Los Hijos Perdidos de Sauron: Origen y Leyendas en la Tierra Media

Para los amantes de Tolkien, una pregunta recurrente es el origen de los Orcos. Para responderla, debemos acudir a El Silmarillion.

En este contexto, es esencial entender el contexto del mundo creado por Tolkien. Más allá del amor y el heroísmo, se alzan las figuras majestuosas de los Silmarils, una alegoría de cómo la maldad puede hacer desaparecer la luz. Este resplandor, robado por Morgoth, acaba envuelto en una maldición que ennegrece el corazón de quienes lo desean.

Los Orcos son criaturas despreciables cuyo origen élfico se menciona en El Silmarillion. Estos seres oscuros esperaban el regreso de su señor, lo que podría simplificar el misterio para muchos. Sin embargo, la realidad es más compleja.

Representación de Orcos en la Tierra Media

El Origen de los Elfos

Para entender el origen de los Orcos, es crucial conocer la historia de los Elfos. Tolkien no prefería la palabra "Elfo" y los Quendi (Elfos) tuvieron varias clasificaciones a lo largo de su vida.

De acuerdo con El Silmarillion, cuando los Valar descubrieron a los Elfos, quisieron protegerlos de Melkor, declarándole la guerra y apresándolo. Convocaron a todos los Elfos a ir al Oeste, a Aman. Tres embajadores Elfos aconsejaron escuchar el llamamiento de los Valar, causando la primera división de los Elfos.

Los Elfos se clasificaron como Avari (los que no iniciaron el Gran Viaje) o Eldar (los que sí lo hicieron). Los Eldar se dividieron en Vanyar, Noldor y Teleri, procedentes de los tres Padres de los Elfos: Imin, Tata y Enel.

No todos los Elfos quisieron ir al Oeste. Del primer clan, todos siguieron a Oromë, pero no así con el segundo y el tercero. Se dice que del pequeño clan de los Minyar nadie se convirtió en Avari. Los Tatyar se dividieron equitativamente.

Linajes de los Eldar:

  • Vanyar: Primer grupo de los Eldar en el viaje hacia el Oeste desde Cuiviénen.
  • Noldor: Segundo grupo de los Eldar en el viaje hacia el Oeste desde Cuiviénen.
  • Teleri: Tercer grupo de los Eldar en el viaje hacia el Oeste desde Cuiviénen.

Todos los Vanyar llegaron al Oeste, y todos los Noldor también lo hicieron. Pero no así los Teleri, que se fueron separando en su camino a Aman.

Los Nandor

Tras muchos años de viaje, los Eldar encontraron un bosque y un gran río. Los Teleri se asentaron a lo largo de la orilla oriental del río y quisieron quedarse allí. Lenwë abandonó la marcha hacia el oeste y arrastró consigo a muchos que avanzaron hacia el sur junto al gran río, y los otros no supieron nada de ellos hasta después de muchos años.

Poco se sabe de los caminos que siguieron los Nandor, a quienes él condujo por el Anduin abajo: algunos, se dice, habitaron por largo tiempo en los bosques del Valle del Río Grande, y algunos llegaron por fin a la desembocadura y allí habitaron junto al mar, y otros, abriéndose paso por Ered Nimrais, las Montañas Blancas, llegaron de nuevo al norte y penetraron en el páramo de Eriador.

Denethor, el hijo de Lenwë, reunió a las gentes dispersas y las condujo sobre las montañas hasta Beleriand. Tras un largo período de paz, Melkor atacó al rey Thingol y Denethor acudió en su ayuda.

Después de la batalla, algunos regresaron a Ossiriand, y las nuevas que allí llevaron llenaron de temor al resto del pueblo, de modo que ya no guerrearon abiertamente, sino que se atuvieron a la cautela y el secreto; y fueron llamados los Laiquendi, los Elfos Verdes, pues llevaban vestiduras del color de las hojas.

