Cuando uno muere, ¿vuelve a nacer? Evidencia científica

Que el disfraz de muerto viviente sea uno de los más recurrentes de la noche de Halloween, víspera del Día de Todos los Santos, no es casual. La posibilidad de que los muertos retornen a la vida ha quitado el sueño a los humanos desde la época medieval hasta principios del siglo XIX. Las leyendas de los “no muertos” surgieron en la Europa del siglo XI, aunque el mito, probablemente, es mucho anterior.

La arqueología ha dejado a la luz testimonios de rituales funerarios grotescos, como enterramientos boca abajo u hoces sobre la garganta del difunto para evitar que el muerto se levantase de su tumba. Pero a partir del siglo XIX se generalizó un nuevo miedo alentado por la literatura propia del romanticismo oscuro de la época: el de ser enterrado vivo.

Poco después del año 1800, se comercializó el primer ataúd de seguridad. Este dispositivo permitía activar una campanilla situada en el exterior desde la propia sepultura, en el caso de que el supuesto difunto hubiese “despertado”. Hasta mediados del siglo XX se computaron al menos 22 patentes de este artilugio en Estados Unidos, si bien no existe registro ni testimonio de que alguna vez haya sido utilizado por una persona erróneamente declarada muerta.

¿Es posible declarar muerta a una persona viva?

A lo largo de la historia la forma de diagnosticar la muerte de una persona ha sufrido variaciones. Durante siglos se aceptó que la ausencia de respiraciones, de pulso, de latidos y de reacción a estímulos eran signos inequívocos de fallecimiento. Sin embargo, esos criterios no siempre eran determinados por un médico cualificado y podía existir cierta desconfianza en el diagnóstico.

Bajo esas circunstancias, y en aras de evitar el error de dar sepultura a alguien dado por muerto por error, nace la tradición del velatorio, cuya duración varía, según las culturas, entre uno y tres días. De hecho, en España, hasta el año 2011 era necesario esperar 24 horas antes de proceder al enterramiento de un cuerpo.

Actualmente, la ciencia y la tecnología están suficientemente avanzadas como para no cometer errores de esa naturaleza. Aunque a veces, la prensa de hace eco de sucesos casi inverosímiles de “resucitaciones”.

¿Es posible que una persona declarada muerta “resucite”?

Cabría pensar que tal afirmación corresponde al mundo de la leyenda o del cine. Pero cuando durante la última década se ha realizado esta pregunta a una muestra de profesionales sanitarios, el 45% de los médicos de emergencias de Francia, el 37% de los intensivistas canadienses y el 37% de los holandeses respondieron que, durante su carrera, al menos habían sido testigos de un caso de autorresucitación de un paciente en ausencia de maniobras de reanimación cardiopulmonar.

De forma paralela, la literatura científica alberga casos documentados de pacientes que recuperaron las constantes vitales una vez cesadas las maniobras de reanimación cardiopulmonar o en ausencia de ellas. Un extraño suceso denominado “fenómeno de Lázaro”, en alusión al conocido pasaje bíblico.

Desde 1984, se tiene constancia de que el fenómeno de Lázaro ha afectado, al menos, a 63 pacientes clínicamente muertos, tanto en edad adulta como pediátrica. El tiempo desde el cese de las maniobras de reanimación hasta la recuperación espontánea de los signos vitales ha variado en un rango de pocos segundos hasta tres horas y media. El 35% de “los resucitados” sobrevivió hasta el alta del hospital y, en la mayor parte de las ocasiones, sin secuelas neurológicas.

No obstante, y a la vista de la elevada proporción de clínicos que, en privado, afirman haber presenciado una resucitación y la modesta descripción de casos en revistas especializadas, parece existir cierta infradocumentación de “fenómenos de Lázaro”. Esta escasez de información puede ser debida a temores de los clínicos frente a consecuencias médico-legales, de descrédito profesional o incluso por la incredulidad del personal asistencial ante sus observaciones.

