Desde el inicio de la vida, la muerte ha estado ahí, distante, esperando su momento para tomar parte de la existencia que le pertenece. La frustración por no dar el entendimiento de este suceso causa un impacto en cada individuo, el miedo a lo desconocido no nos deja avanzar, es un factor que incomoda; la muerte es el mayor miedo del hombre puesto que este siempre está en la constante lucha de la búsqueda de sentido, ya que por naturaleza el hombre quiere nombrar las cosas para tener un conocimiento de ellas y tener su propio significado de las mismas, el no tener entendimiento de algo causa misterio por lo cual vivimos inconscientes de la realidad. Estamos atados a los miedos, a las preocupaciones dejando de ser libres.
El Ave Fénix, símbolo de renacimiento y transformación.
Nacemos para morir y morimos para volver a nacer. La visión de la muerte es distinta en cada cultura, la vida del hombre se define por el fin del mismo, por lo tanto su pensamiento radica dependiendo del entorno donde se encuentra, no toda cultura nace del mismo suelo y no toda construye sus pensamientos por igual, está claro que la mayoría de las culturas se niegan a la idea y a la verdad de la muerte, mientras que otras le dan paso a que ocurra ya que afirman que es un proceso natural de la vida misma para que el alma pueda trascender.
Hablando sobre cultura hay cientos de dioses representando a la muerte, los mayas tenían a Ah Puch, los egipcios tenían a Anubis, los japoneses tenían a los shinigamis y así podríamos ver que hay cientos de representaciones en el mundo.
La representacion de la muerte en las distintas culturas
La Muerte y la Cultura
La cultura es la escena sobre la que tiene lugar la representación de la autoproducción de la humanidad a través de las diversas formas espirituales, esto dando lugar a las ideas de cada cultura sobre el camino que tomaba el alma para lograr el descanso del ser, cabe recalcar que el vínculo como la continuidad de la vida que tiene el cuerpo con el alma da más que un simple significado para el hombre y para la cultura que compone cada sociedad. Los rituales son otro paso al cultivo del alma y al sentido del término cultura, el ritual funerario varía acorde con las costumbres de cada pueblo respecto al más allá.
Anubis, una de las representaciones de la muerte en la cultura egipcia.
La Enfermedad como Mensajero
Por este motivo, antes que nada, es necesario cambiar la mirada en cuanto a cómo percibes e interpretas el proceso denominado enfermedad. Este concepto no solamente es inapropiado, sino que además nos aleja de su verdadera intención. Básicamente, la enfermedad actúa como mensajero cuando anteponemos «el que dirán» de los otros a lo que realmente sentimos. Esta visión, tan aparentemente sorprendente y revolucionaria, es el legado que el eminente y recientemente fallecido doctor Rike G. Entendiendo qué es el sentido biológico darás comprensión a lo qué en realidad es el proceso que llamamos «enfermedad».
Los seres humanos estamos regidos por leyes naturales; al igual que el resto del reino animal; esto significa que nuestro inconsciente biológico, encargado de asegurar la supervivencia de la especie, constantemente se está adaptando a las circunstancias del ambiente que nos rodea. Imagina que estás en medio de una amplia avenida, cruzándola, y de repente el semáforo comienza a parpadear avisando que va a dar paso a los vehículos. ¿Qué harás automáticamente? Efectivamente, acelerarás tu marcha para llegar cuanto antes a la acera, y ponerte a salvo. ¿Qué ha ocurrido? Tu cerebro analiza, sintetiza la situación motivo del conflicto que ahora estás experimentando, y selecciona el programa de supervivencia que te proporcione la mejor solución y por tanto el más óptimo resultado. Así te mueves con avidez. Corres a la acera… y salvas tu vida.
Ahora bien, como hemos visto, ante una situación conflictual el inconsciente biológico envía un SOS al cerebro, y éste sistemáticamente manda la orden al órgano correspondiente. En consecuencia se produce un aumento de la producción de células pulmonares, que sirvan para abastecerse de una mayor cantidad de oxígeno… ¡y por tanto de vida! Puede dar escalofríos reconocer el funcionamiento tan increíblemente preciso de nuestra biología… lo mejor es que también lo hace a la inversa. Porque en el instante que el conflicto se resuelve, el cerebro emite una contra orden para restablecer el número de células del órgano.
