El Ara es más que un río; es un símbolo de lo que fueron los Pirineos, un corredor ecológico que representa su esencia. Su virginidad garantiza una calidad y pureza de sus aguas impensable en otros ríos cercanos.
Los habitantes de su ribera han luchado incansablemente durante décadas para su conservación. Acompañan su descenso desde su nacimiento en las cumbres del macizo de Vignemale hasta el fin de su camino, en Aínsa, donde sus aguas se funden con las del Cinca.
Apenas son 70 kilómetros de recorrido, pero el cauce del río Ara es todo un símbolo de los Pirineos de Huesca por ser el último de los grandes ríos de la cordillera que se considera salvaje. El río Ara, el último río virgen del Pirineo, nace en la falda sur del macizo del Vignemale (Viñamala) y desemboca en el río Cinca en Aínsa.
El río Ara nace a casi 3000 metros de altura al abrigo del Vignemale, alimentado por pequeños arroyos y barrancos que unidos constituyen el origen de un río único. Algunos kilómetros más abajo recibe los caudales casi a la vez del río Otal y del Arazas, en la puerta del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.
Macizo de Vignemale, origen del río Ara.
El curso alto del río Ara, situado en la provincia de Huesca, constituye un ejemplo representativo de los ríos de alta montaña pirenaicos. La reserva está integrada por los cauces principales del río Ara y del río Arazas.
El curso del río, mayoritariamente confinado, discurre a lo largo de un valle modelado por el glaciarismo, así como por gargantas fluviales angostas talladas en el sustrato calizo. El sistema fluvial experimenta alguna alteración puntual que no modifica sus características naturales que se mantienen prácticamente inalteradas.
La cubierta vegetal riparia es variada y está representada por comunidades climatófilas con afinidades hidrófilas como los hayedos con megaforbios, los abetales riparios y los abedulares pirenaicos de fondo de valle, y por comunidades propias de las riberas como son las fresnedas excelsas hidrófilas o las mimbreras calcófilas pirenaico-cantábricas.
El río Ara nace en la ladera del Vignemale, cuya cumbre se eleva casi hasta los 3.000 metros. Por ella desciende este torrente de montaña, hasta que pronto se convierte en río con sus propios afluentes como el Otal, que viene del valle de Bujaruelo, y el Arazas, que desemboca tras esculpir el Cañón de Ordesa.
A lo largo de su trayecto nos encontramos con una serie de localidades que están marcadas por el Río Ara y forma parte de la magia de estas localidades. Todo esto y mucho más se encuentra quien disfruta de las localidades de este curso fluvial de Huesca.
El recorrido de los pueblos del río Ara no acaba aquí realmente. Como venas que conducen la vida a través de la tierra, el Ara y sus afluentes forman paisajes, historias y enigmas que permanecen. Los olores, los sabores, los colores y el sonido del río y de las aves cruzando el cielo. Todo queda grabado en la memoria del viajero.
Hoy os traemos esta preciosa ruta perfecta para realizar durante el otoño / invierno. Esta ruta que os proponemos va desde su desembocadura en Aínsa donde se une con el río Cinca, hasta San Nicolás de Bujaruelo.
Pueblos y paisajes a lo largo del río Ara
Bujaruelo
Bujaruelo es el primer peldaño de una escalera natural que se descuelga desde las nubes. Ofrece paseos tranquilos junto al río y, para los más atrevidos, la posibilidad de tocar el cielo. Puede lograrse ascendiendo hasta la cima de sus montañas, Taillon, los Gavietos o Vignemale. La iglesia de San Nicolás y el hospital del mismo ordenan una fotografía.
Descubre la Red Natura 2000. Zona de Especial Conservación. Valle estrecho, aunque extenso, donde nace el río Ara. El ZEC posee una alta biodiversidad debido a sus contrastes geológicos y altitudinales, con especies propias de alta montaña, prados subalpinos, cuevas y bosques.
La ruta comienza atravesando el puente medieval sobre el río Ara y, justo después, gira a la izquierda para tomar el sendero GR-11. Al cabo de unos 500 m, tras cruzar el barranco de Crapera, se abandona el GR-11 para ascender entre bojes y prados a tomar una senda bien definida que se adentra en el bosque. Por un camino de vacas continuaremos paralelos al barranco y, tras cruzarlo de nuevo, nos adentramos ya en la arboleda singular. Para retornar hay que continuar ascendiendo por una zona de prados hasta enlazar con el camino, más alto, de Bernatuara y llegar al refugio de Sandaruelo.
