La Maternidad en el Siglo XVIII: Un Refugio de Esperanza y Dolor

En el siglo XVIII, un hospital era mucho más que un centro de atención médica; era un refugio multifacético para los más vulnerables de la sociedad. No se trataba de la hospitalización rápida que conocemos hoy en día.

Un hospital del siglo XVIII era el albergue de toda clase de dolor; no pensemos en la hospitalización rápida de nuestros días. El hospital era refugio de transeúntes, casa de acogida para los huérfanos, espacio de recuperación para los enfermos sin posibilidades, lugar de tratamiento de los dementes, reposo de las prostitutas, maternidad de madres solteras…Como si todas las obras sociales que hoy conocemos se concentraran en este lugar.

Y, además, con poco personal preparado para atenderlos. La enfermería y los distintos trabajos del hospital no tenían, en ese momento, el desarrollo que conocemos en la actualidad.

Atendiendo este puzzle de sufrimiento, encontramos a un sacerdote, el Padre Juan Bonal, capellán del Hospital desde el 2 de marzo de 1804, que coordinaba la labor de estos voluntarios que estaban comprometidos con la aflicción de los otros. El amor siempre sale al encuentro de la necesidad porque experimenta como propio el dolor ajeno, y quiere subsanar la carencia y llevar a plenitud lo que se vislumbra.

El sueño de Juan Bonal, junto con Jaime Cessat (sacerdote catalán incardinado en Valls), era formar una Congregación religiosa que asistiera a los enfermos en los diferentes hospitales con “Hermanas de la Caridad”. Con este deseo en el corazón, Juan Bonal viaja a Zaragoza.

La Fundación de las Hermanas de la Caridad

Por aquella época, la Junta del Hospital de Nuestra Señora de Gracia, en Zaragoza, andaba buscando soluciones para una mejora en la atención de la Casa. No sabemos con certeza si fue Juan Bonal quien ofreció la posibilidad de establecer en el hospital una Hermandad o la Junta del centro (llamada la Sitiada) lo solicita.

En septiembre de 1804, Juan Bonal viaja para reunirse con las autoridades del Hospital de Zaragoza y cierran el trato: los grupos del Hospital de la Santa Cruz vendrán a Zaragoza a ayudar a los enfermos de este gran hospital.

El 28 de diciembre de 1804, después de un viaje en carro y soportando el frío desde Barcelona, llegan a Zaragoza, de noche y bajo la lluvia, doce Hermanos y doce Hermanas para atender, desde el 1 de enero de 1805, a los enfermos del Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia.

Los principios no fueron fáciles, pero los enfermos sintieron muy pronto la presencia de las Hermanas que se preocupaban por ellos y sus dolencias de cuerpo y de espíritu. El 19 de mayo de 1807, un grupo de doce Hermanas va a encargarse del Hospital de Nuestra Señora de la Esperanza y de la casa de Misericordia de Huesca. Va como superiora, Hna. Teresa Calvet.

Allí empieza, de forma más explícita, la labor educativa de la Hermandad, que continuará también en Zaragoza, en la Inclusa. Las comunidades de Huesca y Zaragoza permanecerán jurídicamente independientes, no así afectivamente puesto que en los documentos se describe la relación que mantenían entre ellas intercambiando obsequios como, por ejemplo, envío de gallinas.

En 1808 estalla la Guerra de la Independencia y Zaragoza vive los Sitios. Las Hermanas se mantienen en pie. Vivir unidas a Jesús en la cruz, vivir el día a día apasionadamente, hacer único el momento presente, trabajar en equipo, las ha ido entrenando y cuando llega la guerra, el hambre, la inseguridad, el miedo y la pobreza, las encuentra preparadas: Fuertes en la fe, seguras en la esperanza, constantes en el amor.

Cuando finaliza la guerra, doce Hermanas han caído en el surco, muertas de cansancio, de hambre. Eran veintiuna; quedan nueve mujeres que van a pasar, como tantos otros, por la experiencia de no ser nadie, de no contar nada.

Juan Bonal, que los conduce hasta Zaragoza y los ha acompañado desde el principio, es separado de la Hermandad y dedicará sus días a pedir limosna para los enfermos del hospital y transmitir el amor de Dios.

Reconciliando a las personas con Dios, recorrerán los caminos por distintas provincias de la geografía española. La Hermandad parece romperse y llega la crisis. En algún momento, ésta se compone únicamente de cinco Hermanas, las salidas se suceden, la incertidumbre es muy fuerte.

Cuando la situación política vuelve a cambiar, los franceses vuelven a su país y la Junta del Hospital vuelve a ser española, parece que la situación de la Hermandad se estabiliza.