Ninguna situación puede ser catalogada como buena o mala: todas son neutras. Depende entonces del ojo que lo mire y, por supuesto, de las creencias que delimiten su interpretación. En consecuencia, ese algo que es considerado como vital por nuestro inconsciente biológico, supera nuestro umbral de estrés y quedamos noqueados.
El Resentir y la Repetición Familiar
El resentir es un volver «volver a sentir», aunque lo más apropiado sería decir un permitirse sentir, puesto que hace alusión a la emoción fruto del dolor biológico que se produjo en el conflicto / impacto biológico (bioshock), y que aun necesitando ser expresada, contenida, sostenida… se omitió. Es la información que nos estructura. La recibimos por torrente biológico, tanto por parte del linaje materno como del paterno, en el instante en que somos concebidos. Forma parte de la información que nos programa, la cual abarca los nueve meses previos a la concepción, el tiempo la gestación y hasta los tres años de edad. Engloba los eventos resentidos como dramáticos que tuvieron lugar desde los tres años a la pubertad, al no sentir cubiertas sus necesidades biológicas. Básicamente: alimento (tanto orgánico como afectivo), protección y pertenencia.
El territorio hace alusión al entorno, a los lugares (y personas) que uno considera como su dominio, literal o figuradamente. El territorio también se extiende a la ciudad o al país donde se reside. Aunque en otro contexto y con otros matices, no dejamos de estar repitiendo experiencias de nuestros ancestros: tanto las que suman como las que restan (por cuanto no se supo o no se pudo hacer). Una vez conocemos el motivo por el cual vivimos lo que vivimos, podemos liberarnos de esta repetición familiar. Asimismo podemos portar la información de algún miembro del clan que no haya sido llorado, reconocido, consumado el duelo por su partida. Este término se sustenta en una de las leyes del inconsciente, la cual reza así: «el inconsciente no distingue lo real de lo imaginario, simbólico o virtual».
El Solsticio de Invierno y el Renacimiento
Las antiguas culturas de todos los lugares acaban de celebrar el solsticio de invierno. En casi todas las culturas del mundo se ha marcado el solsticio de invierno como un día de renovación o de cambio. Este fenómeno natural aparenta que, a lo largo del año, el sol no sale ni se pone siempre desde el mismo lugar: da la impresión de que recorre toda la bóveda celeste alcanzando su punto más alto por ahí del 21 de marzo y en diciembre lo vemos más bien de lado. Los aztecas se dieron cuenta de que por unos días el sol no se mueve, así que festejaban el “nacimiento” del siguiente ciclo.
La religión cristiana asimiló estas fiestas solsticiales a sus propios ritos y símbolos. Por eso se colocan luces en los árboles, a semejanza de las antorchas que antiguamente se colocaban en el norte de Europa, en los árboles, para iluminar el camino y el lugar de la celebración. El intercambio de regalos también vine de entonces al igual que la fecha del nacimiento de Jesús el Cristo.
Renacer es experimentar en vuestra vida un segundo nacimiento. Obviamente no se trata de un nacimiento físico, es decir, volver a ser niño, sino un renacimiento espiritual y también emocional y mental.
El Crecimiento Postraumático: Resurgir de las Cenizas
Cualquier persona está expuesta a la posibilidad de experimentar algún suceso traumático a lo largo de su vida. No obstante, pese a todo el sufrimiento y dolor que lo acompaña, ¿hay algo que podamos aprender al respecto?
Antiguas leyendas hablan de la existencia de un ave mitológica, conocida con el nombre de Fénix, la cual poseía la extraordinaria capacidad de, una vez llegada su muerte, arder hasta consumirse, para posteriormente resurgir, renaciendo nuevamente de sus propias cenizas. Además, también se decía que sus lágrimas poseían poderes curativos.