Dificultad: Son un 5 km de recorrido. Aunque hay algunas balizas, el trazado del camino no siempre es fácil de seguir. Acceso: Desde Huesca tomar la A-23 en dirección Francia hasta Sabiñánigo. Continuar por la N-260 a Fiscal y Broto. Una vez en Torla continuar hasta el Puente de los Navarros, dejar el desvío a Ordesa y tomar la pista forestal a San Nicolás de Bujaruelo.
San Nicolás de Bujaruelo.
Torla-Ordesa
Después, el discurrir del Ara conduce hasta Torla-Ordesa, en el margen derecho del río. Allí se abre una puerta al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido que atesora más de 1500 especies de flores de montaña propias del Pirineo oscense. Sarrios, perdices y marmotas somnolientas espían desde sus escondites.
Durante mucho tiempo fue villa defensiva, por su condición de paso fronterizo. De aquellos momentos quedan vestigios naturales y arquitectónicos. No pasa desapercibida durante la visita la enorme roca sobre la que reposan la iglesia y el castillo. Ráfagas de siglos silban entre el empedrado de sus calles y sus casas.
La carretera continúa hasta Torla, cuya arquitectura ha sido muy alterada aunque conserve edificios importantes como casa Víu. La iglesia, dedicada al Salvador, muy remodelada en el siglo XVIII, guarda en su interior un retablo del mismo siglo, dedicado a la adoración de los Reyes Magos. Sobre el río Ara, el puente de la Glera, muy reformado, medieval.
Una vez aquí imposible no hacer una visita al Valle de Ordesa, podéis hacerlo en autobús desde el parking de Torla o bien a pie por el camino de Turieto. Es uno de los mejor conservados que quedan, pese a su actual estado.
La Ruta MÁS ESPECTACULAR del Parque Nacional de Ordesa y Monteperdido ⛰️
Broto y Oto
El viento que baja por las laderas señala Broto y Oto como próximas paradas junto al río Ara. En el primero, da la bienvenida al viajero la torre de la cárcel, la Iglesia de San Pedro (del siglo XVI) y la Casa del Valle, donde antiguamente se reunían los lugareños.
Destaca la iglesia dedicada a San Pedro del siglo XVI, especialmente por su portada de aspecto gotizante. Próximas a la iglesia, la torre de la cárcel y la casa del valle, sitio de reunión de los lugares que componían el valle de Broto y depósito de sus privilegios.
Os recomendamos pasar por sus comercios y adquirir los famosos chuletones de Ternera de Broto para llevárosla a vuestros lugar origen o degustarlos en uno de sus restaurantes.
En el margen derecho del río, se encuentra la Cascada de Sorrosal junto a la cual existe una vía ferrata.
La carretera sorprende con la visión de Oto, sembrado de casas tradicionales con chimeneas humeantes en otoño e invierno y tejados brillantes de sol en verano y primavera. Sus casas conservan mejor la fisonomía tradicional, con chimeneas troncocónicas.
La iglesia dedicada a San Saturnino, fue inicialmente un templo románico muy alterado posteriormente. También deben señalarse algunos de los Pajares y edificios auxiliares conservados.
Aquí concluye la Ruta de los Hospitalarios, que comienza en Bujaruelo. La ruta recorre el antiguo camino de San Nicolás de Bujaruelo hasta Oto y se encuentra marcada con una señalización diferenciada y con paneles informativos.
La Orden de San Juan de Jerusalén se estableció en Valle de Broto en el s. XII, con la función de auxiliar a los peregrinos y proteger la ruta que entraba desde Gavarnie (Francia) por el Puerto de Bujaruelo. Ellos construyeron los Hospitales de Gavanie y de San Nicolás de Bujaruelo. Para su asentamiento eligieron Oto por su situación defensiva, donde erigieron la iglesia románica. La estancia de los Hospitalarios en Oto se prolongó hasta comienzos del s. XV, momento en que el pueblo se incorporó a la Corona de Aragón.
Sarvisé
El lado izquierdo del río Ara esconde un secreto de bosques y espesuras, casas de piedra y tejados de pizarra. El nombre de Sarvisé huele a endrinas, prados siempre verdes, paseos a caballo y rutas de senderismo.
En Sarvisé es un sitio idílico para observar los maravillosos bosques que lo rodean y podemos aprovechar para realizar una vuelta a caballo por los alrededores (www.caballosdesarvise.com) y adquirir una botella de Pacharán Ordesano (www.ordesano.com), pacharán realizado con endrinas de los bosques de Ordesa. Un placer para el paladar os lo aseguramos.
