En un honesto repaso vital que abarca desde su infancia hasta la conciencia de la mortalidad, el diseñador y artista Javier Mariscal (Valencia, 1950) habla de éxitos y errores, hallazgos y pasiones.
Mariscal es alegre y poético, transparente y jovial, creativo siempre. A su alrededor orbitan colores y formas, y crea dibujos a tinta, botijos de barro coloreado, volúmenes arrobadores, platos metalizados, vasijas soñadoras, esculturas líricas entre taburete raro y bicicleta onírica.
“Toda mi vida me han pagado por divertirme. Soy un gran enchufado y lo único que tengo que hacer es tratar de devolver a la sociedad lo mejor”, dice el creador de trabajos icónicos del diseño español, como BAR CEL ONA o la mascota olímpica Cobi.
Su descubrimiento del cómic y de la pintura de Picasso o Matisse le abrieron a un talento que desde entonces no ha dejado de practicar como un ejercicio inevitable.
Mariscal suelta lo que le viene al corazón y es siempre cariñoso. El cerebro de Mariscal es un terrado con muchas lucecitas, y hay fiesta y puedes entrar. Sí.
Hoy vivo en el campo con mis acelgas, guisantes y calabacines. Y viene mi nieta y me dice frases deliciosas. La cogí para acostarla y me dijo, muy seria: “Tú no eres dueño de mi cuerpo”, ja, ja...
Soy disléxico. ¡Yo aún no sé sumar! Mis neuronas solo dan para entender volúmenes...
Vivo con una encantadora mujer que me ama muchísimo. Y me siento inmensamente querido por mis hijos y más personas, sin yo hacer nada.
Somos simios sociales y el arte nos ayuda a no sentirnos solos. A mí me han reñido mucho por no ser serio, por jugar a divertirme con mi arte. Y hoy me reafirmo: ¡yo me divierto, yo estoy vivo!
Este texto tiene un propósito: hablar menos de Javier y más de Mariscal, en plural. No ser otra oda a su persona y compartir alguno de los elogios que le regalan en este libro. Para empezar, con la familia. Desde el principio.
Comienza a ponerse interesante en 1919. El abuelo, Federico Mariscal, se casó por interés y se le vio el plumero. No lo escondió. Le gustaba presumir de amante y le sacaron tarjeta roja.
Tuvo que abandonar la familia antes de que hubiera nacido el fruto de su matrimonio. Junto a él, desterraron también el apellido. La abuela, Adelaida de la Hoz, se mudó a Valencia para alejarse de los cotilleos propios de la época y lo borró de un plumazo. Llamó a su hija María del Pilar M. de la Hoz. Eme y punto.
La niña creció y en 1936 conoció al doctor Enrique Errando, que fue falangista y concejal de Sanidad en el Ayuntamiento de Valencia cuando acabó la guerra civil española. Se casaron y juntos sumaron once hijos: Quique, Pepe, Pilar, Chavi (Javier), Carlos, Nacho, los gemelos Santi y Jorge, Pedrín, Tono y Ada.
Javier Errando nació en 1950 en un elegante palacete de la capital valenciana. Fue el cuarto de los once hermanos y tuvo buena cuna. De niño le dio por escribir novelas -para Ediciones Casa Errando-, hasta que a los once años comenzó a cambiar la pluma por el lápiz. Descubrió el dibujo. También la música rock.
No llegó a conocer nunca al abuelo Federico, pero lo rescató del olvido cuando más tarde se independizó y tomó la decisión de adoptar su apellido como nombre artístico.
Javier Mariscal en Setdart
En 1989 nació el estudio que lleva también el apellido Mariscal. El encargo del Cobi obligó a Javier a profesionalizarse de verdad. Atrás quedaban los primeros años, que pasó en el desaliñado estudio-vivienda-almacén de la calle Rec Comtal, donde comenzó a rentabilizar su talento, y los que siguieron en el estudio-vivienda-piso espacioso pero burgués de la calle Valencia.
El traslado a Palo Alto lo resolvió todo. Mariscal fue de los primeros en instalarse.
