¿Dónde Nació la Filosofía? Origen y Evolución del Pensamiento Filosófico

El ser humano posee la capacidad innata de pensar. Todos pensamos constantemente, ya sea porque dudamos de ciertas cosas, porque reflexionamos ante determinadas situaciones, porque necesitemos crear una opinión propia o bien porque nos asombramos ante ciertas cosas y nos invaden las ganas de conocerlas mejor. La Filosofía es ese amor a la sabiduría, a conocer más de lo que sabemos, a llegar más allá de lo evidente, a reflexionar ante nuestras dudas y/o problemas, esa necesidad humana de encontrar la verdad. Pero ¿cómo se produce por primera vez?

La filosofía en sí es pensar desde la óptica de la racionalidad pura y esa actitud las emprendieron por primera vez los Griegos. La filosofía nació en Grecia hace dos mil quinientos años.

Mapa de la Antigua Grecia. Distribuido por Wikimedia Commons bajo licencia CC BY-SA 2.5.

El Contexto del Nacimiento de la Filosofía

Exactamente fue en Mileto, en Asia Menor, donde se originó la Filosofía. En una zona marítima con gran afluencia de gente de todas partes del mundo, se confrontan ideas, pensamientos nuevos para los griegos. Nuevas concepciones de la vida en las que el hombre es el protagonista y no los dioses. El hombre hace y crea su vida, los dioses ya no explican los sucesos.

Los griegos se sienten perdidos ante un mundo nuevo: gente muy diferente que va y vienen, nuevas formas de pensar... El cambio constante acecha sus vidas. Primer filósofo que se plantea cuestiones físicas: ¿cuál es verdaderamente el origen de nuestro mundo, del Universo en general?

La circulación monetaria, el desarrollo de la polis democrática, la práctica de la escritura alfabética de tipo fonético y una tradición poética de gran calado configuran el fondo sobre el cual los escritos de Platón y de Aristóteles dibujarán la trama fundamental de una tradición de investigación intelectual que se extiende hasta nuestros días.

La Polis Griega Democrática: Un Catalizador para la Filosofía

Una primera transformación cultural de enorme importancia en la aparición de la nueva mentalidad griega fue la revolución política sin precedentes que supuso la aparición de la polis griega democrática. Esta revolución, que diferencia a los griegos de este período de todos los pueblos que los rodean por situar el poder «en común», «en el medio» de la plaza pública, en donde solo lo ejercerán los ciudadanos libres y únicamente si consiguen persuadir a sus conciudadanos con la fuerza del mejor argumento, constituiría el mejor y más amplio horizonte capaz de explicar el singular acontecimiento de la aparición de la filosofía, que en este sentido estaría históricamente ligado a la libertad política democrática.

🔴 La POLÍTICA en la ANTIGUA GRECIA: La DEMOCRACIA en ATENAS y la MONARQUÍA en ESPARTA

Los Filósofos Presocráticos

Hemos mencionado ya algunos de los nombres a los que, en general, la tradición ha colocado bajo el rótulo común de filósofos «presocráticos». Obviamente, este término parece designar de un modo simple y neutral a todos los pensadores filosóficos anteriores al ateniense Sócrates (469-399 a.C.), aunque esta catalogación no tiene en sí nada de inocente (¿qué significa Sócrates en la filosofía griega para que sus autores se clasifiquen según su ubicación antes o después de él?).

Hasta nosotros no ha llegado escrito alguno de ninguno de ellos de forma directa (únicamente referencias, algunas de ellas probablemente literales, hechas por otros autores que quizá tuvieron en sus manos alguna copia de esos escritos hoy perdidos), y algunos de ellos es muy probable que nunca hayan escrito texto alguno.

Si bien el título pretende ser una sugerencia acerca del «contenido» de estos escritos, ha creado a veces la errónea suposición de que los antiguos griegos se ocuparon «primero» (en la fase «pre-socrática») de la «naturaleza», dedicándose posteriormente (a partir de la fase socrática) a temas políticos y morales. El error se produce porque en nuestros días el vocablo «naturaleza» evoca preferentemente aquello de lo que se ocupan las «ciencias de la naturaleza».

Aunque esto también fuera cierto, en parte, del vocablo griego «physis», sin embargo, cuando Lucrecio, ya en el siglo i de nuestra era, tradujo al latín la etiqueta presocrática «sobre la naturaleza», comprendió perfectamente su sentido al llamar a su escrito De rerum natura; es decir, no «Sobre las cosas de la naturaleza», sino Sobre la naturaleza de las cosas.

