Carta al Linaje Paterno: Ejemplos y Reflexiones

La práctica de escribir una carta al linaje paterno se presenta como una herramienta poderosa para la sanación personal y familiar. En principio tú tendrías que reescribirla personalizándola un poco, días después la leerías en voz alta para posteriormente quemarla junto a objetos familiares si quieres, por ejemplo fotografías. Esta carta se convierte en un regalo a la familia a la que pertenecemos, buscando bendecirla, perdonarla y liberarla.

A través de esta carta, se busca liberar a los ancestros y a uno mismo de programas inconscientes heredados y de memorias de dolor que han afectado a la familia a lo largo de generaciones.

Ejemplo de Carta de Liberación del Clan

«Yo… (nombre propio y apellidos) en este acto de mi puño y letra, redacto hoy esta carta como regalo a la familia a la cual pertenezco. Con la ayuda, el amor y la presencia de Dios y del Espíritu Santo, yo bendigo a mi familia y los perdono. Yo libero a mi familia y me libero de ella. Me libero y libero a mis tatarabuelos, a mis tíos tatarabuelos, a mis bisabuelos, a mis tíos bisabuelos, a mis abuelos, a mis tíos abuelos, a mis padres, a mis tíos, a mis primos, a mis hermanos, a mis hijos, a los amigos o enemigos de la familia, a mis amigos o enemigos, a toda persona a mi alrededor y a toda persona que en algún momento haya estado conmigo, de todos los programas inconscientes que me han heredado.

Hoy me libero y libero a toda mi familia y conocidos, de memorias de pérdida económica, conflictos por herencias, derroches, asesinatos, muertes repentinas o violentas, suicidios, enfermedades mentales, enfermedades físicas, accidentes, violaciones, tocamientos, adulterios, abortos, hijos no deseados, hijos no nacidos, hijos no reconocidos, hijos abandonados, incestos, abandonos, crueldades, golpes, violencia física, violencia emocional, infidelidades, engaños, traiciones, mala suerte en el amor, maldiciones, desarraigos, desamor, trabajos forzados, esclavitud, guerras, secretos no revelados, memorias de dolor, tristeza y llanto, y de todo aquello que sea una vergüenza o una limitación.

Hoy me libero y libero a toda mi familia y conocidos, de todo aquello que haya afectado a los miembros de mi familia y a otras familias, en otros momentos y generaciones, para que estas memorias, ya no se sigan heredando a través mío. Hoy libero y me libero de mi madre (nombre) por su carácter sumiso y su diabetes. Hoy corto todo lazo con esa memorias y me libero de todas las cargas que no me corresponden. Para mi bien y el de todos los involucrados.

Hoy agradezco a Dios, al Espíritu Santo y al Universo por ayudarme en esta liberación. Hoy sé que soy libre y quedo libre para siempre.»

Soy de la opinión que cada uno de nosotros debemos encontrar una manera propia de resolver nuestros asuntos inconclusos del pasado, que no hay una manera mágica y universal de hacer las tareas de duelo pendientes o liberarte de las cargas de tu historia familiar. Con un poco de calma encontrarás la manera más auténtica de despedirte de lo que ya no te funciona.

Reflexiones sobre las Cartas de Liberación del Clan

¿Qué opinión tienes de las cartas de liberación del clan?

Imre Kertész (Yo, otro. Mucho de mi vida se me la han llevado los vascos y eso ha sido muy frustrante para mí. Es lo primero que se me ocurre escribir cuando tropiezo de manos a boca con mi vida. Mucho de ella la he vivido fuera de mi tierra: nueve años en Francia, casi dos en Alemania, entre América y África se me fueron también dos y he residido casi un año en Madrid y cuatro en Almería, donde he reflexionado y escrito sobre la democracia, la inmigración, el colonialismo y el multiculturalismo y, sin embargo, presiento que casi toda mi vida de pensar se me la han llevado los vascos.