1824 es un año feliz. El sueño se ha cumplido: La Hermandad se convierte en una Congregación Religiosa de Derecho Diocesano, se aprueban las Constituciones y cuatro Hermanas profesan públicamente, al año siguiente, sus votos perpetuos. Tres pertenecen al grupo fundacional: Hna. María Ràfols, Hna. Tecla Canti y Hna. Raimunda Torrellas.

Hna. María Ràfols vuelve a ser elegida superiora de la Hermandad. En 1834, en el marco de las guerras carlistas entre Isabel II y el Archiduque Carlos, por entenderse que la plancha de plomo y los troqueles que utilizaba para hacer flores podían destinarse a fabricar balas, Madre María sufre la cárcel y el destierro a Huesca, pese a ser declarada inocente en el juicio.

La Hermandad está consolidada y el servicio hecho con todo detalle, con todo cariño, con el mayor amor, continúa. Así encuentra María Ràfols a las Hermanas, a su regreso en 1841. Vuelve a estar al frente de la Inclusa durante cuatro años, hasta que en 1845 la Sitiada le concede la jubilación.

Su vida se está apagando, consumida en la entrega al que más lo necesita. Pero su Señor le concede ver cumplida la promesa que le hizo. El tiempo de espera se ha convertido en esperanza, ha generado la fe y ha hecho posible la vivencia de un amor sin fronteras. No conoce la expansión de la Congregación, pero la intuye a través de los últimos acontecimientos que vivió: la inauguración de un oratorio propio, la elección de Hna.

La entrega de las Hermanas durante la epidemia de cólera de 1855, que atienden, además del hospital, dieciocho pueblos, hace que el Gobernador de Zaragoza solicite y consiga una Real Orden por la cual la Congregación pueda extenderse. Es el año 1857.

Las Hermanas van allá donde son llamadas: Calatayud, Tudela, Caspe, Huesca, Madrid… Se funda en zonas rurales y se inician las escuelitas para niñas, al lado del hospital.

En 1865, la Congregación pasa a denominarse “Hermanas de la Caridad de Santa Ana”. Una imagen de San Joaquín y Santa Ana acompañó a las fraternidades en el viaje de Barcelona a Zaragoza.

Ya el Manuscrito de Barcelona, documento encontrado en el archivo de la Corona de Aragón en Barcelona, es el “Tratado de las Constituciones Espirituales de los Hermanos y Hermanas de los Santos Hospitales congregados bajo la invocación de San Joaquín y Santa Ana”. El 25 de abril de 1868, la comunidad de Huesca se incorpora a la Congregación.

Sesenta años de separación no significan sesenta años de lejanía porque en el corazón no hay distancias. Dos notas caracterizan la expansión de la Congregación: saber discernir las necesidades de los hombres y mujeres de cada tiempo y saber dar respuesta, incluso con el riesgo de la propia vida.

En 1898, el Papa León XIII aprueba la Congregación, confirmando la autenticidad de su carisma, y ésta pasa a ser Congregación de Derecho Pontificio.

De Venezuela se va a Colombia (1930) y Costa Rica (1935). Desde Costa Rica se pasa, en 1965, a Panamá y Nicaragua. Desde Colombia, se funda en Perú (1975) y en Ecuador (1982). Desde Venezuela, la Congregación se extiende a Bolivia (1978).

En 1937, con la fundación de Italia se inicia la expansión en Europa. En 1951, las Hermanas llegan a Nadiad, Gujarat (India). La acción apostólica de la Congregación se extiende a lugares en los que el nombre de Jesús no había sido pronunciado. La presencia en este enorme país se va multiplicando y se extiende a otros estados.

En África, las Hermanas llegaron a Ghana, en diciembre del año 1969, erigiéndose la primera Comunidad en enero de 1970 en el Hospital de San José de Koforidua. Costa de Marfil, las recibe en 1972. Las encontramos en Zaire de 1973 hasta 1976. En 1980 llegan a Guinea. Ruanda las acoge el año 1981.

Las Hermanas se hacen presentes allí donde la necesidad es más urgente, aunque sea de manera transitoria. En el año 2000, la Congregación crea la ONG Fundación Juan Bonal, para ser cauce de solidaridad y cooperación en cualquiera de sus formas, dedicando todos los esfuerzos a los colectivos más desfavorecidos y vulnerables y facilitando su integración en la sociedad.

Sus actividades se realizan principalmente en los países en vías de desarrollo donde se encuentran las comunidades de Hermanas. Estas actividades son tan sólo algunos ejemplos de la tarea realizada con todo detalle, con el mayor cariño, con el mayor amor, por las Hermanas en veintinueve países de los cinco continentes.

La historia no ha terminado, se sigue escribiendo con otros trazos y con rostros de diferentes colores, porque sigue siendo necesario llevar amor allá donde no se habla de él, esperanza donde parece no haber futuro, fe donde no han oído hablar de Jesús.

