En el ámbito de la psicología infantil y la crianza, surge una pregunta constante: ¿cómo abordar las rabietas y los comportamientos desafiantes de los niños? Milena González, psicóloga con amplia experiencia en trauma, apego, sistemas familiares y psicoterapia infantil, ofrece una perspectiva innovadora y compasiva en su libro "No hay niños difíciles". En lugar de centrarse en la contención o la evitación de las rabietas, González propone una mirada más profunda que pone al niño en el centro, entendiendo la rabieta como una llamada al acompañamiento adulto.
Licenciada en Psicología por la Universidad de Manizales en Colombia, con un Máster en Inteligencia Emocional de la Universidad de Valencia y certificada como educadora de Disciplina Positiva para familias, Milena González ha dedicado quince años a proyectos de protección de los derechos de niños y adolescentes en Latinoamérica y España. Su experiencia como madre de tres hijos y psicoterapeuta con más de diez años de experiencia acompañando a familias, le permite ofrecer respuestas tranquilizadoras y herramientas proactivas para convertir los conflictos diarios en momentos de aprendizaje.
Y es que no hay niños difíciles ni tampoco existe una talla única en la crianza. La clave reside en el temperamento de cada niño, que condiciona su carácter y su manera de reaccionar ante el mundo. Con un enfoque práctico y basado en la evidencia, Milena nos enseña a identificar los nueve rasgos que condicionan el temperamento, y nos propone entenderlo no como una etiqueta limitante, sino como una habilidad que podemos utilizar para comprender mejor a nuestros hijos. De este modo lograremos ver a los niños más allá de su conducta y aceptarlos tal como son, lo cual no solo nos permitirá plantear expectativas de crianza realistas, sino que también nos ayudará a adoptar las estrategias adecuadas para superar los obstáculos del día a día de manera más consciente y respetuosa.
Las rabietas parecen un campo de batalla que todo padre y madre teme afrontar, pero en realidad son normales, esperadas y hasta necesarias para el desarrollo de los niños. Con un enfoque práctico y basado en la evidencia, Milena nos guía a través de los nueve rasgos que condicionan el temperamento único de cada niño y presenta un marco para brindar respuestas constructivas y adecuadas a su manera de reaccionar ante el mundo. La clave es entender ese temperamento no como una etiqueta limitante, sino como una habilidad que nos ayudará a ver a nuestro hijo más allá de conductas que lo encasillan como «malo» o «difícil».
¿Por qué las rabietas son necesarias?
Las rabietas cumplen una función fundamental en el desarrollo emocional del niño, por ello insisto no solo en que son normales y esperadas, sino que son necesarias (aunque esto último no nos guste). Son una vía de descarga, expresión y aprendizaje. Cuando un niño tiene una rabieta, no tiene el objetivo de hacernos la vida imposible, en realidad está enfrentándose a algo que lo supera: una frustración, una necesidad no satisfecha, un “no” que no entiende, o simplemente una emoción muy intensa que aún no sabe cómo regular.
Desde la perspectiva que propongo en No hay niños difíciles, la rabieta no es un problema, sino una oportunidad: para que el niño exprese lo que siente y para que el adulto acompañe ese momento como un guía, no como un juez. ¿Sería más correcto hablar de padres que no saben responder?
Cuando un niño tiene muchas rabietas, solemos etiquetarlo rápidamente como “difícil” “insoportable”, “caprichoso” etc. Pero esa etiqueta habla más de nuestro nivel de incomodidad o desconocimiento que del niño en sí. En No hay niños difíciles justamente invito a cambiar esa mirada: no hay niños que estén “mal”, hay niños que necesitan ser comprendidos desde su temperamento, su etapa evolutiva y sus necesidades emocionales.
Entonces, no se trata de decir “es culpa de los padres”, sino de entender que cuando el adulto cambia su mirada y se conecta desde la comprensión, no desde la reacción, el vínculo se transforma y por tanto la forma de abordar el comportamiento del niño. No todos los niños reaccionan igual, ni necesitan lo mismo. Hay niños más intensos, más sensibles, más persistentes, más activos… y cada rasgo del temperamento influye en cómo viven el mundo, cómo se relacionan y cómo necesitan ser acompañados.
Cuando no conocemos el temperamento, corremos el riesgo de pensar que el niño “exagera”, “manipula” o “desobedece”, cuando en realidad simplemente está actuando desde su forma natural de ser. Entender eso cambia por completo la relación: dejamos de verlo como un desafío personal y empezamos a verlo como una invitación a conectar mejor.
En el libro digo que no hay una sola forma correcta de criar, porque no hay un solo tipo de niño. Conocer su temperamento no es etiquetarlo, es tener un mapa que nos ayuda a ser el adulto que ese hijo necesita: ni más rígido, ni más permisivo, sino más consciente y esto en últimas transmite un mensaje poderoso al niño: no hay algo malo en ti, sientes tus emociones de una forma diferente y estamos encontrando la manera adecuada para que la exprese. A esto se le llama bondad de ajuste (goodness of fit, en inglés) que hace referencia a la compatibilidad que hay entre el temperamento del niño, el estilo de crianza y las demandas y exigencias de su entorno.
En el libro explico que uno de los nueve rasgos del temperamento es la intensidad de la respuesta emocional. Los niños que puntúan alto en este rasgo viven cada emoción, ya sea alegría, frustración o tristeza, con mucho ímpetu. Así como reacciona dando saltitos, y pequeños gritos de alegría cuando recibe un regalo, es el mismo niño que cuando está en medio de una rabieta no parece que llora sino que aúlla, no grita sino que chilla, todo para ser más intenso con sus reacciones. Por ello, en medio de su caos, no llora desconsoladamente a propósito o como una forma de manipularte, simplemente por su temperamento reacciona con más intensidad como forma de regularse.
