entrañable abuelo de la serie "Médico de familia".

El vallisoletano falleció el jueves, 2 de octubre de 2014, en Madrid, a los 88 años. Nacido en Tordehumos (Valladolid), el 14 de diciembre 1925, cuando Pedro Peña tenía 14 años ya pisaba los escenarios. Durante cinco lustros se integró en la compañía del Teatro Apolo de Barcelona, especializado en revistas. A partir de los 70 se hizo secundario habitual de las comedias teatrales de Lina Morgan, como "Vaya par de gemelas".

La fama le llegó en 1995, cuando se convirtió en Manolo Martín, padre de Emilio Aragón, en Médico de familia. Entre 2002 y 2005 se integró en el elenco de Un paso adelante. Al actor le ha llegado su final rodeado de sus hijos, sus nietos y seres queridos.

Pedro Peña Fernández: Un Legado Flamenco

El guitarrista Pedro Peña Fernández ha fallecido hoy 20 de diciembre 2023 a los 84 años de edad, padre del pianista Dorantes y del guitarrista Pedro María Peña. Pedro Peña Fernández, nacido en Lebrija en 1939, fue figura destacada en el mundo del flamenco, marcando su huella como guitarrista, cantaor y defensor de las tradiciones culturales. Su linaje artístico se enraíza en su madre, María Fernández ‘La Perrata’, y su padre, Bernardo Peña Vargas.

A lo largo de los años setenta del siglo XX, Pedro Peña se erigió como una figura imprescindible en los festivales flamencos, destacando por su destreza como guitarrista acompañante del cante. Su versatilidad le llevó a colaborar en grabaciones con diversos artistas como Antonio Mairena, Manuel Soto Sordera, Terremoto de Jerez y muchos otros. A pesar de su compromiso con el flamenco, Pedro Peña equilibró su pasión artística con su profesión como maestro de Educación Primaria.

La faceta más destacada de su compromiso social se evidencia en su labor desde el Secretariado de Estudios y Aplicaciones para la Comunidad Gitana, donde, junto a Antonio Carmona, implementó un programa de escolarización para niños gitanos. Además de su destreza musical y su labor educativa, Pedro Peña es un autor prolífico. Ha escrito dos libros significativos: ‘Hijuelas’, un libro de poemas compartido con su amigo el poeta Casto Márquez, y ‘Los Gitanos Flamencos’, un ensayo que analiza en profundidad el mundo del flamenco.

Pedro Peña Fernández no solo ha dejado un legado musical significativo, sino que también ha contribuido de manera fundamental a la preservación de las tradiciones culturales y a la mejora de la educación y la inclusión social en su comunidad.

Tabla de Contribuciones de Pedro Peña Fernández

Área Contribución
Música Guitarrista y cantaor de flamenco, acompañando a numerosos artistas destacados.
Educación Maestro de Educación Primaria y promotor de la escolarización de niños gitanos.
Literatura Autor de ‘Hijuelas’ y ‘Los Gitanos Flamencos’.
Activismo Social Trabajo en el Secretariado de Estudios y Aplicaciones para la Comunidad Gitana.

Pedro Bacán: Innovación y Tradición en la Guitarra Flamenca

Pedro Juan Peña Peña, Pedro Bacán, nace en Lebrija un 12 de febrero de 1951, en el seno de una familia con verdaderas raíces flamencas y dedicada al trabajo de matarifes y carniceros. Pedro es hijo de Bastián Bacán y Ana la del Pelao. Se casaría con la estadounidense Jill Snow y del matrimonio nacerían Pedro y Sebastián.

Por una parte, su padre, Sebastián Peña Peña, Bastián Bacán, era hijo de Juan Peña Peña, Juan Funi, y Fernanda Peña Vargas, Fernanda la Vieja, hija de Fernando Peña Soto, Popá Pinini, patriarca al que se le atribuye la creación de las famosas Cantiñas del Pinini, de ahí el parentesco familiar con los Funi, los Pinini y Fernanda y Bernanda de Utrera. No obstante, debo apuntar que Batián Bacán fue un conservador de los cantes de Juaniqui de Lebrija, sobre todo del cante por soleá. Por parte de la madre, Ana Peña Vargas, Ana la del Pelao, es hermana de Bernardo Peña Vargas, padre de Juan Peña El Lebrijano, y emparentado también con los Perrate de Utrera.