Ninguno de estos autores «pre-socráticos» habría sido considerado, en su tiempo, «filósofo», porque cuando ellos vivieron este adjetivo no solamente no podía utilizarse de manera significativa o distintiva para definir una actividad humana específica, sino tampoco para referirse a un tipo de escritura o de actividad intelectual determinada. Todos ellos habrían recibido la consideración de maestros o de sabios. Ninguno de ellos responde al tipo social del filósofo, porque tal tipo no existía en su época, y ninguno escribió «prosa filosófica», porque tampoco existía ningún género que pudiese llamarse así.

Del Mito al Logos: La Transición en el Pensamiento Griego

Se ha impuesto un modo de relatar los primeros pasos de la filosofía occidental como una transición «del mito al logos»; es decir, desde las concepciones mitológico-religiosas de los fenómenos naturales y sociales, encerradas en un formato poético o teológico, a las explicaciones naturalistas o racionales de esos mismos fenómenos, cifrando en esa evolución la principal transformación intelectual que definiría el comienzo de la filosofía y los orígenes del modo científico de pensar.

La idea de que los griegos «primero» se aferraron a explicaciones mitológicas del acontecer histórico y natural para elaborar «después» concepciones lógico-racionales o filosófico-científicas es una facilidad utilizada por los historiadores modernos para intentar explicar la coexistencia de dos tipos de concepciones que para nosotros hoy -no para los griegos de la Antigüedad- son incompatibles, pero no describe con propiedad ninguna situación histórica objetiva que se hubiera dado en la Grecia antigua.

De la curiosidad, del asombro, del atrevimiento, de esas y no de otras características del ser humano, proceden la filosofía y la ciencia. La filosofía y la ciencia nacieron de la fantasía, que no es, sino el nombre que hoy día le damos al mito. En un principio fue el asombro el que puso al ser humano en el origen de esos procesos de pensamiento, de razonamientos y observaciones que darían lugar a las semillas más fructíferas de nuestra especie; el nacimiento de la racionalidad.

La naturaleza, el cosmos, eran asombrosos. ¿Cómo explicar todos esos procesos tan maravillosos como incontrolables que nos sucedían? No nos rendimos ante la inevitabilidad de todo ese caos, e intentamos introducir un poco de orden. Aun no teníamos las herramientas para hacerlo racionalmente y recurrimos a la fantasía, nacida del asombro y la curiosidad. Creamos la cosmogonía, que, en diferentes mitos reflejados por las religiones, busca el origen del mundo, y la acompañamos de la teogonía; la generación de los dioses.

Entre medias surgió la religión organizada, que no era sino la manera que teníamos de introducir una apariencia de control sobre ese caos que tanto asombro como temor nos producía. A través de los ritos religiosos pretendíamos influir en los acontecimientos de la naturaleza, a través de esas figuras antropomórficas creadas a nuestra imagen y semejanza que llamamos dioses.

Existe una tendencia a sentir vergüenza por la credulidad de la infancia de la especia humana, pero lo cierto es que sin el mito, no hubieran nacido ni la filosofía ni la ciencia, pues a través del mismo aprendimos a no quedarnos en el caos desorganizado de los simples hechos, tal y como se nos presentaban. Aprendimos que unos hechos y otros, podrían estar vinculados, nos negamos a someternos al aciago látigo del destino y buscamos que principios podrían permitirnos poner la naturaleza a nuestro servicio, en beneficio de los seres humanos.

Mapa conceptual de la alegoría de la caverna, de Platón. Rafael Robles.

Y fue en Grecia, con la civilización helénica, ese lugar al que los europeos tanto le debemos y que hoy día se siente abandonada por todos nosotros, donde nació la magia, la fantasía que sembrarían las semillas de la filosofía y de la ciencia, tal y como hoy las entendemos.

Muy pronto, la religión, en tanto primitiva y tentativa explicación, e intento de control del caótico mundo que nos rodeaba, fue enriqueciéndose a través del dinamismo de la sociedad griega, que estableció contactos con las civilizaciones que la circunvalaban.

Hoy día otro mito moderno tiende a hacernos creer que la autarquía, el aislamiento de una cultura, es la salvaguarda de su esencia, pero lo cierto es que una cultura que no se presenta como dinámica, que no establece ricos lazos e intercambia influencias con otras culturas, se convierte en una cultura estática, en decadencia.

De la influencia de los mitos de Isis y Osiris en Egipto, nacieron los misterios órfico-dionisíacos en el mundo helénico. De esa búsqueda de redención a través de prácticas rituales que tendían a llevar al paroxismo a los participantes, como medio de interactuar con los dioses -probablemente de ahí provienen los mitos de la epilepsia como una enfermedad sagrada- nació a su vez la tragedia. Drama coral y danza a la vez, siguiendo las complejas y arcanas reglas del culto a Dionisio.