Santa Ana y la Virgen Niña, un símbolo de maternidad y cuidado.

El Legado de las Parteras en la España Rural

La historia de una "partera" en la España rural de mediados del siglo XX es un testimonio valioso de cómo se vivía la maternidad en tiempos de transición. Elena Andina Díaz y José Siles González exploran la vida de Petrina, una mujer que combinó sus labores en el campo, la costura y el hogar con la de partera en Alvares de la Ribera, un pequeño pueblo en la comarca leonesa del Bierzo.

Petrina desarrolló esta actividad durante las décadas de 1960 y 1970, hasta que las embarazadas comenzaron a ir a dar a luz a la Residencia pública de Ponferrada, en la capital de la comarca. A través de su testimonio, se puede conocer y reflexionar sobre la atención en el momento del parto en una zona rural en esos años de transición, hasta que se generalizó la asistencia a través de la Seguridad Social.

La iniciación de Petrina como partera estuvo estrechamente vinculada a la familia: la primera vez que esta atendió un parto fue al presenciar el de una cuñada, y sintió la necesidad de ayudar a la partera que la estaba asistiendo, porque "era tan mayor que apenas si tenía fuerza para hacerlo ya ella sola".

Después del mismo, los sanitarios de la localidad acudieron y agradecieron la valentía que había tenido: "hija, le salvaste la vida". A partir de entonces estos comenzaron a llamarla: "el practicante venía y se encontraba él solo, pues mandaba que vinieran a llamarme a mí para estar con él, por si le hacía falta ayuda".

Finalmente acabó atendiendo los partos y solo llamaba a los profesionales en casos muy concretos: "ya empezó aquello de que yo valía, y entonces ya pues cuando lo llamaban a él decía: no, no, llamar a Petrina que vaya ella". La atención sanitaria oficial en aquella época no alcanzaba para atender todas las demandas de la población (recursos humanos insuficientes, problemas de control).

Esa escasez de medios, unida a las condiciones materiales y sanitarias deficientes en la mayoría de los hogares (carencia de agua corriente, energía eléctrica), pudo ser uno de los desencadenantes para que los sanitarios aprovechasen la buena disposición inicial de Petrina y dejasen en sus manos esta asistencia oficiosa.

Se daban, además, otras dos circunstancias: la solicitud de las gentes y la disposición de esta. Respecto a la primera, Petrina contaba que eran las propias vecinas las que comenzaron a pedirle que fuese ella la que las atendiese. El peso de la tradición, pues las mujeres no doctas eran las que se habían dedicado desde siempre a esta tarea, también era un factor que contribuía a esta continuidad, como se detalla en algunos estudios.

A pesar de tener al practicante como instructor, había determinadas técnicas mostradas por él que ella no realizaba, y que las parturientas preferían, como no colocar una palangana debajo del glúteo cuando estaban de parto. Otro hecho en los partos que ella asistía: los que tomaban las decisiones eran los familiares y la parturienta, al contrario de si el parto era atendido por los sanitarios.

Según han apuntado ya otros autores, este ha sido realmente el condicionante con más peso para que, en ocasiones, las mujeres prefiriesen ser asistidas por parteras tradicionales antes que por profesionales. En cuanto a la disposición de Petrina, influyó esa personalidad inquieta, llena de curiosidad, predisposición, atrevimiento, iniciativa, combinada con prudencia, y responsabilidad, que le hicieron ganarse el calificativo de válida, como decía ella, "para atender partos hay que valer".

Añadimos también su generosidad, y un fuerte sentido del compromiso con sus gentes, de responder a lo que la sociedad esperaba de ella, "te llamaban y qué ibas a hacer". Concluyendo, el hecho de que ella comenzase y se convirtiese más tarde en la partera de pueblo, dependió de varios factores, tanto a nivel individual como a nivel histórico, cultural, social y sanitario.

La generalización de la atención sanitaria a un sector importante de la población en los años 60, con los recursos de médico y practicante, no impidió que Petrina fuera la encargada de atender los partos de esta localidad durante años. Fue a partir de principios de la década de los 70, cuando se produjo la expansión hospitalaria, cuando las mujeres de esa localidad comenzaron a acudir a dar a luz a la Residencia de Ponferrada.

Petrina recuerda como, desde que comenzó esta etapa, ella promocionó activamente su uso, aconsejando y derivando a las mujeres hacia dicho centro. Cuando una mujer del pueblo se ponía de parto, la familia acudía en su busca, e iba a casa de la parturienta. Ésta estaba acompañada por familiares, que jugaban un papel activo desde el principio: "nada más que tenías los primeros dolores, ellos mataban una gallina, y la ponían a cocer para preparar el caldo de gallina" que la parturienta tomaría una vez dado a luz.