Pedro Bacán pasa su infancia en Lebrija. Estudia primero en el Colegio La Caridad y luego en el Colegio Público Rector Merina, pero pronto aprendería el oficio familiar en el matadero municipal ubicado en el municipio lebrijano. Cuando tiene unos trece años, le llama la atención cómo un primo toca la guitarra en fiestas familiares. Poco después, toma clases con un maestro lebrijano. Es su primo Pedro Peña el que le transmite las principales lecciones del toque flamenco junto al Padre Carlos, que lo inicia en el solfeo.

En la calle Perales, domicilio familiar, Pedro pasa horas estudiando el toque y el cante, estudia diferentes toques y falsetas, como podían ser las de Diego del Gastor o Niño Ricardo, pero él asienta su guitarra en el legado flamenco heredado a través de las vivencias familiares. Pedro Bacán toma su nombre artístico en homenaje a su padre, Bastián Bacán, aunque su apellido era Peña. En sus principios se anuncia como Pedrito Funi o Bacán, hasta que se formaliza como Pedro Bacán. Empieza a tocar en fiestas familiares, al ser un amante del arte de su familia.

A los veintiún años de edad había tocado en todos los festivales y galas importantes de la geografía flamenca, como la Caracolá de Lebrija, donde se estrena como guitarrista, Potaje Gitano de Utrera, Festival de Cante Jondo de Moguer o Gazpacho de Morón, entre los más destacados. Desde ahí empezaría una carrera artística como guitarrista de acompañamiento a diferentes e importantes artistas del panorama flamenco, como José de la Tomasa, Fernanda y Bernarda de Utrera, Calixto Sánchez, Curro Malena, Luis de la Pica, Manuel de Paula, Cristobalina Suárez, Paco Valdepeñas, Perrate de Utrera, Gaspar de Utrera, Chano Lobato, Fernanda Peña o Borrico de Jerez.

Además, Pedro graba con la mayoría de ellos, como con El Lebrijano, José de la Tomasa, Calixto Sánchez, El Cabrero, Carmen de la Jara, Manuel de Paula, Juan Delgado, El Perro de Paterna, José Parrondo, Miguel Vargas o El Chozas. Pedro es el que presenta en sociedad a su hermana, la cantaora Inés Bacán. Ella misma me cuenta que la descubre en una fiesta en casa de unos amigos cantando por seguiriyas, y es el guitarrista el que le dice a su madre: “Parece que mi hermana sabe cantar”. Desde ese momento sus carreras artísticas irían de la mano. De hecho, es él quien la lleva a Francia.

En el país galo es donde Pedro adquiere mayor importancia. Allí es una institución reconocida tanto en el flamenco como en la música general. Maurice Ohana, pianista y compositor francés, lo cataloga como el músico del siglo XXI. El músico e investigador francés Claude Worms estudia su obra desde el punto de vista de la musicología. Analiza sus composiciones por soleá, seguiriyas, tientos, tangos y bulerías.

Uno de los pilares flamencos de Pedro es la pasión y el amor por el cante de su familia. El propio guitarrista confiesa a Manuel Bohórquez en su casa de San Juan de Aznalfarache durante una entrevista para El Correo de Andalucía: “No puedo componer estudiando a Falla o a Montoya estando ahí mi familia, el eco de mi padre, la estampa de mi primo Funi, el metal de Fernanda o la frescura gitana de Bernarda”. O incluso alguna de sus conferencias, como en el Simposio Flamenco de Ronda de 1996, defendía el origen gitano del flamenco e incluso la influencia de su familia en ello. Sentía especial orgullo por esto, aparte de que no entendía la música sin sus raíces familiares flamencas.

Y en 1990 graba una antología de cuatro volúmenes, titulada Noches gitanas en Lebrija. La grabación se realiza en directo en una finca en las cercanías del pueblo, para evitar ruidos innecesarios. En ella participa como guitarrista e incluso se atreve a cantar en varios cortes. Interpreta unos fandangos por soleá y algunas letras de bulerías romanceadas o arromanzadas, cantes tan populares de la zona de Lebrija y Utrera.

En este proyecto discográfico, Pedro se rodea de artistas aficionados de su tierra como La Morena, La Parrenga, Manuel Da Costa, Diego el Daíto, Luisa Peña, Concha del Legaña, Diego Vargas, Batián Bacán, Inés Bacán y Pepa de Benito, su tía, también subida a los escenarios por Pedro Bacán. Pedro Bacán graba en solitario su trabajo Aluricán. Aquí homenajea a su padre y, por supuesto, a sus raíces.

