Una vez que tomamos conciencia de nuestra vida y miramos más allá, reconociendo con sinceridad qué ha podido pasar en nuestros fracasos sentimentales, la primera pregunta que nos viene a la cabeza es “¿por qué me equivoco en el amor?”. Amamos como aprendimos a amar y a sobrevivir, y tal vez por eso ahora caemos en patrones y formas de amor que no nos hacen feliz.
Cuando somos niños, nos criamos con diferentes formas de apego que son un instinto primario que sirve para garantizar nuestra supervivencia. Hay quien se ha criado en un entorno de apego seguro y en su vida hay estabilidad y confianza. Además, también crecemos observando cómo nuestro entorno pone de manifiesto el amor: hay parejas que siempre están juntas pero se gritan mucho, otras se hablan suave pero se dicen palabras feas; otras son respetuosas pero más distantes… cada familia, cada entorno, es complejo, y cuando somos niños absorbemos toda esa información y la hacemos nuestra. Y basándonos en ella es desde donde vamos a poner nuestros límites y nuestras esperanzas en el amor.
Por eso, no te preguntes “¿por qué me equivoco en el amor?”, sino que mejor, cuestiónate si lo que tú entiendes por amor es lo que te hace feliz. Porque si bien es cierto que amamos como nos amaron, también es cierto que podemos cambiarlo y usarlo para crecer.
De esto precisamente estuve hablando hace poco en mi canal de Youtube con la psicoterapeuta, escritora y conferenciante argentina Nilda Chiaraviglio. Y no tengáis miedo a volver a equivocaros.
Nilda Chiaraviglio es una psicoterapeuta y conferencista argentina, especialista en temas de pareja y sexualidad con más de veinte años de experiencia. Ha impartido talleres y conferencias en España, Argentina, Perú, Colombia, Venezuela, Ecuador y México.
Según una entrevista en Infobae que también ha tratado La Vanguardia, la terapeuta Nilda Chiaraviglio ha dado la clave para el secreto de las parejas que mejor funcionan: "Cuando siguen siendo solteros, absolutamente independientes". Chiaraviglio va a lo práctico, argumentando que en una pareja en la que el amor no se basa en imposiciones, cada uno es libre de hacer lo que le plazca y tiene interiorizado que esa persona no es la excusa para llenar el vacío que tienes en el interior, sino una compañera de vida con la que sientes feeling, todo funciona mejor. "Cuando a ti no te necesito para absolutamente nada, y a su vez decido compartir mi vida contigo. No te necesito para nada, pero te quiero para todo lo que me hace bien", señala, dejando claro que su idea de relación amorosa va más allá de cambiar a tu pareja para conseguir esa compenetración.
Un Punto Conflictivo
La terapeuta afirma que cuando el amor entra en el terreno de la necesidad empiezan a surgir los problemas: "Cuando la pareja entra en el dame-dame, tú tienes que cambiar. Tú estás mal, tú no tienes la razón, ya me cansé de ti... cuando entramos ahí, todo se destruye", argumenta.
Y es que, para ella, "hay que estar jodido para enamorarse. Una persona feliz no se enamora". Chiaraviglio matiza esta afirmación tan contundente dejando claro que el enamoramiento tiene que partir de un proceso de autoconocimiento de uno mismo, de reconstruirse con el yo interior: "Todas las personas que se enamoran necesitan descubrir toda su belleza, toda su fuerza, toda su claridad, todo su potencial interior. Porque enamorarse te enseña lo mejor de ti mismo.
Ante ello, hace hincapié en las infidelidades, afirmando que no son una forma deliberada de traición si no que "ocurren porque la persona se busca a sí misma en el exterior. Y luego busca su fuerza en el exterior. Busca a quien fue y ya no es". De ahí, de acuerdo a Nilda, que las momentos en las que más se presencian este tipo de actos son los de mayor crecimiento personal: "¿Cuáles son las edades que más confunden a la gente?
La Paternidad a través de los Ojos de un Escritor
En el 2012 me convertí en padre. Tenía 29 años. Miguel, mi hijo, no nació hasta el 2013, pero desde que era una semilla creciendo en el vientre de su madre, la paternidad se convirtió en una bandera que alcé con orgullo, temor e ingenuidad. Nos enteramos e iniciamos los preparativos. Las visitas al médico, la compra de vitaminas y demás prescripciones, se convirtieron en parte crucial de nuestra rutina. Vivíamos en un viejo edificio en Teusaquillo, Bogotá. Era un lugar frío y sin ascensor, pero cerca de bancos, de la Universidad Javeriana y del centro.
Me dedicaba, con la pasión de un oficinista, a la traducción de documentos (desde literatura hasta manuales de bicicleta) y a la escritura de una novela. La madre de mi hijo enseñaba en la Universidad La Salle y escribía lo que se convertiría en su primer libro de poemas. ¿Era posible escribir y ser padres?, me preguntaba con nerviosismo.
