Frankenstein o el moderno Prometeo, la obra cumbre de Mary Shelley, nació en circunstancias extraordinarias que marcaron el inicio de un mito perdurable. La novela, publicada de forma anónima en 1818, es una reflexión profunda sobre la naturaleza humana, los límites de la ciencia y la responsabilidad social, temas que siguen resonando en la actualidad.
Mary Shelley, autora de Frankenstein
Un verano sin verano en Villa Diodati
Mary Shelley comenzó a crear a su personaje más célebre en 1815, durante aquel verano en el que no hubo verano. El año 1816 ha pasado a la historia como el "año sin verano". La erupción del volcán Tambora en Sumbawa (Indonesia), el 10 de abril de 1815, liberó toneladas de polvo de azufre que se extendió por todo el planeta, provocando un duradero enfriamiento que alteró el ciclo agrícola y llegó a producir hambrunas. Estos efectos se hicieron sentir incluso en Suiza.
En un rincón de los Alpes, conocido como “la Riviera suiza”, se dieron cita, durante el verano de 1816, un pequeño y selecto grupo de escritores. Allí, en Coligny, cerca del lago Lemán, en una elegante mansión llamada Villa Diodati, se habían instalado aquel verano un grupo de amigos llegado de Inglaterra: el poeta Percy B. Shelley, la que luego sería su mujer, Mary Godwin (Shelley), la hermanastra de esta, Claire Clairmont (amante de Byron y embarazada de él en aquel momento) y el médico y escritor en ciernes, John Polidori.
Villa Diodati. Su nombre original era Villa Belle Rive pero Lord Byron lo cambió por el de la familia propietaria. Como buenos románticos, los residentes en Villa Diodati amaban la Naturaleza, estaban fascinados por los avances de la ciencia y adoraban las historias de terror gótico.
A causa de la climatología se vieron obligados a quedarse largo tiempo encerrados en casa y se aficionaron a pasar las veladas leyendo relatos de terror. "La lluvia incesante nos confinaba en la casa. Unos volúmenes de historias de fantasmas cayeron en nuestras manos [...] Están tan frescos en mi mente como si los hubiera leído ayer", recordaría Mary años más tarde.
Estamos en pleno Romanticismo, esa época de exaltación de los sentidos en la que todo era posible. Son los años de Turner, Delacroix, Goethe, Chopin, Liszt o Chateaubriand, cuando se gestó el mito del amor romántico y del artista como semi Dios. Tras las Guerras Napoleónicas y en los inicios de la Revolución Industrial. Ese es el contexto.
Villa Diodati en Cologny, Suiza
El desafío de Lord Byron
Así lo cuenta Mary Shelley en el prólogo de su novela: "En el verano de 1816 visitamos Suiza y nos convertimos en vecinos de Lord Byron. Al principio pasamos horas agradables en el lago o merodeando por sus orillas, y Lord Byron, que estaba escribiendo el tercer canto de Childe Harold, era el único de nosotros que ponía sus ideas por escrito… Pero resultó un verano lluvioso y desagradable, y frecuentemente una lluvia incesante nos confinaba en la casa durante días. Unos volúmenes con historias de fantasmas traducidos del alemán al francés cayeron en nuestras manos (...). 'Cada uno de nosotros escribirá una historia de fantasmas', dijo Lord Byron, y todos aceptamos su propuesta".
De ese concurso improvisado que duró tres días surgieron dos de las novelas más terroríficas y míticas de la historia, El vampiro que escribió Polidori basándose en un texto inacabado de su protector y Frankenstein. El moderno Prometeo, una de las obras más geniales que se han relatado jamás.
"Me dediqué a pensar una historia, una historia que pudiese rivalizar con aquellas que nos habían incitado a esta tarea. Una historia que hablase de los misteriosos temores de nuestra naturaleza y despertase un horror excitante, que hiciese que los lectores temieran mirar a su alrededor, les helase la sangre, les acelerase los latidos del corazón. Si no conseguía todas estas cosas, mi historia de fantasmas no sería digna de su nombre", sigue Shelley.
Cuando Byron lanzó su singular desafío, Mary aún no había velado armas en la literatura. Cabe suponer que la posibilidad de enfrentarse al papel en blanco la amedrentara, dado su carácter extremadamente sensible y una cierta inestabilidad emocional que la llevaba a sufrir frecuentes depresiones y a cuestionarse de continuo la relación entre la vida y la muerte.
