Según el psiquiatra suizo C.G. Jung, el tema de la «madre» fue profusamente estudiado. Si bien Sigmund Freud basó gran parte de su teoría del psicoanálisis en el estudio del «padre», Jung se interesó a lo largo de toda su obra especialmente en los símbolos y el simbolismo.
La historia del psicoanálisis consagró esta obra como un capítulo fundamental de la teoría del simbolismo, a tal punto que marcó una división dentro del psicoanálisis, en este caso, encarnada en el distanciamiento de Freud con Jung. Como en la clínica, es una división lo que revela la estructura.
A pesar de la separación que Freud marcó con Jung, y a pesar de todas las críticas que Lacan hizo respecto del simbolismo en Jung y su teoría de los arquetipos, es importante detenernos en estos conceptos de Jung, ya que forman una parte importante de la historia del psicoanálisis y en particular aquí, de la historia de la teoría del simbolismo o la hipótesis de lo simbólico.
Jung desarrolló esta idea en "Transformaciones y símbolos de la libido" (1911) de manera inaugural, pero también en general la desarrolla a lo largo de toda su obra. Transformaciones y símbolos de la libido es una obra cuya metodología de estudio y retórica está inspirada en parte en La interpretación de los sueños, por el estudio dedicado al simbolismo, y en parte en el historial de Schreber freudiano, porque el libro se organiza en torno al análisis de los poemas de una joven norteamericana llamada Miss. Miller, a quien Jung no había conocido ni tratado personalmente.
Jung comienza entonces por La interpretación de los sueños preguntándose por qué los sueños son simbólicos, para lo cual se responde que son simbólicos porque pensamos en palabras. Y en este punto diferencia el habla y el lenguaje, para señalar precisamente que su foco de estudio es entonces el lenguaje: «El lenguaje debe entenderse más bien en una acepción más amplia que, por ejemplo, el habla, que no es en sí más que la emisión del pensamiento formulado, susceptible de comunicación.» (Jung, 1911: p.
De acuerdo a su hipótesis, «…tiene que haber mitos típicos, verdaderos instrumentos que sirvan a los pueblos para elaborar sus complejos psicológicos. Parece que todo griego de la época clásica llevaba en sí un fragmento de Edipo, así como todo alemán un fragmento de Fausto.» (Jung, 1911, 57).
Freud centró su estudio del hombre a partir del mito de Edipo, Jung amplió este estudio en todo sentido al que lo simbólico pueda implicar y se dedicó entonces a un estudio comparado de religiones, mitos, leyendas, tradiciones. De aquí derivó entonces un concepto de inconsciente que no se sobre-imprime sobre el inconsciente freudiano, sino que, a juicio de Jung, le da un fundamento: lo inconsciente colectivo.
Lo inconsciente colectivo es el saber de las tradiciones de la vida humana desde que nació el lenguaje mismo: «Ese ente colectivo no parecería una persona, sino que semejaría un infinito río o quizá un mar de imágenes y formas que a veces nos representamos en sueños o en situaciones espirituales anormales.» (Jung, 1934, 22).
Para Jung es un inconsciente más profundo que el inconsciente freudiano, pero en otro sentido es un inconsciente más bien puesto fuera del aparato psíquico y le da fundamento simbólico para su constitución. No se trata de un inconsciente que se constituye por efecto de la represión, en el sentido freudiano de La interpretación de los sueños o de Lo inconsciente.
El concepto de herencia arcaica freudiano esta tratado en las tres grandes últimas obras de Freud: Moisés y la religión monoteísta (1934), Análisis terminable e interminable (1937) y Esquema del psicoanálisis (1938). Allí define de esta manera el concepto: «… en la vida psíquica del individuo no sólo actúan, probablemente, contenidos vivenciados por él mismo, sino también otros ya existentes al nacer; es decir, fragmentos de origen filogénico, una herencia arcaica (…) Cuando estudiamos las reacciones frente a los traumas precoces, muchas veces quedamos sorprendidos al comprobar que aquéllas no se ajustan a la propia vivencia del sujeto, sino que se apartan de ésta en una forma que concuerda mucho más con el modelo de un suceso filogenético, y que, en general, sólo es posible explicar por la influencia de éste.
Jung define los arquetipos como los «elementos» de la «estructura psíquica inconsciente»: «La estructura es lo que siempre se encuentra ya, es decir, es lo que en todos los casos ya estaba, es la precondición.» (Jung 1938,114) En términos de Jung podría decirse que Freud estudió particularmente el arquetipo del padre, en el complejo de Edipo.
