Álvaro de Luna, una figura clave en la historia de España, cuyo ascenso y caída están marcados por la intriga y el poder, fue decapitado el 2 de junio de 1453 en la Plaza Mayor de Valladolid. Su cabeza seccionada permaneció durante nueve días expuesta en lo alto de una viga de madera para escarnio público. Sin embargo, antes de eso (y durante tres décadas) fue el hombre más influyente, poderoso y rico del reino, mano derecha del rey durante mucho tiempo, por lo que todo el mundo se sorprende con su devenir y la humillación pública.
La verdadera historia detrás de este personaje tan fascinante de la historia de España la ha contado ahora Fernando Nadal en su nueva novela: La daga del rey (Novela histórica). La figura de don Álvaro de Luna (1390-1453) marca de manera determinante el devenir de la primera mitad del siglo XV en la corona castellana, y aun del resto de los reinos hispánicos.
La fuerza del personaje, como valido primigenio de Juan II de Castilla, impregnó su tiempo de nuevas formas en la lucha denodada entre el asentimiento autoritario de la monarquía y la brutal oposición de la oligarquía feudal. Un tiempo de transición que despliega, con frenético arrebato, el trepidante enfrentamiento por el poder en la punta de una sociedad en manos de conspiradores. Época primera de tenues luces en el claroscuro de una feroz resistencia, donde la personalidad de don Álvaro de Luna emerge como singular, raro ejemplo de coherencia e innovación en los primeros vagidos del Estado moderno. Este libro traza su peripecia y la subida y bajada del arco de su vida, hasta la serenidad impresionante de su muerte alevosa y su rotunda fama.
Tras la muerte alevosa, magnicidio puro y duro, en los campos de Montiel del rey Pedro I de Castilla y de León, el fautuor del asesinato, su hermanastro Enrique II de Trastámara “el de las Mercedes”, se sentará en el trono de dichos reinos. En esta situación política de nuevo cuño, una sombra ominosa nobiliaria parece ceñirse sobre los reinos de León y de Castilla; y serán los Reyes Católicos, Isabel I y Fernando V, los que ya en el año 1479 se verán obligados a poner orden y concierto en aquel caos sociopolítico, que afecta, de forma lamentable, hasta a la Reconquista.
Ascenso al Poder
Nadal recomienda a aquellos que no conozcan mucho sobre Álvaro de Luna empezar leyendo sobre las partes que narran su ascenso al poder. "Cuando siendo un joven de origen modesto logra convertirse en la persona más influyente de la corte de don Juan II de Castilla. Este momento de su biografía condensa su genialidad política: un hombre que desafía todos los límites de la estructura social medieval, utilizando inteligencia, ambición y una extraordinaria habilidad para construir redes de influencia. Es un relato que funciona casi como una película de ascenso social, donde se puede ver cómo la determinación, la estrategia y la paciencia pueden transformar por completo el destino de una persona en una sociedad tan rígida como la medieval".
Corría el año de 1419, cuando reunidas cortes en Madrid, el 7 de marzo, declararon mayor de edad, y tomó las riendas del gobierno don Juan II, rey de Castilla, entonces menor de catorce años. Durante la minoría del rey, había presentado en la corte el arzobispo de Toledo, don Pedro de Luna, a un joven sobrino suyo, pequeño de cuerpo, pero de apuesta figura, tan galán, expresivo y discreto, que al punto logró fijar la atención de todos. Este joven era don Álvaro de Luna, hijo de un caballero aragonés del mismo nombre, y de una mujer de oscuro nacimiento y de vida poco honesta.
Había quedado huérfano don Álvaro a la edad de seis años, y solo contaba veinte cuando apareció en la corte el año 1408. Aprovechándose el arzobispo del favor que gozaba por su carácter y dignidad, y del partido que su sobrino supo ganarse por sus personales prendas, logró que el rey, niño todavía, le nombrase su paje. Poco tiempo bastó para que don Juan se le aficionase con tan extraordinario cariño, que ya no podía estar sin él y enfermaba si se le privaba de su compañía; fácil es explicar esta preferencia por quien tanto sobresalía entre sus compañeros, y tanto se aventajaba a todos los cortesanos en dotes amables, y en todas las prendas que constituían un perfecto caballero.
Desde entonces se formó aquel lazo estrecho que tuvo unidos al rey y al vasallo todo el curso de su vida; aquella intimidad que de dos seres distintos no formaba más que uno solo; unión tal, que el uno parecía el alma del otro. Y así se vio que cuando esta alma faltó, no pudo sobrevivir el ser débil, que solo por ella alentaba. Los medros de don Álvaro en palacio fueron rápidos, y en breve se pudo vislumbrar tanto su futura grandeza como la envidia y las asechanzas de que hasta su muerte había de estar rodeado. Aun antes de tener ningún título en la corte, tratábase con esplendor y aparato; y mero doncel todavía sacaba ya su hueste de hasta 300 hombres de armas, siguiendo su pendón mancebos de las más ilustres familias del reino.
