El amor es algo que sucede por encima (o por debajo) de las palabras. Como psicólogo, sé bien que la psicología, centrada en lo patológico, apenas se ha referido al amor.
El verano pasado recibí una amable invitación de parte de los organizadores del Foro Maternidad y Crianza que cada año celebra la asociación Vía Láctea, para dar una charla sobre el amor. El reto me enamoró a primera oída. Amor es una palabra polisémica: amor a los hijos, amor al trabajo, amor a la patria. ¿Pero desde qué perspectiva hablaría del amor de pareja?
Para entender el amor en la pareja, es necesario diferenciar dos etapas: la breve etapa del enamoramiento y la sólida etapa del amor maduro. Este estado es, biológicamente hablando, necesario para comenzar una relación. Una vez cumplida su función, la dopamina regresa a sus niveles normales y vuelve a aumentar la hormona de la felicidad: la serotonina (neurotransmisor responsable del control de las emociones y del apetito sexual).
Amor maduro: amor sólido. Sabemos que no hay garantías de que sea “para siempre”.
Como afirma Silvia Congost: “El amor de pareja es un sentimiento que nace de la convivencia, del compartir, de un dar y recibir a partes iguales, de tener intereses mutuos, sueños compartidos.
En este contexto aparecen nuevas formas de relacionarse, nuevos estados psicológicos, etc. y el que abordaremos aquí es el burn out, entendido como un estado psicológico de malestar que inhibe las capacidades para una saludable paternidad de manera que ésta acaba siendo vivida como algo tedioso, difícil y estresante.
Se empezó hablar del burnout en el ámbito laboral, pero actualmente el paradigma de la posmodernidad en Occidente ha supuesto una serie de cambios en la forma en la que se organizan las relaciones familiares y aparece el concepto de burnout parental.
La terapia de pareja es un recurso muy valioso al que acudir cuando el funcionamiento de la pareja no es saludable o cuando los problemas que han surgido no pueden ser resueltos con los recursos disponibles. En estos casos, es sabia la opción de pedir ayuda.
El burnout o síndrome de padres quemados se refiere a un estado psicológico de malestar que incapacita para llevar a cabo una parentalidad sana que, en su lugar, se vive como algo complicado y estresante.
¿Qué es el burnout parental y cómo podemos enfrentarlo? | Sana Mente
Cambios en las Funciones Parentales que pueden causar el Burnout Parental
A nuestro entender, algunos de los cambios más relevantes en lo concerniente a las funciones parentales son:
- Cambio en los roles que cada cual adopta respecto a la familia: ejemplos arquetipos serian la madre ejecutiva y el padre amo de casa.
- Auge de métodos de aprendizaje y aparición de la creencia de que los niños tienen que aprender cuando más pequeños mejor un máximo de cosas
- Aparición de objetos tecnológicos que median la comunicación interfamiliar y la forma en la que los padres interactúan con los hijos (tablets, móviles, etc.)
- Introducción de agentes externos para suplir las funciones parentales dada la poca disponibilidad de los padres (canguro, abuelos, guardería, etc.)
Estos cambios y otros hacen que con frecuencia las relaciones padres-hijos mermen su calidad y su potencial estructurante y proveedor de buena salud mental y emocional a favor de la adaptación a una sociedad que por un lado vende cientos de miles de productos y métodos educativos y por el otro pone palos en las ruedas para el establecimiento de una sana, estable y cálida relación padres-hijos que sea gratificante y estructurante para todos los miembros del conjunto y así evitar un desbordamiento que hoy en día se conoce como síndrome del burnout parental
¿Cuáles son las funciones básicas de la buena parentalidad?
Se han escrito numerosos ensayos, manuales y tratados sobre el tema, sin embargo, aquí lo resumiremos en dos puntos muy simples:
- Acompañar y potenciar el desarrollo de las capacidades del hijo: En su ya clásico “El Arte de Amar” el famoso psicoanalista, sociólogo y filósofo humanista Erich Fromm dedica un capítulo al amor entre padres e hijos.
- Proveer de un contexto de seguridad afectiva estable y continuado durante el desarrollo de éste: Para explicar este punto citaremos los tres ilustrativos conceptos desarrollados por el reputado pediatra y psicoanalista inglés Donald Winnicot para quien las principales funciones de la madre, en primera instancia, y del padre en segunda son: el “holding” o sostenimiento (conectar con los estados internos del niño, contener y dar respuesta a sus angustias) el “handling” o manipulación (interactuar con él, estimularlo, acariciarlo, jugar, etc.) y finalmente el “object presenting” (acompañarlo en su encuentro con la realidad externa y al desarrollo de su propia creatividad).
Es muy ilustrativa la distinción que hace entre los conceptos de “conducción” y “educación”. Según Fromm la función de los padres es la de educar cuyo eje central radica en el potenciar el desarrollo del individuo para que pueda sacar a flote sus capacidades y poder así moverse por el mundo seguro y feliz. Este punto implica desarrollar un verdadero interés por los intereses genuinos del niño y para ello se debe establecer una relación de genuina confianza.
En contraposición, conducir hace solo referencia a inculcar normas morales para que el niño evite hacer lo que se considera que está mal y haga lo que se considera que está bien sin tener que mostrar ningún interés en su mundo interno ni en el propio potencial.
¿Qué es y por qué aparece el burnout parental?
En este articulo nos referiremos a burnout parental como un estado psicológico de malestar que inhibe las capacidades para una saludable parentalidad siendo vivida esta como algo tedioso, difícil y estresante. Podemos atribuir las causas del burnout parental a factores o bien internos, o bien externos.
