Al comenzar el cultivo de nuestras aficiones más íntimas, esas que dan pleno sentido a la vida, nuestras afinidades casi nunca son estables. La vida y obra de Amancio Prada, uno de los grandes nombres de la canción de autor en España, es un claro ejemplo de ello.
Inicios y Formación
En los pueblos de aquella España rural de mediados de los 50, cuando un niño destacaba en la escuela, el maestro enseguida le decía a los padres «a este niño hay que mandarlo a estudiar fuera». A Amancio Prada lo mandaron a estudiar con los frailes salesianos a Cambados cuando aún no había cumplido diez años.
Recuerda que hizo trasbordo de madrugada en Redondela, y al bajar del tren tuvo una sensación extraña, era un olor nuevo, no sabía de qué, de dónde. Cuando se fue el tren que lo tapaba, desde el andén en alto vi el mar por primera vez. ¡El mar y la isla de San Simón, la isla del trovador Mendiño!
Después de hacer el bachillerato en Ponferrada se fue a estudiar Dirección de Empresas Agrarias a Valladolid. Porque, aunque era lo que más le gustaba, lo de cantar, pintar o hacer teatro, lo veía como un sueño inalcanzable. Y como admiraba mucho a su padre, también quería ser como él, «el labrador de más aire».
En el verano del 68 había ido en autostop hasta Seichamps, un pueblecito cerca de Nancy, para hacer unas prácticas en un GAEC (Grupo Agrícola de Explotación en Común), y a la vuelta pasó por París, donde aún humeaban las brasas del famoso mayo. París le deslumbró y empezó a pensar en volver para estudiar allí Sociología o lo que fuera, cuando acabara los estudios en Valladolid.
El Festival de Alar del Rey y el Primer Otoño en París
Aquel festival en Alar del Rey fue muy importante para él. Era el verano de 1969, tenía veinte años. Yendo en el tren a Valladolid para recoger el certificado de estudios que le permitiría matricularse en La Sorbona, se enteró del festival de Alar del Rey y decidió presentarse.
Alar era un pueblo cereal, también dorado. Efectivamente, alguien le dejó su guitarra y cantó «Pra A Habana», una larga canción sobre los emigrantes a las Américas en tiempos de Rosalía… Y, ante su sorpresa, ¡le dieron el primer premio!
El premio consistía en una Galleta de Oro y un sobre con… ¡Diez mil pesetas! Con ese dinero se compró una guitarra, que fue la llave que abrió las puertas de su primer otoño en París.
París fue también una etapa determinante. Vivió allí cinco años, llegó con veinte, y claro, a esa edad, con mochila y en vaqueros te comes el mundo entero. Además de conocer el mundo de la excelencia universitaria, como era La Sorbona, enseguida empezaron a invitarle a cantar en centros de emigrantes, en las Caves de poésie y en las concurridas Casas de Jóvenes y de la Cultura (MJC) que había creado el ministro André Malraux.
Tuvo la suerte de encontrar buenos profesores de guitarra, Silos Manso de Zúñiga, y de armonía, Michel Puig, y pudo ver y estar muy cerca de estrellas como Georges Brassens, Moustaki, Mouloudji, Ferré, Juliette Gréco… En definitiva, aquellos cinco años en París fueron un periodo de formación que culminó en la grabación del primer disco, Vida e morte, producido y editado por La Boîte à Musique en 1974.
Antes de ir a París, en Valladolid, ya había empezado a hacer sus primeras canciones. Algunas sobre poemillas propios como «Labregos» y «Canción de amor nº 2», y también de Bécquer (sus famosas golondrinas, canción que, por cierto, tardó muchos años en cantar en público y que aún no ha grabado), y Celso Emilio Ferreiro, pero sobre todo de Rosalía de Castro, con quien sentía una empatía especial.
Pero cuando escuchó cantar a Paco Ibáñez «Andaluces de Jaén» y «La poesía es un arma cargada de futuro» se cayó del caballo molinero como San Pablo en Damasco. Valladolid fue su Damasco. En ese sentido también le impactó el disco que Serrat dedicó a Antonio Machado y las canciones de Atahualpa Yupanki. Entre todos le mostraron el camino de la poesía como canción o de la canción como poesía.