Tal vez por eso, el inconsciente -ayudado por el láudano, un opiáceo de moda en la época, que consumía para combatir el insomnio- acudió en su ayuda. Según relató años después, una noche tuvo un sueño terrorífico: creyó ver a un "pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al objeto que había armado. Vi al horrible fantasma de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, éste cobraba vida, y se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural". Había nacido el monstruo del doctor Frankenstein.
Mary tradujo su pesadilla en un relato corto sobre un científico que creaba un ser monstruoso. De regreso a Gran Bretaña, Mary convirtió su primer relato en una novela que se publicó en 1818 bajo el título Frankenstein o el moderno Prometeo, sin que apareciera el nombre de la autora.
Contó para ello con la ayuda de Shelley, con quien había contraído matrimonio tras el suicidio de su primera esposa; la propia Mary escribiría más tarde: "Mi esposo siempre me incitó a escribir mi propia página en el libro de la fama y a obtener reputación en el ámbito literario".
Inspiraciones científicas y filosóficas
También comentaban los avances de una ciencia que, por entonces, aún tenía un cierto tinte mágico. El experimento que inspiró a Mary Shelley. Desde 1780, el italiano Luigi Galvani empezó a hacer experimentos en los que provocaba convulsiones musculares en ranas muertas mediante descargas eléctricas.
De esta forma, entre historias de fantasmas, experimentos y lecturas, el encierro fructificó generosamente el día que Lord Byron propuso que cada miembro del grupo escribiera una historia de terror. Así se hizo, y el resultado fueron dos obras maestras de la literatura fantástica: El vampiro, de John Polidori -la historia de un seductor aristócrata que deja sin sangre a todas las mujeres que caen en sus redes, antecedente del Drácula de Bram Stoker (1897)-, y Frankenstein, de Mary Shelley.
Se cree que Shelley pudo inspirarse en los experimentos con la electricidad y los muertos de Andrew Crosse, al que conocía, o en las investigaciones igualmente necrófilas del doctor Dippel en el Castillo de Frankenstein, en Alemania. Escritores como John Milton y pensadores como Rousseau o Voltaire ya se habían alojado en ella en años anteriores. Entre estas paredes se habían escrito textos memorables que la famosa noche de 1816 cimentó aún más. Su aura fantasmagórica, eso sí, creció tras la publicación de las dos novelas y de las terribles muertes de los tres hombres que participaron en el concurso.
Para algunos expertos, para su personaje de Victor Frankenstein, Mary se inspiró en Luigi Galvani, un médico del siglo XVIII que planteaba que la electricidad era capaz de curar ciertas enfermedades y hasta de revivir cadáveres. Para otros se basó en el alquimista Johann Konrad Dippel (1673-1734), a quien se atribuían macabras pruebas con cadáveres humanos a los que intentaba reanimar y transferir el alma de otras personas.
Este curioso personaje nació en el castillo de FRANKENSTEIN en 1673. Fue estudiante de Teología, Filosofía y Alquimia en la Universidad de Giessen, donde se graduó a la temprana edad de veinte años. Se dedicó a practicar diversos experimentos curiosos en el castillo. Trabajando con nitroglicerina destruyó una torre. Más afortunado fue el descubrimiento del aceite de Dippel, que se empleó primero como desinfectante y luego para producir un tinte rojo.
Trabajando junto a un industrial suizo descubrieron que daba lugar a un intenso azul, hoy llamado azul de Prusia. Fundaron una fábrica y lograron mantener el secreto de la fórmula un tiempo, gracias a lo cual obtuvieron unos notables ingresos. Por lo tanto ya tenemos un químico famoso experimentando en el castillo de FRANKENSTEIN: pero, ¿qué tiene eso que ver con nuestra historia?
Pues bien, afirmaba que poseía la clave para producir una esencia vital, y se enfrentó con las autoridades académicas de su época por defender a alquimistas como Paracelso (igual que Víctor Frankenstein en la novela). También se le acusó de realizar experimentos como la vivisección de animales e incluso de trabajar con cadáveres, tratando de transferir almas y probar sus teorías sobre la esencia vital.
La conexión se establece en el viaje de Mary y su esposo en 1814, cuando visitaron el castillo y se interesaron por su historia. Para entonces Dippel ya era una leyenda a quien se atribuían numerosas anécdotas morbosas. Algunos estudiosos han querido ver conexiones entre la vida y la obra de Dippel y la historia de Víctor Frankenstein.