Esta acertada metáfora del Ave Fénix ilustraría lo que desde la psicología se conoce con el nombre de «crecimiento postraumático«, y daría cuenta de todos esos cambios de carácter positivo que las personas pueden llegar a experimentar tras haber vivido un suceso traumático. Los seres humanos poseemos una capacidad de adaptación muy fuerte que nos permite sobreponernos ante la adversidad y, en muchos casos, salir fortalecidos de la misma. De esta forma, es común que ante situaciones de carácter aversivo las personas encuentren nuevas habilidades y fortalezas características de su personalidad que no conocían hasta entonces.
De hecho, existe la llamada “hipótesis de la adversidad”, la cual postula que las personas necesitarían en su vida adversidades, problemas e incluso traumas, para alcanzar así los máximos niveles de fortaleza y desarrollo personal, a través de la puesta en marcha en el individuo de estas habilidades y recursos de afrontamiento hasta entonces latentes. Por tanto, esta hipótesis, si bien posee un carácter algo exagerado, nos encamina hacia la idea de que ninguna persona sabe lo que es capaz de soportar hasta que se expone a ello, hasta que vive una determinada situación, pues es probable que, al no haber vivido algo parecido, nunca haya tenido la oportunidad de descubrir dentro de sí misma estas fortalezas ocultas. No obstante, cabe destacar que no es el suceso en sí lo que hace que la persona llegue a este nivel y alcance este crecimiento, sino el modo en que dicha persona afronta la experiencia estresante.
De esta forma, una de las lecciones que algunas personas suelen concluir tras vivir un duelo (situación de pérdida) o una experiencia traumática, es que son mucho más fuertes de lo que en un principio creían y, en efecto, la nueva apreciación de esta fuerza interior les da confianza para enfrentarse a futuros desafíos. Así, se ha visto cómo las personas que han pasado por algunas de estas situaciones, una vez superadas y desarrollado su posterior crecimiento postraumático, parecen estar “vacunadas” contra futuros traumas; se recuperan más rápidamente, en parte, porque saben que pueden hacerlo.
¿Podemos, por tanto, hablar de los “beneficios del sufrimiento”?
El mundo en el que vivimos hace que diariamente nos veamos inmersos en un ambiente donde no estamos libres de poder sufrir algún tipo de enfermedad, accidente, catástrofe natural, atentado terrorista, episodio de violencia/acoso/abuso, alguna situación de pérdida (ser querido, aborto…), etc. ¿Podemos, de alguna forma, fortalecernos con la vivencia de estos episodios?
Parece ser que sí. Y es que incluso personalidades como el Dalái Lama afirmaron que “la persona que ha vivido experiencias más duras puede soportar con más firmeza los problemas que la persona que nunca ha experimentado el sufrimiento. Desde este ángulo, algo de sufrimiento puede ser una buena lección para la vida”. De esta forma, la adversidad y el sufrimiento tendrían la maravillosa capacidad de sacar a la luz talentos que, en circunstancias favorables y de bienestar, hubieran permanecido ocultos.
Además, el trauma modifica notablemente las prioridades, valores y filosofías de vida de las personas. Cambia entonces la forma en que la persona decide vivir su vida, las cosas a las que desea dedicar su tiempo, las metas que se plantea, etc., transformándose su vida en una vida mucho más enriquecedora de lo que lo era antes, y en la que cada experiencia agradable, cada momento de bienestar y felicidad al lado de la gente que se ama, se convierte en algo mucho más valioso y extraordinario. En definitiva, se vuelven personas capaces de apreciar de verdad la vida y de entender lo que realmente para ellas es importante obtener de ella. La adversidad les ha hecho encontrar un verdadero sentido vital.
Michael J. Fox, actor norteamericano (Regreso al Futuro), enfermo de Parkinson y actualmente director de una fundación para la investigación sobre esta enfermedad afirmó: «Si usted se presentara ahora mismo en esta habitación y me dijera que ha hecho un trato con Dios, Alá, Buda, Cristo, Krisna, Bill Gates… o quien fuese, según el cual podría borrar los 10 años siguientes a mi diagnóstico, y cambiármelos por 10 años más de la persona que yo era entonces, le diría, sin dudarlo ni un instante, que se fuera a paseo».