Solía atenderles en la habitación, en la cama. Sobre la misma colocaba ropas viejas, y debajo pieles de cordero, para evitar manchar el colchón. Algunas mujeres se tumbaban en el suelo para no ensuciar, otras se arrodillaban. La postura y el lugar para dar a luz era elegido por la parturienta, "como ellas quisieran".

Tal como le había explicado el practicante y médico: "antes de realizar cualquier cosa lavaba las manos con jabón... ellos es lo que hacían". Posteriormente, las desinfectaba con alcohol. No les realizaba nada previo al parto, no obstante "las mujeres que eran limpias procuraban estar ya aseadas".

Después del alumbramiento lavaba a la mujer con agua templada (previamente hervida) con unas gotitas de alcohol, ayudada por un porrón y una gasa. No administraba nada para calmar los dolores, y una vez que la criatura asomaba, siguiendo indicaciones del practicante, "le daba media vuelta para que saliera de hombros, le agarraba por los pies, y si no lloraba luego, le daba dos pequeñitos azotes en el culo para que comenzase a llorar". Si el proceso se demoraba daba unos masajes en la tripa a la parturienta.

Tras el nacimiento, esperaba cinco minutos para que saliera la placenta de manera espontánea. En caso de que no ocurriera, le practicaba un pequeño masaje en la barriga, o "enroscaba el cordón a la mano, le empujaba la tripa con la otra, y mandaba hacer fuerza mientras tiraba para se desprendiese sin llegar a romperse... me dijo el practicante: mira si sale entera, que no quede algo dentro". Posteriormente se la entregaba a los familiares para que la enterraran.

Ataba en dos sitios con un cordón que ella misma hacía con hilo de carrete, desinfectado en alcohol. Cortaba por el medio y ponía una gasa encima para que no lo rozara la ropa. De todos los partos que asistió, solo en uno realizó, con el practicante, una episiotomía, sin dar puntos posteriormente.

La técnica de meter la mano en la vagina para conocer la posición que traía la criatura, o para dar la vuelta en caso de que viniera mal colocada, la efectuaba con frecuencia: "si metes la mano y ves... por ejemplo vienen de lao o salen de culo... se lo vuelves a colocar tú".

El practicante le enseñó a diferenciar una hemorragia normal de otras en las que se requiere una actuación especial: "las que hace espuma y sale rápido". Además, le proporcionaba inyecciones para cortar la hemorragia en esos casos. En caso de que las criaturas hubieran sufrido durante el parto les salpicaba con agua fría para reanimarles.

La lavaba con agua templada previamente hervida, la vestía y le administraba unas cucharaditas de agua de manzanilla con azúcar "pa que hagan unas cacas negras". Acudía a casa de la mujer para lavarle a ella y al recién nacido, "hasta que se le caía el cordonín" a la criatura o hasta que la madre se valiera por ella misma. En la zona umbilical, una vez caído el cordón, echaba mercromina.

Cuando el recién nacido corría peligro de muerte le administraba allí mismo el bautismo de urgencia con "agua de socorro" traída de la iglesia. Ya en algunos Manuales de Obstetricia para Matronas de finales del siglo XIX se advierte que "los curas de los pueblos eran los responsables de enseñar a las parteras todo lo referente al Sacramento del Bautismo".

Ella tuvo que practicarlo en una ocasión: "la bauticemos... yo te bautizo, en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén", y recemos el Credo... decían que si no se bautizaban iban pal limbo". Entre las cualidades que debía reunir una buena partera, Petrina solo cita una innata: la fuerza, al hablar de su predecesora: "ya no tenía arte... no tenía fuerza, de viejina que era".

Se trata de una característica particular, pues no es definitoria del sexo femenino, más bien lo contrario. Un carácter no femenino necesario para desempeñar una labor que, desde siempre, estuvo reservada a las mujeres. El resto estaban condicionadas por el aprendizaje. La enseñanza, en su caso, procedía de diversas fuentes: la partera, el practicante y el médico.

Si bien la primera persona que le dijo cómo atender un parto fue la partera, quien le enseñó co...

En resumen, la historia de la maternidad en el siglo XVIII y la labor de las parteras en la España rural del siglo XX nos ofrecen una visión valiosa de cómo la sociedad ha abordado el cuidado de las madres y los recién nacidos a lo largo del tiempo. La dedicación de personas como el Padre Juan Bonal y mujeres como Petrina, junto con la evolución de las prácticas médicas y sociales, han contribuido a mejorar la salud y el bienestar de las madres y sus hijos.

Nacimiento a lo largo de los siglos: Historia y Evolución de la Obstetricia

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