De todos los huevos nacen pollitos: excepciones y la cruel realidad de la industria avícola

Como consumidores compasivos que se preocupan por lo que comen, muchas veces nos topamos con dudas a las que tratamos de dar respuesta. ¿Cómo se producen los huevos que consumimos? y ¿hay huevos que sean producidos sin maltrato animal?. Sin embargo, existe una práctica común de la industria del huevo a la que rara vez se presta atención.

Existe una gran confusión al respecto. Hay personas que piensan que los machos de las gallinas ponedoras son los pollos que también encontramos en las bandejas de los supermercados, pero no es así. Los pollos que encontramos en el supermercado son en realidad de otra raza llamada “broiler” y se consumen tanto los machos como las hembras.

No es casualidad que esta cuestión sea un misterio. Las industrias alimenticias saben que el consumidor a día de hoy es más exigente y no acepta el maltrato animal ni la crueldad con los animales. La industria del huevo oculta el destino de los machos de las gallinas ponedoras porque es cruel e inhumano: todos ellos son triturados vivos o gaseados a las pocas horas de nacer.

¿Realmente Trituran a los Pollitos Machos? La Verdad de la Industria del Huevo

No hay excepciones: todos los machos comparten este terrible destino. La realidad es que estos pollos no sirven para el consumo de carne porque no crecen a la velocidad adecuada ni producen suficiente musculatura, de manera que no tienen ningún uso comercial. No producen beneficios económicos. Así que, una vez que los pollitos son separados de las hembras, son inmediatamente triturados vivos o gaseados hasta la asfixia. No hay compasión con ellos.

Para entender mejor esta problemática, es importante conocer algunos datos clave sobre la producción avícola:

Gallinas ponedoras en una granja ecológica

Alternativas éticas y el compromiso europeo del pollo

Equalia, una organización comprometida con el bienestar animal, puso el foco primero en las condiciones de vida de las gallinas ponedoras de las granjas avícolas, en especial en ese exitoso cruce absolutamente antinatural que en los años 50 desarrolló el genetista Jim Warren para producir un ser vivo condenado a poner huevos sin pausa. En colaboración con otras organizaciones animalistas logró un compromiso para que a partir de 2025 las más importantes cadenas de supermercados renuncien a vender huevos de categoría 3, es decir, de explotaciones avícolas en las que las gallinas nacen, viven y mueren en un espacio de 600 centímetros cuadrados, un folio.

La nueva campaña de Equalia y de una constelación más de organizaciones europeas, ha puesto el foco ahora en los pollos de engorde.

Esta organización animalista no reivindica una solución vegana, se conforma con una alternativa éticamente más noble. Es por eso que han mantenido contactos con las principales cadenas de venta, el eslabón más expuesto a las opiniones del público, y en ese campo de batalla han cosechado valiosos acuerdos, con, por ejemplo, Eroski, Alcampo y El Corte Inglés.

Cadenas como Carrefour parecen aún reacias a firmar el Compromiso Europeo del Pollo, un texto de seis puntos a cumplir en el horizonte de 2026, que esencialmente obliga a renunciar a la venta de razas avícolas de crecimiento rápido y a mejorar las condiciones de vida de los ejemplares, por ejemplo con cuestiones tan simples como que lleguen a conocer la luz del Sol.

El Corte Inglés, por ejemplo, ha decidido incluso ir más veloz de lo que los compromisos reclaman. En 2017 aceptó dejar de vender huevos de gallinas criadas en jaulas en 2025, pero a la hora de la verdad ha adelantado tres años esa meta y ya no los tienen en ningunos de sus establecimientos, ni siquiera los usa en sus restaurantes. Por lo que hace referencia a la carne de pollo, la empresa asegura que el 100% de su actual oferta de marca propia procede de razas de crecimiento lento y que trabaja con sus proveedores para garantizar que en 2026 el resto de marcas que se venden en sus tiendas no sean en ningún caso de esos pobres descendientes del concurso del ‘Chicken of Tomorrow’ o, peor aún, de lo que vino después, cuando la intuición de los granjeros fue sustituida por la irrupción de empresas líderes en genética animal.

Miren las siluetas de lo que era un pollo antes de aquel concurso y de lo que finalmente es hoy. La diferencia es colosal. Es una realidad tan sorprendente que parece ciencia ficción, tanto que Bong Joon-ho, oscarizado director de ‘Parásitos’, rodó en 2017 otra película que pasó tal vez algo inadvertida y que aborda de forma directa esta cuestión.

El pollo del mañana: una mirada al pasado para entender el presente

Hay que retroceder primero a los años 1946 y 1947. En aquellos años, la Great Atlantic and Pacific Tea Company convocó un concurso para que granjeros de cualquier parte de Estados Unidos cruzaran distintas líneas genéticas de pollos en busca de una nueva variedad que en un tiempo récord desarrollara unos muslos y pechugas desproporcionadamente carnosos.

’Chicken of Tomorrow’. Así bautizaron aquella meta, literalmente el pollo del mañana o, si se prefiere, del futuro. Fue una suerte de ‘Proyecto Manhattan’ avícola. Tras la Segunda Guerra Mundial, la necesidad de poner en el mercado proteínas baratas era, a las puertas del ‘baby boom’, una prioridad mundial. La Great Atlantic and Pacific Tea Company olió el negocio.

El resultado de aquel concurso forma parte de la historia de la industria cárnica. Los participantes presentaron un total de 720 huevos para que fueran incubados en igualdad de condiciones. Cada huevo era fruto de una selección de cruces meticulosamente meditada. Todos los pollitos fueron alimentados por igual. Pasadas 12 semanas, fueron sacrificados y diseccionados para su estudio.

Se obtuvieron dos líneas de selección que, cruzadas, alumbraron el llamado Cornish Rock Cross, un ser vivo programado para crecer a una velocidad de vértigo. “Si un bebé humano creciera al mismo ritmo que esas aves, al cabo de dos meses pesaría 300 kilos”, explican los portavoces de Equalia.

Pasado algo más de medio siglo, la variante dominante en las estanterías frigoríficas ha terminado por ser el pollo ‘broiler’, un ser vivo imposible en estado natural, un ser vivo modelado por los seres humanos y condenado a vivir 41 días (es entonces cuando se les suele sacrificar) de geométrico crecimiento corporal. Cuando rompe el cascarón, pesa de media 44 gramos. Cuando es sacrificado, solo seis semanas más tarde, supera los 4,2 kilos.

Los pollos ‘broiler’ son un material que estudiarán los paleontólogos del futuro por su antinaturalidad. Cualquier huesecillo fósil anterior a la Segunda Guerra Mundial será diminuto comparado con los aparecidos súbitamente durante la segunda mitad del siglo XX.

Son animales que sufren, subraya Equalia. Apenas se sostienen en pie.

Pollos Broiler en una granja industrial

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