A diferencia de la literatura biomédica, los textos periodísticos se hacen regularmente eco de noticias que relatan hechos compatibles con el fenómeno de Lázaro.

Lázaro de Corabastos: Resucitó 1 hora después | Testimonios de Vida después de la muerte

Aunque ya no se duda de la existencia de procesos de autorresucitación, en la actualidad se desconocen por qué mecanismos fisiopatológicos se producen los fenómenos de Lázaro. Se han barajado varias hipótesis plausibles al fenómeno, aunque por sí solas no han logrado explicar la totalidad de los casos documentados.

Una de ellas tiene que ver con un posible efecto retardado de los fármacos utilizados durante la reanimación, como la adrenalina o el bicarbonato. Otras posibles explicaciones al fenómeno se han relacionado con la presencia de marcapasos funcionantes o la autorreperfusión miocardiaca tras el desprendimiento de placas de ateroma en las arterias coronarias.

Pero la hipótesis más razonable apuntaría a la existencia de un aumento de las presiones intratorácicas producida por la ventilación artificial. Este proceso podría desencadenar una disminución de la perfusión coronaria y el cese de la actividad del corazón. Al dar por finalizadas las maniobras de reanimación se provocaría la disminución la presión intratorácica y, tras ello, la recuperación espontánea del movimiento mecánico del corazón.

Sea como fuere, el fenómeno de Lázaro desafía al entendimiento humano. Una leyenda convertida en observación clínica a falta de explicación científica.

La Conciencia

La consciencia es el estado de conocimiento de uno mismo, nos permite darnos cuenta de nuestra propia existencia y de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Es la melodía que nos queda grabada en la cabeza o el aroma del campo después de la lluvia. Platón creía que tenía que haber realidades que existieran aparte del mundo material, a las que llamó “las formas”. Y que en los seres humanos existe una capacidad para aprehender estas formas, el alma o mente. Definió la conciencia como la relación del alma con ella misma.

En su concepción actual, el materialismo propugna que los estados mentales son idénticos a los estados cerebrales y que nuestros pensamientos y sentimientos y nuestro sentido del yo son propiedades de la actividad electroquímica en el cerebro. Pero, ¿cómo es posible que un montón de partículas desprovistas de conciencia se junten y provoquen la conciencia?

Los defensores del materialismo propugnan diferentes explicaciones. Una solución propuesta consiste en considerarla una ilusión; en realidad esto no resuelve el problema, simplemente niega su existencia. Otros consideran la conciencia una propiedad emergente, que surge de la simple interconexión de 86.000 millones de neuronas; pero no se explica a partir de qué grado de complejidad se alcanza esa conciencia.

Existen otras explicaciones desde el campo del materialismo, pero todas fallan al considerar la naturaleza como una máquina, una visión heredada de la física newtoniana, y, por tanto, no pueden ver que los sentimientos, junto con todos los aspectos de la vida interior, son los fundamentos de la vida humana, no la actividad química y eléctrica del cerebro. La falta de una explicación adecuada ha hecho que a lo largo del siglo XX la visión materialista haya ido perdiendo apoyo.

El siglo XX ha supuesto un cambio de paradigma para el problema cerebro-mente. Con anterioridad, todas las ideas generadas y debatidas eran especulaciones puramente teóricas. Se sabía muy poco sobre el funcionamiento del cerebro y la mecánica newtoniana resulta incompetente para explicar cómo el cerebro es capaz de generar experiencias conscientes inobservables. Todas las especulaciones se movían en el ámbito de la filosofía.

La investigación experimental ha abierto nuevas vías que permiten conocer mejor la naturaleza y características de esa relación entre el cerebro y la mente. Diferentes tipos de investigación parecen indicar la existencia de una mente o alma independiente del cerebro y, en general, del propio cuerpo humano. Entre ellas cabe incluir las observaciones del comportamiento del cerebro referidas por neurocirujanos, el análisis de Experiencias Cercanas a la Muerte, conocidas por sus siglas ECM, los análisis sobre Lucidez Terminal o los estudios de inteligencia en pacientes hidrocefálicos.