En ella, un científico, Victor Frankenstein, desafía a Dios dando vida a un ser, y su arrogancia desencadena la tragedia. El cine ha añadido terror a nuestro imaginario concibiendo a Frankenstenin como una criatura cruel y monstruosa, que dista mucho del texto de Shelley. Mientras que la película original de 1931 (de James Whale) atribuye la violencia de la criatura a su naturaleza, la novela denuncia que su reacción violenta es fruto del rechazo que sufre tanto por parte de su creador como del resto de la sociedad.
Víctor es el indiscutible protagonista de la obra. Es él quien trata de emular a Dios creando vida, pero en su época ya no es necesario acudir a leyendas o artimañas cabalísticas como en FAUSTO o EL GOLEM, respectivamente. Un sencillo estudiante de Química de la Universidad de Ingolstadt, influenciado eso sí por ocultistas como Agripa, Paracelso y Alberto Magno, será capaz de revertir el proceso de descomposición e insuflar nueva vida a la materia inerte.
¿Químico? Por supuesto, esa era la ciencia más avanzada en aquella época. ¿Estudiante? Víctor huye de la facultad, de sus aposentos de estudiante, y no termina sus estudios oficiales. Posteriormente nuevos autores y cineastas han ido modificando cada detalle, adaptándolo a los gustos de la época. Así Víctor se convierte en el Dr. FRANKENSTEIN (no era doctor), de químico pasa a médico y su residencia de estudiante se convierte en un castillo tenebroso, posiblemente por influencia de la historia de Dippel.
Ni que decir tiene que el proceso químico de la vida se convierte en las películas en un espectáculo de chisporroteos y destellos, mucho más impresionantes en pantalla que la humilde jeringuilla o el socorrido brebaje. Incluso mucha gente ha concedido a la criatura el nombre de su creador, cuando en el libro no tiene nombre propio. Una reciente película incluso juega con este concepto en sus escenas finales cuando la criatura su otorga a sí misma el nombre de su creador.
Los rehacemos a nuestra manera, los transformamos según los gustos de cada época y público. Ya no pertenecen solo a Mary Shelley; amamos tanto es...
Frankenstein: la noche en que Mary Shelley creó al monstruo
Las raíces del romanticismo y el legado de Mary Shelley
Mary Shelley nació en Londres el 30 de agosto de 1797. Sus padres eran el pensador William Godwin y Mary Wollstonecraft, una feminista pionera que falleció pocos días después del parto. Mary creció en un ambiente culto, pero su padre dejó su educación en manos de su segunda esposa, una mujer conservadora que no compartía las teorías de su marido.
Antes de convertirse en Mary Shelley, la niña Godwin aprendió a leer deletreando las palabras escritas sobre la tumba de su madre. Enseguida devoró todos los textos que Mary Wollstonecraft -el orgullo de su vida, escribió- le dejó como legado. Se aprendió de memoria párrafos enteros, interiorizó sus principios e hizo de su madre su ideal de vida, el espejo en el que quiso reflejarse.
De ella heredó también la determinación, el deseo de libertad y el firme propósito de ser independiente en todos los sentidos. Lo logró.
Mary Wollstonecraft, madre de Mary Shelley y pionera del feminismo
Por entonces, Mary Shelley aún era Mary Godwin. Nacida en Londres 19 años antes, desde niña asistió a las tertulias literarias y filosóficas que su padre, el pensador William Godwin, celebraba en su casa y que atraían a las plumas y las mentes más innovadoras de su tiempo.
Allí fue donde, en 1814, conoció al poeta Percy B. Shelley, por entonces casado y padre de dos hijos. Ambos se enamoraron (fue ella quien se declaró primero), pero desde el primer momento, Godwin se opuso a la relación por lo que, decididos a unir sus vidas, la pareja huyó a Francia dos meses después de su primer encuentro en compañía de Claire, hija de la madrastra de Mary.
La novela no se publicó hasta dos años más tarde en 1818 y la misma autora la volvió a reescribir en los años 30, pero se convirtió, casi desde el principio, en una ficción tan rupturista como visionaria y filosófica. Los discursos del monstruo del joven estudiante de medicina Víctor Frankestein, que crea a un hombre juntando trozos de cadáveres, son dignos de ser leídos.