Sin el espíritu valenciano y familiar de Mariscal no existiría este lugar. Es un zoquete para las finanzas y tiene una habilidad innata para arruinarse, pero el tipo es listo. Cuando le dijeron que para crecer profesionalmente tenía que poner orden a su talento y montar una estructura empresarial, supo ver tras ello la oportunidad de reunirse de nuevo con la familia.
Llegaron para quedarse Santi, Pedrín y Tono. Los Errando contribuyeron a la organización del estudio, aportaron energía e ideas, pero sobre todo equilibrio, el que Javier necesitaba para poder seguir trabajando con libertad.
Santi tenía experiencia como gestor de empresa y asumió ese papel en el equipo. Es un pilar fundamental, cariñoso y generoso. Pone orden en la economía para que los demás puedan divertirse trabajando.
Pedrín había sido diseñador de moda y había triunfado en los años ochenta con su marca Tráfico de Modas. Sufrió uno de los descosidos habituales en la moda española, colgó las tijeras y supo recuperar la creatividad cuando llegó al estudio. Es un buen dibujante, reflexivo y eficaz en la gestión creativa. Se siente feliz como curator de la exposición Mariscal en La Pedrera.
Tono es el hermano menor, una ventaja para que te dejen hacer lo que quieras. Escogió la danza y dio pasos de baile junto a Maurice Béjart antes de convertirse en un profesional del mundo audiovisual. La banda sonora de su trabajo en el estudio es de jazz latino. Firma como director, juntamente con Javier y Fernando Trueba, la película Chico y Rita, un musical de animación que lleva al cine muchas de las pasiones de Mariscal.
La puesta en escena es importante para cualquier empresa que se dedique al negocio de la imagen y el diseño. A Javier le tira el mundo del teatro desde que era un niño, más como actor que como espectador. Lo demuestra cada vez que le invitan a dar una conferencia, y se percibe nada más abrir la puerta del estudio. Te recibe un ambiente plácido adobado con los objetos propios del universo Mariscal.
En este estudio multidisciplinar hay también otros papeles destacados. José Manuel Urós -Reiet- es especialista en tipografía y miembro del colectivo Type-Ø-Tones, además de experto musical. Àngels Manzano lleva una década verbalizando las imágenes que produce Javier, como ella misma explica en estas páginas. Alba G. Corral está al mando del sitio web. Arnau Quiles se ocupa de la edición de vídeo. Lara Rodríguez y Federico Alfonso son los arquitectos en los proyectos de interiorismo. Ricard Solà hace los trabajos de diseño industrial.
Al igual que el famoso diseñador californiano, todo el mundo debería poder visitar el estudio alguna vez. Es una experiencia, tan gratificante como ir a El Bulli. Trueba le suele decir a Mariscal que es su mejor obra. Desde luego, es la antítesis de un edificio de oficinas. Te abre la mente. Da buen rollo. Es un espacio amplio y amable. Con buena luz, sin paredes y con pocas reglas. Si acaso una, trabajar a gusto.
Javier Mariscal aparece bajo la capucha de un plumífero azul eléctrico, un suéter de lana verde oliva y una barba de tres días. No parece preocuparle demasiado su aspecto, de hecho, en Convent Carmen, donde da una charla con la periodista Mariola Cubells, nadie se fija en él porque no lo han reconocido. Recién bajado de un Euromed que le ha traído de Barcelona, al creador de aquel legendario Cobi de los Juegos Olímpicos de Barcelona se le ve medio despistado, aunque quizás sea más una pose porque con sus primeras respuestas emerge una persona lúcida, inteligente, con ese humor ácido de alguien a quien poco le importan las opiniones de los demás. Que está curado de espanto.
Esta entrevista no ha sido nada fácil. Pocos mensajes contesta Javier Mariscal, que reconoce que no se lleva demasiado bien con la gestión que está detrás de cualquier trabajo, que hace maravillas con un rotulador en la mano y un papel en blanco y, en cambio, lleva fatal las cosas del día a día. Cosas de los genios, lo cotidiano les cuesta horrores.
Cuando has tenido que cerrar tu estudio, te das cuenta de que eres muy frágil. Tengo amigos que saben cómo funciona la electricidad, las tuberías, pueden hacer otras cosas.