El pueblo conserva algún edificio de interés etnográfico como Casa Ballarín.
Fiscal y Jánovas
Retomando el camino del Ara espera Fiscal, decorado por escudos de infanzones. Sus límites albergan dos auténticos tesoros, el Pórtico de Janovas, que se abre ante la iglesia de la Asunción, y el Batán de Lacort. Símbolos de la historia que han visto transcurrir en silencio estas montañas del Pirineo de Huesca.
Las casas muestran elementos tradicionales, con numerosos escudos de infanzones. Destaca la torre de casa Costa del siglo XVI. En la plaza, una portada románica del siglo XIII, trasladada desde Jánovas, da paso a la iglesia de la Asunción del siglo XVII.
Existe una ruta BTT y de Senderismo de Fiscal a Jánovas (nuestra siguiente parada) por si os pudiera interesar. Éste lugar conserva un esconjuradero, pequeño templete abierto desde el que se bendecían los campos. Es una localidad de nobles casas con escudos señoriales que conservan la estructura del siglo XVI y entre las que destaca Casa del Notario.
Se puede realizar una excursión de una hora hasta la ermita de San Mámes, excelente mirador del valle.
Desde Fiscal se desciende hasta Janovas, un pueblo que dio nombre a un embalse que lo transformó en el fantasma de lo que un día fue. El presente son casas derruidas y una ola verde de hiedra que lo inunda todo. En el aire, el grito de los vecinos, más sonoro que nunca en medio del silencio. “Jánovas no rebla”, Jánovas no muere. Es verdad.
Antes de dirigirnos hasta Jánovas , en la N-260 se asciende hasta los miradores para apreciar una vista de este tramo el río Ara. Se observa río abajo, como el río atraviesa los estratos del anticlinal de Nabaín y la Serrana: Las gargantas de Jánovas.
Para visitarlo tenéis 2 posibilidades:
- Desde la N-260 se puede descender hasta Jánovas. Una pista se aproxima al río. Se atraviesa un puente colgante del año 1.881 y ya se puede observar la ruinas de Jánovas presididas por su iglesia. Actualmente se encuentra en obras, así que este tramo (dejando el coche al inicio de la pista) habrá que realizarlo a pie. Son unos 15 minutos andando.
- Dejando el coche en el pueblo abandonado de Lacor, existe un PR señalizado hacia Jánovas. Un paseo precioso no más de 15-20 minutos.
La iglesia, cuya portada fue trasladada, cobija en su interior pinturas murales de tradición bizantina, utilizadas en la película GUERREROS (Daniel Calparsoro del 2001), que convirtió el lugar en una aldea balcánica.
Boltaña
Boltaña es la última parada antes de llegar al final del descenso del río Ara, y de los viajeros que lo acompañan. Este rincón del norte de Huesca siempre representa una grata sorpresa para el viajero. Callejear por su casco antiguo, uno de los más grandes del Pirineo, significa más que una parada obligada para el visitante. Capital de la comarca del Sobrarbe, su historia bebe de distintas fuentes, entre ellas, el río que la baña.
Su fantástico casco Antiguo (Uno de los más grandes del Pirineo) donde destaca además la visita a su castillo medieval.
Se dice que en las ruinas del castillo medieval, todavía hay quien escucha el murmullo de los aquelarres que, cuenta la tradición, allí se reunían. Dejando atrás el mundo mágico, no hay que dejar de acercarse a la Gorga de Boltoña, una piscina natural que forma el río Ara a su paso por la localidad. Frente a ella se ha recuperado la noria de agua que ayuda a regar los campos colindantes.
Vista de Boltaña.
Aínsa
Aínsa pone punto final al curso del río y a esta ruta por sus pueblos. En este punto confluyen el Ara y el Cinca, sus aguas se hermanan y prosiguen. Mientras el tiempo parece detenerse en el entramado de sus calles, plazas y casas, declarado Conjunto Histórico-Artístico.
Realmente te traslada a otra época. Su gastronomía y comercio no se quedan atrás, podréis adquirir multitud de productos típicos donde destaca su paté de Aínsa, establecimientos donde reponer fuerzas y multitud de comercios donde adquirir una espada de madera, ballesta, cascos, o lo que se os ocurra para la delicia de los más pequeños.
