Loreto Prado: La Reina del Teatro por Horas y su Legado Escénico

Según la mitología griega, Talía, la musa del teatro y la poesía, era hija de Zeus y Mnemósine, la personificación de la memoria. Esta conexión entre el teatro y la memoria resulta curiosa, ya que, en la práctica, el teatro es un arte del presente, donde la memoria se centra en el texto y los movimientos sobre el escenario.

En el teatro, lo que manda es la función, definiendo la existencia del actor y de todos los que están alrededor. Es en la representación donde ocurre el hecho teatral, no sobre la escena, sino en el interior del espectador. Al finalizar el espectáculo, solo persiste aquello que el público retiene en su memoria.

Coincidir con actores y directores al final de sus carreras proporcionó una perspectiva enriquecedora y alimentó una pasión por la memoria teatral, rescatando signos del pasado escénico. Existe mucho que rescatar y coleccionar, reivindicando la existencia de aquellas gentes de teatro que hicieron posible el presente.

Mucho antes de que todo esto ocurriera, Antonio Castro luchaba por la difusión y la memoria de la escena, informando sobre lo que ocurre sobre las tablas y rescatando el pasado de los teatros y los teatreros del país.

Loreto Prado, la reina del teatro por horas, ofrece una valiosa perspectiva que se aparta de la tendencia a destacar solo las figuras del gran repertorio o vinculadas a ideologías concretas. Este libro cuenta la vida de una mujer que hizo teatro para la gente de su ciudad, adaptándose a lo que demandaba el público y sorprendiéndolo a la vez. Es un texto necesario porque nos faltaba esta mirada desde la investigación seria sobre una figura clave que representa los aspectos más populares de la historia teatral de aquellos años.

Yo estaba entregado a la causa desde hacía años, ya que una de las experiencias fascinantes que más he disfrutado, y que recomiendo a cualquier lector aficionado a la historia teatral nacional, es la lectura de los libros que Chicote escribió para la posteridad y que incluían, como no, a Loreto, cuando no trataban directamente sobre ella.

Pero, aunque adore a Chicote, cuya personalidad -qué gran amor por el oficio y por sus compañeros de arte- traspasa las páginas de sus libros, uno se queda tras su lectura con las ganas de conocer más datos objetivos sobre su compañera de escena, y estamos de suerte, porque este libro los proporciona con creces, además de relacionar cada acontecimiento con el contexto pertinente, con el lugar concreto y con las circunstancias profesionales que vivieron los personajes.

Es que me gusta recordar que Mnemósine era -nos adentramos aquí en lo mistérico- también, el nombre de un río del Hades opuesto al Lete -Leteo en su forma latina-, el río del que bebían aquellos que debían olvidar.

La Historia, con mayúscula, se llena con los grandes acontecimientos, con los personajes considerados fundamentales para el avance de la Humanidad; con los desastres devastadores y con los genocidas. La historia, con minúscula, se rellena con todo lo demás y goza del prestigio de la intelectualidad. Con la historia del teatro ocurre exactamente lo mismo: pasan a la posteridad los autores considerados grandes, los directores, escenógrafos revolucionarios y los grandes intérpretes trágicos.

La actriz madrileña Loreto Prado fue una cómica que coincidió en el tiempo y en las carteleras con las grandes trágicas de final del siglo XIX y de la primera mitad del XX. Si un historiador de esa época tiene que citar a una actriz recurrirá, casi con toda seguridad, a María Guerrero, a Carmen Cobeña, María Tubau y, por supuesto, a Margarita Xirgu. Si se siente condescendiente tal vez aluda a Loreto como una actriz popular. Efectivamente, Loreto nunca fue la Prado, artículo reservado a la Guerrero, la Pino, la Xirgu... Tampoco fue doña Loreto como doña María (Guerrero, claro). Ella solo tuvo el nombre y... a miles de espectadores durante casi sesenta años de carrera.

Loreto comenzó a morirse en un escenario sevillano el año 1943. Y no se murió del todo en la historia de la escena porque Chicote, su compañero de toda la vida, no le dejó manteniendo viva su memoria. Cuando apareció por los escenarios del Apolo y del Romea en las últimas décadas del siglo XIX, sus rivales femeninas eran Rosario Pino, Balbina Valverde, María Tubau y, claro, la Guerrero que, tras su debut en 1885, comenzó a imponerse sobre todas las demás. Luego, entrado ya el siglo pasado, se fueron incorporando a la lista de las grandes Catalina Bárcena, Lola Membrives, Carmen Ruiz Moragas, María Fernanda Ladrón de Guevara o Irene López Heredia. Ellas eran las que protagonizaban el gran teatro burgués -fueran dramas o comedias- firmado por las plumas más prestigiosas del momento. También estuvieron las estrellas del género frívolo, menos rutilantes, más efímeras.

Su género escénico se denomina hoy ínfimo, pero es preciso reivindicar su espacio en la historial teatral española. En el siglo XXI apenas son recordadas Consuelo Vello La Fornarina, Raquel Meller o Consuelo Portela La Chelito. Quizá quien mejor reflejó esta singularidad fue Azorín.

Loreto vive en una región aparte. María Guerrero, María Tubau, Rosario Pino, Carmen Cobeña, Matilde Moreno, María Palou son citadas, discutidas, ensalzadas por críticos y aficionado al teatro: Loreto Prado como a trasmano. Las otras actrices trabajan en géneros diversos, dentro de lo literario: Loreto Prado no rebasa nunca un mismo género. Las otras actrices van a provincias; pasan el mar y actúan en los teatros de América; alguna de ellas se presenta también en un gran teatro de París: Loreto Prado no sale de su Madrid. Concretada, limitada, ceñida a un solo género de trabajo y en una misma capital, Loreto va forzosamente afirmando su personalidad en una cierta manera. Se la considera región aparte; pero en esa región es insuperable. No es discreto, ni ponerla en parangón con las grandes actrices citadas, ni desconocer que su arte es tan arte, en mayor o menor intensidad, como el arte de esas renombradas actrices. Loreto Prado está en tierra de nadie entre todas ellas.

