La Revolución Rusa y su Impacto en el Arte y la Cultura

La Revolución Rusa de 1917 marcó un punto de inflexión no solo en la historia política y social de Rusia, sino también en el mundo del arte y la cultura. Este evento trascendental desató una ola de creatividad y experimentación que transformó radicalmente las expresiones artísticas y sentó las bases para movimientos de vanguardia que influirían en el arte del siglo XX.

Los acontecimientos históricos revolucionarios tienden a estimular un arte nuevo. Por ejemplo, no es coincidencia que el arte moderno naciese en Francia, un país que había visto un profundo cambio político y social durante los siglos XVIII y XIX. El siguiente paso en la ruptura con la tradición artística se produciría en el país menos sospechado, y sería el 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre en el calendario juliano vigente en esos días, de ahí la «Revolución de octubre»). Rusia vería nacer un sistema político-social hasta ahora nunca visto, y una forma de arte igual de revolucionaria e inédita.

El Bolchevique, de Boris Kustodiev

Antecedentes: Un Caldo de Cultivo para la Revolución Artística

Existe la creencia errónea de que las vanguardias artísticas rusas son fruto de la revolución de Octubre. Cuando la realidad es que son una parte tan importante como inseparable de su misma gestación y desarrollo. El fermento revolucionario que convulsiona Rusia tras 1905 recorre no sólo el terreno político y social. También el mundo artístico y cultural se va a ver conmovido por esta febril agitación revolucionaria que constituirá, además de un valioso caldo de cultivo para el triunfo de la revolución proletaria, una contribución decisiva para la cristalización de las vanguardias artísticas que sacudirán al mundo en el período de entreguerras.

Como en otros tantos ámbitos, también el mundo cultural de Rusia en los albores del siglo XX es un permanente conflicto entre distintas líneas de fuerza, vectores de dirección opuesta que se oponen y chocan entre sí. Cultura de elite y cultura campesina, la aldea y la ciudad, el legado europeo y la ascendencia asiática, la formación occidental de las elites dirigentes y la tradición ancestral de la Rusia profunda, el San Petersburgo burgués del racionalismo y la ilustración y el estilo de vida comunitario del mundo rural.

La rebelión y la ruptura con la tradición, pero no con lo mejor de la secular tradición cultural y artística del pueblo ruso, sino con las formas clásicas de la expresión plástica y el canon burgués de la belleza, se convierten en el programa de lucha de las vanguardias rusas, que hacen suya la bandera de la ruptura formal y la necesidad de buscar nuevos lenguajes formales, sometidos a su vez a permanentes renovaciones y rupturas, a través de los que expresarse. Todo este humus artístico desplegado por las vanguardias rusas en los primeros 15 años del siglo XX será el fermento más fecundo del que surgirá, tras la revolución de Octubre, una de las más poderosas, innovadoras, creativas y revolucionarias rupturas artísticas de todos los tiempos.

El Arte No-Objetivo y la Búsqueda de Nuevas Formas

«Disculpen las molestias, esto es una revolución.» El siglo XX había empezado de forma traumática para Rusia: una sangrienta guerra con Japón que acabó en humillante derrota; un pueblo en su mayoría de clase trabajadora que sufría largas jornadas de trabajo, condiciones miserables y represiones brutales por parte de un estado decadente; la incompetencia del zar Nicolás II, un tipo de lo más impopular que reprimía a su pueblo con dureza; terrorismo, huelgas brutales, disturbios en las calles, motines militares… Fue en 1905 cuando se prendió la mecha de la revolución.

Lenin se hizo cargo entonces de Rusia e instauró una república comunista, llevando a la práctica un experimento político y social basado en la filosofía de Marx, impulsada por el poder de la fe del pueblo en ese ideal utópico. De pronto Rusia era un país nuevo, extraordinariamente nuevo, nunca visto hasta entonces. Era algo futurista. Los artistas de vanguardia del país vieron una oportunidad única. Ya que Rusia era algo totalmente nuevo, su arte también debía serlo. Se optó por un arte absolutamente inédito, que pretendía ser avanzado y democrático, y que se denominó - al menos por ahora- arte no-objetivo.