Y me resiento, claro. Ocho años de exilio con Franco y otros ocho cuando ETA me metió miedo en el cuerpo y, sexagenario en ciernes, hube de dejar familia y casa se debieron a que yo pensaba, decía y hacía con los ojos abiertos a lo que pasaba en mi tierra. Sí, los vascos han cebado el candil de mi pensamiento robándome otra luz posible, pero no puedo pedir que encierren a los ladrones porque no se trata de un robo. Se trata más bien de una enfermedad, un padecimiento en la libertad de pensar sobre uno mismo, un mal no exactamente hereditario sino trasmitido entre vascos por el virus de la identidad colectiva.

Estas páginas están escritas para significar esa infección desde mis vivencias y, de entre éstas, daré de lado a cuanto no apunte a la infección misma. La infección, es lo que aquí me interesa y quedará esquinado de inicio cualquier interés por la autobiografía, cuánto más la de carácter hagiográfico. Mi vida amorosa y familiar, mis aficiones agrícolas, algunos pasatiempos lúdicos y tantos otros episodios singulares que salen a golpe cantado del psicoanalista quedarán postergados aquí en cuanto no sirvan a una introspección en la enfermedad del pensar.

Y como con la ventaja de ser casi septuagenario parto de múltiples prejuicios librescos y hasta eruditos, obraré con la conciencia de que mis intereses en generalizar a partir de un informe autorreferencial podrán salirme medianamente atildados si la forma se constituye conscientemente en contenido: o sea, bucearé hasta pronominalmente en la insondable lejanía entre lo que uno es y lo que fue; agrietaré los hechos con la ironía o marcándolos con la metáfora ingrata, sin contemplaciones; esquinaré en lo posible la prosopopeya buscando la sintaxis del máximo flujo de emoción ante los destrozos del daño, a fin de relatar no el hilo de la vida sino su filo: esos momentos en los que unas decisiones personales obraron como destino.

Para iniciar con buen pie el relato de sus trabajos y días, en lugar de encomendarse a las musas, en especial a Memoria, la madre de todas ellas, el escritor abajo firmante aparece en escena zambulléndose dentro del poema de Claudio Rodríguez dedicado a las golondrinas. Les implora a éstas que bajen más y más, que echen pie a tierra sin desaliento, por si se detienen y posan junto a él y le hacen recordar “qué tardes, qué mañanas mías se han ganado”. Y en esa “azul tarea” discurre la escena inicial del suplicante. Su final sobreviene cuando el escritor agradece a las golondrinas, con Claudio: “Gracias, gracias os doy con la mirada porque me habéis traído aquellos días, vosotras, que podéis ir y volver sin perder nada”.

La golondrina del poeta va y viene, siempre igual a sí misma con su pasado y su presente en volandas. Lo que se haya perdido del vaivén del YO ABAJO FIRMANTE no se lo culpéis a ella, la golondrina, y lo que ese yo no recuerde tampoco inventará, os lo promete. Hará lo que Aristóteles hacía, al decir de Casiodoro (esa es al menos la versión de las Etimologías de Isidoro: “Aristoteles, quando perihermeneias scriptabat, calamum in mente tingebat”) o sea que, cuando el filósofo griego escribía el tratado Sobre la interpretación, mojaba la pluma en la mente. El tintero está dentro de uno y en él se unta en este acto de escribir. El yo interpreta, pues, al hombrecillo que lleva dentro de sí o escribe interpretándole, que no deja de ser un modo empeñoso de dar sentido actual a hechos propios del pasado.

Al abrirse el telón aparece, pues, este abajo firmante afanándose como la golondrina en rellenar con barro y palitos de paja un hueco vacío en la casona semiderruida. O en el recodo oculto del alerón de latón de un viejo techado. Hurga en su atesorada memoria, la selecciona y apila a conveniencia en páginas y más páginas, como haría con doblones de oro y plata y monedillas de cobre y estaño que pone en un cofre tras haber ido desenterrándolos por aquí y por allá. La memoria que él considere útil, naturalmente, porque la inútil queda censurada y acaso vuelva al olvido: ¿no es esto ya un engañarse? Y, por fin, a la luz del flash final, el sí mismo echa la foto que se dispone a publicar. Hela aquí, la foto.