Los Elfos silvanos (Tawarwaith) eran de origen teleri, y, por tanto, parientes lejanos de los Sindar, aunque separados de ellos desde hacía más tiempo que los Teleri de Valinor. Descendían de los Teleri que en el curso del Gran Viaje se intimidaron ante las Montañas Nubladas y se demoraron en el valle del Anduin, y de ese modo no llegaron nunca a Beleriand o al Mar.

Tras cruzar las Montañas Nubladas, los Elfos Teleri llegaron a Beleriand, donde Elwë se enamoró de Melian, y Olwë no lo pudo encontrar. Los Sindar serían aquellos Eldar de origen Teleri que, si bien atravesaron las montañas, no cruzaron finalmente el Mar.

Además de los Vanyar y los Noldor, entre los Altos Elfos se contarían aquellos Teleri que finalmente llegaron a Aman conducidos por Olwë. Como antítesis a Calaquendi, Elfos de la Luz, están los Moriquendi, los Elfos de la Oscuridad o Elfos Oscuros.

El Origen de los Orcos: Teorías y Leyendas

¿Cual es el origen de esas criaturas despreciables? Para responder a esta pregunta, es necesario acudir en primer lugar a El Silmarillion.

Sin embargo, no todo es tan sencillo como parece. Existen varias teorías sobre el origen de los Orcos, y la idea de que sean descendientes de Elfos corrompidos es solo una de ellas.

Como se ha dicho, no todos los Elfos estuvieron dispuestos a ir al Oeste. Del primer clan todos siguieron a Oromë, pero no sucedió así con el segundo y el tercero. Se dice que del pequeño clan de los Minyar nadie se convirtió en Avari. Los Tatyar se dividieron equitativamente.

J.R.R. Tolkien plantea varias hipótesis sobre el origen de los Orcos, pero nunca llega a una conclusión definitiva. Una de las teorías más conocidas es que los Orcos son Elfos torturados y corrompidos por Melkor, el primer Señor Oscuro. Esta idea se basa en la creencia de que Melkor no podía crear vida, sino solo imitar y corromper lo que ya existía. Al torturar a los Elfos, Melkor los habría transformado en Orcos, seres malvados y deformes a su servicio.

Otra teoría sugiere que los Orcos son una raza creada a partir de la corrupción de Hombres. Según esta hipótesis, Melkor habría corrompido a los primeros Hombres, transformándolos en Orcos. Esta teoría se basa en el hecho de que los Orcos son mortales, al igual que los Hombres, mientras que los Elfos son inmortales.

También existe la posibilidad de que los Orcos sean una mezcla de Elfos y Hombres corrompidos. Según esta teoría, Melkor habría capturado tanto a Elfos como a Hombres, y los habría torturado y corrompido hasta transformarlos en Orcos. Esta teoría explicaría por qué los Orcos tienen algunas características de los Elfos y algunas características de los Hombres.

En cualquier caso, el origen de los Orcos sigue siendo un misterio. Tolkien nunca llegó a una conclusión definitiva sobre este tema, dejando espacio para la especulación y el debate entre sus lectores.

Representación de Morgoth torturando Elfos, una posible explicación del origen de los Orcos

En resumen, el origen de los Orcos es un tema complejo y controvertido en la obra de Tolkien. Aunque existen varias teorías, ninguna de ellas es completamente satisfactoria. El propio Tolkien nunca llegó a una conclusión definitiva sobre este tema, dejando espacio para la especulación y el debate entre sus lectores.

Independientemente de su origen, los Orcos son una parte fundamental del mundo de Tolkien. Son los principales antagonistas de los Elfos y los Hombres, y su maldad y crueldad son una constante en la obra. Los Orcos representan la corrupción y la destrucción, y su presencia es una amenaza constante para la Tierra Media.

En la historia de Beren y Lúthien, después de licántropos, vampiros, bestias sin número ni nombre y monstruos que nuestra imaginación apenas puede esbozar, al final espera Morgoth, antes llamado Melkor, el más poderoso de los Ainur de la gran canción, aquel para quien Sauron es un simple lacayo. El mal hecho forma. El terror primordial.