En este trabajo pone de manifiesto toda su música interior y demuestra cómo el verdadero camino flamenco viene de la evolución desde el pasado, desde los orígenes, de los ecos de los Pinini y los Funi. Hace un despliegue de sus estudios, de su identidad, cómo desde la tradición renueva su lenguaje flamenco repleto de hondura y verdad. Esto también se pone de manifiesto en Marisma, donde, junto a Joselito de Lebrija, Inés Bacán y Pepa de Benito, se aprecia una evolución musical. En esta obra introduce a Stephan Schmidt con la guitarra de diez cuerdas y a Ramón Jaffé con el violonchelo.

Pero no sería la única vez que Pedro aparece en la Bienal de Flamenco. En 1984 participa en el Concurso del I Giraldillo al Toque. En 1992, con motivo de la Exposición Universal, organiza un espectáculo que engloba los enclaves flamencos de Sevilla, Cádiz, Jerez, los Puertos y sobre todo Lebrija y Utrera.

En 1990 gana el premio Demófilo a la innovación musical, con el espectáculo Nuestra historia al Sur. Pero aparte de la Bienal organiza otros espectáculos puramente flamencos, como Del pentagrama a las fuentes y Tesoros escondidos del flamenco. Siempre con su identidad flamenca lebrijana y su gente como hilo conductor.

Un hecho significativo en la vida de Pedro Bacán, según conversaciones con su hermana Inés Bacán, la bailaora Concha Vargas y el guitarrista Antonio Moya, es la puesta de largo de Pedro Bacán y el Clan de los Pinini, grabado en directo en 1996 en Bobigny. Una verdadera manifestación flamenca de las auténticas y más hondas raíces de Lebrija y Utrera.

Un trabajo que desgrana el cante más puro, donde Inés Bacán, Pepa de Benito y un joven Joselito de Lebrija, antiguo sobrenombre del cantaor José Valencia, cantan los melismas más auténticos de la flamencología lebrijana y utrerana. Antonio Moya aporta una segunda guitarra de acompañamiento magistral, sumando frescura flamenca de acompasado soniquete. También, el baile de Concha Vargas y Carmen Ledesma a ritmo de sus pinreles y sus figuras corporales del más estilizado y verdadero flamenco. El toque de Pedro pone de manifiesto la autenticidad flamenca en un despliegue artístico donde un clan es protagonista al completo.

En las charlas con Concha Vargas me cuenta que la idea de Pedro era recrear una fiesta familiar en su casa. Antonio Moya me refiere que se conocieron en Nimes y desde entonces se forjó una gran amistad, pero que le llamaba mucho la atención cómo Pedro era capaz de improvisar en el escenario. Su hermana Inés me comenta que era un prodigio, que hacía unos trémolos por bulerías que eran muy difíciles.

No podemos olvidar que Pedro Bacán recibe el Premio Nacional de Guitarra de la Cátedra de Flamencología y Estudios Folclóricos de Jerez de la Frontera en 1980, la Mención de Honor del Departamento de Musicología de la Universidad de Washington en 1983. Es el primer flamenco en tocar en el Palacio de los Papas de Avignon e incluso llega a tocar en la Ópera de París.

El propio Pedro escribe una investigación en la revista Sevilla Flamenca, en su número 84: El Flamenco, un escalón entre oriente y occidente. Nota aparte, Francisco Javier Escobar, profesor de literatura de la Universidad de Sevilla, guitarrista, compositor e investigador, en su artículo Poética musical, paisaje sonoro y oralidad simbólico-narrativa en el pensamiento estético de Pedro Bacán, apunta el nivel de compromiso del guitarrista con la música, ya que se hace construir una cabina de estudio en su casa de Mairena del Aljarafe.

Desgraciadamente, la noche del 25 de enero de 1997, cuando Pedro volvía de acompañar a su primo El Lebrijano de la Peña Flamenca El Laurel de Lora del Río, su coche se salió de la carretera y se produjo un mortal accidente.

PEDRO BACÁN - NUESTRA HISTORIA AL SUR - VI BIENAL DE ARTE FLAMENCO CIUDAD DE SEVILLA - 1990

Juan El Lebrijano: Una Voz Universal del Flamenco

Tres días de luto decretó el Ayuntamiento de Lebrija. Había fallecido el cantaor Juan Peña, más conocido por su apodo: El Lebrijano. Juan Peña, una de las voces de mayor prestigio internacional en la cultura del flamenco, murió el pasado miércoles 13 de julio, en su residencia de Sevilla. Una noticia inesperada. Sin ir más lejos, la tarde del día anterior, 12 de julio, el propio Juan, con la vitalidad y el carácter de su estirpe, echó unos cantes con su hermano Pedro, guitarrista y también cantaor.