La Capacidad de Resiliencia: en busca del crecimiento personal
Parece claro que alcanzar este sentido vital que nos haga disfrutar y aprovechar al máximo todo lo que la vida puede ofrecernos pudiera ser la meta por excelencia de todo ser humano. Pero no debemos olvidar que para llegar a este estado es necesario desarrollar unas adecuadas capacidades de afrontamiento que nos permitan poder superar los diferentes periodos de sufrimiento o circunstancias vitales estresantes a las que todos nosotros en algún momento de nuestra vida nos veremos expuestos. Al conjunto de estas capacidades se le conoce bajo el nombre de «resiliencia».
Algunas de las principales características que debemos desarrollar en aras de convertirnos en personas resilientes son:
- Ser conscientes de las propias potencialidades y limitaciones.
- Desarrollar una fuerte capacidad creativa que nos pueda ayudar a transformar la experiencia dolorosa en una experiencia útil, de la que poder aprender algo.
- Confiar en las propias capacidades.
- Entender y asumir las dificultades como oportunidades de aprendizaje y maduración.
- Desarrollar del optimismo, el sentido del humor y sentimientos de esperanza.
- Establecer relaciones sociales enriquecedoras y buscar el apoyo social y la ayuda en los demás.
- Mostrarse flexibles ante los cambios y aceptar que estos son parte de la vida.
- No intentar controlar o dominar todo, asumiendo que existen numerosos acontecimientos que escapan de nuestra capacidad de control.
- Moverse hacia el camino de nuestras metas y valores.
- Y, sobre todo, dedicar tiempo a cuidarse y a descubrirse a uno/a mismo/a.
«Cuando las más temibles tormentas comienzan a disiparse, la luz solar se filtra entre las nubes en fuga. Esta comunión dibuja el arco iris» Anónimo
Mapa conceptual de la resiliencia y sus componentes clave.
La Crisis como Oportunidad
Cuando no le queda otro camino, el anhelo (la vida) se disfraza de crisis, buscando sacarnos de la provisionalidad en la que nos habíamos instalado como si fuera nuestra meta definitiva. En efecto, si algo tienen en común todas las crisis ―cualquiera que sea el aspecto afectado― es el hecho de que el yo se ve debilitado. Es él quien realmente se siente cuestionado y revuelto cuando tiene un contratiempo en sus bienes, en su salud, en sus afectos, en sus proyectos, en su imagen.
Al entrar en crisis, caen las «certezas» anteriores, se hace presente un oleaje emocional más o menos intenso, y se producen reacciones que, en un primer momento, serán un reflejo de la historia psicológica del sujeto. Poco a poco, si la persona no huye, se empieza a percibir la extrema fragilidad y vulnerabilidad del propio yo.
Se trata de un momento crucial, que puede decidir el futuro de quien se halla en esa situación. Si la ve como «oportunidad» y pone los medios adecuados, saldrá de ella fortalecido y, lo que es más importante, con una consciencia más clara de su propia identidad.
En el momento mismo en que descubro que no soy la mente, empiezo a ser dueño de ella. Y a partir de ahí, bastará un toque de atención para no reducirme nunca más a ella ni a sus contenidos (pensamientos, sentimientos, emociones, reacciones…). Si hasta ese momento era la mente la que gobernaba mi vida, sin ni siquiera darme cuenta, a partir de los mensajes y hábitos con los que había crecido, ahora he descubierto y experimentado mi libertad frente a ella, desde la emergencia de la nueva identidad que se me ha regalado: Eso que la observa.
Indudablemente, la inercia mental sigue siendo fuerte. Por eso habrá que poner todo el cuidado en no perder ya esa distancia con respecto a ella, o lo que es lo mismo, aprender a anclarse en la nueva identidad descubierta, que tiene color de misterio y sabor de ecuanimidad.