Y ya que ha aparecido la Tercera Edad, siempre es un placer para los fanáticos de El Señor de los Anillos ver a Sauron ejercer no solo en espíritu sino con una forma concreta -que nunca se especifica- la maldad refinada, sutil y cruel que lo transformaría en Señor Oscuro mucho tiempo después.

Es una característica que diferencia El Silmarillion de El señor de los Anillos, donde todo es explicitado, concretado y precisado hasta la extenuación. Aquí apenas se nos dan pistas del periplo horrible que sufre Beren en Nan Dungortheb -más allá de las canas que puntean sus cabellos cuando al fin consigue escapar-, ni se detallan los días y noches en vela que pasa Lúthien en la celda del árbol en Nargothrond, ni el sufrimiento de Finrod y Beren en las mazmorras de Tol in Gaurhoth, contemplando cada noche la muerte de un compañero… Son simples pinceladas y sentencias muy bien elegidas, cortantes como navajas, las que abren la rendija en la realidad para que el lector se asome e imagine.

Al final de todas las cosas, lo que hace única a esta historia no es ni su sustrato mitológico ni su perfección formal ni la intensidad de la relación amorosa. Lo que la hace irrepetible y tan especial es el aroma profundamente personal que destilan sus páginas, esa sensación que solo algunos escritos despiertan, cuando el autor ha puesto el alma en cada palabra, una gota de sangre en cada frase.

En ese instante nacieron Beren y Lúthien, y aún hoy el peregrino que llega a Wolvercote puede leer sus nombres grabados en una modesta piedra en el suelo, quitarse el sombrero y, si conoce la historia, dejar que la emoción licúe por un rato su mirada ante algo más grande que la misma vida.

Tumba de J. R. R. Tolkien y su esposa, Edith Mary Tolkien, en el cementerio de Wolvercote

Por todo lo anterior, la historia de Beren y Lúthien puede interpretarse como un vórtice alrededor del cual se tejen los centenares de historias que constituyen El Silmarillion, o lo que el mismo, los argumentos centrales de la mitología de Tolkien. Parece que dentro del denso ciclo de narraciones que constituyen el legendarium (la pérdida de los Silmarils, la historia de los hijos de Fëanor, los hijos de Húrin, la caída de Númenor) la historia de Beren y Lúthien siempre ocupó un lugar muy especial en el imaginario de Tolkien, elaborándose con paciencia y delicadeza durante décadas, primero como poema y más tarde como prosa, hasta concluir en la versión definitiva que aparece en El Silmarillion.

Una de las grandes virtudes literarias de Tolkien es el dominio del tempo en sus historias, la sabia dosificación de picos y valles en el torrente desbocado de eventos que constituyen sus narraciones. En este sentido, la historia de Beren y Lúthien, desarrollada en cuarenta páginas escasas, representa un ejemplo palmario: el primer enfrentamiento, el viaje de Beren a Doriath, el descubrimiento del amor o los parlamentos con Thingol van atrapando sin remisión al lector, y la aparición continua de personajes centrales en la narración global (Finrod Felagund, Melian, el propio Sauron, Mandos, etc.) colabora en la creación de un crescendo dramático casi insoportable para los que acompañamos a Beren y Lúthien y sabemos que, antes o después, van a tener que llegar al Silmaril y a quien lo porta.

Si Tolkien es maestro del ritmo, su capacidad para desarrollar clímax es casi inigualable: sin salir de El Señor de los Anillos, el enfrentamiento en la Cima de los Vientos, la aparición del Balrog en Moria, la batalla del abismo de Helm o la resolución final en el Monte del Destino se leen una y mil veces con el corazón en la boca, escenas de una potencia tan desmesurada que permanecen indelebles en las mentes de los lectores y que quizá tienen mucho que ver en la popularidad de nuestro escritor.