El Lebrijano nació un 8 de agosto de 1941 en la calle san Francisco número 56, Lebrija. El pueblo está llorando la pena. Fue un hombre muy comprometido. No tardó en debutar Juan Peña y abrirse un camino propio. Fue a finales de la década de los sesenta, en los principales festivales de la época, demostrando sus primeras influencias, dos nombres que apadrinarían sus inicios: La Niña de los Peines y Antonio Mairena. Después llegarían los grandes éxitos y la consolidación de su personalidad. En la pasada Bienal de Flamenco de Sevilla (2014), creadores, autores y gentes del cante le rindieron un tributo, un regalo, según sus palabras, inolvidable: la gala de clausura, inspirada en la recopilación de su carrera profesional.

De las banderas a media asta en la fachada del Ayuntamiento de la Plaza de España hasta los tres días de suspensión en la famosa Caracolá del mes de julio. Lebrija está de luto, triste por la pérdida de un paisano universal y respetado. Así lo retrata María Primavera, periodista, cronista y presentadora de la televisión local, “el pueblo está llorando la pena. Fue un hombre muy comprometido. Para muchos, un símbolo. Sus ideales estuvieron en sintonía con valores como la justicia social o la lucha de clases. Ideas muy en boga en los años en los que se consagró como artista, en la década de los ochenta”.

Pasó estancias cortas en su pueblo, y más aún desde el despegue de su carrera, en plena juventud, pero El Lebrijano nunca olvidó sus raíces. En su casa natal de la calle san Francisco, cercana a las monumentos principales del pueblo y al teatro que lo despidió entre aplausos, emociones y multitudes, lo recuerdan con afecto y con cariño, “él venía de vez en cuando, y se asomaba, y le gustaba pasear por aquí. Aunque el interior de la casa sea otro, que la familia ya no viva en ella y que sólo se conserve la fachada y poco más, con frecuencia venía a saludar.

Los días de julio son jornadas de La Caracolá, festival flamenco que en 2016 cumple la edición número 51 y cuyo Caracol de Oro, acto y condecoración principal de la fiesta, ha sido concedido a la hermandad del Ecce Homo, conocida popularmente como la de los gitanos, corporación de la que Juan Peña era devoto. Suprimida durante tres días por el fallecimiento de Juan Peña, la mayoría de los actos están destinados a honrar su memoria, “en La Caracolá le están dedicando muchísimos actos a El Lebrijano. Aunque el ánimo del pueblo sea de tristeza, no se ha suspendido del todo La Caracolá, la cual se la están dedicado, se podría decir, que a él. El otro día, Inés Bacán, prima suya, le brindó el espectáculo.

Del centro del pueblo al extrarradio, a la barriada de Blas Infante. En este barrio se encuentra Casa Bocho, epicentro del cante flamenco en Lebrija. Carlos y Manuel, dueño del bar el primero y amigo de la casa el segundo, recuerdan el temperamento del artista, “de Juan Peña destacaría su genio, su personalidad. Una personalidad que traspasaba sus propias fronteras. Sin cantar, en silencio, tenía un aire que sin saber muy bien explicarlo, llamaba a todos los que se le acercaban. A la derecha de Carlos se sienta Manuel, quien coincide con aquel en el aura de solemnidad que el cantaor desprendía, “yo he visto a Juan en la plaza del pueblo. Se le notaban en los andares. Pasabas a su lado y respirabas el aire de un grande. Tenía una presencia, en su cabello rubio, en su caminar… era inconfundible”, apunta.

Manuel, hombre instruido en el cante, colaborador de programas de radio de contenidos flamencos, describe a El Lebrijano como “el único artista que lloraba lágrimas de cera”. Por otra parte, indica con entusiasmo la dimensión y la envergadura del nombre de Juan Peña para el flamenco de hoy día. “Juan abrió el Teatro Real de Madrid. El primer flamenco que abrió el Teatro Real de Madrid. Y de ahí a la India, y de ahí a medio planeta. Y es que poseía el don de la comunicación con su público, tenía el imán que los atraía. Un don natural. Políticos como Felipe González solían visitarlo en su chalet de las afueras. Las fiestas de aquella casa eran antológicas”, comenta entre aspavientos.