Una vez experimentado, se trata ahora de un ejercicio constante de adiestramiento para no dejarse encerrar de nuevo en la identidad egoica, sino salir de ella en cuanto detectamos el encierro. El objetivo que buscamos no es «sentirnos bien», sino permanecer en contacto con quienes realmente somos. Todo lo demás se nos irá dando.
Para la persona que permanece anclada en su verdadera identidad todo está bien. Permanece ecuánime e inalterable en toda circunstancia, no por un esfuerzo especial, sino porque se halla en un «territorio» donde no cabe la alteración.
Desde ese «lugar», se descubren dos cosas: que uno solo puede vivirse como «cauce» a través del cual todo fluye ―ya no existe un yo protagónico―, y que esa identidad no-dual es «compartida»: nadie ni nada quedan fuera de ella.
Morir Antes de Morir
Pero, para llegar aquí, normalmente el yo ha tenido que «debilitarse», verse frágil y vulnerable. Porque el paso de un nivel de consciencia al otro ―del mental al transpersonal― es una «muerte». De nuevo la paradoja: no podemos nacer a quienes somos sin «morir» a lo que creíamos ser.
Como nadie quiere la propia muerte ―ni siquiera, o mucho menos, el yo―, es comprensible que aparezcan numerosas y poderosas resistencias, algunas de ellas muy rebuscadas: son estratagemas del yo para no desaparecer.
Por eso, en esta etapa, se necesita mucha lucidez y fuerte motivación. Para empezar, es importante no olvidar que se trata de una muerte, la muerte de la identificación con aquello que creíamos ser: no hay ascesis mayor. Cuando el yo grita por sus «derechos» ―sobre todo cuando, en medio de la crisis, se siente devaluado, despreciado, utilizado…―, es necesario saber «acompañarlo», con amor compasivo, en ese proceso de muerte: el hecho mismo de favorecer un sentimiento amoroso hacia él hará que la capacidad de amar se despliegue en nosotros. Desde esa actitud amorosa, hay que comprender sus gritos, pero sabiendo que no contienen la verdad; con mucho respeto, pero con firmeza: ese yo que grita y exige… necesita y merece mi cuídado, pero… no soy yo.
Ser conscientes de ello nos permitirá mostrarnos pacientes con el proceso y con nosotros mismos, aceptar mejor las dificultades y resistencias que conlleva, y asumir el dolor y la desesperación que toda muerte implica.
Ese es el significado del coránico «morir antes de morir»: dejar todo aquello (material o inmaterial) a lo que estás apegado. El desapego siempre cuesta y duele; puede llevar aparejadas, inicialmente, sensaciones de pérdida, tristeza, apatía…, que serán más o menos intensas según haya sido la historia psicológica de la persona, fundamentalmente sus primeras experiencias afectivas. Es bueno saberlo y aceptar el «duelo» que el desapego suponga.
En ese desapego ―en realidad, siempre que el yo se ve amenazado en lo que cree que es bueno para él: cuando se ve frustrado en lo que posee, en lo que ama, en aquello a lo que, quizás sin ser consciente, estaba aferrado―, aparecerán sensaciones desagradables, cuando no angustiantes y amargas.
Pues bien, desde el propio yo no hay salida definitiva. Se podrá trabajar en la reeducación, en el ajuste de sus propias «creencias irracionales», como propone la escuela cognitivo-conductual. Pero la liberación únicamente se produce cuando es posible la desidentificación del propio yo. Al deshacerse esa identificación ―ha «caído» el yo, queda Consciencia―, la persona puede decir: ahí está la sensación desagradable, no la niego ni la reprimo, pero yo no soy ella, la puedo observar y no me afecta en quien realmente soy.
Dicho de otro modo: la muerte del yo solo es posible cuando y porque la persona ya se ha desidentificado de él, es decir, vive en la nueva identidad que lo trasciende. Morimos a lo menos porque hemos experimentado lo mas.
No se trata, por tanto ―y una vez más―, de voluntarismo, sino de comprensión, es decir de sabiduría, que nos ha hecho descubrir y reconocernos en nuestra identidad profunda. Desde ella, el yo ―la mente, como antes el cuerpo― es visto como un «objeto» que tenemos, pero que no somos.