Me paso todo el día buscando las palabras por las esquinas, no las encuentro. Para decirte que eres estupenda me sale otra cosa, me cuestan sobre todo los adjetivos. Y por eso desde niño me agarré al dibujo.
Si hablamos de su infancia, proviene de una familia valenciana de clase media alta. -Sí, éramos pijos. Yo nací en lo que es ahora El Corte Inglés.
Siempre me he sentido muy poca cosa, era además el único gordo de la familia y estaba convencido de que me habían cogido de debajo de un puente. Pensaba: «soy diferente, porque no sabía escribir y en mi casa todos leían a Salgari». Yo miraba los tebeos, me confundía con las palabras.
A los niños, hasta los diez o los catorce años, y si puede ser hasta los dieciocho, hay que hacerles creer que son los reyes del mundo.
Yo podía haber tenido bastantes más hijos pero siempre ha sido decisión de las mujeres. Dicho esto, me parece que es lo que debe ser. Yo tengo tres, y son un regalo. Vosotras no os dais cuenta porque salen de vuestra carne; el día que mi hija sacó vida me sentí una hormiga, un desgraciado.
Los hijos te ponen además delante tus propias miserias. Yo a su edad discutía y sacaba la espada para pelearme con los amigos de mi padre defendiendo a Picasso, y ahora me dicen mis hijos que dibujaba fatal.
«Ella es Lola, mi primera mujer». Contesta Lola: «Ha sido el primer mejor marido que se puede tener en el mundo». «Ahora tiene un marido que es la bomba», rebate Mariscal.
Nunca he necesitado sentirme anclado a ningún lugar, es más, no acabo de entender a esa gente que dice: «esto es mi tierra». La tierra no es de nadie, aunque la compres, la tierra, en todo caso, es de los árboles, ellos son los únicos que de verdad son de un territorio. El señor Pujol y la señora Ferrusola pueden decir: «som catalans», pero no es verdad.
Ahora mismo tengo a mitad un proyecto es un cómic de la historia de la vida, acabará teniendo trescientas y pico páginas. Y la hago en mis ratos libres. Estoy arrancando otra película con Fernando Trueba y tengo dos más de animación que me gustaría hacer. Y tres libros. Eso sí, me encantaría poder irme a un sitio con olivos, donde poder cuidar unas gallinas, y hacer estas cosas. Porque me quedan tres telediarios, en realidad.
Me hago tres análisis al año, me tomo pastillas de todo. El hígado, el pancreas, el riñón, la tensión... Y ahora lo de la próstata.
Sigue tan naíf, irreverente y provocador como cuando creó a Cobi y Petra, las mascotas de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Barcelona 92. Ni siquiera la crisis financiera, que le obligó a cerrar su estudio en el Poble Nou barcelonés en 2014, o su última ruptura sentimental, que le llevó a necesitar ayuda psiquiátrica, han conseguido cambiar a Javier Mariscal (66), que acaba de recibir el premio de la revista Interiores por su trayectoria. Lo único que ha logrado el paso del tiempo es convertir al diseñador valenciano en abuelo, una faceta que desarrollará en unos meses aún más, cuando nazca su segunda nieta.
Estoy a punto de tener una nieta, que va a ser el segundo nieto que tengo. Es lo mismo que hacer de padre. Como todos los hijos los he tenido ya separado... La verdad es que he tenido mucha suerte. Todos son muy buenos. Cuando tienes un niño adolescente, tienes que pensar "qué hacía yo con 18 años". Yo estaba todo el día drogándome con LSD, me dejaba los pelos muy largos y trataba de tirarme a todas las francesas, porque, por entonces, las españolas no follaban.
Eso es como hace 40 años... Ahora estoy muy liado con una nueva... Ahora al tebeo le llaman novela gráfica. También estoy haciendo una animación cortita para un cliente de Nueva York.
