El Significado Profundo de "Libre" de Nino Bravo: Un Análisis Detallado

La canción "Libre", interpretada por Nino Bravo, es mucho más que una simple melodía; es un himno cargado de simbolismo y resonancia histórica. A través de los años, esta canción ha adquirido diferentes significados, adaptándose a contextos políticos y sociales diversos, pero siempre manteniendo su esencia de anhelo por la libertad.

Nino Bravo en 1970.

Un Himno a la Libertad

En 1973, la canción “Libre”, de Nino Bravo, inauguró el año al frente de todas las listas de grandes éxitos. Pocos meses después, en septiembre, militantes chilenos encerrados en el Estadio Nacional cantarán la catártica canción a los compañeros que salen, pero el régimen de Pinochet se adueñará de la canción hasta el extremo más cruel. «Ponían canciones de Nino Bravo, especialmente “Libre”. De fondo me las ponían y fuerte para que no se escucharan tanto mis gritos», relatará el mapuche Paicavi Painemal a la investigadora Katia Chornik. «Cuando me acuerdo de la tortura, al tiro me viene a la cabeza “Libre”», añadirá.

La canción sigue siendo un símbolo poderoso, quizá algo más. No significa que vaya a acabarse.

En el contexto del golpe de estado de Pinochet, la canción adquirió un significado particularmente doloroso. Militantes chilenos, prisioneros en el Estadio Nacional, la cantaban como un grito de esperanza y resistencia. Sin embargo, el régimen dictatorial también se apropió de la canción, utilizándola de una manera perversa para silenciar las voces de los torturados. Este contraste revela la complejidad y la ambigüedad del simbolismo de "Libre".

Estadio Nacional de Chile en 1973.

Genealogías Sepultadas

Ese retrovisor fijado en el arranque de la década de los 70 puede ayudarnos a hilar la conexión y desenterrar genealogías sepultadas, si asumimos que el golpe de estado de Pinochet no fue solo un cambio de régimen más en un pequeño país latinoamericano.

Hay varios trabajos de aquellos años que cobran especial relevancia al coincidir, desde disciplinas diversas, en la inviabilidad intrínseca de un sistema que requiere de un crecimiento económico constante y mide su desempeño solo mediante el PIB.

La primera es la obra magna del economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen: «La ley de la entropía y el proceso económico», de 1971. Se trata de una enmienda a la totalidad a la disciplina económica vigente, realizada con rigor desde la propia economía, la matemática y la física.

Pero que no sea por no intentarlo: lo que Georgescu-Roegen defiende de forma pionera es la aplicación a la economía de la segunda ley de la termodinámica, la ley de la entropía, que puede definirse imprecisa pero comprensiblemente como la tendencia inevitable de algo al desorden y al desgaste.

Trasladado a la economía, y dando varios saltos mortales, lo que Georgescu-Roegen hizo no fue sino subrayar que el proceso económico y la producción de cualquier bien se incardinan en un planeta de materias finitas y requieren de una energía que, inevitablemente, se disipará parcialmente en forma de calor.

Georgescu-Roegen clama desde el pasado contra los actuales programas de economía circular y contra la aspiración de crecer infinitamente. Más que una opinión, es físicamente imposible, nos recuerda.

El mismo año vio la luz “El círculo que se cierra”, de Barry Commoner, uno de los pilares fundacionales de un ecologismo que, desde su inicio, señaló el sistema de libre mercado y empresa privada como uno de los principales responsables de la crisis ambiental.

Pero “El círculo que se cierra” es mucho más. Es una explicación temprana, compleja pero accesible, de lo que es la ecología, de cómo funciona materialmente el ciclo de la vida sobre este planeta y, sobre todo, de qué lo hace posible: un delicado equilibrio sistémico que convierte los residuos en materia prima para la reproducción de la vida, igual que la fotosíntesis convierte el CO2 en oxígeno gracias a la energía del sol.

Commoner apenas menciona el efecto de los gases de efecto invernadero como un debate científico en ciernes a principios de los años 70, pero la base de su razonamiento se mantiene intacta en plena emergencia climática.

Este biólogo, teniente del Ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial y militante de izquierdas, señaló que un conocimiento científico avanzado pero extremadamente especializado y compartimentado, puesto al servicio de una economía de mercado, había resultado en la introducción de una cantidad ingente de nuevos materiales en el planeta, rompiendo aquí y allá los equilibrios ecológicos y amenazando el sustento de la vida misma.

Esta lógica sistémica fue la empleada un año más tarde, en 1972, por un grupo de investigación del Massachussetts Institute of Technology (MIT) liderado por Donella Meadows.

Por encargo del Club de Roma, estos pioneros de la informática civil emplearon un modelo del sistema-mundo con cinco variables cuyo crecimiento se intuía exponencial.

Confirmando la lógica ecológica de Commoner desde un ámbito completamente diferente, el MIT subrayó que esas cinco variables se condicionan y retroalimentan las unas a las otras, y advirtió contra el «rotundo optimismo tecnológico».

Un aviso más que pertinente a la luz de las promesas que emergen en tiempos de crisis energética, ya sea a cuenta del hidrógeno o de la fusión nuclear.

«Cuando introducimos desarrollos tecnológicos que superan con éxito alguna traba al crecimiento o evitan algún colapso, el sistema simplemente sigue creciendo hasta otro límite, lo supera temporalmente, y decae», escribieron Meadows y compañía.

En otro libro de 1973, de título algo cursi -“Lo pequeño es hermoso”- pero con propuestas plenamente vigentes, Ernst Friedrich Schumacher se preguntaba si la gran crisis del petróleo de aquel año reforzaría «la influencia de los que defienden el “retorno al hogar” o la de los que preconizan la “huida hacia delante”».

Medio siglo después, la respuesta es evidente. Llevamos cinco décadas al sprint sin mirar hacia atrás.

Poeta en Nueva York

Igual que no se acabó el mundo hace 50 años, no se acabará ahora -hay que tener cuidado con las predicciones apocalípticas, porque acaban girándose en contra-, pero puede convertirse en un lugar mucho más desagradable si no entendemos que tras el muro no hay una pista llana por la que seguir corriendo.

Es lo que advirtieron, cada uno desde su ámbito, Georgescu-Roegen, Commoner, Meadows y otros tantos.

Hay que intentar no caer en la arrogancia de pensar que partimos de cero y empezar a recuperar genealogías perdidas, porque esta amnesia es parte de la devastadora derrota del último medio siglo.

No estamos solos ni somos los primeros en esto de pensar otras vidas posibles.

En resumen, "Libre" de Nino Bravo es una canción que trasciende su valor musical. Es un símbolo de resistencia, esperanza y la búsqueda constante de la libertad, un anhelo universal que resuena a través de las generaciones.

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