Aquel humilde festival de Alar del Rey fue muy importante para él, como lo sería, pocos años después, la ocasión de ser telonero de Georges Brassens durante tres semanas en el Teatro Bobinó.
La Música y la Poesía: Una Alianza Indisoluble
Dicen que el violonchelo es el instrumento que mejor canta, el más próximo a la voz humana. De hecho, como bien señalas, ha sido el instrumento que más le ha acompañado en grabaciones y conciertos.
En París, había visto muchas veces cantar a Paco Ibáñez acompañado por François Rabat, un contrabajista maravilloso. También Georges Brassens cantaba siempre acompañado de su inseparable Pierre Nicolas, al contrabajo. Pues cuando le invitaron a cantar en Bobinó, le théatre de la chanson et du rire, pensó hacerlo también con un contrabajo o con un violonchelo.
Entonces, una amiga le habló de un violonchelista argentino muy bueno. Así tuvo la suerte de conocer a Eduardo Gattinoni. La primera vez que le oyó tocar quedó fascinado por el lirismo y la profunda sonoridad de aquel instrumento. Parecía que por su pica clavada en el suelo trepaba el canto de las raíces. Durante años dimos muchos conciertos juntos, hasta que regresó a su país. Luego ha tenido la suerte de conocer y tocar con otros excelentes violonchelistas: Carlos Cardinaal, Mariana Cores, Rafael Domínguez, Hilary Fielding, Sacha Crisan, Mathieu Saglio, Amarilis Dueñas… Y sí, le encanta la conjunción del violonchelo con la voz y la guitarra.
Guitarra y violonchelo se bastan para acompañarle, incluso solo con guitarra. Se siente más libre. Pero casi todos hemos caído alguna vez en la tentación sinfónica, con desigual fortuna. Es un riesgo, pero también un desafío.
Cántico Espiritual
Un Repertorio Abarcador
A estas alturas de su carrera artística, posee un repertorio tan abarcador como la diversidad de épocas a las que pertenecen numerosos poetas a los que ha cantado. Sin embargo, dentro de esta gran amplitud de miras, hay en su actitud creadora una especie de tendencia unitaria que, lejos de la dispersión, se inclina con frecuencia por discos y conciertos dedicados a un solo autor o incluso a una obra determinada, como el Cántico Espiritual o las Coplas de Jorge Manrique.
La música va siguiendo el curso creciente y variado del poema con un despliegue instrumental acorde con momentos de singular recogimiento o de tono marcadamente épico y coral. Para él, la interpretación de estas Coplas va más allá del padre de Jorge Manrique y del padre nuestro de cada uno, son una reverencia ante la memoria y la dignidad de nuestros antepasados. Es un poema monumental que conjuga pasajes reflexivos sobre lo efímero de la vida y sus glorias con otros evocadores de la belleza de aquellas «ropas chapadas» y «aquel danzar», de «las mañas y ligerezas» que desaparecen con los años.
Respecto al Cántico, toda la poesía de San Juan es una llama de amor viva. Un anhelo de unirse con el ser amado, entiéndase este a lo divino o a lo humano. Como él decía, «los dichos de amor es mejor dejarlos en su anchura antes que abreviarlos a un sentido al que no se acomode todo paladar». Curiosamente, siendo San Juan el poeta más alto en lengua castellana, nunca escribió la palabra poesía, ni poema, ni verso en sus obras; él habla de canciones. Canciones que solía pensar descalzo cuando iba de un lugar a otro, entre el sol y la fuente….
Celebración del 50º Aniversario de 'Rosalía de Castro'
El 6 de marzo de 2026, Amancio Prada celebrará el 50º aniversario de su álbum dedicado a la poesía de Rosalía de Castro en León. Este recital propone un recorrido por ese camino: desde las canciones primeras, de pureza desnuda, hasta las nuevas reinterpretaciones llenas de experiencia y sabiduría.
Discografía Selecta
| Año | Título |
|---|---|
| 1974 | Vida e morte |
| 1975 | Rosalía de Castro |
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