El presente estudio se adentra en la compleja discusión sobre la sexualidad entre y hacia los adolescentes en Bogotá, un tema que, según la Secretaría de la Mujer, empezó a discutirse en políticas públicas hace menos de siete años. Este análisis se realiza a través de la lente de un caso particular y el contexto de las políticas públicas implementadas para abordar este tema sensible.
Apenas me enteré de la historia, y me describieron el escrito, pensé en él como un ejemplo interesante, e incluso loable, de una especie de empoderamiento sexual. Por encima parecía ser el testimonio de una adolescente que había decidido vivir con libertad e independencia su vida sexual. Que, además, había sido víctima de bullying y que había logrado hacer un ejercicio en el que lograba desinscribirse de su papel de víctima contando la historia en su propia voz.
El texto, que toma más o menos una hora en leer, era el recuento que una estudiante de un colegio bogotano hacía de los varios encuentros sexuales que había tenido con sus compañeros. La autora cambia nombres y, hasta cierto punto, mantiene el anonimato. El erotismo con el que habla de sus encuentros y --en cierta medida-- la habilidad narrativa con la que describe los personajes y los detalles, a pesar de su edad, sacaron el texto de los círculos de niños de colegio e hicieron que la historia se conociera entre personas que hace mucho dejaron atrás esa época. «El sexo vende» es el nombre que ella le pone al primer capítulo de su relato.
Una frase, por demás, muy lúcida, que parecería constatar que la autora sabía lo que estaba haciendo. Ella escribe, abierta y explícitamente, que todo lo que hizo, todo lo que cuenta, tenía la clara intención de que la gente de su colegio supiera quién era ella. Una forma de volverse popular. Y que incluso se reapropiaba de palabras como «perra» o «cualquiera», reconociéndose en ellas, como quien sabe o reconoce los principios básicos de la teoría queer.
Sin embargo, al leer el texto, se revela una complejidad mayor. En medio de las escenas eróticas que ella describía, era evidente la presencia de abusos que sufrió por parte de las personas con las que se había involucrado. Hablaba de malos tratos, violaciones de su privacidad, chantajes sexuales y encuentros sexuales en los que no había querido involucrarse pero a los que había accedido porque, de una u otra forma, se sentía obligada a hacerlo.
«La mayoría de las mujeres somos víctimas de agresión sexual y nos cuesta mucho trabajo reconocerla. Nos cuesta mucho trabajo no culpabilizarnos, no justificar al agresor. En efecto, hay momentos en el texto en que la autora reconoce que hubo ocasiones en las que se puso en condiciones de vulnerabilidad, que la llevaron a vivir maltratos y abusos. Es decir, reconoce la violencia.
Pero aún así, hay otros en los que lo que parece ser un discurso incipiente de liberación sexual termina justificando maltratos y relaciones no consensuadas en la búsqueda de tener más encuentros, tener más experiencia y conocer más gente. Casos como este, además, no son nuevos. Una revisión rápida de la prensa deja ver de forma clara cómo, en algunos colegios de Colombia, la liberación sexual toma tintes extraños.
En 2013, por ejemplo, hubo un escándalo en colegios de Medellín por un juego sexual en el que los jóvenes buscaban tener el mayor número de encuentros sexuales posible, sin condón, y en el que competían por tardar la mayor cantidad de tiempo sin eyacular. Casos como este pueden encontrarse por montones. De hecho, esta semana, una encuesta realizada por el Dane en varios colegios del país, desató una polémica cuando varios directivos y padres se opusieron al tipo de lenguaje sexual que usaba el formulario.
Según la vicerrectora de un colegio que habló el pasado lunes en RCN Radio la encuesta hacía preguntas explícitas que, afirmaba ella, no eran adecuadas para niños de 11 años. Sin embargo, Mauricio Perfetti, director del Dane, aseguró en una entrevista con el mismo medio que la encuesta era fundamental para identificar la magnitud de situaciones de abuso sexual y pornografía infantil.
En Colombia, el Código Penal establece que es a partir de los 14 años que una persona puede dar su consentimiento para involucrarse en actos sexuales. Es decir: cualquier relación sexual con un menor de 14 se considera, automáticamente, una violación.
El Debate Sobre la Educación Sexual
Pero, ¿cómo se aborda la discusión? ¿Cuándo y cómo se empieza a hablar de sexo? ¿Cómo se protege a un menor de edad cuando los abusos son por parte de otro menor de edad? ¿O cuando se falla en reconocer los abusos? ¿Hay que entrar a protegerlo? ¿Hay que decirle cómo vivir su sexualidad y especificar las circunstancias en que tiene que tener sexo? ¿Establecer un número específico de edades y de parejas sexuales? ¿Está en capacidad un menor de edad para establecer los límites de su propia vida sexual?
«Hay un concepto que se acuñó en el derecho internacional de los derechos de los niños, que es muy valioso: el de las capacidades evolutivas. Eso quiere decir que los niños van adquiriendo elementos de juicio y de madurez a medida que crecen.
Según me contó Cristina Vélez, Secretaria Distrital de la Mujer, los problemas que están teniendo los adolescentes en relación con su sexualidad, en Bogotá, demandan un tipo de discurso diferente, que no puede pretender que los adolescentes no tengan sexo, o que restrinjan sus interacciones sexuales a un cierto número de parejas.
«¿Tú cómo le dices a un adolescente, que tiene las hormonas al cielo, que no tenga sexo? Eso es absurdo. Tú lo que le tienes que decir es que tenga sexo responsable, libre, sano y seguro», me aseguró.
Según la Encuesta Distrital de Demografía y Salud de 2011, realizada por Profamilia, la edad mediana a la que las mujeres en Bogotá tienen su primera relación sexual está entre los 18.3 y 18.4 años. No obstante, en las localidades de Usme, Ciudad Bolívar y Sumapaz se inicia la vida sexual a edades más tempranas; mientras que Barrios Unidos, Teusaquillo y Usaquén son las localidades en que se inicia más tardíamente.
Sin embargo, el sexo «sano y seguro», me explicó Vélez, no tiene que ver sólo con evitar enfermedades y bebés. Según ella, la formación que deben recibir los adolescentes también debe estar enfocada hacia el autocuidado, no sólo en un nivel físico. Y aunque podría entenderse que esa tarea, la de la educación sexual, es una cosa del colegio, las ideas y los estereotipos que rodean al sexo, sobre todo en las mujeres, es la herencia de unas ideas que se reproducen culturalmente y que, según lo que ha identificado la Secretaría de la Mujer, es mejor contrarrestar al interior de las familias.
En resumen, no es el problema de una niña, de un colegio -como algunos medios han querido mostrarlo-, de una familia o de un sector de la sociedad. El problema es de cómo, y en qué términos, se ha dado la discusión sobre sexo entre y hacia los adolescentes.