Siempre hay gente como muy beata, que se escandaliza. ¿Cómo se defiende usted? ¿Lo hizo por dinero o por otro motivo?Por un oído me entra y por otro me sale. Hago lo que creo que tengo que hacer y ya está. Y está muy bien que la gente opine. Y por dinero, no, porque me pagaron una mierda. ¿Por qué?Porque soy tonto. Me pillaron atontado y dije que sí.
Claro. Tenía un estudio con 100 personas y tenía que dar de comer a 100 familias. ¿Necesitó ayuda psicológica?Claro. No sabes cuando uno agarra una depre... ¿Tú nunca has cogido una? Es terrible. ¿Novio o novia?Novio. Menos mal, que ahora me he echado una nueva novia y ya me ha ayudado.
Pues trato de enterarme al máximo de lo que hace mi familia, amigos, gente que conozco en Nueva York y Tokio. También de lo que ocurre en Holanda, que están pasando muchas cosas. También tengo unos amigos científicos en una ciudad de Estados Unidos... [Intenta decir el nombre]. Soy completamente disléxico y se me olvidan los nombres. Me explican qué están investigando...
Me parece un desastre. Es el tío más mentiroso y más sinvergüenza que pueda existir en la política de España. Pero, bueno, tampoco pasa nada.
Mientras Javier [Errando, mal apellido para un diseñador] Mariscal (1950) termina de fumar, pululo por las salas del Centro de Arte de Alcobendas sacando fotos con el móvil. Y me sorprendo al descubrir cómo su sistema de reconocimiento facial encuentra en sus propuestas caras ... que no existen. Así de juguetona se revela la tecnología, con un diseñador, que desde el autodidactismo y la dislexia, ha invitado siempre a jugar.
'ABCDario Mariscal', la cita que nos reencuentra con él, resucita un alfabeto que el valenciano diseñó cuando aún no le había llegado la fama, y desde el que hoy se cosen sus logros: del cómic 'underground' de los Garriris hasta el Cobi olímpico o la película 'Chico y Rita' con Trueba. Su símbolo es reconocido en prácticamente cualquier rincón de España.
En este sentido, la gran popularidad que obtuvo la mascota española de las olimpiadas fue tal que se llegó a crear una serie de animación, 'The Cobi Troupe', previa al inicio de Barcelona 92. Ésta acrecentó más, si cabe, el reconocimiento del perro antropomórfico tanto a nivel nacional como internacional.
De origen valenciano, Javier Mariscal reconoce que está arruinado y sin trabajo; únicamente valiéndose de los beneficios que obtiene cuando hace de "mantero" en la calle.
Así, Mariscal relata que las dificultades que tuvo que atraversar hasta la actualidad comenzaron en el año 2008, cuando, a razón de la crisis, tuvo que hacer un ERE en un estudio con 40 personas de plantilla; para él, aquello era "como una familia" de la que tuvo que despedirse.
El propio disñador reconoce que, a partir de esa misma condición económica que ahogaba a España, tuvo que dejar de lado todos los proyectos que, por aquel entonces, tenía abiertos. "No lo supe hacer", admite el artista.
Actualmente, habiendo superado parte de sus problemas, admite que sigue en serias dificultades económicas.
De hecho, el propio artista multidisciplinar asevera que la única propiedad que mantiene en estos momentos es una Vespa. Así, señala: "Yo abro la tienda y ya no viene nadie. Tengo que ir a la calle a poner una manta en el suelo para poner ahí sombreros y cosas, para ver si la gente viene y me compra".
Pero a este respecto, él afirma con firmeza y seguridad que no le aflige en demasía la situación. "A mí no me importa. Sé vivir perfectamente con nada, tengo amigos, puedo vivir en sus casas y no soy nada consumista".
Las preocupaciones, dice, están dirigidas a sus hijos. "Quieres que no les falte de nada, quieres pagarles un colegio que esté bien y que en el futuro, si quieren puedan ir a la universidad, o si tienen que ir al extranjero puedan ir".
Ante el problema laboral, aprovecha el autor de Cobi para no morderse la lengua para tratar según qué cosas. Critica la gestión de Artur Mas, al que tilda de "tramposo", y dice no sentirse nacionalista. También, está seguro de una cosa: "A este Gobierno tan franquista que tenemos no le gusta la cultura".