Pero existen para Jung otros arquetipos, incluso sugiere que la lista pareciera ser interminable o indeterminable, en la medida que habría tantos arquetipos como lo permita el lenguaje y su historia. Jung estudió particularmente el arquetipo del padre y de la madre, y los arquetipos que él llama anima, arquetipo de lo femenino en el hombre; animus, arquetipo de lo masculino en la mujer; sombra, arquetipo de lo inconsciente reprimido por el yo; persona, arquetipo de la máscara del sujeto; sí-mismo, arquetipo de la totalidad de la psique, tanto individual como colectiva.
Los arquetipos, en tanto formas, ideas inconscientes que pre-existen a la psique individual, son predisposiciones «activas y vivas» que, «al modo del instinto, preforman e influyen el pensamiento, el sentir y el actuar de cada psique.» (Jung, 1938, 88). Los arquetipos no están determinados de manera fija en cuanto a su contenido «sino sólo formalmente, y esto de un modo muy limitado.» (Jung, 1938, 89): «…en principio se le puede dar un nombre [al arquetipo] y posee un núcleo significativo invariable que determina su modo de manifestación; pero siempre sólo en principio, nunca concretamente.
A propósito de estos factores debemos introducir entonces el concepto de complejo tal como Jung lo conceptualizó originalmente. Si el arquetipo se manifiesta en lo inconsciente colectivo en formaciones simbólicas como mitos y leyendas, a nivel del inconsciente personal se manifiesta a través de los complejos. El arquetipo está en la base de los complejos (Jung, 1938, 94).
El complejo es un conjunto o constelación de representaciones inconscientes afectivamente cargadas, cuya formación es inherente a la constitución psíquica misma (Jung, 1934c, 107), y se remonta a las relaciones con los padres de la historia infantil: «Todo el mundo sabe hoy que uno ‘tiene complejos’. Menos conocido es, sin embargo, que los complejos le tienen a uno, pese a que esto sea más importante desde el punto de vista teórico.» (Jung, 1934c, 100-101).
Jung figura metafóricamente el complejo en la imagen del genio maligno que imagina Descartes: «Los complejos se comportan como diablillos cartesianos y parecen deleitarse haciendo travesuras propias de un duende. El complejo se comporta de una manera extraña al yo, pero puede suceder que el complejo asimile al yo, lo cual Jung observa como una transformación de la personalidad (Jung, 1934c, 103). Independientemente de este fenómeno, el yo es un complejo en sí mismo, que socialmente tenemos por normal.
En 1913, Sabina Spielrein escribe dos artículos publicados en Imago, revista fundada por Freud en 1912: Mutterliebe3 -«Amor maternal»- y Die Schwiegermutter4 -«La suegra»-, ambos abordan la figura de una madre. El primero se centra en el amor de una madre y su huella indeleble en la memoria del sujeto.
En el año 1913 Sabina Spielrein lleva años separada de Jung5, de quien fue paciente como es sobradamente conocido, y ha afirmado su filiación freudiana. Habría que recordar que Sabina llega a Viena en octubre de 1911, siendo aceptada como miembro activo y participante de las reuniones de los miércoles en casa de Freud, la futura Asociación Psicoanalítica de Viena.
Hilferding, que salió de la Asociación el día que entraba Spielrein, se alineó a las ideas de Adler. Ello no impide considerar dicho trabajo como un hito en nuestro proceder teórico con la maternidad. Ya en su título, el trabajo de Hilferding, nos orienta suficientemente sobre el tema tratado, y nos permite apreciar que las primeras mujeres psicoanalistas, cuando las ortodoxias y heterodoxias aún no estaban canonizadas, aquellas que hemos de traer a la luz, estaban interesadas en pensar y teorizar sobre las madres.
Spielrein, como Hilferding y otras pioneras psicoanalistas, es de las mujeres que han tomado el ágora y muestran sus opiniones y sus trabajos a la par que sus colegas masculinos. Era una voluntad inequívoca. Algunas de estas mujeres pagaron un alto precio en sus vidas, incluso con sus vida misma. La mayoría pertenecía a las clase burguesa ilustrada y junto con la clase obrera, constituyen uno de los sujetos sociales emergentes de finales del siglo diecinueve y primeros años del veinte.
En el primero que vamos a comentar, Amor maternal, Spielrein muestra que la huella primera de la madre está fijada en la elección de objeto de deseo de un sujeto. Spielrein pone a la luz las razones inconscientes que cualquier hombre pide o busca, o no sabe que pide y busca, en el amor a una mujer: «Una fuerte fijación a los modelos maternales producirá grandes resistencias hacia cualquier objeto de amor sexual, en cada imagen de mujer, se inmiscuye la imagen matriz de la madre, bien casi con conciencia, o subconscientemente»7.
