Parábola de las ovejas y los cabritos: Una explicación profunda

La parábola de las ovejas y los cabritos, que se encuentra en Mateo 25:31-46, es una de las enseñanzas más impactantes de Jesús sobre el Juicio Final. En este relato, Jesús describe cómo el Hijo del Hombre separará a las personas en dos grupos, como un pastor separa las ovejas de los cabritos.

El Juicio Final de Miguel Ángel

El contexto de la parábola

Para comprender completamente el significado de esta parábola, es crucial situarla en el contexto del mensaje general de Jesús. Jesús no cuenta cómo será el final, sino cómo juzga, cómo valora Dios, qué es lo definitivamente importante para Dios. La esencia del relato está en dejar definitivamente claro “cómo juzga Jesús”, cómo piensa y cómo valora.

En todas las imágenes de Dios que el evangelio presenta descubrimos su carácter metafórico: el agua, el pan, el pastor, el médico, el padre. Pero al llegar al juez nos olvidamos de ese carácter y nos lo tomamos como anuncio profético: Dios reunirá a todos los seres humanos, nombrará juez a Jesús y éste dictará sentencia. Pero resulta que esto no es el anuncio de un suceso, sino la metáfora de una verdad que se expresa con imágenes. El mensaje es: sólo Dios tiene la última palabra, sólo Dios valora correctamente, Jesús es esa palabra, Jesús tiene los valores correctos. Jesús es la Palabra y los Valores de Dios, porque es el Hijo. Se trata de un final definitivo de la enseñanza de Jesús. Jesús es Palabra de Dios y respecto de Él se ha de juzgar la validez de todos los criterios y valores.

Hay un mensaje discriminante. Abba no es un tranquilizante que trivializa el pecado. El evangelista está proclamando que no todo es igual, que el ser humano está en riesgo, que puede echarse a perder, precisamente porque puede elegir.

El criterio del juicio: El servicio al prójimo

El criterio definitivo es el servicio al prójimo. Toda la escenografía sinaítica, el trono, los ángeles, la humanidad entera… sirven de formidable altavoz para que todo el mundo se entere de que este es el criterio definitivo, el único que diferencia entre sí a los humanos. El mensaje se reitera con su contrario con el mismo significado: la única razón es la falta de servicio al prójimo.

Jesús describe a las ovejas como aquellas personas que demostraron amor y compasión hacia los necesitados. Les dieron de comer al hambriento, de beber al sediento, acogieron al extranjero, vistieron al desnudo, visitaron al enfermo y al preso. Cuando las ovejas preguntan cuándo hicieron estas cosas, el rey responde: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mateo 25:40).

Por otro lado, los cabritos son aquellos que no mostraron compasión ni ayudaron a los necesitados. El rey les dice: "En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer por uno de estos más pequeños, también por mí dejasteis de hacerlo" (Mateo 25:45).

Parábola de las Ovejas y cabritos

La justicia y la misericordia de Dios

La parábola plantea preguntas importantes sobre la justicia y la misericordia de Dios. ¿Significa esto que solo aquellos que realizan actos de caridad serán salvos? ¿Qué pasa con aquellos que no tienen la oportunidad de ayudar a los demás?

Es importante recordar que la parábola no es una fórmula para la salvación. Más bien, es una ilustración del corazón de Dios y de lo que realmente importa para Él. Dios no está interesado en rituales vacíos o en meras palabras. Él busca un corazón compasivo que se preocupe por los demás y que esté dispuesto a actuar en su favor.

Nuestras enseñanzas sobre Dios siempre han entendido que Dios es justo y misericordioso. Es decir, ante todo justo, pero con cierta tendencia a la benevolencia. Es todo lo que podemos imaginar de un juez bondadoso. Pero al aplicarlo a Dios, esto se queda corto. Dios es justo porque es misericordioso, Dios es misericordioso porque es justo. Lo más justo que hace Dios es perdonar, porque sabe de qué barro estamos hechos, porque sabe que no somos culpables sino víctimas del pecado. Dios no es verdugo de culpables, sino médico de enfermos.