Son numerosos los neurocientíficos cuyas experiencias les han llevado a concluir que hay algo en los seres humanos que va más allá de la materia. Como ejemplo original y destacado cabe referirse a Wilder Penfield.

El cerebro no experimenta dolor, por lo que un paciente de neurocirugía puede permanecer cómodamente consciente sólo con anestesia local. En primer lugar, se dio cuenta de algo acerca de las convulsiones. Podía provocar ataques estimulando el cerebro. El paciente podía sacudir el brazo, sentir hormigueos, ver destellos de luz o incluso tener recuerdos. En segundo lugar, Penfield observó que los pacientes siempre sabían que el movimiento o la sensación provocados por la estimulación cerebral se la hacían a ellos, pero no por ellos. Había una parte del paciente, la voluntad, a la que Penfield no podía llegar con su electrodo.

Desde los años sesenta, los avances en reanimación han ayudado a revivir a millones de personas después de que su corazón se haya detenido. Un creciente número de investigadores empezaron a recopilar datos cualitativos e investigar sobre las ECM tras la publicación en 1975 del libro del psiquiatra y médico Raymond A. Para describir el caso genérico, lo primero en que hay que insistir es que se trata de personas que en ese momento sufren una muerte clínica, con encefalograma plano, sin función del tronco encefálico, sin actividad eléctrica en la corteza cerebral ni funciones elementales como la respuesta de la pupila a la luz, que surjan del tronco encefálico. Es decir, que todas las funciones cerebrales han llegado a su fin. Esto significa que el paciente no puede pensar, ni ver, ni evocar recuerdos pasados ni recordar nuevos datos.

Los sistemáticos estudios realizados por reconocidas universidades y hospitales clínicos a lo largo y ancho de todo el mundo definen una serie de características comunes de los fenómenos experimentados individualmente por los miles de personas analizadas. Pacientes que no tienen funciones cerebrales significativas dicen ser capaces de pensar, ver, recordar y moverse. Son muy diversas las apreciaciones de las personas que han experimentado una ECM, y por ello para sistematizar la investigación se ha propuesto clasificarlas en 50 diferentes temas.

Pero para la comprensión de la relación mente-cerebro que aquí tratamos son importantes dos características destacadas por estos pacientes: la experiencia extracorpórea, la percepción de que se está fuera del propio cuerpo, así como experimentar tanto una percepción visual como auditiva precisas.

Lucidez Terminal

Durante los últimos 250 años, los médicos han documentado de forma intermitente un aumento inusual de la claridad mental en los últimos minutos, horas o días antes de la muerte de un paciente. Un ejemplo muy conocido lo explica Ted Christopher así: “Quizá el caso más llamativo fue el de una joven con una discapacidad grave llamada Anna (“Kathe”) Katherina Ehmer. Su caso ocurrió en 1922 y tuvo una comprobación sustancial, ya que Kathe era paciente de un hospital psiquiátrico y su episodio de lucidez repentina fue observado por el médico jefe del hospital, Wilhem Wittneben, y también por su director, Friedrich Happich. Kathe había nacido con graves discapacidades y, como tal, nunca había hablado y, además, parecía ajena a su entorno. Sin embargo, en su última media hora de vida, al parecer cantó y, en particular, la frase repetida: “¿Dónde encuentra el alma su hogar, su paz? Paz, paz, paz celestial”.

La mayoría de los casos no son tan llamativos, pero esconden el mismo misterio, parecen indicar una conciencia más allá del cerebro. Un ejemplo típico referido en el mismo artículo citado: “El caso se refería a una anciana que llevaba años con un deterioro cognitivo tal que «no daba muestras de reconocer a su hija ni a nadie». Sin embargo, en los momentos previos a su muerte, «entabló una conversación normal con su hija».