Spielrein destaca la fijación (Fixierung) como condición de efecto en un sujeto. Por eso comenta que lo ha encontrado en las experiencias infantiles de los fenómenos neuróticos, en los que no es raro8. Obsérvese la matizada expresión en su generalización -«No es raro»- aun escribiendo en una revista de la profesión, que diríamos hoy. Probablemente no por dudas, sino por estilo.
Spielrein escribe este pequeño artículo de Amor maternal a partir de una nota que su hermano Jean Spielrein le hace llegar sobre un recuerdo personal. Leamos a Sabina: «Una niña de seis años de edad quiere tener a su hermano pequeño en su camita. “Mamita”, le pide, “déjame disfrutar de su hermoso cuerpecito”»10.
Spielrein narra en palabras de la niña, con diminutivos y dulzura, cual si una historia fuese a ser contada. Nos la evoca en su deseo y arrobo. Sabina trata de poner la raya, al tiempo que ayunta amor y deseo. La curiosidad de la niña por el cuerpo del hermano y su identificación con la madre en el amor que le profesa: «Por el contrario abriga aquí, sentimientos maternales»12.
El estilo elegante y elusivo de Sabina, permite acoger la fascinación de la niña por el cuerpo del varoncito sin que se llame a escándalo quien lee -como se diría en aquel su tiempo. Spielrein subraya el amor, y no el falo, pero este se hace oír en el verbo que emplea: geniessen13, disfrutar en español, pero también gozar, saborear, y otros significados donde lo carnal se hace presente.
La pequeña del artículo es una artista de la palabra, que embauca su deseo con las arras del amor, y cumple así con lo que sus padres le piden: «“ni idea” de cuestiones sexuales». La niña que pide disfrutar del cuerpecito del hermano, ¿está identificada con la madre en posición de hacer con el hermano lo que la madre hizo con ella, como se observa en el juego con la muñeca14? ¿O, está identificada a la madre en lo que el bebé es para la madre, algo que atañe al cuerpo y al goce?
Sabina nos dibuja a la niña y al hermanito entregados a la ternura gozosa del roce: «Podemos suponer que para los más pequeños, el contacto de una hermana les es igualmente agradable»15. Nombra aquí un lugar de equivalencia en la estructura psíquica entre madre y hermana, lugares biunívocos no siempre tenidos en cuenta, y donde como en tantas otras develaciones la debemos considerar una adelantada.
Spielrein sostiene y afirma que las experiencias de ternura dejan huellas: La sexualidad en juego imprime la huella, velada por el amor. Spielrein fue siempre una estupenda lectora de Freud, y le tenía presente al teorizar su clínica. Con su estilo de afirmar persuadiendo, Spielrein escribe: « ¿Por qué sorprenderse si esta impresión, como cualquier otra, deja una huella en nuestra psique?»16.
«Amor físico» (körperliche Liebe), el ayuntamiento de amor y sexo dispone de una previa huella significante -como prefiero decir- en la memoria de un sujeto. Una huella constituida antes de Edipo, puede decirse, pues Spielrein habla de experiencias tan tempranas que incluyen aquellas del cuidado y la limpieza que una madre da, o como la que nos relata, la de una niña con su hermanito bebé.
Spielrein ha llevado el asunto hasta donde pretendía eludiendo pero aludiendo al cuerpo y sus atributos. La madre y la hermana, formas equivalentes en la estructura; el deseo referido al cuerpo, y el amor: ternura y delicadeza más allá del cuerpo. Además, incesto materno como producción de síntomas: asco, vergüenza y miedo o angustia20.
Spielrein, siempre con las representaciones presentes en sus teorizaciones y su escritura dulce y dócil, transmite amablemente su acogida del dolor, al tiempo que señala con firmeza la raíz del sufrimiento, si la madre es la forma en la elección de objeto amoroso, habrá consecuencias subjetivas para el individuo y posiblemente para la pareja, pues ahora sabemos que la otra en la vida de un hombre puede estar relacionado justamente con la matriz materna de su amor a una mujer.
Buscará en la otra la satisfacción del deseo que aquel amor tan maternal a la mujer elegida, no permite que pueda ser satisfecho o el asco, la vergüenza o la angustia, se harían presente. Amar a una, a la que degradaría si la desea, pues contiene la imago materna, y desear a otra que satisfaga el goce carnal. Sabina Spielrein apunta en esta dirección.