Ya conocemos a los artistas. En realidad más que la belleza o la verdad, buscan el aplauso. Buscan un poco de amor. Y es normal que entre dos hijos que buscan el amor y la atención de una madre surjan ciertos roces. En la idílica utopía constructivista surgieron dos sectores en conflicto, que tenían diferentes maneras de ver la revolución y el papel del arte en ella. Estaba el sector «idealista», mucho más espiritual y cumbayá, como eran Kandinsky o Malevich, que creían firmemente la pintura podía cambiar al universo y gracias a ella todos podríamos vivir felices para siempre. Después estaban los llamados «productivistas», con los pies en la tierra, que tenían a gente como Tatlin y Rodchenko y que fueron más apoyados en «el plan de propaganda monumental» ideado por las autoridades políticas de la Revolución. Sus propuestas eran realistas, aún dentro de su increíble experimentación.

Torre de Tatlin

El Constructivismo: Arte al Servicio de la Revolución

Uno de los jefes fue Anatol Lunacharsky, comisario de la ilustración, un burócrata bastante tolerante con las nuevas ideas artísticas que creía que el comunismo era una especie de nuevo rito profano, una nueva religión de masas para que el arte debe aportar sus iconos y su incienso. Nació así el constructivismo, que como su nombre indica, es el arte de la construcción. El arte y la ingeniería van ahora de la mano, son casi lo mismo. Se empiezan a valorar los materiales y su eficacia, y la «faktura», que promovía mostrar sin discreción las propiedades inherentes de los materiales en crudo, ya fuera en la pintura, el diseño o la arquitectura.

Un cartel y una torre de comunicaciones eran arte. Se empiezan a hacer «cosas útiles»: diseño, tipografía, ropa, muebles, edificios, escenarios de teatro, electrodomésticos, coches… Se usaron formas geométricas, colores puros, y no tuvieron reparo en mostrar los metriales o las cualidades estructurales para que todo aquel que lo viera se beneficiara y aprendiera. Proliferan también los fotomontajes.

El comunismo visual tenía un aspecto futurista, fresco y moderno. Era un arte con tres característica meditadas: era reconocible, era firme, y era psicológicamente poderoso. El artista era ahora un simple constructor y técnico, pero también un líder, un científico y un profesor. Igual de importante que un campesino o un minero. Igual de vital para la patria.

Y algo que llamó la atención en esa primera Rusia Soviética fue llevar a la práctica la frase de Marx «El progreso social puede ser medido por la posición social del sexo femenino.». En ese nuevo país, al menos al principio, se lucho activamente por la igualdad entre hombres y mujeres en cuanto a negociación de salario, jornada laboral, permisos, vacaciones y demás derechos. Varias mujeres ocuparon puestos de gran responsabilidad, y en el terreno artístico y cultural, se puede hablar de paridad.

El Realismo Socialista: Un Arte al Servicio del Estado

Una vez establecido el régimen, los experimentos artísticos de la vanguardia fueron vistos con sospecha, y paradójicamente, lo experimental e innovador se empezó a considerar decadente y burgués. Lo cierto es que la población, en su mayoría analfabeta, no sabían de qué cojones estaban hablando algunos artistas. Tampoco la cúpula política y militar. Cuando el régimen soviético se estableció sobre 1932, Stalin se hizo con el poder, y el arte sufrió un paso atrás que duraría (salvo marginales excepciones) el resto de vida soviética.

En 1932 Stalin promulgó el decreto Sobre la reconstrucción de las organizaciones literarias y artísticas. Del comisariado de la ilustración, el arte pasó a la sección de ideología y propaganda. Se reprimió lo experimental, incluso con violencia. Muchos intelectuales y artistas emigraron. Otros fueron purgados o llevados a gulags. Fue el llamado realismo socialista, sin fantasías, aunque transmitiendo un falsa utopía.

Ahora el arte tenía que ser una representación artística históricamente fiable de la realidad en su desarrollo revolucionario. Propaganda en el peor sentido. El escritor Maximo Gorki decretó que el arte ahora debía tener obligatoriamente cuatro características: Ser Proletario, o sea, relevante y comprensible para el trabajador; Típico, mostrando escenas de la vida cotidiana del pueblo; Realista, en el sentido representacional, figurativo y verídico; Partidaria, apoyando los ideales del Estado y del Partido. Repetitivo hasta la náusea, el arte fue perdiendo calidad. Atrás quedaban las asombrosas aportaciones de la Rusia comunista al mundo.

Lenin en Smolny, de Isaak Brodsky

En ese momento, se estableció un régimen totalitario en la Unión Soviética, que controlaba todas las esferas de la vida de los ciudadanos. El proceso artístico en el país también fue regulado por el estado. La función principal del arte fue la implementación de propaganda con el propósito de “alteración ideológica y educación de los trabajadores en el espíritu del socialismo”.