La foto espera que algún visitante venga hasta él y acepte el precio de la visita y comience el intercambio. Éste tendrá lugar ahí mismo en la derruida casona o bajo el torpe canalón, inequívoco lugar de la golondrina a juzgar señales ciertas en el suelo de haber ella descomido desde arriba. Ahí abajo se exhiben, seleccionados, los trozos del recuerdo escogido de toda una vida a modo de impúdicos retazos. Y, según vayan siendo observados en sucesivas páginas, se irá desvelando el desvergonzado motivo de los afanes del escritor pero, además, puede que el ocasional visitador caiga en la cuenta de los melindrosos móviles que a él mismo lo han traído hasta aquí, víctima él también de la libido de escrutar lo más secreto del prójimo. Como si asistiese al acto de descomer de la golondrina.

Puesto que al escribir esto para ser editado el escritor abajo firmante busca también satisfacer el morbo del visitante, ¿qué hará éste al leerle sino comparar las partes del escritor con las suyas propias que, acaso, no conozca tan bien como él mismo suponía? Este negocio especular de la identidad es lo que ha buscado el escritor en el acto memorioso de llegar hasta su sí mismo, bien enterado de que no habrá logrado verse real y completamente porque, en esta su historia, casi únicamente se interesó por lo que él creía de sí mismo pero muy poco acudió a las suposiciones que otros allegados suyos, acaso hasta muy partidarios, se hacían sobre él. Suposiciones que, de haber sido tenidas en cuenta, hubiesen modificado la trama de este relato pues hubiesen abierto más la vida al horizonte real donde ha sido vivida.

¿Puede acaso una vida volverse inteligible, incluso pensable, sin alguna otra vida con la que ser comparada? Y, llegado a este punto, el escritor tiene a bien avisar que ha seleccionado comenzar por el espejo que le ha ofrecido Fermín, quien en unos cuantos trazos de su propia vida le ha sumido a su interlocutor en el agobio sordo de la perplejidad. El aprecio que Fermín tenía por este escritor lo condujo a desvelarse humanamente abriéndosele entero, en canal, y así fue como el amigo escritor echó cuentas de qué era haber llegado a ser otra vida distinta a la suya tras haber arrostrado ambos ciertas peripecias de un yo muy semejante en bastantes asuntos. Por Fermín se comienza, pues, afirmando que él es lo último importante que ha sucedido en la vida de este escritor, tras haberlo heredado como amigo a la muerte de otro amigo común hace unos pocos años.

Tan importante ha sido amistar que sin él jamás hubiera paseado el escritor su pluma de escritor por los escenarios más decisivos de la propia vida. Escuchándole a Fermín fue cuando tomó la decisión de sopesar las cotas decisivas suyas con las propias escribiendo sobre uno mismo. Fermín es un octogenario de sonrisa cálida y natural que, sea que lloviera, nevara o abrasara el sol, siempre fue a la escuela con zapatillas de tela y suela de goma. Hasta ponerse el primer buzo para ir a la fábrica de mosaicos siempre vistió pantalón corto y un jersey. Con sólo decirte eso, el octogenario ya te ha trazado un vasto mapa de su infancia.

Este lento, minucioso y jovial anciano se ha ahorrado hablarte de escasez, de sabañones en orejas y manos, de una apesadumbrada conciencia de ir peor vestido que la mayor parte de sus compañeros, de un trabajo en edad infantil y también de una permanente esquinadura de tristeza amarga rayana en el odio. No hace falta horadar en la psicología del niño para que te hayan sobrecogido esos ojos amusgados y recónditos del niño Fermín, voluntariamente entornados porque bien poco aprecian la cámara que tienen delante y a la que obligatoriamente han de estar fijados: ¿Para qué una foto?, yo no la necesito para nada, parece musitar el niño con el ceño echado y reconcomidas palabras entre labios.

