John Gotti: Ascenso, Caída y Muerte del "Don de Teflón"

El número 247 de la calle Mulberry en Manhattan no es un lugar que destaque por su glamour. Aunque próximo a la antigua catedral neoyorquina de St. Patrick, los turistas y curiosos que se acercan a echar un vistazo al local situado allí no lo harán por la belleza del entorno. Actualmente, el 247 lo ocupa una zapatería -eso sí, bonita por dentro, con su pared de ladrillo visto y sus uniformes pilas de cajas de color ocre- flanqueada por una tienda de comestibles, una lavandería y el Rubirosa Ristorante, pequeña pizzería de prestigio. Como detalle curioso, justo enfrente hay un bar de temática española llamado Barça, como el equipo de fútbol, uno de tantos que explotan la moda gastronómica de las tapas españolas, allí convertidas en artefacto más bien chic para un público eurófilo y supuestamente sofisticado, o por lo menos deseoso de sentirse tal. En definitiva, un rincón cualquiera de una calle cualquiera.

El 11 de diciembre de 1990 una redada del FBI registraba la planta baja y el apartamento situado directamente encima, refugio y lugar de reuniones de Gotti. El propio Dapper Don fue detenido y esposado. Deslumbrando a los agentes con su habitual derroche de carisma y seguridad en sí mismo, el mafioso dijo en tono jocoso: «Os apuesto tres a uno a que salgo de esta».

A finales de los ochenta las autoridades estadounidenses tenían con John Gotti un problema similar al que habían sufrido décadas atrás con Al Capone. Por las calles campaba a sus anchas el mafioso más célebre del país y aunque hasta el último paleto con acceso a una televisión sabía que Gotti era un criminal, no parecía existir la manera de que las autoridades pudieran meterlo en prisión. Su constante presencia en los medios, libre e impune, era una burla al sistema, un recordatorio de la incapacidad de la primera y más poderosa nación sobre la Tierra para domesticar a sus propios criminales.

✅ JOHN GOTTI: Su Ascenso y Caída dentro de la Cosa Nostra.

¿Dónde estaba el punto débil de John Gotti?

Sabemos que la carrera de Al Capone terminó gracias a un estudio esmerado de sus cuentas. Tras los sonados fracasos de los famosos «Intocables» de Elliott Ness para encontrar pruebas de sus crímenes, fue un análisis fiscal el que permitió llevarlo a juicio y sentenciarlo a prisión por evasión de impuestos. Pero desde entonces los principales gánsteres habían aprendido la lección. Si contaban con hábiles asesores, algo que el dinero siempre proporciona, usaban las grietas del sistema para proteger su flanco financiero, teóricamente el más débil y vulnerable. Podían beneficiarse de las mismas lagunas que utilizaban los empresarios que habían obtenido sus fortunas de manera más legal, pero que igualmente recurrían al blanqueo de dinero o la evasión de impuestos como una forma de camuflar parte de sus fortunas.

Recordemos que para intentar acabar con aquella situación de impunidad se decretó la ley RICO, cuyo objetivo era acusar a jefes mafiosos de crímenes cometidos por sus subordinados usando el escalafón mafioso como carga acusatoria, aunque los jefes no hubiesen tenido una implicación física directa en esos crímenes. La mejor defensa que tenía un jefe mafioso ante la ley RICO era la de costumbre: acentuar el sistema piramidal de su organización poniendo la mayor distancia posible entre él y los crímenes de calle que cometían sus subordinados.

De manera opuesta a la época de Capone, para la policía y los fiscales resultaba más fácil montar casos judiciales en torno a crímenes convencionales que persiguiendo los siempre complicados asuntos financieros. La recurrente frase de muchos jefes de la Cosa Nostra americana, «no existe la Mafia», iba paralela a la obsesión por proyectar una imagen pública de sofisticados hombres de negocios a quienes se presuponía la creación de un entramado financiero inescrutable.

Si los investigadores no encontraban pruebas físicas -fotografías, etc.- de la relación entre un jefe mafioso y los miembros de su organización, una acusación RICO podía venirse abajo ante el tribunal. Pero Gotti no entendió o no quiso entender la necesidad de poner tierra entre él y sus subordinados. Cuando empezó a ser acosado legalmente pudo haber nombrado a un testaferro.