En la década de 1920 y principios de la de 1930, el desarrollo estilístico del arte soviético estaba en marcha. Las obras de estos años incluyen una amplia gama de tradiciones cultivadas desde el arte arcaico al Constructivismo; sin embargo, como resultado de la lucha, a mediados de los años 30, contra el formalismo se estableció como lenguaje oficial el realismo, gravitado en la pintura rusa del cambio de los siglos XIX y XX.

Ellos crearon los retratos de los líderes del Partido Comunista y jefes militares, sus espectaculares imágenes de desfiles, solemnes reuniones, visitas y acontecimientos de importancia se difundieron a través de medios impresos. Estas obras “oficiales” fueron el núcleo ideológico del arte del realismo socialista, cumpliendo una de sus principales misiones: la creación y el mantenimiento del culto a la personalidad de Josef Stalin y otros líderes soviéticos.

Un lugar importante en el complejo temático del realismo socialista fue ocupado por obras dedicadas al trabajo. Muchos artistas dedicaron su trabajo al ejército y la armada: maniobras militares y desfiles, retratos e imágenes colectivas de soldados y comandantes, el equipamiento militar, la historia revolucionaria de las fuerzas armadas soviéticas; estas historias estaban llenas de eventos festivos, que organizaba periódicamente la dirección política del Ejército Rojo.

Las brillantes imágenes del arte soviético están dedicadas también a los temas de la juventud, la cultura física y el deporte. La idea utópica de crear un hombre nuevo, un comunista convencido, cuerpo perfecto y fuerte espíritu, encuentra en estas obras contornos visibles. En el marco de este tema, los artistas tenían más libertad para trabajar con la forma, lo cual fue facilitado por los mismos ejercicios deportivos con sus movimientos y poses.

En el contexto general del realismo socialista, una variedad de géneros, temas y temas podría adquirir un significado ideológico. El canon existente del trabajo realista socialista, además de la veracidad ideológica, sugería espectacularidad, narración, didacticismo. Al igual que los mitos de la antigüedad, que se teje en el tejido de la vida y formó una especie de filtro a través del cual el pueblo soviético tuvo que aceptar la realidad.

Todo un ejército de maestros trabajó en la creación de este mito, muchos de los cuales lograron crear obras muy impresionantes y que demostraban un gran talento. V. I. Lenin en la tribuna, 1927. I. V. Stalin ante el ataúd de S.M. Kirov, 1934. Retrato del capitán del escuadrón de la guerrilla D. I. Vlasov, 1942. Carrera, 1932-1933. Fabricación de acero, 1930. S. M. Kirov en la marcha de deportistas aficionados, 1935. En los campos de paz, 1950.

Obra Año Artista
V.I. Lenin en la tribuna 1927 Desconocido
I.V. Stalin ante el ataúd de S.M. Kirov 1934 Desconocido
Retrato del capitán del escuadrón de la guerrilla D.I. Vlasov 1942 Desconocido
Carrera 1932-1933 Desconocido
Fabricación de acero 1930 Desconocido
S.M. Kirov en la marcha de deportistas aficionados 1935 Desconocido
En los campos de paz 1950 Desconocido

Legado y Reflexiones Finales

«¿Por qué, al hablar del futuro, emplea Marx el presente?» Pese a todo, el impacto del legado constructivista se ve aún hoy en día. Lo vemos sobre todo en la arquitectura, el diseño y la publicidad.

La consideración de la obra de arte como un vehículo de comunicación o un sistema de signos ha posibilitado importantes contribuciones teóricas al estudio de la historia social artística. El uso del arte al servicio de las ideologías y la política tiene una larga tradición histórica y alcanzó relevantes manifestaciones en el siglo XX.

Es imposible entender el arte y la cultura del siglo XX sin la formidable explosión de vanguardias artísticas que acompañan a la primera revolución socialista de la historia. 90 años después de la toma del poder por los bolcheviques, no sólo el inmenso significado político de la revolución de Octubre permanece en gran parte sepultado bajo los cascotes del derrumbe de la Unión Soviética, sino que, al mismo tiempo, todas las colosales transformaciones que supuso en lo social, lo ideológico o cultural parecen haber corrido la misma suerte.

Y, sin embargo, es imposible entender el arte y la cultura del siglo XX sin la formidable explosión de vanguardias artísticas que acompañan a la primera revolución socialista de la historia.

Qué fue la Revolución Rusa de 1917 y por qué fue tan importante

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