Los factores internos hacen referencia a trastornos de la parentalidad o dificultades psicológicas que afecten a la organización de la relación, si se da el caso, conviene asistir a un psicoterapeuta especializado.
Los factores externos tendrían que ver con la disposición de la vida familiar. Toda aquella disposición que no atienda las necesidades emocionales de los hijos y de los padres en una conjunción harmónica es susceptible de generar burn out. Con ello me refiero, sobre todo, a una cuestión clave:
¿Cómo prevenir el burnout parental?
Para el buen funcionamiento familiar es indispensable que se produzcan momentos de juego estables entre padres e hijos que permitan la creación y desarrollo de un vínculo de confianza y seguridad afectivas que ambos necesitan para vivir desde el disfrute la relación haciendo así que esta se fortalezca y pueda tolerar los problemas del día a día ajetreado. Subrayamos “ambos” porque no se trata de un vínculo unidireccional donde uno depende del otro.
El padre y la madre también necesitan ser retroalimentados por el bebé o el niño, quien respondiendo con balbuceos o con sonrisas a sus atenciones les hacen sentir que lo hacen bien. La salud emocional y relacional de la madre y del padre dependen también de que puedan sentir que están siendo buenos padres.
Los Padres que dejan huella en el corazón
Hay muchos padres que dejan huella en el corazón. Figuras muy alejadas de la clásica imagen del hombre que se limita en exclusiva a proveer al hogar de un sustento económico. Atrás queda esa presencia ya caduca, alejada de las labores de crianza que delegaba en su pareja toda responsabilidad. Porque la paternidad también arropa, nutre, edifica y deja una impronta maravillosa.
Si destacamos esto es por un hecho casi innegable. La psicología, al igual que muchas otras ciencias, ha dejado durante años el papel de la paternidad a un lado. Los estudios de investigación no le concedieron demasiada importancia a su influencia en el desarrollo de los niños. Así, cuando se hablaba del apego, por ejemplo, se visibilizaba casi en exclusiva a la mujer.
Sin embargo, el vínculo padre-hijo es igual de trascendente en la vida de cualquier pequeño. En estos tiempos de cambios sociales y de reformulaciones es hora de desactivar muchos estereotipos que aún persisten en la sociedad. La mayor parte del apego infantil temprano se ha centrado en la relación entre madre e hijo.
¿Qué hace que una persona sea buen padre o buena madre? La palabra mágica es involucración. Contar con un padre involucrado de manera constante en la vida de sus hijos es lo que nos marca para siempre. Una participación que realmente suma cuando es activa y positiva; es decir, necesitamos una figura paterna habilitada en el arte de las emociones, capaz de dar seguridad y favorecer el desarrollo personal de ese niño.
Necesitamos padres que ayuden a sus hijos a que sean quienes realmente quieran. Padres que dinamicen e inspiren, que respetan y comprenden, pero que no moldean a su imagen, capricho y deseo desde el más puro estilo narcisista. El padre muy aficionado al “ordeno y mando” rara vez es capaz de hacer contribuciones significativas y positivas a la vida emocional familiar.
Una investigación de la Universidad de Belfast, Oxford y Warwick habla de algo interesante. El apego paterno favorece de manera notable el desarrollo psicosocial del niño. Es más, en los hogares en que la madre no es capaz de ofrecer un afecto válido y positivo a los hijos, si el apego del padre es el óptimo, contribuirá al bienestar mental de los pequeños.
Los padres que dejan huella en el corazón saben estar presentes y cómo ofrecer amor a sus hijos. Lo hacen dejando a un lado el esquema clásico de la masculinidad hegemónica y tradicional. Esa necesitada de mostrar una imagen fuerte, resolutiva y que esconde sus emociones, su sensibilidad.
Los buenos padres se vinculan de manera profunda con sus hijos desde que los sostienen por primera vez en brazos. Se emocionan con ellos, los cuidan, conectan con sus necesidades, apagan sus miedos, nutren sus sueños, los apoyan y los inspiran… Son compasivos y empáticos y lo que es igual de importante, saben hacer equipo con sus parejas. En igualdad, en equilibrio y felicidad.
Los padres que dejan huella en el corazón no sueñan con educar hijos exitosos, quieren dar al mundo personas felices. Y este factor es decisivo en la vida de todo niño.
A menudo, abundan las madres y los padres que se convierten casi en entrenadores de sus hijos. Esperan el máximo de ellos: que sean el mejor en los estudios, el mejor en los deportes. Anhelan que destaquen en algo porque ellos no lograron hacerlo en su momento.
Puede que no siempre lo percibamos, pero en nuestra realidad actual persisten estereotipos de género de los que cuesta desprendernos. En este caso, hablamos de los asociados a la paternidad. Ahora mismo, por ejemplo, los padres lo tienen muy difícil para encontrar lugares públicos donde cambiar el pañal a sus hijos. Por lo general, estás áreas solo existen en los baños de mujeres, no en el de los hombres.
Hay quien sigue dudando de que sean cuidadores competentes o, más aún, de que sean capaces de llevar un hogar en soledad. Sin embargo, son muchos los que lidian a diario con las dificultades de la crianza, quienes se desviven por sus hijos, frente a quienes opinan que no hay nada como el amor de una madre.
Ahora bien, son muchos los padres que dejan huella en el corazón, son infinitos los que crean lazos imborrables con sus hijos dando lo mejor de sí.
| Función | Descripción |
|---|---|
| Acompañar y potenciar el desarrollo | Potenciar el desarrollo del individuo para que pueda sacar a flote sus capacidades y poder así moverse por el mundo seguro y feliz. |
| Proveer seguridad afectiva | Ofrecer un contexto de seguridad afectiva estable y continuado durante el desarrollo del niño. |