De míticos y abstractos, los temas fueron pasando a concretarse en preocupaciones más mundanas, a centrarse en el ser humano y su entorno.

Al igual que las religiones griegas sufrieron las influencias de las religiones de los pueblos orientales, también lo hizo su cultura, gracias a los intercambios producidos por ese impulso dinámico de contactar, comerciar e interactuar con otros pueblos, lo que provocó la importación de muy notables intentos de investigación científica, especialmente en dos ámbitos relacionados, las matemáticas y las observaciones astronómicas, y gracias a dos pueblos; los asirio-babilonios y los egipcios, que durante siglos obtuvieron grandes avances en ambos campos, muy superiores a sus discípulos griegos.

Tales de Mileto: Un Primer Paso Hacia la Racionalidad

Un personaje muy destacado de esos primeros balbuceos, aunque no pueda hablarse propiamente de filosofía, ni de ciencia, fue Tales de Mileto, considerado uno de los siete sabios de Grecia, nacido en el siglo VII a.C. Una anécdota que parece le sucedió, nos da cuenta del escepticismo que ya en aquellos tiempos acompañaba el saber especulativo, pues sus coetáneos se reían de como abstraído en sus pensamientos teóricos, no vio un pozo que estaba delante de su camino y cayó precipitado a sus profundidades.

Claro que la risa no les duró mucho a sus coetáneos, pues con ayuda de sus conocimientos exportados de sus visitas como comerciante al oriente próximo, fue capaz de predecir que habría una gran cosecha de olivas al año siguiente, acaparando los molinos de Quíos y de Mileto cuando estaban a bajo precio y los vendió a un precio mucho más caro en el momento de la abundante cosecha.

Parece claro que la especulación financiera también la heredamos de nuestros antepasados, y que la sabiduría no siempre es sinónimo de abstracción ante los bienes materiales. Lo importante de nuestro sabio es que fue uno de los primeros pensadores que en lugar de recurrir a una fuerza divina busco un elemento natural, el agua, como origen de todas las cosas.

Anaximandro, Anaxímenes, Pitágoras, Parménides, Zenón, Heráclito, Empédocles, y otros tantos filósofos de aquella época, continuaron por ese camino, entrelazando conocimientos científicos con especulaciones, aun llenas de prospera imaginación, pero que renunciaban a la frágil ilusión de los dioses como causantes de todo aquello que no podíamos explicar.

El Significado de Ser Filósofo

Amor por el saber, de ahí procede la palabra filósofo en la antigua Grecia. No les bastaba con creer aquello que la tradición, o lo que otros les decían, era cierto, pues la sabiduría tan solo se alcanza a través del cuestionamiento, se dilucida a través de la discusión y el contraste de argumentos.

Aun hoy día encontramos una enorme confusión entre erudición y sabiduría, que contrasta con los orígenes que hemos visto del nacimiento de la actitud humana que llevaría al desarrollo de la filosofía y de la ciencia. No se trata de tener conocimiento de muchas cosas, o de muchas fuentes, se trata de tener el suficiente discernimiento y la suficiente capacidad crítica para examinar con atención las razones y evidencias que se nos presentan, para así poder llegar a una conclusión.

El mundo ha cambiado enormemente en estos más de dos mil setecientos años desde que aquellos pensadores que llamamos los primeros filósofos pisaron la tierra. La ciencia se ha emancipado orgullosa de su padre la filosofía, esta a su vez se ha fragmentado en mil ramas diferentes que abarcan desde los límites de la física y las matemáticas a la bioética que se plantea nuevas definiciones del ser humano o a la filosofía de la mente, donde ciencia y filosofía se entremezclan para ayudar a entender mejor como funciona nuestro cerebro.

Pero lo que siguen teniendo en común, la ciencia y las filosofías, es mantener la capacidad de asombro, la curiosidad, y el atrevimiento de la aventura, a la hora de formular preguntas y tentativamente encontrar respuestas. Siempre manteniendo la ambición de que algún día podremos encontrar las respuestas que se nos resisten. Ese es el espíritu humano; el espíritu que dio lugar al nacimiento de la semilla de la razón y que germinó en el árbol de la sabiduría de la ciencia y de la filosofía.

Probar el fruto prohibido de ese árbol nos expulsó del paraíso de la credulidad, pero a cambio de perder la seguridad de un destino marcado, nos dio algo mucho más importante: la libertad, que acompañada del asombro, la curiosidad y el atrevimiento, convierten a ese aventurero espíritu humano en algo imparable ¿quién sabe dónde se encuentran los límites que hace ya más de dos mil setecientos años empezaron a explorar sin miedo esos primeros pensadores que se hicieron llamar amigos de la sabiduría?

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