En las tres versiones de la historia subyace la perpetua desazón de su autora por entender la estrecha relación entre vida y muerte. El fallecimiento de dos de sus hijos, por infecciones contraídas durante un largo viaje a Italia, y el del propio Percy B. Shelley en un naufragio, en 1822, no hicieron sino acentuar su morbosa obsesión. Al mismo tiempo, en la obra cabe ver el reflejo de las preocupaciones científicas de su época, como la legitimidad de la investigación que contravenía la moral tradicional y la capacidad del ser humano de crear y destruir la vida.
Consagrada a la literatura, al cuidado de su único hijo vivo, Percy Florence, y al recuerdo de Shelley, Mary se negó sistemáticamente a contraer nuevo matrimonio alegando que tras haberse casado con un genio, sólo podría casarse con otro.
De regreso a Londres tras un viaje por el continente, comenzó a sufrir los primeros síntomas de la enfermedad, un tumor cerebral, que acabaría por llevarla a la tumba el 1 de febrero de 1851. Tras su fallecimiento, cuando sus allegados revisaron sus pertenencias encontraron, envuelto en seda y junto con el poema de Percy B. Shelley Adonais, el corazón del que había sido su esposo y mentor.
Doscientos años después de su publicación en 1818, Frankenstein ha demostrado poseer, según la profesora Burdiel, “una capacidad monstruosa para multiplicar sus significados” y se ha convertido “en uno de los mitos más perdurables del mundo occidental, trascendiendo su época histórica y enlazando con las inquietudes más contemporáneas”.
El título hace referencia a una frase que escribió la propia Mary Shelley en el prefacio a la tercera edición de su novela, publicada en 1831: “Y ahora, una vez más, permito que mi monstruosa progenie salga a la luz y prospere”.
Decía el gran antropólogo francés Claude Lévi-Strauss -en una frase que cita Burdiel en su edición crítica de Frankenstein, publicada por Cátedra- que “un mito es una mentira que dice una verdad”.
Según la historiadora, “la verdad -o más exactamente las verdades a veces contradictorias entre sí- que cuenta Frankenstein tienen que ver con las inquietudes del hombre moderno respecto a que las fuerzas políticas, económicas, tecnológicas y científicas convocadas en nombre del progreso puedan volverse incontrolables o convertirse en lo contrario de lo que se quería que fuesen. Hoy, 200 años después de su nacimiento, no cabe duda de que Frankenstein sigue siendo el icono de la ciencia que “juega a ser Dios”, una idea implícita en el subtítulo que la propia Shelley le puso a su novela: El moderno Prometeo.
No cabe duda de que Mary Shelley conocía bien la ciencia de su época. “Sabemos por sus diarios”, explicó Burdiel, “que las conversaciones sobre descubrimientos científicos eran muy habituales entre los Shelley y Byron y en las tertulias de la casa de su padre, el filósofo William Godwin”. En este contexto, la idea que más le fascinó e inspiró era que la electricidad podía ser el origen de la vida, y que podría reanimar a los organismos.
Además, según destacó Burdiel, “Shelley también conocía el trabajo de Franck von Frankenau, que claramente inspiró el nombre del protagonista de la novela, un científico alemán que investigaban sobre la posible reanimación de tejidos biológicos. Por todo ello, para Burdiel es evidente que “una parte fundamental de la energía que hay en Frankenstein y su capacidad para inquietar” tienen que ver con su lectura como fábula moral sobre los peligros potenciales de la ciencia, o más bien del científico irresponsable que se desentiende y abandona a sus creaciones.
“La novela, por tanto, plantea una reflexión sobre cómo se construyen las identidades, y sobre todo cómo se decide que alguien es monstruoso y se le obliga a convertirse en un monstruo. La criatura es buena y virtuosa, pero es el rechazo del que es objeto lo que le convierte en un monstruo.
Por todo ello, más allá de sus advertencias respecto a los peligros potenciales de la ciencia o la ingeniería social “irresponsable”, para Burdiel “este cuento de fantasmas tuvo y todavía tiene una dimensión de viaje estremecedor a la propia identidad como la fuente (o no) de toda inquietud, de todo terror. Es una reflexión sobre cómo se crean los monstruos, sobre la tenue línea que separa lo normal u ordinario de lo extraordinario o monstruoso.
El monstruo de Frankenstein, un icono de la cultura popular
