Calderería del Pozo e Hijos: Una Historia de Tradición y Tragedia

La historia de Calderería del Pozo e Hijos se entrelaza con eventos históricos significativos, marcando un legado de tradición y resiliencia.

Incendio en la Alcaicería de Granada en 1843.

Incendios Históricos en la Calderería de Granada

El vetusto casco antiguo de Granada ha sido escenario de varios incendios de gravedad a lo largo de los siglos, que se han llevado por delante manzanas enteras de edificios. Algunos de los más sonados fueron los de la Alcaicería, el barrio del Boquerón y los de las Alhóndigas.

Sin embargo, ninguno fue tan mortífero como el que se cobró la vida de una mujer y cinco niños pequeños en una ratonera de la Calderería. Este trágico evento resalta la importancia de la prevención y la respuesta ante incendios en áreas urbanas densamente pobladas.

Los Primeros Bomberos y la Alerta de Incendios

Granada comenzó a tener bomberos zapadores voluntarios ya en 1821; siempre faltos de medios y de personal, hacían lo que podían, sin el necesario apoyo político en cada momento. La situación del cuerpo, ya profesionalizado, empezó a cambiar hace ahora justo un siglo. La falta de agua, la angostura de la trama urbana, la abundante madera de los edificios y las tardanzas fueron objeto histórico de críticas de la prensa y la ciudadanía. Hasta los años cuarenta del siglo pasado, los bomberos de Granada tenían fama de llegar tarde a los incendios.

Desde finales del siglo XVI se había establecido en la ciudad un sistema de aviso de incendio mediante la campana La Gótica de la Catedral. Un repique a rebato ponía en guardia del peligro al vecindario; toda la gente salía a la calle, mientras los bomberos corrían a su cuartelillo. Así fue hasta que llegó la II República y se acentuaron las tensiones entre los ediles izquierdistas -anticlericales- y el clero.

El gobierno municipal de izquierdas decidió, en mayo de 1932, que a partir de entonces se prescindía de la campana de la Catedral para avisar de los incendios. Adquirieron una sirena estruendosa que colocaron en el tejado del Ayuntamiento; hicieron pruebas para verificar si era cierto lo que decía el fabricante: su pitido se oía en un radio de cinco kilómetros. En julio de aquel año ya empezó a funcionar la molesta sirena; pero la realidad demostró que no era todo lo efectiva que se pensó al principio.

La solución que se les ocurrió para alertar a la población y a los bomberos de un incendio fue permitir a los guardias y somatenes nocturnos que efectuaran varios disparos al aire en cuanto apareciese humo. Así fue como se estuvo alertando de los incendios desde finales de 1932 hasta julio de 1936.

La medida resultó efectiva al principio, sobre todo cuando los disparos se producían en el silencio de la noche. El problema se fue complicando poco a poco por dos causas: la primera, porque los disparos de aviso de los guardias de zona eran repetidos por los de otros barrios, con lo cual se ponía en guardia a toda la ciudad sin que se supiera exactamente dónde estaba el foco del fuego.

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La Tragedia en la Calleja del Señor

El guardia de seguridad que vigilaba en Plaza Nueva la madrugada del 21 de enero de 1933, sábado, efectuó los disparos de rigor en cuanto oyó varias voces de ¡fuego, fuego! de los vecinos de la Calderería Vieja. Hacia mitad de la subida existía la Calleja del Señor, un vericueto sin salida al que daban varios edificios de la manzana (hoy cerrado con unas verjas). Al fondo de aquella ratonera, en el bajo del número 15, había un obrador de pastelería de la familia Melgarejo y un almacén de productos de droguería. El resto de los edificios que daban a la callejuela estaban habitados por varias familias con muchos niños, que vivían hacinados en espacios estrechos.

El joven matrimonio formado por Eloy Fuentes Zurita y María Luisa Sampedro Blanca, de unos treinta años, se habían trasladado a vivir allí desde Albolote, en el piso superior del obrador de pastelería de su pariente Melgarejo. Tenían cuatro niñas de entre dos y ocho años. Vivían de prestado en una mísera vivienda de sólo dos cuartos, con la simple ventilación de un patio interior. Eloy había conseguido encontrar trabajo como panadero en la zona de San Juan de Dios. Y a su trabajo se dirigía, por mitad de la Gran Vía, a eso de la 1.40 horas del 21 de enero; iba con un compañero cuando oyeron los disparos de Plaza Nueva. Pronto supieron que se había declarado algún incendio en la ciudad y estaban alertando al vecindario y a los bomberos.

El círculo rojo marca la ubicación del incendio, al final de la Calleja del Señor.

Aquel grupo de jóvenes anarquistas fue el primero en llegar al lugar de la humareda. Eran las 1,40 horas de la madrugada. Al principio de la calle Elvira, en un café, se encontraba un grupo de jóvenes rematando sus bebidas. Eran obreros sin trabajo, en su mayoría albañiles, plomeros y jornaleros del campo. Casi todos pertenecían al sindicato anarquista CNT. Entre ellos sobresalía la figura de Francisco Galadí Melgar, muy popular por actuar con frecuencia como novillero y banderillero en las plazas de toros de Granada.

