En los libros de historia, casi siempre acaban pesando más las desgracias que las proezas, una cruel forma de recordar nuestro pasado en función de las guerras, las catástrofes y sus penosas consecuencias. Sin embargo, hasta en los momentos más oscuros se pueden encontrar destellos de humanidad.
Sir Nicholas Winton, a menudo llamado el "Schindler británico", personificó esa luz en medio de la oscuridad. Él lo hizo. Consiguió salvar a 669 niños -muchos de ellos judíos- en una Checoslovaquia amenazada por los nazis y trasladarlos a Reino Unido.
Estatua de Nicholas Winton en la estación de tren de Praga
El Comienzo de una Gesta Heroica
Hijo de una pareja de judíos alemanes que se mudaron a Londres, Winton trabajaba como agente de bolsa en la capital inglesa cuando en el Viejo Continente el auge de Hitler empezaba a dar miedo.
A los 29 años, en 1938 un amigo le invitó, durante sus vacaciones de invierno, a que se reuniese con él en Praga. Allí pudo ser testigo de cómo vivían algunas familias de origen hebreo en los primeros guetos de refugiados tras la invasión de los Sudetes. Viendo las condiciones infrahumanas a las que el nazismo había relegado a miles de personas, Winton comenzó a idear un plan para salvar a la mayor cantidad de niños de la amenaza nazi.
Sabiendo cuáles eran sus intenciones, muchas familias acudieron a él para encomendarle el porvenir de sus hijos ante la reciente invasión. Fue entonces cuando decidió montar una oficina improvisada en la habitación del hotel en el que se hospedaba para atender la avalancha de peticiones.
A su vuelta a las islas, Winton creó el Comité Británico para los Refugiados de Checoslovaquia, Sección para Niños, compuesto por él, su madre Barbara, su secretaria y unos cuantos voluntarios.
Tras su creación, este Comité se encargó de hacer frente al problema más acuciante para llevar a cabo su plan, la financiación. Winton se promulgó publicando anuncios en prensa, y pidiendo ayuda en iglesias y sinagogas. Algunas de las fotos de los niños, necesarias para su solicitud de visado.
Gracias a la generosa respuesta del pueblo londinense, en unas semanas, centenares de familias aceptaron acoger a los niños y aportaron el dinero necesario para iniciar los transportes.
Los Trenes de la Esperanza
El primero de ellos se efectuó el 14 de marzo de 1939 en avión y en los meses posteriores se organizaron otros siete transportes, todos por tren. El último tuvo lugar el 2 de agosto, en el que viajaron los últimos de un total de 669.
Monumento conmemorativo a Nicholas Winton en Praga
El Silencio y el Descubrimiento
El acto desinteresado de Winton lo fue hasta tal punto que su historia permaneció en el olvido durante 50 años, cuando en 1988 su mujer Greta encontró en un viejo maletín de cuero escondido en el desván de casa, la lista con los nombres y fotos de los niños y algunas cartas de sus padres.
El descubrimiento de su secreto obligó a que Winton confesara de dónde salía todo aquello. La historia de Winton acabó en la portada de su periódico y poco después la BBC, en el programa de Esther Rantzen, organizó una especie de encuentro en directo entre 'Nicky' (como era habitualmente conocido) y algunos de los niños que salvó.
Se estima que más de 6.000 personas están vivas hoy en día gracias a sus esfuerzos durante aquellos aciagos días, una hazaña que le ha valido el apodo del 'Schindler británico'.
"Los Niños de Winton": Un Legado en el Cine
Su gesta, prácticamente desconocida hasta finales de los 80, ve ahora la luz en los cines con el estreno de Los niños de Winton, dirigida por James Hawes y protagonizada por Anthony Hopkins y Elena Bonham Carter. La película toma como punto de partida el libro Una vida.
La película “Los Niños de Winton”, protagonizada por Anthony Hopkins, cuenta la historia de Sir Nicholas Winton. Este banquero inglés salvó la vida de cientos de niños judíos durante la II Guerra Mundial.
En 1938 llega a Praga un joven banquero londinense: Nicki Winton. Al descubrir las atroces condiciones de vida de los refugiados judíos que huían del imparable avance nazi, decide hacer algo al respecto. Es así que, removiendo cielo y tierra, logra organizar (y financiar) una serie de trenes que hasta el 1 de septiembre de 1939 llevarían a 669 niños a la libertad y la vida en Inglaterra.
Tal es la historia real que narra la película “Los Niños de Winton”, dirigida por James Hawes. Nicholas Winton fue elevado al rango de caballero por la reina Elizabeth II en el año 2003 por “servicios prestados a la Humanidad”. Y es que cabe destacar que sobre un total de 15.000 niños judíos que había en Checoslovaquia antes de la II Guerra Mundial, solo sobrevivieron 200. Mientras que Winton consiguió salvar a 669, lo que da una clara idea de lo colosal de su logro.
El film se basa en la gesta de un ciudadano corriente que salvó a 669 niños de morir en los campos nazis, en vísperas de que Hitler invadiera Polonia, estallando la II Guerra Mundial.
Nicholas Winton (Anthony Hopkins), ya octogenario, conserva en uno de los cajones de su despacho un portafolios marrón que su esposa Grete (Lena Olin) le invita a donar, convencida de que tal acción pondrá fin a incesantes noches de insomnio y angustia.