Para esa foto escolar color sepia con el mapa de España de fondo lo han colocado junto a su hermano Julio, al que Fermín no deja ni a sol ni a sombra. Le ha tendido el brazo izquierdo porque no paraba de llorar y con la mano en el hombro se lo ha atraído hacia sí para que se vea bien que el pequeño no ha de temer a nadie. Por eso Julio sí ha abierto bien los ojos como bocinando alerta, y se aprecia en su rostro una mirada entera, nada temerosa sin ser cordial. Vacilo en si comentarle a Fermín esa impresión de destrozo humano que me causa la fotografía pero sólo le sugiero que no aparece muy feliz: Odiaba a todos, hasta sentía odio por las cosas, susurra Fermín, octogenario vivaracho que tengo a mi lado y me está contando su vida.

A estas alturas tempraneras de mi primera grabación ya he sabido que esa infancia de niño huérfano la vivió en Aranda en una barriada de ferroviarios junto a la carretera de Soria, y he comprendido que la vida de Fermín no era precisamente una vida sin padre sino una vida con padre desaparecido, vida en la que cada día sólo deseas que surja padre en el camino de la estación a casa o aparezca con la escopeta de caza en bandolera pero temes que no lo hará, porque lo habrán fusilado en alguna parte de la meseta arandina. Ese desear febril del rapazuelo que lo va devorando sin nunca satisfacerse ¿qué puede construir sino un muchacho en disgusto permanente?, ¿cómo funcionará en las entrañas ese deseo sino como una fábrica de resentimiento, esa aleación humana inutilizada en las fronteras de la ira?

Eso he intuido ante la fotografía. Fermín parece decirte desde ella que, pese a que lo echaron del colegio de ferroviarios, paredaño a la estación del ferrocarril Valladolid-Ariza, lo han tenido que readmitir porque madre, con un bebé en brazos, ha montado durante días una patética escena en las puertas del colegio. A su hijo lo habían echado meses atrás porque su padre seguía sin presentarse en la estación: ha pasado el año de la victoria y Victorino Iglesias sigue sin presentarse en su puesto de ferroviario. Todos saben que fue fusilado un día de agosto del 36, suponen que en la madrugada del día 18 porque había pasado dos días en los calabozos del ayuntamiento de Aranda de donde lo sacaron esa noche.

Nadie dice saber nada de él, ni la Guardia Civil que fue quien lo detuvo en el domicilio familiar el día 16, después de su jornada de trabajo como mozo de tren. Ferroviario de familia de ferroviarios, Victorino tiene 35 años y su Juliana acaba de parir a Julito, el cuarto hijo. La mayor se llama Primitiva, pero la llaman Primy, y entre Fermín y Julito está Luis. Victorino camina por el pasillo y mira hacia atrás y al ver a Juliana en el dintel de la puerta con el recién nacido en brazos les dice a los guardias que se esperen un poco. Echa la mano al reloj y soltándole la hebilla de la correa vuelve a donde su esposa, y se lo da. En ese momento asoman Primy y Fermín y Luis a la puerta, los mira el padre y diciéndoles que vendrá enseguida se saca la cadena que le cuelga del cuello y la entrega también a su Juliana.

Hay una bombilla de muy pocos watios en el pasillo que divide las dos viviendas de la casa y esa medalla de oro apenas ha dado fulgor alguno. A la rabiosa velocidad que confiere la certeza de verse muerto, Victorino ha debido de presentir que lo único que lleva consigo pertenece a la familia y no a los asesinos. Victorino se ha acordado al instante de que días atrás vinieron a por Domingo Rasero, compañero ferroviario que vivía en la casa pegante de esta barriada de ferroviarios de Aranda, allende Duero, con escuela propia y un economato de RENFE. Victorino, noticioso de que ha aparecido acribillado el cuerpo de Rasero, sabe lo que le espera y también lo sabe la pareja de guardias civiles, por eso les ha parecido bien que entregue sus pertenencias a la familia. Un respeto, faltaba más.