Freud en Imago21 quería dar entrada a trabajos no exclusivamente metapsicológicos, publicar reflexiones y reseñas con enfoque divulgativo que permitiera al psicoanálisis acoger la cultura en general y, al tiempo atraer a públicos de ámbitos ajenos a la profesión. Spielrien con este articulito cumple sobradamente estos objetivos, pues al escribir con estilo sobre las cosas serias del aparato psíquico, permite a un público curioso, observar pececillos desde la cómoda orilla. ¿Hay en nuestro tiempo ese tipo de público para nosotros?
Siguiendo con el estilo de Sabina Spielrein, el segundo artículo que publica el mismo año y en la misma revista de Imago, es el de La suegra23, donde volvemos a encontrar a Spielrein avanzada a su época, interesada en el análisis de lo femenino, inaugurando problemáticas no abordadas, tal como hacía en el artículo anteriormente comentado, pues referido a un varoncito - un hermano -, el juego de deseos es entre la madre y la niña, y aquí, en La suegra, entre una mujer y la otra. Es temática spielreniana la de las madres y las hijas.
La suegra, con su estilo acogedor y dulce, salpicado de las pinceladas de gracia de su benévola forma de mirar el mundo, encierra alguna aguda crítica al patriarcado reinante y a las adocenadas maneras de las clases bienpensantes. Sabina, como otras mujeres intelectuales de su tiempo, no ha venido al mundo para ser una mujer exclusivamente sometida a la tradición, sino que la cuestiona, la interpela y la subvierte, si se requiere. A su modo, y con su forma, en este artículo se propone psicoanalizar la relación entre mujeres, o por lo menos, con la otra, como me parece pertinente nombrar. La nuera y la suegra.
Spielrein parte de Freud, en concreto del primer apartado de Totem y tabú25: “El horror al incesto” que había aparecido, al igual que los tres restantes apartados que componen el libro de Freud, en forma de ensayo en Imago26. En este capítulo Freud hace referencia al tabú entre yerno y suegra abundante en muchos pueblos llamados entonces primitivos. Spielrein retoma el tema para situarlo en la sociedad occidental y contemporánea. El desarrollo del mismo gira sobre el triángulo: madre-hija-suegra, donde la madre de la hija se alegra más del matrimonio de su hija, que la madre del hijo27.
La alegría (freut) cruzada entre dos madres, con retrato de hija al fondo, ocupando el polo de deseo para las tres, el hijo de la suegra de la hija, el varón nombrado. Una mujer y la otra, a la hora del deseo. Spielrein se pregunta por las razones de deseo de las madres implicadas. Antes de nuevo, la razón social: no es solo la falta de independencia social de las mujeres28.
Una de las madres, pierde; la otra, en posición de rivalidad, gana. No es un acertijo, pero quien lee puede, antes de seguir, hacer su apuesta sobre cuál de las dos suegras implicadas es la que pierde, y cuál gana. Lo que muestra que el tiempo sociológico se mueve con palos en las manecillas, o con relojes a los que se olvidó dar cuerda, como el de Tristam Shandy. Efectivamente, pierde la madre del hijo y gana la madre de la hija29.
Lo curioso e interesante es la razón que dilucida para que la madre de la casada gane: que vive la vida de su hija30. Breve y concisa, escrita cual un inciso. Spielrein es estilo.Se trata de una forma de decir, no ensayada antes, diría que tampoco después, al menos con esa viveza, vivir la vida de la hija y renovar la propia juventud. Rivalizar por el deseo del hombre de su hija, y no dar paso, menos aún la mano, a la mujer que su hija es. No abrirle las puertas, sino cerrárselas.
Sabina fue sabia y afirma lo que ya empieza a ser aceptado: La relación de una madre con su hijo es distinta que con su hija31, y pone el acento en la maternidad. Una hija llega a ser también madre, y al igual que ella - que la madre - que ocupó noches con sus criaturas, la hija a su vez, lo hace con las suyas, lo que desde el punto de vista de Spielrein, les confiere una intimidad32 (Innigkeit), donde Innig significa profundo, que ambas sean madres confiere a la relación una profundidad, como quien dice una intensidad; al tiempo que una competencia33 (Konkurrenz), constante.
Spielrein fue primera en abordar la conflictiva relación madre-hija, la laceración y el estrago de una hija con su madre, y viceversa. Concisa y breve, pero no menos nota teórica germinadora de futuro. Reconocer el legado teórico y clínico de nuestras antecesoras es obligación de la teoría psicoanalítica con la memoria constituida y constituyente de nuestro proceder. Siguiendo su estilo, escribe: es más erótica y menos íntima34.