El médico no castiga, se esfuerza por curar: ésa es la justicia de un buen médico, curar. Jesús no castiga a los endemoniados que gritan y muerden y rompen, los libera de sus demonios. Jesús no aplica a los leprosos la justa Ley que manda apartarse de ellos. Rompe la ley y se acerca y los toca, para curar. Sí, Jesús no es justo porque cumple la Ley, sino porque es compasivo.

Nadie puede vivir de la justicia, porque en la esencia del ser humano está amasado el pecado, el error. Y la justicia no cura, no cambia al ser humano por dentro. La verdadera justicia está en dar a cada uno lo que le corresponde. Y a los hijos les corresponde amor, y a los pecadores, comprensión y posibilidad de redención… Y esto es ya más, mucho más que justicia.

En todos estos temas, entenderemos mucho mejor el mensaje si nos situamos en un punto de vista correcto. Piense en lo de la adúltera, el buen ladrón, Pedro, esta misma parábola. En el caso de la adúltera, a los legistas sin duda les pareció mal: si usted fuera uno de ellos, le parecería mal. Pero si usted fuese la mujer, ¿cómo se sentiría? El caso del buen ladrón es escandaloso: un perdón gratuito, sin pagar nada por sus delitos… si usted fuese la madre del buen ladrón ¿qué le parecería?

Si usted fuese un viñador que ha sudado todo el día, a lo mejor se va a su casa lleno de rencor. Pero si usted fuese la mujer, o los hijos, de los de la hora undécima, que esperaban al caer el sol a ver si ese día podrían comer… ¿qué le parecería? Y es que Jesús está diciendo que Dios piensa y siente como la madre del condenado a muerte, como la mujer del viñador tardío… Jesús está hablando de cómo es el corazón de Dios.

Nos alegramos de saber cómo es Dios: Dios es mucho más que simplemente justo. Dios es como el padre del hijo pródigo, que no hizo justicia, no exigió restitución, no actuó sensatamente; se volvió loco de alegría porque había recuperado al hijo que ya daba por muerto.

Y si nosotros fieles cumplidores de la Ley, que nos esforzamos por seguir los mandamientos de la ley y los consejos de Jesús, nos sentimos escandalizados por la parábola, es porque no hemos descubierto el Tesoro. Pensamos aún en cumplimientos con esfuerzo, en renuncias impuestas, en obligaciones. No pensamos en liberación, en la dignidad de ser hijos, en que nos ha tocado la mejor parte, en el ciento por uno, en plenitud de vida. No pensamos en Buena Noticia sino en Nueva Ley, más pesada y exigente que la antigua. Seguimos pensando en que nos tienen que pagar por lo que servimos.

Pero el Reino es al revés: primero descubrir el Tesoro, que Dios me quiere, que soy hijo, que tengo porvenir, sentido, futuro, Padre. Y, en respuesta, vivir como hijo y para los hijos. El Reino es una cuestión de agradecimiento, no de nómina. El Reino es una cuestión de corazón. ¿Cuándo nos enteraremos que Dios es amor?

Implicaciones prácticas

La parábola de las ovejas y los cabritos nos desafía a reflexionar sobre nuestras propias vidas y acciones. ¿Estamos mostrando compasión y amor hacia los demás? ¿Estamos ayudando a los necesitados? ¿O estamos cerrando nuestros corazones a su sufrimiento?

La parábola nos recuerda que nuestras acciones tienen consecuencias eternas. No podemos simplemente decir que amamos a Dios si no amamos a nuestro prójimo. El amor a Dios se manifiesta en el amor y el servicio a los demás.

Esta parábola nos invita a vivir una vida de amor, compasión y servicio al prójimo. Nos recuerda que lo que hacemos por los demás, lo hacemos por Jesús mismo. Que podamos ser hallados como ovejas en el día del juicio, no por nuestras obras, sino por el amor que hemos demostrado a los demás.


Resumen de la Parábola
Grupo Acciones Recompensa/Consecuencia
Ovejas Ayudaron a los necesitados (hambrientos, sedientos, extranjeros, desnudos, enfermos, presos). Herencia del Reino preparado desde la fundación del mundo.
Cabritos No ayudaron a los necesitados. Castigo eterno.

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