Comenzó a destacar en uno de los templos del género frívolo, el Romea madrileño, pero luego tuvo su propio teatro en el que se dedicó fundamentalmente a hacer reír. O a hacer llorar, que también sabía conseguirlo muy bien. La actriz es un punto y aparte en el teatro del siglo XX y como tal merece ser tratada: con dignidad y con respeto a un oficio que siempre amó y que nunca abandonó. Para varias generaciones de madrileños Loreto formó parte del paisaje urbano. Más que actriz fue un fenómeno de masas. Los padres llevaban a sus hijos a verla, hiciera lo que hiciera.

Loreto Prado y Enrique Chicote

Suele ser habitual que los periodistas veteranos, con cientos de comedias vistas y decenas de actores admirados, tiendan a establecer comparaciones cada vez que emerge una nueva figura. A Loreto la consideraron digna sucesora de Pepita Hijosa, la gran cómica del siglo XIX. Ella también era madrileña -nacida en la calle del Príncipe-, menuda de físico y vivaracha en la escena. Aunque, a diferencia de Loreto, la Hijosa se formó en el Conservatorio y hasta salió de él con un premio. Pero su formación académica quedó a un lado cuando descubrió la eficacia de una réplica oportuna, de una frase bien colocada, de una mueca que hacía estallar en carcajadas al respetable. Pepita Hijosa saltó a la fama desde un teatro, el Variedades de la calle Magdalena, devorado por el fuego en 1888. Compartió aquel escenario con un juvenil Julián Romea. Pasó por teatros como el Circo de Paul, el Eslava y el Novedades. En los últimos años de su vida trabajó en el Español con María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza.

A Loreto no le faltaron imitadoras, muchas de ellas auténticas caricaturas del original, que jamás lograron desbancarla. En el Cómico se dan representaciones para la familia. Llama la atención una tiple que le va a quitar los moños a Loreto Prado. La Srta. Pilar Delgado es desenvuelta como ella; se desvive por lucir los bajos, como ella, y carece de voz, como ella. ¿Cabe mayor parecido? Nunca más se supo de esta señorita Delgado.

Veinte años después de fallecer Loreto los teatreros le encontraron una sucesora: Lina Morgan. En este caso solo los más viejos tenían elementos de juicio para hacer esa comparación porque Lina tenía solo siete años cuando murió Loreto. Seguramente se hizo muchas veces basándose en lo que se podía leer sobre la Prado. Como ella, Lina también fue la reina de la mueca, de la parodia, del disparate. Y también logró su lugar en el teatro español a base de pisar escenarios, porque no tenía formación académica.

Los comienzos de la temporada otoñal madrileña no cobraban pulso hasta que Loreto y Chicote reabrían su teatro Cómico. En octubre de 1916 el Heraldo de Madrid dedicó el mismo espacio e importancia a la apertura del teatro de la Princesa (María Guerrero), con Margarita Xirgu protagonizando La hija de Yorio, y a la del Cómico donde Loreto y Chicote repusieron la zarzuela Alma de Dios. Todo lo que se dice de la actriz podría aplicarse a su eterno compañero: Enrique Chicote. Desde el principio conviene informar de que nunca contrajeron matrimonio a pesar de que permanecieron juntos más de medio siglo.

Chicote hizo de todo en el teatro: escribió, dirigió, actuó y produjo. Si todo esto lo hubiera hecho en otros géneros, su nombre tendría la misma -o más- consideración que los Díaz de Mendoza, Mario, Borrás, Calvo, Morano o Thuillier. En su madurez Loreto comenzó a recibir algunas distinciones destacadas. En diciembre de 1928 el Centro Hijos de Madrid, que había comprado el teatro Odeón y que por eso se llamaba entonces del Centro, otorgó el Premio María Guerrero para las actrices destacadas. La Guerrero había fallecido precisamente en ese teatro (hoy Calderón) a principio de 1928. El galardón se otorgó a Leocadia Alba, Rosario Pino y Loreto Prado.

Las tres eran de la misma generación y tenían, más o menos, la misma experiencia. Sin que ello tenga ni atisbos de reparo, sino únicamente la exteriorización de un sincero recuerdo, queremos estampar aquí un nombre junto a los de las actrices mencionadas: el de Loreto Prado. El caso de Loreto Prado, al margen del tópico teatral, es un verdadero prodigio. Y puestos a maldecir del tópico, no hemos de incurrir en el de afirmar que cualquier otra nación se enorgullecería de tener tal actriz, porque nuestros públicos y nuestros autores se enorgullecen de Loreto Prado. En ese momento la actriz tenía ya sesenta y tres años. Los reconocimientos institucionales a su ingente trabajo aún tardarían unos años en llegar.

Presentación publicaciones: Loreto Prado, la reina del teatro por horas

Tabla resumen de la trayectoria de Loreto Prado:

Etapa Teatros Destacados Géneros Compañeros Relevancia
Inicios Apolo, Romea Género Frívolo Rosario Pino, María Tubau Comienzo de su carrera y competencia con otras actrices
Consolidación Teatro Cómico Comedia, Drama Enrique Chicote Éxito popular y reconocimiento como fenómeno de masas
Madurez Varios Adaptaciones, Zarzuela Enrique Chicote Distinciones y premios por su trayectoria

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