La plaza mayor, ofrece el momento perfecto para perderse entre compras y aperitivos en sus bulliciosos soportales. Para quien busca un espacio para el silencio y el recogimiento está la iglesia de Santa María, conocida popularmente como Iglesia de la Asunción. Y el castillo, Bien de Interés Cultural, puede aprovecharse como escenario para una justa caballeresca.
No hay que dejar volar mucho la imaginación para perseguir el hilo de un misterio en Aínsa.
Aínsa.
Pozas naturales del río Ara
Sin embargo, que no existan grandes presas ni pantanos, no significa que no posea tramos de aguas sosegadas. Tiene unos cuantos remansos de cierta profundidad y sin apenas corriente, convertidos desde hace tiempo en codiciadas piscinas naturales. Sea en forma de pozas, de balsas o de gorgas, tal y como se dice en el Alto Aragón, estas zonas ideales para el baño nos aguardan durante todo el recorrido del Ara por el valle de la Solana.
- Poza del Molino (Torla): A un paso del Parque Nacional de Ordesa se encuentra el primer lugar donde sumergirnos en el río Ara. Para llegar a ella, seguimos la carretera que asciende a la pradera de Ordesa y, apenas salimos de la población, tomamos el desvío descendente hasta el puente de la Glera. Ahí, además de dejar el coche, también podríamos darnos un chapuzón. No obstante, decidimos alcanzar la Poza del Molino por el camino que remonta el río y en un cuarto de hora descubrimos un paraje que se ha descrito como el mejor jacuzzi natural de España.
- Balsa entre los puentes de Fiscal: Hasta el caserío de Fiscal, en el tramo medio del Ara, ya llega un río adulto y ancho que se ha nutrido de varios afluentes a su paso por pueblos como Broto o Sarvisé. Sigue siendo un río de montaña, pero tiene un porte y entidad de lo más fotogénica. Y, por supuesto, zonas donde bañarse. Hasta hace poco, la principal era la conocida como gorga del Cura. En cambio, son muchos más los bañistas que acuden a una nueva balsa, creada apenas 200 metros aguas abajo. En concreto entre los dos puentes de Fiscal, el de hormigón de la carretera N-260 y el de piedra, originado en tiempos góticos, pero reconstruido tras la Guerra Civil. Esta poza es tan nueva que carece de nombre oficial, aunque posee uno popular.
- Desfiladero de Jánovas: Se pretendía aprovechar la amplitud del valle de la Solana y el cañón que se genera de forma natural a la altura de Jánovas. Por fortuna, paulatinamente se ha revertido la situación y las casas han vuelto a sus dueños. Y también ha sido una suerte para quiénes buscamos lugares como el desfiladero de Jánovas, enclave precioso e ideal para remojarse. La construcción de una presa en este paraje hubiera acabado con su gran poza, encajada entre la verticalidad del roquedo a un lado y la playa de guijarros al otro.
- Túneles de Balupor: Al igual que en el desfiladero de Jánovas, aquí también una orilla es inexistente al ser un paredón de roca. Mientras que, al otro lado, se despliegan playas de guijarros. Y también como en Jánovas, aquí gozamos de aguas extraordinariamente cristalinas y puras, pese a que el nacimiento del río está a más de 50 kilómetros. Sin duda esa calidad se debe a la inexistencia de embalses y represas artificiales, pero todos debemos colaborar en su mantenimiento. Ninguna de estas pozas está equipada con servicio de basuras, ni contenedores, así que cada uno de nosotros debe llevarse sus residuos.
- Gorga de Boltaña: Posiblemente sea una de las zonas fluviales más visitadas de todo el Pirineo oscense. Y las razones son obvias. Su facilidad de acceso, ya que está junto a las calles del pueblo. Por lo tanto, dispone de diversos servicios a un paso, como un camping y bares y restaurantes muy próximos. Además, la zona de baño tiene un tamaño considerable. Y, desde luego, la calidad de sus aguas es extraordinaria. Así que no extraña que muchos veraneantes vengan hasta aquí. Porque no hay que olvidar que, pese a su belleza y la habitual amabilidad de estas aguas, esto no es una piscina. Se trata de un río, un río de montaña y, a estas alturas, ya sabemos que un río salvaje. Es decir, tiene un carácter cambiante. Tan pronto puede bajar muy poquita agua, como crecer rápidamente su caudal. Aquí no hay socorristas, ni banderas de colores. Una tormenta inesperada o un tropiezo puede suponer un susto, cuando no algo peor. Y sería una pena que estos lugares tan maravillosos se convirtieran en un mal recuerdo.
Pozas del río Ara.