Pero, Nicholas se resiste a desprenderse de un maletín que necesita legar, como él afirma, a quienes sepan reconocer su valor porque es el testimonio de “muchas historias de las que necesitamos aprender”.
El portafolios contiene la única prueba de hechos que han permanecido en el anonimato durante cincuenta años. Se trata de un álbum con documentos y fotografías tamaño carnet de los rostros de más de mil niños checoslovacos de la zona de los Sudetes.
Entonces, un joven corredor de bolsa británico, Nicky (Johnny Flynn), de vida acomodada, educado en valores profundamente humanistas e implicado en organizaciones benéficas, viaja a instancias de su amigo Martin Blake (Jonathan Pryce) a los campos de refugiados de Praga.
Ver con sus propios ojos los horrores y atrocidades de las familias abarrotadas en condiciones infrahumanas, a la intemperie, en el barro, sin comida y a expensas del horror que se avecinaba lleva a Nicholas a involucrarse en una acción heroica que quiso dejar en el más absoluto anonimato.
Nicky tomó la determinación de salvar a menores “de todos los credos y de ninguno” por un compromiso con la decencia moral, la bondad, y el respeto a la vida humana que consideraba propio de la “gente corriente que no toleraría algo así, si conociera la verdad”.
Sin embargo, lo que al final de su vida seguía atormentando a Nicholas Winton y, en mitad de la noche, le conducía a sacar el álbum de fotos del maletín y a mirar con una lupa las fotografías de los rostros de cada niño era el recuerdo fatídico de lo que sucedió con el noveno tren y el trágico destino de los menores a los que no pudo rescatar.
El día de partida de ese convoy con otros 250 niños que esperaban ser acogidos por familias inglesas, Hitler invadió Polonia y estalló la II Guerra Mundial.
“Tengo que mantener a raya mi imaginación porque si no me habría vuelto loco”, afirma en una escena en la que alguien le pregunta si piensa, alguna vez, en lo que les pasó a los niños que no pudo salvar.
Sólo un acontecimiento inesperado no curará, pero sí va aliviar la herida infinita abierta por la sensación de haber fallado a su compromiso con el prójimo.
Una de sus cadenas televisivas consigue poner en contacto a muchos de los niños salvados por Winton que, ya adultos, logran expresar, de forma personal, su gratitud a quien hizo posible que pudieran desplegar sus vidas y aportar novedad al mundo con nuevos nacimientos.
Esa acción se convierte en un acto redentor recíproco: entre quienes sentían culpa por haber sobrevivido a sus familiares y, a la vez, necesitaban mostrar agradecimiento por seguir vivos, y el propio Nicholas Winton que, al final de su vida, podría experimentar una cierta paz y comprobar la verdad del proverbio hebreo: “quién salva una vida, salva al mundo”.
Más de 6.000 personas viven, actualmente, gracias a aquel rescate de Praga.
Por otra parte, muchas de las escenas de la película tienen eco en acontecimientos actuales. El anhelo expansionista del líder ruso, Vladímir Putin, y la invasión de Ucrania recuerdan la ambición desmedida de Hitler. Según ACNUR, hay 114 millones de refugiados en el mundo. Las atrocidades que capta la cámara del cineasta, James Hawes, de aquellos refugiados de los Sudetes en Praga tienen su correlato en las imágenes que nos llegan de Gaza o de Ucrania.
Una de las cartas que publicó en los medios para animar al público a ayudar a salvar a los niños refugiados en 1939 decía: "Hay una diferencia entre la bondad pasiva y la bondad activa que es, en mi opinión, la entrega del propio tiempo y energía para aliviar el dolor y el sufrimiento.
Nicholas Winton, El Hombre que Salvó a 669 Niños del Holocausto Nazi y su Reencuentro tras 50 años
El Legado Continúa
Una frase que resuena de forma muy especial en la vida de dos madrileños, que deben su vida al coraje de Sir Nicholas Winton. Se trata de los pianistas Federico y Constanza Lechner, cuyo padre fue uno de los niños salvados de la Shoah gracias a los “kindertransport”.
Jirí Frank Lechner nació en Praga en 1932 y fue uno de los 669 niños de Winton. Tras pasar por Inglaterra, Jirí Frank se instaló en Buenos Aires, donde se convirtió en maestro repetidor del mítico Teatro Colón.
| Nombre | Descripción |
|---|---|
| Federico Lechner | Intérprete y compositor reconocido por su versatilidad. |
| Constanza Lechner | Se dedica a la enseñanza y trabaja en el Teatro Real. |
| Karin Lechner | Concertista que conoció a Nicholas Winton en persona. |
Federico Lechner es un intérprete y compositor reconocido por su versatilidad: desde el jazz al tango, pasando por la música latina o la fusión, es uno de los más buscados acompañantes del panorama musical español, y ha trabajado con figuras como Jerry González o Enrique Morente.
Constanza también es madrileña de adopción y se dedica a la enseñanza, que combina con su trabajo en el Teatro Real, discos de música clásica para niños o proyectos más personales alrededor de la obra de compositores como Egberto Gismonti.
Los tres hermanos Lechner viajaron a Praga en 2016 en un emotivo “retorno a las raíces” para rendir homenaje al hombre a quien deben la vida.