Si a eso le sumamos que su cerebro todavía está en desarrollo, especialmente las áreas que regulan la impulsividad, el control emocional y la toma de perspectiva, es completamente esperable que les cueste calmarse. No es desobediencia, es inmadurez. En la infancia, el autocontrol no se exige: se aprende. Y ese aprendizaje lleva tiempo, muchas repeticiones y, sobre todo, adultos que acompañen sin añadir más fuego al incendio.
Entonces, cuando un niño “no se calma”, no necesita más presión, ni más castigo. Necesita un adulto que entienda su ritmo, su intensidad, y que lo ayude a transitar esa tormenta desde la calma, no desde la exigencia. Porque cuanto más fuerte es la emoción, más fuerte debe ser el sostén, no la reacción.
La respuesta ante una rabieta no puede ser igual para todos los niños, porque no todos sienten, reaccionan ni necesitan lo mismo. En mi libro, hablo de la importancia de conocer el temperamento, y esto es clave aquí. Hay niños que necesitan espacio para calmarse, otros que necesitan contacto físico; algunos reaccionan con explosividad, otros con economía de palabras. La clave es observar, conocer y ajustarnos a lo que necesita el niño en el momento que está desregulado.
No se trata de tener una fórmula mágica, sino de tener una mirada flexible y compasiva. Un niño con alta intensidad emocional, por ejemplo, no necesita “más firmeza”, sino más contención y comprensión. Un niño muy sensible no necesita que lo ignoren “para que se le pase”, sino que lo validen sin invadir. Y todos, sin importar su temperamento, necesitan saber que sus emociones no son peligrosas ni malas, y que tienen a alguien a su lado que los ayuda a entenderlas.
Ajustar la respuesta (bondad de ajuste) no es ceder, es educar con conexión. Es entender que la disciplina más efectiva no es la que aplica premios o castigos, sino la que nace del vínculo y del respeto por lo que ese niño necesita para crecer desde su esencia.
La Técnica de las 3 P
En el libro hablas de la "técnica de las 3 P" ante las rabietas:
- Poner un límite: de forma clara y respetuosa, ya sea verbal (“no podemos pegar”) o física (intervenir para detener una acción que pone en riesgo). No se trata de permitirlo todo, sino de acompañar con firmeza y cuidado. Los niños pequeños también necesitan límites cuando una conducta pone en riesgo su seguridad o la de los demás.
- Pensar en lo que motivó su comportamiento: los niños no pegan, gritan o empujan porque quieran hacer daño. Lo hacen porque están desbordados, porque quieren algo y no saben pedirlo, o incluso por entusiasmo. Preguntarnos "¿qué está necesitando mi hijo en este momento?” nos ayuda a actuar con empatía: ¿Está frustrado? ¿Quiere algo que no puede alcanzar? ¿Está cansado o sobreestimulado?
- Poner en palabras lo que siente y enseñarle otra forma de actuar: esta es la parte más educativa. Le damos lenguaje emocional y lo guiamos: “Estás enojada porque querías el coche. La próxima vez, en lugar de empujar a Daniel, le dices 'prestámelo por favor que estoy jugando con él”. Así, ayudamos al niño a mentalizar lo que siente y aprender habilidades que aún no tiene. Aunque no lo entiendan del todo aún, al narrar lo que pasa estamos sentando las bases del desarrollo emocional, del lenguaje y de la autorregulación a través de la repetición. Es clave tener en mente que requiere de repetición y paciencia, es una habilidad social y como tal es necesario enseñarla una y otra vez, tal como invertimos tiempo para enseñar habilidades motoras como montar en bici, patines, nadar, etc. No aprenden de un día para otro.
No todos los niños expresan sus emociones de la misma forma, y que un niño no tenga rabietas no significa que algo vaya mal. Volviendo al rasgo intensidad de la respuesta emocional, los niños que puntúan bajo en este rasgo, pueden expresar con menor intensidad, frecuencia y duración su malestar emocional. Después de un momento de frustración podrían mostrar más facilidad para volver a la calma, adaptarse y continuar. Sin embargo, si no es el caso, sí es importante observar cómo expresa lo que siente.
A veces, los niños que aparentemente no hacen rabietas no es que no sientan frustración, enojo, o ira sino que han aprendido a reprimirla, a desconectarse o a complacer para evitar ser castigados o reprendidos. En esos casos, más que preocuparnos, podemos preguntarnos si tiene espacios seguros para expresar lo que siente sin miedo a ser rechazado o corregido.
La clave no es si hay o no rabietas, sino si el niño tiene permiso emocional para ser él mismo, expresar lo que siente y saber que será acompañado, no juzgado. No son intencionales, sino el resultado de un cerebro sobrecargado emocionalmente. El adulto en estos casos debe mantener la calma, ya que su actitud influye en la situación. Pero, además, el niño necesita la compañía de un adulto para poder regular sus emociones. Si se le deja solo, puede sentirse más desamparado y confundido.
En resumen, "No hay niños difíciles" de Milena González, ofrece una guía valiosa para padres y educadores que buscan comprender y acompañar a los niños en su desarrollo emocional. Su enfoque en el temperamento individual y la importancia del vínculo afectivo proporciona herramientas prácticas para transformar los conflictos en oportunidades de crecimiento y aprendizaje.