Ayudaron a los vecinos a evacuar sus pertenencias y a ponerse a salvo calle abajo. El gentío empezó a agolparse sin tener muy clara la situación. A una anciana la trasladaron al Hospicio, una joven corrió despavorida y semidesnuda, la localizaron en Fajalauza. Empezaron a hacer recuento de vecinos, que los había en gran número en todas las estancias de las casas afectadas (la número 15 principalmente).

Por fin, a las 2.15 horas se presentó la primera brigada de bomberos, compuesta por el capataz Sagrado y ocho agentes. Iban sin máscaras antigás, sin escalera, con escaso material y mangueras cortas. Para empeorar la situación, en la Calderería no había toma de agua a presión.

Poco después llegó Eloy, el panadero, que confirmó que dentro se habían quedado durmiendo su mujer, sus cuatro hijas y un sobrino suyo. Y no los veía a salvo por ningún sitio de la calle. A las 3,30 llegaron el alcalde José Palanco y el arquitecto municipal. También el médico Julio Olóriz. Éste tuvo otro enfrentamiento con el sargento de bomberos, al que acusó de inoperante e inepto. Al final se decidió acceder por los tejados de la calle Calderería Nueva, por la parte trasera, y comenzar a romper tabiques entre la humareda procedente del azufre en combustión de la droguería.

Ya sobre las cuatro de la madrugada se confirmaron los peores temores: en un rincón de la habitación donde vivía la familia de Eloy Fuentes Zurita se encontraron los seis cadáveres de su familia. Todos habían muerto por asfixia y algunas quemaduras en piernas y brazos. María Luisa, la esposa, tenía los nudillos y las uñas destrozados de haber estado intentando derribar un tabique para huir hacia la vivienda colindante.

Sobre el patio de la casa número 11 de la Calderería quedaron tendidos los seis cadáveres. El incendio de la Calderería fue el más trágico de los sufridos en Granada durante la primera mitad del siglo XX. Al menos si atendemos a los daños personales. En aquel recoveco de patios y pasillos de la Calleja del Señor dejaron sus vidas María Luis Sampedro Blanca, sus cuatro hijas María Luisa, Aurora, Ángeles y Presentación Fuentes Sampedro, más su sobrino Manuel Melgarejo Sampedro que se había quedado a dormir con los primos.

Reacciones y Consecuencias de la Tragedia

Toda la ciudad quedó paralizada y asistió a los entierros al día siguiente. El Ayuntamiento y pompas Moral sufragaron los gastos fúnebres y donaron las sepulturas; el gremio de panaderos y pasteleros hizo una colecta para alojar en un edificio cercano a la infinidad de vecinos que perdieron sus viviendas. Hasta que el Ayuntamiento los realojó en la Casa de los Luises (en la Gran Vía).

La prensa local crítica con el gobierno municipal de izquierdas (sobre todo el católico Ideal) destacó la loable actitud del banderillero Francisco Galadí tratando de ser más efectivo que los bomberos. Decía este periódico que algunos vecinos se preocuparon antes por salvar sus enseres de valor que por asegurarse si quedaba alguien dentro del edificio. Todos destacaron “la eficaz actuación de Galadí que, desde el comienzo del incendio, se impuso ante los bomberos para poner a salvo a las personas que hubieran dentro del edificio”.

Retrato coloreado de Francisco Galadí Melgar.

Galadí y los once obreros que le acompañaban aquella noche no permanecieron callados. Redactaron un escrito y lo repartieron entre el gentío que se congregó en el entierro por las calles de Granada, desde el depósito del Hospital de San Juan de Dios, hasta la iglesia de Santa Ana.

El más conocido y destacado de ellos, Francisco Galadí Melgar, se hizo tristemente famoso tres años más tarde. La madrugada del 18 de agosto de 1936 fue asesinado junto a Federico García Lorca en la carretera de Víznar a Alfacar.

El caserío de la ciudad de Granada ha sufrido infinidad de incendios en los doscientos años en que ya se contaba con zapadores voluntarios, primero, y poco a poco bomberos cada vez más profesionales. No fue hasta prácticamente mediado el siglo XX cuando se tomó conciencia de que era un servicio al que había que prestar mayor importancia; el motivo obvio era el rápido crecimiento de la ciudad y la aparición de edificios mucho más altos.

Sin duda que en el siglo XIX fue el incendio de la Alcaicería (1843) el que mayor daño y repercusión económica y social tuvo. Las llamas se llevaron por delante unas construcciones que databan de época nazarí. El fuego de 1843 dio la puntilla al mercado de seda tradicional, que ya para entonces estaba en decadencia.

Tabla Resumen de Incendios Significativos en Granada

Fecha Lugar Descripción
21 de enero de 1933 Calleja del Señor, Calderería Vieja Incendio que cobró la vida de una mujer y cinco niños debido a la falta de medios y la tardanza de los bomberos.
1843 Alcaicería Incendio que destruyó construcciones de época nazarí y afectó al mercado de seda tradicional.
Noviembre de 1856 Alhóndiga Zaida Incendio en el mercado principal de ultramarinos, afectando el comercio de aceite, bacalao y especias.

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