Más bien al contrario, incluso retomó algunas costumbres que los bosses de la Mafia estadounidense habían desterrado por peligrosas ya desde tiempos de la inmigración siciliana. Por ejemplo el hacerse visitar por subordinados que le informaban cara a cara y le presentaban sus respetos a la manera siciliana, algo que quizá podía funcionar en la isla mediterránea, donde los mafiosos tenían comprados a policías y jueces, pero que difícilmente podía tener buenos resultados en Nueva York, donde aquellas visitas servían para que la policía tuviese mucho más fácil la tarea de elaborar un organigrama de poderes y relaciones de la familia Gambino. No obstante, indiferente ante los riesgos, Gotti reclamaba la presencia de su underboss y consigliere cinco días a la semana. Los capitanes de rango medio debían acudir a él una vez por semana. Incluso recibía personalmente a asociados que en otras familias mafiosas rara vez hubiesen hablado personalmente con el jefe.

En situaciones sociales, y exceptuando cuando la prensa estaba presente, Gotti hacía bien poco por camuflar su estatus criminal. En una ocasión Frank Sinatra -bien conocido por desvivirse en pos del contento de sus amigos mafiosos- le envió entradas para un concierto en el Carnegie Hall, con la promesa añadida de encontrarse entre bastidores y cenar juntos después de la actuación.

Pero los desplantes de un cantante egocéntrico no eran el único ni el peor inconveniente de la enorme fama del jefe de los Gambino. Algunos de sus subordinados le advertían de la excesiva atención que la organización estaba atrayendo tanto de los periodistas como del FBI. Gotti, envalentonado por la aparentemente invulnerabilidad resumida en el célebre título de «Don de Teflón» con que lo había bautizado la prensa, restaba importancia a estas preocupaciones.

John Gotti tenía la «Familia» atada muy en corto. Su constante control personal sobre sus subordinados podía resultar perjudicial de cara a la vigilancia policial, pero desde luego le hacía mantener las riendas bien tensas. Además contaba con la estrecha colaboración de sus hermanos Peter, Richard y Gene Gotti, implicados en la organización y, como el propio John, muy experimentados en las calles. También nombró caporegime a su hijo John Gotti Jr. (a veces apodado simplemente «Junior»), convirtiéndolo en el capitán más joven de la Mafia estadounidense.

Sin embargo, la relación de Gotti con su segundo, el underboss Sammy «el Toro» Gravano, empezó a deteriorarse rápidamente cuando Gotti sospechó que Gravano le había estado utilizando para eliminar a sus propios rivales dentro de la Familia. El propio Gotti, que siempre había sido de gatillo suelto, había aprobado varias ejecuciones de miembros importantes de los Gambino a lo largo del tiempo. No es que se hubiesen realizado a sus espaldas.

Tras las continuadas victorias judiciales de Gotti, los agentes del FBI sentían desánimo y frustración. Habían visto fracasar estrepitosamente a la policía neoyorquina y a los agentes de la fiscalía, ridiculizados ante la prensa mundial por Gotti y sus abogados. Habían visto cómo resultaban inútiles sus propias aportaciones en los juicios anteriores. Pero no por ello dejaron de trabajar.

La ubicación del Ravenite Social Club no estaba mal elegida, desde el punto de vista mafioso. Era un entorno aparentemente desfavorable para la vigilancia policial. La calle Mulberry es una calle estrecha por donde resulta difícil pasar varias veces, ya sea a pie o en coche, sin ...

John Gotti en una foto policial.

El asesinato de Paul Castellano y el ascenso de Gotti

El 2 de diciembre de 1985 moría de cáncer Aniello Dellacroce, segundo al mando en la familia mafiosa de los Gambino. Era una muerte anunciada desde meses atrás pero, aun así, causó cierta conmoción. El jefe de la familia, Paul Castellano, no acudió al funeral. Tampoco había visitado a Dellacroce en el hospital, ni una sola vez. Esto no gustó nada a sus subordinados.

La tirantez entre Paul Castellano y John Gotti venía de lejos por razones que ya narramos en la primera parte. Tras la muerte de Dellacroce decidió que su nuevo lugarteniente no sería el que todos en la familia esperaban, Frank DeCicco, sino Thomas Bilotti, quien llevaba mucho tiempo ejerciendo como el principal confidente, guardaespaldas y chofer de Castellano. Una vez más, esto causó conmoción en la familia. A ojos de los demás, Bilotti no acumulaba méritos para hacerse con un puesto tan importante. Los capitanes no le respetaban, considerándolo el perrito faldero del jefe.