Desde que había comunicado la noticia a amigos y familiares, no había dejado de recibir los acostumbrados comentarios que vaticinaban el fin de algo que no había comenzado: mi carrera literaria. Para entonces, no había publicado gran cosa. Había ganado dos premios de poesía. Había publicado poemas en algunas revistas y en un libro. Había escrito algunos cuentos, que estaban inéditos; había ganado un premio pequeño de ese género y había logrado poner un par de ellos en revistas de circulación nacional. Eso era todo. Lo que podía quitarme la paternidad era menos que nada.
Además, no dejaba de pensar en la relación de otros escritores con su paternidad. Tolstói, Hemingway, Faulkner, Joyce, Quiroga, Salinger, y muchos más fueron padres. Sin embargo, la mayoría asumió su rol desde el lindero, dejando el cuidado de sus hijos a sus esposas o criadas, y arrojándose a su trabajo. ¿Eso era lo que me esperaba si quería construir una carrera de escritor y ser padre? ¿La paternidad y la literatura son incompatibles?
No ha sido fácil. Todavía me quejo de no tener tiempo suficiente para trabajar y de todas las cosas asociadas con el cuidado de mi hijo.
Salinger no había sido un padre ejemplar. De hecho, su hija, Margaret A. Salinger, escribió un libro, El guardián de los sueños, en el que se describe, de manera descarnada, a un hombre egocéntrico, misántropo y una paternidad autoritaria. Tampoco Hemingway parecía el tipo de padre que yo deseaba ser. Él dejaba a su hijo con su gato mientras salía por unas copas. En París era una fiesta lo relata: «No necesitábamos niñeras, F. Puss (nombre del gato) era la niñera». Tolstói, padre de 13 hijos, se arrojó a la literatura sin preocuparse por algo más. La única referencia a una paternidad activa me parecía encontrarla en Joyce, que (según recordaba haber leído) escribió el Ulises mientras cuidaba de su hija. ¿Eso no era lo que yo deseaba hacer?
El 8 de febrero de 2013 la paternidad adquirió peso y llanto. Eran las 8:14 de la mañana cuando el cirujano me dijo, con una voz inmaculada, que había nacido un niño grande y sano. Lo que sucedió después, lo retraté en un poema que desborda ternura:
Cuando mi hijo nació / corrí por los pasillos para verlo, / el corazón me palpitaba en la yema de los dedos / y fui dejando el rastro de un padre primerizo / sobre los azulejos del hospital. / Me bastó la torpeza de mi instinto para encontrarlo. / Lo hallé envuelto en la desnudez del primer instante, /con la lluvia cayendo a cántaros de su boca, / un caudal de vida que me dejó estupefacto. / Ahora lo veo seguir mi voz con sus ojos, / abrir las manos, doblar sus pequeños dedos / hechos por un dios que no puede ser castigador, / ni déspota, un dios sin paraísos, / sin manzanas envenenadas. / Su rostro es mi reconciliación con la vida, / el atardecer florecido en la fotografía, / una noche estrellada de mi niñez, el amor en cada pétalo /cortado por la brisa.
La literatura y la paternidad no pueden ser enemigos, cuando la primera se alimenta de la vida y la segunda es un corazón en plena carrera.
La escritura se convirtió en el vehículo que filtraba la experiencia de la paternidad. Dejamos el apartamento frío de Bogotá, remplazándolo por uno ubicado a treinta minutos del mar caribe. Teníamos tres cuartos. Además del principal, uno con las paredes pintadas y una bella cuna para el bebé, y otro donde me sentaba a escribir en la madrugada hasta que los mosquitos se marchaban y el espacio quedaba incendiado de luz. La escritura se dulcificó de manera misteriosa. Sin embargo, era pronto para decir cuál sería mi rol, si la escritura sobreviviría y si asumiría una paternidad activa o me quedaría en el lindero. Aprendí a cumplir con mi parte: lo bañaba, lo cambiaba y, con el tiempo, aprendí a vivir la soledad de ser padre. Es decir, de serlo todo. La madre de mi hijo no podía detener su vida, tenía que regresar a la poesía, a la academia, a la dicha de ser ella. Eso lo comprendí. No podía quedarme impávido, observando como el tiempo aumentaba de talla y estrenaba dientes.
Me decidí por ser Joyce.
No ha sido fácil. Todavía me quejo de no tener tiempo suficiente para trabajar y de todas las cosas asociadas con el cuidado de mi hijo. Trabajo en casa, por lo que permanezco la mayoría del tiempo con él. Todavía duerme, agazapado en mi interior, un Hemingway o un Tolstói que trato de drenar en la experiencia cotidiana.
Pero la literatura y la paternidad no pueden ser enemigos, cuando la primera se alimenta de la vida y la segunda es un corazón en plena carrera. Esto lo entendí cuando comencé a inventar historias para mi hijo cada noche. Escribía las mejores pensando en conformar un libro de cuentos. Con el tiempo pasé a relatarle anécdotas, obligándome a examinar algunos de los momentos más significativos de mi vida, ejercicio que hubiera sido imposible si me hubiera sustraído a la realidad maravillosa de ser papá.