La comitiva sale de casa y se dirige a la ciudad por la carretera de Soria. Las casas de la barriada, rectángulos de mampostería de cal y canto de planta única para dos viviendas separadas por un pasillo común casi sin iluminación, van quedando atrás, lo suficientemente atrás para que la patria (todo sea por la patria) no se inquiete de que, a partir del momento en que la comitiva haya cruzado el río sobre el impostergable puente y haya traspasado el arco de la villa, otro padre de familia faltará en otra de aquellas casas de allá atrás, bastante a lo lejos ya.

A los dos días, la Juliana ha vuelto del ayuntamiento abatida y ausente con la manta que había llevado para su marido, y no logra decir palabra a las mujeres de su cercanía para significarles la extinción de todo rastro del marido. Podría decirles que parecería que se lo hubiese tragado la tierra, como se dice en cualquier pesquisa infructuosa, pero aun esa locución resultaría obscena por su verismo y Juliana se opone a creer lo que ya todas creen. Eso sí, ninguna de sus vecinas considera que haya que perder la esperanza, un día de éstos te lo traerán, mujer, pero todas, una a una todas, ya lo saben: la Juliana ha quedado viuda con cuatro huérfanos.

Juliana deberá ponerse a trabajar pues hay que llenar esas cuatro bocas: el huerto deberá producir también para la venta y del gallinero deberán salir huevos y conejos para el mercado. Juliana ha asignado a Primy estar a su lado en el huerto y la fabricación de morcillas y, a Fermín, estar a la guarda del pequeño Julito. A Luis lo envía a Almazán adonde sus abuelos ferroviarios: una boca menos. En adelante Fermín, niño de seis años, no va a dejar ni a sol ni a sombra a Julito y eso que Julito sólo sabe llorar, a todas horas llora como si dentro de él no funcionase bien el mecanismo del ángel de la vida, ése que suele dar señal de esa vida.

Más allá de la ilusión de inocencia que produzca la fotografía escolar que tengo entre manos, esa foto vige como certificado de la función de sustituir al padre asumida por un muchacho huérfano ante su hermano menor. Sin embargo tener que dar a otro sin tener para uno mismo se constituye en otra enfática invitación a la ira, porque ¿qué es hacer de padre sin haberse uno beneficiado de las ventajas de un padre sino tener que hacerlo a ojo de buen cubero? Calmar el llanto de un niño como hace un padre suele ser el logro de haber podido ofrecer una solución al problema, asegurándole al niño que llorando no se arreglará ese problema: “No llores, hi... .

¿Cómo Escribir una Carta de LIBERACIÓN del CLAN FAMILIAR?

Ejemplos de Temas Comunes en Cartas al Linaje Paterno

  • Pérdidas económicas y conflictos por herencias.
  • Muertes repentinas o violentas, suicidios.
  • Enfermedades mentales y físicas.
  • Violencia física, emocional, infidelidades.
  • Secretos no revelados y memorias de dolor.

Beneficios Potenciales de Escribir una Carta al Linaje Paterno

  • Liberación de patrones negativos heredados.
  • Mayor comprensión de la historia familiar.
  • Sanación de heridas emocionales.
  • Fortalecimiento de la conexión con las raíces.
  • Mayor bienestar personal y familiar.

Tabla: Beneficios de la escritura al linaje paterno

Beneficio Descripción
Liberación de patrones negativos Romper ciclos de comportamiento y creencias perjudiciales heredadas.
Comprensión de la historia familiar Obtener una visión más profunda de las experiencias y desafíos de los antepasados.
Sanación de heridas emocionales Procesar y liberar emociones reprimidas relacionadas con el pasado familiar.
Fortalecimiento de la conexión Sentirse más conectado con las raíces y la identidad familiar.
Bienestar personal y familiar Mejorar la salud emocional y las relaciones familiares.

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