En relación con la proyección de su creación, ambos lo tienen claro: “Lo principal que él ha dado ha sido alegría a los cantes”. “De su producción, no hay disco que se parezca a otro. Todos tienen un sello singular, único. Los trabajos que ofrecía eran un punto y aparte entre unos y otros. Para estos dos aficionados, Juan Peña fue un hombre todo originalidad. “Los jóvenes aprenderán de El Lebrijano, sobre todo, la innovación. Si es que ha abierto nuevas sendas hasta en la bulería. A la bulería le daba toques nuevos, desconocidos hasta que él llegó”, narran entre los primeros refrescos de la calurosa jornada.

Que El Lebrijano no ha sido un cantaor al uso lo comprobamos en su hemeroteca, en la abundancia de sus premios, de sus reconocimientos. Más allá de la invención o de la innovación en el cante, El Lebrijano supo congeniar con otras corrientes y manifestaciones creativas, entendió que su don y que su oficio debía ampliar horizontes. Pero ¿de dónde proviene esta vinculación entre flamenco y literatura? Fernando Iwasaki, escritor, articulista, profesor, ensayista y flamencólogo, responde a esta relación y expone que “los cantaores cantan letras populares o poemas que fueron escritos para ser cantados. En todos los casos se trata de versos sentenciosos y muy plásticos, que siempre han llamado la atención de los poetas. El nombre de Juan Peña está, por su obra y por su vida personal, ligado a escritores y poetas como Félix Grande o Caballero Bonald.

Este acercamiento entre El Lebrijano y las principales voces literarias de su tiempo se debe a lo que Iwasaki denomina “cierta hegemonía temporal”, triunfo que disfrutaron “Chacón, Mairena, Caracol, Fosforito o Camarón”, según nos aclara Iwasaki. “Lebrijano tuvo una época de esplendor durante los 80, como Enrique Morente la tuvo en los 90 y Miguel Poveda en el momento presente. En esta dualidad, en esta simbiosis entre letras y cante, Iwasaki considera que “la poesía es la que más se ha beneficiado de los temas y colores del flamenco”. En cuanto a la primacía de una y otro, Fernando Iwasaki es “de los que piensan que hay que distinguir entre el arte flamenco y los artistas flamencos. Para mí, Lázaro, el Buscón y el Guzmán de Alfarache habrían compuesto con la Celestina un cuadro flamenco extraordinario”, ironiza.

Al margen de las bromas, hay una convicción en la que el escritor no duda ni un momento: las letras del cante son literatura. Sara Arguijo, joven periodista y mujer dedicada al estudio de la cultura flamenca, conversa en torno a la visión que tienen las nuevas generaciones de El Lebrijano. “Hablando con los artistas que fueron a despedirse de él en la capilla ardiente me di cuenta de que somos afortunados porque hemos tenido la oportunidad de conocer y escuchar a cantaores que fueron primeros en algo. Esta generación de artistas como El Lebrijano, Morente, Paco de Lucía, Camarón, Menese, Manuel Molina, El Pele… será probablemente la última que pudo beber directamente de la fuente, desde la convivencia, sin vídeos de Youtube. Por supuesto, el arte, afortunadamente, seguirá sorprendiéndonos y trayendo nuevos nombres a las guías de imprescindibles.

Con el resto de las fuentes consultadas, Sara coincide en que “El Lebrijano elevó los cantes festeros a la máxima categoría y demostró, desde su profundo conocimiento y respeto a la ortodoxia, que desde el flamenco se podían contar otras cosas”. Desde su opinión, en el artista se conjuga la ortodoxia y lo ecléctico, lo purista y lo convencional. “Su voz limpia y salvaje, su ruptura del compás, su dominio rítmico y su libertad conceptual sirvieron para crear un flamenco que, sin renunciar a su profundidad, fue más digestible, más comercial. Ha sido uno de los cantaores más creativos, creó himnos que clamaban a la libertad y nunca se quedó instalado en la zona de confort. Como aficionada joven, nacida en los ochenta, cantera de lo que está por llegar, la periodista Sara Arguijo disecciona los ecos de la obra del artista: “El Lebrijano enseñó otra óptica musical del flamenco que ahora tenemos perfectamente asimilada. Los que nacimos en los 80’ vivimos gracias a él y a sus coetáneos un flamenco libre, comprometido. Ellos, con su aperturismo y su actitud integradora, fueron los que nos despertaron la pasión por este arte y nos llevaron a profundizar en las raíces de Pastora Pavón, Antonio Mairena, Chacón, etc. Seguro que las nuevas generaciones van a ver en él lo que fue. El Lebrijano es un puente imprescindible para la historia del flamenco”.

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