Para asesinar a un jefe mafioso se necesitaba la aprobación de la Comisión, el máximo órgano de gobierno de la Cosa Nostra estadounidense, donde estaban los jefes de las principales familias. Y no era fácil que en la Comisión autorizaran algo semejante: si los jefes daban por buenas las sucesiones violentas, sus propios subordinados podían terminar sintiéndose tentados de intentarlo también y rebelarse.

En 1985, no obstante, las cosas eran muy distintas. No existían motivos de peso para que la Comisión aceptase el asesinato de Castellano. Sí, puede que cayese mal a los mandos intermedios. Sí, puede que fuese altivo y poco dado a colaborar. Sí, puede que hubiese faltado al funeral de su lugarteniente. Pero nada de ello justificaba la necesidad de acabar con él sin quebrantar unas reglas que llevaban aplicándose desde los años treinta.

En vez de solicitar ayuda directamente a los jefes, sondeó la opinión de los mandos intermedios de las otras familias, que generalmente eran tipos como él, matones a quienes agradaría ver caer al presuntuoso Gran Paul. Estos capitanes no solamente le dieron su apoyo moral sino que le proporcionaron información acerca de cómo reaccionarían sus propios jefes. De esta manera Gotti evitó involucrar a las cúpulas pero supo que al menos tres jefes de las cuatro restantes familias estarían dispuestos a hacer la vista gorda.

Solamente dos semanas después de la muerte de Aniello Dellacroce, el 16 de diciembre de 1985, la concurrida calle 46 de Nueva York iba a ser sacudida por un acontecimiento que daría la vuelta al mundo. Faltaba poco para la Navidad y Manhattan estaba repleto de transeúntes. Un lujoso automóvil se detuvo frente al restaurante Sparks Steak House, situado en el mismo corazón de Manhattan. Sus dos ocupantes abrieron la puerta para salir pero apenas habían puesto el pie sobre el asfalto cuando se les acercaron cuatro pistoleros ataviados con abrigos y gorros de invierno al estilo ruso. Los dos hombres fueron acribillados a balazos.

El conductor de aquel coche era John Gotti y su copiloto era Sammy «el Toro» Gravano. Ambos habían observado el tiroteo a escasos metros de distancia, una decisión innecesariamente arriesgada pero muy propia de su bagaje callejero. Habían querido verlo todo con sus propios ojos porque los dos hombres asesinados eran Paul Castellano y Thomas Bilotti.

Con Castellano metido en un ataúd llegaba el momento de decidir quién iba a ser el nuevo jefe de la familia Gambino. Puesto que Castellano no había dejado sucesor designado -y si lo hubiese dejado a nadie le hubiese importado, obviamente- se planeó una reunión donde se votaría el nombramiento de un nuevo «Don». Para evitar un desgobierno temporal en la familia surgió un triunvirato directivo formado por los tres hombres que tenían más papeletas para heredar la jefatura: Frank DeCicco, Joe Gallo y John Gotti.

Cada uno de ellos tenía sus propios méritos. Gallo había sido el consigliere de la familia y conocía bien su funcionamiento. Gotti, evidentemente, estaba allí porque el plan para asesinar a Castellano había sido casi enteramente suyo. Pero el hombre mejor colocado desde hacía tiempo era Frank DeCicco, el mismo al que muchos habían querido ver ascender en lugar de Bilotti y el mismo que ahora esperaban ver convertido en el nuevo boss.

El que alguien tan importante en la familia como DeCicco se hiciese prudentemente a un lado sin oponer resistencia alguna hizo que nadie en los Gambino dudase ya de la fiera ambición de John Gotti. A sus colegas se les quitaron las ganas de disputarle el puesto y arriesgarse a enfrentarse abiertamente con él. El propio Gotti había empezado a comportarse como el jefe de facto desde la muerte de Castellano, cuando ni siquiera se había procedido a la votación, así que todos asumieron que el puesto iba a ser suyo.

Eso sí, Gotti demostró que entendía perfectamente los requerimientos de la situación y eligió a Frank DeCicco como lugarteniente, una manera de contentar al «perdedor» de la sucesión.