Sin embargo, ninguno de sus desenlaces alcanza en perfección el del vis a vis entre Morgoth y Lúthien -Beren se esconde-, una alegoría cumbre que enfrenta la pureza a la perversión, la música celestial a la fuerza bruta, el símbolo del amor frente a la excrecencia del odio.

Es imposible describir mejor la emoción del momento en que Beren arranca por fin un Silmaril de la corona negra, ni la inquietud cuando se rompe el cuchillo Angrist, Morgoth se agita y la pareja es, por fin, consciente de lo realizado y del peligro que corre.

Pero la historia de Beren y Lúthien no es solo una fantasía heroica más en un mundo repleto de ellas, y quizá ni siquiera es su característica más importante. Hablamos quizá de una de las historias de amor más paradigmáticas de la literatura universal, una que se escribe y reescribe con vocación de contener a todas las demás: el aventurero de origen misterioso que se enamora en medio del bosque de la hija del rey, la más hermosa, la más deseada y la más inaccesible; la prueba imposible para conseguir el matrimonio y la aprobación paterna; las inevitables separaciones que cada vez parecen definitivas; lo mejor de ambos para superar la prueba; el triunfo debido a la perseverancia, el coraje y la valentía; la muerte como único e inevitable vehículo hacia la separación; y finalmente, el amor constante más allá de la muerte, mucho más literal del que soñó Quevedo, la vía hacia la redención, la resurrección y una felicidad tan intensa y necesaria que vale la pena sacrificar la inmortalidad en su altar.

Todo resulta deliciosamente clásico excepto en un detalle clave, menos infrecuente en Tolkien de lo que muchos de sus críticos se han esforzado con denuedo en señalar: el personaje poderoso aquí, la parte fuerte de la pareja, es la mujer. Y cuando la situación se torna desesperada, la solución no pasa por la fuerza y el valor de Beren, sino por la voz de su amada y la infinita capacidad de seducción de esta, capaz de conmover al señor del mal y al juez de los muertos.

La música más celestial en una historia que está atravesada de principio a final por melodías y notas -no en vano se la conoce como «Balada de Leithian»- y que es capaz de sellar la primera unión de elfos y hombres, el símbolo de hermandad que se irá repitiendo sin cesar en la mitología tolkieniana, y en el que se entrelaza la idea de la mortalidad como don y no como maldición. No es casual que Aragorn acabe desposando a Arwen y recibiendo el sobrenombre «Piedra de elfo».

Es bien conocido también el inmenso amor que sentía Tolkien por el mito del buen salvaje de Rousseau, y el amor a la naturaleza, plantas y animales se derrama por sus escritos. No es casualidad que su obra se elevara pronto como emblema entre los seguidores del flower power, ni que una de las segundas lecturas más evidentes de la lucha de los Ents contra Saruman sea una encendida defensa del medio natural contra la destrucción causada por la industria y las máquinas.

Así resulta verosímil que en esta historia Tolkien reserve un rol de secundario inolvidable para un perro lobo, Huan, y dos antagonistas al nivel de la leyenda, Draugluin y Carcharoth, lobos. Su historia es una réplica a pequeña escala de la lucha entre los Valar y Melkor/Sauron que permea todo el libro, y Huan responde a todas las cualidades del buen compañero poderoso y sabio, rápido en la acción y sereno en el pensamiento, que acaba constituyendo un paradigma de fuerza y fidelidad.

No puede dejarse pasar tampoco la inmensa capacidad de sugerencia que poseen bastantes fragmentos de la narración, y que colabora decisivamente en proyectar la historia a horizontes mucho más amplios de los que en teoría permitiría su escasa extensión.

Y así no extraña cuando uno acaba sabiendo que lo que puso el engranaje en marcha fue una visión celestial de Tolkien en las profundidades de un bosque de Yorkshire: la de una chica, hermosa y etérea, bailando sola en medio del campo, a unos metros del hombre cuyo corazón se derretía como hielo en verano.

¿Cuál Fue el Origen de los Orcos? Explicado | Kai47

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