La conmovedora historia de Franz Kafka y la niña de la muñeca perdida

En julio de 1923, un Franz Kafka, afectado por sus problemas de salud, pasaba unas vacaciones en Müritz, a orillas del mar Báltico. Kafka había conocido someramente Berlín en 1910, tras una breve estancia en París. Berlín le pareció a la vez exuberante, naif e intimidante; y le encantó el teatro: escribe con entusiasmo sobre el Kamerspiele. Efectivamente, Berlín tenía una vertiente amable con Kafka (o viceversa).

En uno de sus paseos, encuentra en un parque a una niña que llora desconsoladamente. Kafka, conmovido, le pregunta el motivo de tal desconsuelo: ha perdido su muñeca.

“Pero no, no se ha perdido”, le asegura él: la muñeca se ha ido de viaje. La niña, lógicamente escéptica, le pregunta cómo lo sabe. “Porque me lo ha dicho ella en una carta”. La niña le pide que le enseñe tan precioso documento. “Hoy no la llevo conmigo, pero mañana te la traigo”, promete.

Kafka vuelve a casa y comienza rápidamente a escribir una carta. Al día siguiente, Kafka se apresura a ir al parque con la carta en sus manos. La niña, efectivamente, le espera allí, ansiosa de saber sobre su preciada muñeca y, como aún no sabe leer, Kafka lee la carta para ella.

La muñeca, lee él, lo siente de veras, pero estaba un poco cansada de vivir todo el tiempo con las mismas personas. Necesita ver mundo y conocer nuevos amigos. No es, en absoluto, porque ya no quiera a su dueña y amiga, sino porque quiere tener nuevas aventuras y ello implica que tienen que separarse por un tiempo.

Y así, fiel a su promesa, durante tres semanas, Kafka iba al parque y le leía diariamente una carta de la muñeca dirigida a la pequeña. En cada una de ellas, le va contando los lugares que está visitando, la gente que está conociendo, también va a la escuela y aprende muchas cosas. Poco a poco, en cada carta, la muñeca se está haciendo mayor.

La sigue queriendo muchísimo, pero insinúa que hay ciertas complicaciones en su vida que la impiden volver a casa con ella. Carta a carta, día a día, Kafka trata de preparar a la niña para el momento definitivo en el que la muñeca vaya a desaparecer de su vida para siempre…

Kafka la Niña y la Muñeca UNA MANERA DE ALEGRAR LA VIDA

El final de la historia: ¿un matrimonio feliz?

Ese Kafka de introversión casi patológica piensa en la niña, en su muñeca, pero no encuentra un final satisfactorio sin que la magia desaparezca… Medita varias posibilidades y, finalmente, decide que el mejor final feliz es que la muñeca se va a casar.

Entonces, en sus cartas, a través de la pluma de Kafka, la muñeca empieza hablándole a su amiguita de un muchacho al que ha conocido; le narra cada día, progresivamente, los detalles del compromiso, los preparativos para el enlace… De tal forma que, comprensiblemente, como tendrá que dedicarse a su marido y a su nuevo hogar, la muñeca ya no va a poder volver con su antigua propietaria.

Dora Diamant y el legado de la historia

Dora es testigo de esos encuentros en el parque, de la labor diaria de escribir una carta a la niña como si fuera el alter ego de la muñeca, y recuerda el entusiasmo y el especial cuidado que Kafka ponía en cada detalle de sus cartas, fiel reflejo de su prosa personal: precisa, amena, fascinante… y tierna.

Lamentablemente, no existen pruebas documentales que verifiquen esta dulce historia. Dora Diamant se la contó a Marthe Robert, germanista crítica literaria y traductora, y a Max Brod, en dos versiones ligeramente distintas (según la versión de Brod, la despedida no concluía en boda). De ahí que los más incrédulos opinen que se trata solamente de una fabulación de Dora Diamant sobre su idolatrado Franz Kafka. Sin embargo, resulta bastante improbable que se lo inventase, pues tenía una altísima opinión sobre Kafka como para comprometer su memoria en una farsa.

El misterio de las cartas perdidas

¿Qué pasó entonces con la niña? ¿Y esas cartas? Puede que, pasados los años, la niña, si es que fue depositaria de esas cartas, las perdiera en algún momento de su vida; tal vez, dada la época tan convulsa y atroz, la niña huyera, o desapareciera poco después a causa del Holocausto…

De ser el propio Kafka quien guardase tan preciosa correspondencia, es sabido que, poco antes de su muerte, le pidió a Max Brod, como su albacea, que destruyera todos sus manuscritos. Y aunque afortunadamente Brod no le hizo caso y supervisó la publicación de la mayor parte de los escritos que obraban en su poder, esas cartas no debían de estar en su poder.

Dora Diamant, en cambio, sí cumplió sus deseos pero solo en parte: quemó varios papeles (¿incluidas las cartas?) pero también guardó en secreto la mayoría de sus últimos escritos. Si esa correspondencia pereció en las llamas, o si formaban parte de aquella confiscación, no es posible -al menos todavía- saberlo: tal vez dormitan en un remoto rincón de algún oscuro archivo alemán, o incluso ruso, junto con otros manuscritos de Kafka.

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