Tal y como Gotti había calculado, no hicieron nada excepto limitarse a saludar su nombramiento. Los Colombo y los Bonnano le enviaron sus bendiciones. Los Lucchese, más comedidos, se limitaron a dar el visto bueno. El jefe de los Genovese, Vincent Gigante, estaba previsiblemente furioso, pero viéndose en minoría no se encontraba en situación de iniciar una guerra, así que dio también su visto bueno a regañadientes.

El salto a la fama de John Gotti se produjo de manera automática. El asesinato de Castellano devolvió la Cosa Nostra estadounidense a la primera línea de la actualidad informativa y dio la casualidad de que Gotti era la figura idónea para fascinar a prensa y público por igual, despertando una excitación desconocida desde los tiempos de Al Capone. Él era muy consciente del papel que jugaba su imagen de mafioso peliculero y como Capone, con quien se lo comparaba a menudo, también adoraba ser el centro de atención. Con el tiempo había cambiado su forma de vestir y aunque en tiempos pasados sí se había vestido como cualquier matón italoamericano de barriada, ahora solamente se dejaba ver con imponentes trajes hechos a medida que le valieron el sobrenombre de Dapper Don, «el Don apuesto».

El manejo que hacía de su persona pública era extremadamente hábil. En cuanto veía una cámara, sonreía. Se mostraba al mismo tiempo cordial y distante con el público o la prensa, a la manera de Capone: parecía un tipo simpático, y realmente era simpático, pero usaba su aura de peligro para imponer respeto y dar la sensación de que con él había que guardar ciertas distancias. Trataba muy bien a los periodistas, sobre todo si eran del sexo femenino, en cuyo caso incluso las invitaba a desayunar o comer con él. No solía tener inconveniente en responder algunas preguntas, aunque fuese de manera oblicua y breve, y cuando lo hacía era generalmente sin dejar de sonreír. Fue así, desplegando todo su carisma de gánster cinematográfico, como se convirtió en una gran estrella. La «Gottimanía» se apoderó del país.

Pero las sonrisas y los trajes elegantes que tanto gustaban a los periodistas y a muchos observadores casuales no iban a impedir que los jueces y fiscales continuasen con su trabajo.

El juicio y la condena

Recordemos que cuando Gotti ascendió a la jefatura de los Gambino tenía varios juicios pendientes: el primero por la agresión al técnico de neveras Romual Piecyk, en que quedó absuelto. Apenas unas semanas después tenía que volver a sentarse en el banquillo y esta vez el asunto era bastante más serio. Varios miembros de la familia Gambino habían sido encausados gracias a la ley RICO, un mecanismo legal que permitía utilizar la jerarquía de un mafioso en su organización para acusarle de aquellos delitos que, aun sin haber sido cometidos personalmente por él o aun sin que constara con pruebas que los hubiese instigado, podían considerarse el resultado de sus órdenes directas dado su lugar en la jerarquía.

En 1992, John Gotti fue condenado a cadena perpetua por 14 delitos de asesinato, evasión de impuestos y extorsión. A medio camino entre Tony Soprano y Vito Corleone, tuvo un poder inmenso en Nueva York como jefe del clan Gambino. Vengativo e implacable, ordenó el asesinato de su vecino tras atropellar éste accidentalmente a su hijo y matarlo.

DelitoSentencia
AsesinatoCadena perpetua
Evasión de impuestosIncluida en la cadena perpetua
ExtorsiónIncluida en la cadena perpetua

La muerte de John Gotti

John Gotti murió a los 61 años de cáncer de garganta.

El fallecido Spencer Lofranco. InstagramEl actor, natural de Toronto, participó en siete películas entre 2013 y 2018. Entre ellas, se encuentran la película bélica de Angelina Jolie 'Unbroken' (2014) y 'Gotti' ( 2018), en la que interpretó al hijo de John Travolta en una película biográfica sobre el jefe mafioso neoyorquino John Gotti. La cinta trataba sobre un padre involucrado en la mafia y un hijo que no quería convertirse en mafioso como él y forjó entre los actores una amistad que acabó por traspasar el set de rodaje. Travolta, sin embargo, aún no se ha pronunciado públicamente sobre esta pérdida.

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