La relación con el hijo es más erótica, la de la hija es más íntima (intimes). Insiste en la intimidad, esta vez, nos entrega un vocablo próximo, pues íntima es palabra que deriva del adverbio latino intus (dentro) y mus (sufijo superlativo del indoeuropeo arcaico). Muy dentro. Pero también familiar. Profundidad e íntima familiaridad. Casi extrañeza, diríamos.
Puede ser leído -en esta insistencia íntima y profunda- el murmullo selvático de los cuerpos y la pasión, antes que Edipo regule con la ley, por tanto con sus prohibiciones. Íntima pues, opuesto a erótica, amor y deseo. Una intimidad tan familiar que provoca rivalidad -¿será de ahí la extraña atmósfera?- frente al amor y el deseo, libre de competencia y vil hostilidad. La hija y el hijo, bien distintos para una madre.
Escribe Spielrein: «Principalmente en las familias donde falta el padre, la madre acostumbra a tomar a su hijo como hombre, al que mira como consejero y protector. En el mundo subconsciente de fantasía él es el novio»35. Lo social: «Las familias donde falta el padre». Ahora podemos añadir, que esa falta no es imprescindible que sea en la realidad, puede que la falta sea en lo real, por ello, sin lugar de reconocimiento o simbólico para el padre, o al menos un frágil lugar.
Aquí, un Edipo tradicional, aun así, antes y ahora. No es tan tradicional lo que añade a continuación, pues si en el artículo del Amor maternal la madre es huella indeleble en el varón, en La suegra el hijo es el partenaire de deseo de la madre: «No es fácil para ella comprender su amor a otra mujer»36.
Entonces, siguiendo a C.G. Jung, lo que en su aspecto negativo es el Donjuanismo puede aparecer positivamente como hombría audaz y resuelta; esfuerzo ambicioso tras las metas más altas; oposición a toda estupidez, estrechez de miras, injusticia y pereza; voluntad de hacer sacrificios por lo que se considera justo, a veces rayando en el heroísmo; perseverancia, inflexibilidad y dureza de voluntad; una curiosidad que no retrocede ni siquiera ante los enigmas del universo; y, por último, un espíritu revolucionario que se esfuerza por dar un nuevo rostro al mundo.
El aspecto negativo se ve en la mujer cuyo único objetivo es el parto. Para ella el marido es. . . ante todo, el instrumento de la procreación, y ella lo considera simplemente como un objeto que debe cuidarse, junto con los niños, los parientes pobres, los gatos, los perros y los muebles domésticos. [Ibíd., párr.
Alternativamente, la inhibición del instinto femenino puede llevar a una mujer a identificarse con su madre. Como una especie de supermujer (admirada involuntariamente por la hija), la madre vive por ella de antemano todo lo que la niña podría haber vivido por sí misma. La hija lleva una existencia en la sombra, a menudo visiblemente absorbida por su madre, y prolonga la vida de su madre mediante una especie de transfusión continua de sangre. [Ibid., par.
Es el ejemplo supremo del complejo materno negativo. El lema de este tipo es: ¡Cualquier cosa, mientras no sea como la Madre! . . . Todos los procesos instintivos tropiezan con dificultades inesperadas; o la sexualidad no funciona correctamente, o los hijos no son deseados, o los deberes maternos parecen insoportables, o las exigencias de la vida marital se responden con impaciencia e irritación. [Ibíd., párr.
Tal mujer a menudo sobresale en las actividades de Logos, donde su madre no tiene lugar. Gracias a su lucidez, objetividad y masculinidad, una mujer de este tipo se encuentra frecuentemente en puestos importantes en los que su cualidad maternal, tardíamente descubierta, guiada por una fría inteligencia, ejerce una influencia benéfica. Esta rara combinación de feminidad y comprensión masculina resulta valiosa en el ámbito de las relaciones íntimas, así como en asuntos prácticos. [Ibíd., párr.
Tabla de Arquetipos Junguianos
| Arquetipo | Descripción |
|---|---|
| Padre | Figura de autoridad, protector, proveedor. |
| Madre | Nutridora, protectora, fuente de amor incondicional. |
| Anima | Arquetipo de lo femenino en el hombre. |
| Animus | Arquetipo de lo masculino en la mujer. |
| Sombra | Aspectos reprimidos del inconsciente. |
| Persona | Máscara social, la imagen que presentamos al mundo. |
| Sí-mismo | Totalidad de la psique, integración de consciente e inconsciente. |
Carl Gustav Jung
Sabina Spielrein