Aunque no existen todavía estudios sobre la incidencia a nivel universal se puede asegurar que es un fenómeno relativamente frecuente, como manifiestan todos los investigadores que han tratado este tema. Podemos intuir la frecuencia de este fenómeno a partir de un estudio realizado por investigadores de los hospitales universitarios de las universidades de Dongguk y de Gyeongju de Corea del Sur publicado en 2018: “De las 338 muertes que se produjeron durante el periodo de estudio (187 en la UCI y 151 en las salas generales), se identificó lucidez terminal en 6 casos de las salas generales.

Estudios de inteligencia en pacientes hidrocefálicos

La hidrocefalia es una enfermedad en la que el líquido cefalorraquídeo sustituye al tejido cerebral en las partes vitales del cerebro necesarias para la función cognitiva. En 1980, el pediatra británico John Lorber informó de que algunos adultos normales, aparentemente curados de hidrocefalia infantil, no tenían más del 5 % del volumen de tejido cerebral normal. Este caso tan extremo se daba en 60 de los 600 casos estudiados por Lorber. Sin embargo, se trataba de niños misteriosamente normales: comían, bebían, jugaban, estudiaban e incluso eran sobresalientes en clase. Incluso uno de los niños, con un cerebro extremadamente pequeño de 5 mm tenía un coeficiente intelectual superior al normal.

Esta realidad refuta todas las teorías existentes sobre el cerebro. Ante esta realidad, una gran parte de los neurólogos se limitan a opinar que hay que modificar nuestra concepción de cómo funciona el cerebro. Así lo expresa el neurólogo de la Universidad de Sheffield Adrian Bower: “aún quedan muchas preguntas por responder sobre el cerebro humano, y hay que admitir que el provocador planteamiento de Lorber hace pensar en ellas”.

Mecánica cuántica y la conciencia

Un cerebro es consciente de un objeto cuando existe en su memoria una representación física (correlato neural) de ese objeto junto con su “significado”. En la física clásica no se encuentra ningún mecanismo capaz de explicar cómo el cerebro genera el inobservable mundo psicológico interior de las experiencias conscientes y cómo, a su vez, esas experiencias conscientes dirigen los procesos cerebrales subyacentes hacia el comportamiento deseado.

Pero con las leyes físicas cuánticas que tratan la información cuántica inobservable sí parece que se pueda llegar a explicar la existencia de la mente y su relación con el cerebro. La materia, y también la materia del cerebro, está conformada por partículas que sabemos están constituidas por campos cuánticos, que interactúan en el espacio-tiempo.

Bohm postula que una partícula es siempre una partícula y un campo a la vez. Se trata de un nuevo tipo de campo presente en todo el universo que contiene lo que denomina información activa, cuya fuente es una nueva cualidad de la energía, que informa literalmente a la partícula. El pensamiento humano y la elección afecta a los campos cuánticos intrínsecos a las partículas elementales en el cerebro (y, a través del cerebro, al resto del cuerpo).

Además, como explican Hiley y Pylkkänen: “Al afirmar que la información existe objetivamente (independientemente de la mente humana) y desempeña un papel organizador activo en distintos niveles de la naturaleza, estamos proponiendo que cambiemos radicalmente nuestra visión del mundo.

Pasados cien años desde el descubrimiento del mundo cuántico, vemos como poco a poco la mecánica cuántica nos van permitiendo acercarnos al conocimiento de la realidad. La explicación de la consciencia es seguramente el mayor enigma al que se enfrenta la humanidad desde siempre.

Lo que se ha dado en llamar interpretación ontológica de la teoría cuántica de David Bohm, que se inicia en 1952, permite una explicación en términos generales de cómo la mente o alma puede interactuar con el cerebro y en general con el cuerpo humano.

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