Mas no tuvo parte alguna en la gobernación del estado durante la larga minoría del rey, ni aun después de haber llegado éste a la mayor edad, hasta que ocurrió el suceso que vamos a referir. Los infantes de Aragón, don Juan y don Enrique, primos del rey, tenían inmensos bienes y dignidades en Castilla; pero como la ambición del hombre nunca está satisfecha, aspiraban a más poder y a ser los árbitros exclusivos del reino. Al principio estaban divididos, y cada uno tenía su parcialidad que llenaba la corte de disturbios, y dio origen a las discordias civiles que por tantos años trabajaron el reino, y que puede decirse no concluyeron del todo hasta el advenimiento al trono de los reyes católicos.
Aprovechándose el infante don Enrique de la ausencia de su primo, don Juan, que había ido a casarse con una princesa de Navarra, se apoderó una noche del alcázar, estando la corte en Tordesillas, penetró hasta el dormitorio del rey, y se lo llevó como prisionero a Talavera o Ávila, pues sobre este punto hallamos divergencia en los autores. Don Juan suscribió a cuanto le plugo a su primo exigirle, y separaron de su lado a todas las personas que le rodeaban, menos don Álvaro que debió esta excepción al cariño que el rey le tenía y a su poca importancia política entonces. Trataron de ganarle con seductoras promesas, mas él permaneció fiel y solo pensó en sacar de tan oprobiosa esclavitud a su soberano.
Consiguiólo al fin, pues, aprovechando una ocasión, en que don Enrique estaba menos vigilante, con pretexto de una cacería, llevó a cabo la fuga del rey, y lo condujo al castillo de Montalbán, donde muy pronto acudió el infante con su gente. Duró el cerco ocho días, en los cuales fue tal el apuro de los sitiados, que una perdiz introducida furtivamente por la lealtad de un aldeano, fue un regalo de inestimable valor para el poderoso rey de Castilla. Por fin la firmeza que en aquella ocasión desplegó el rey, la actividad de don Álvaro, los socorros que por todas partes acudían, y la llegada del infante don Juan, hicieron desistir a don Enrique de su temerario empeño, y libre el rey pudo volver a la gobernación de sus estados.
Uno de los parciales de don Enrique, y el que más le ayudó en su anterior atentado, fue el condestable don Rui López Dávalos, caballero por otra parte de recomendables prendas, honrado y generalmente bien quisto. Larga y enojosa seria la relación de estas fatales revueltas, que menguaron lastimosamente el poder de Castilla, y ajaron el decoro de la corona. Las fuerzas que debían emplearse en destruir el poder musulmán en España, se volvieron contra la misma patria, y rasgando su seno hicieron en ella dolorosas heridas. Solo una vez el honor nacional suspendió la discordia civil, reunió a los próceres del reino alrededor de su monarca, y el rey don Juan se movió con poderoso ejército contra los moros.
Ya antes de esta expedición contra los moros había experimentado la fortuna de don Álvaro un sensible revés, presagio de otros muchos que le esperaban. Unidos los dos infantes que antes estaban separados en opuestos bandos, combinaron sus esfuerzos para derrocar al valido. Ardió la corte en intrigas, y estaban ya las cosas a punto de romper, cuando se acordó dejar la decisión de la contienda a una junta compuesta de cuatro compromisarios por cada una de las dos parcialidades. El fallo de esta junta fue contrario al condestable, pues decidió que hubiese de salir de la corte, y permanecer año y medio desterrado de ella.
Mas esta sentencia, al parecer tan contraria, se convirtió para él en triunfo. Entretanto el monarca, que no podía pasar sin verle, suspiraba por su regreso; las parcialidades de los que aspiraban a sucederle en el mando, promovían diariamente nuevos escándalos, y no bien habían pasado algunos meses, cuando todos aconsejaron a don Juan que le volviese a llamar: no deseaba otra cosa el débil monarca, a quien no habían visto con rostro alegre durante la ausencia de su favorito; y vencedor don Álvaro de todos sus enemigos, por solo el ascendiente de su genio y de su fortuna, ostentó en su primera entrevista con el rey, un aparato y magnificencia de que no había ejemplo.
Estrategias para Mantenerse en el Poder
Según Nadal, Don Álvaro de Luna fue, efectivamente, el verdadero gobernante de Castilla durante el reinado de don Juan II, un monarca sin corona que "ejerció un poder casi absoluto, controlando las decisiones políticas, militares y administrativas. Su influencia era tan profunda que prácticamente dirigía la política castellana, neutralizando a la nobleza y utilizando su cercanía personal con el rey para consolidar su autoridad. No obstante, su poder no era total ni completamente independiente. Dependía del favor real y enfrentaba constantes desafíos de los magnates. Su caída y ejecución en 1453, ordenada por el propio don Juan II, demuestra la naturaleza compleja y frágil de su posición. En suma, aunque no era el monarca formal, De Luna fue el verdadero artífice del gobierno castellano, configurando la política del reino con una autoridad casi sin precedentes.
¿Cómo logró mantenerse en el poder tanto tiempo? "Mediante una combinación magistral de inteligencia política, lealtad personal al rey y una estrategia calculada de eliminación de rivales, tanto castellanos como aragoneses. Su principal fortaleza fue su capacidad para neutralizar a la alta nobleza, utilizando tanto la negociación como la fuerza, y su habilidad para mantener una relación inquebrantable con don Juan II, quien lo consideraba prácticamente un hermano mayor", cuenta el autor.
"De Luna desarrolló una red de alianzas estratégicas, supo maniobrar en los complejos equilibrios de poder de la época, y fue un maestro en el arte de la diplomacia y la intriga política. Su control sobre el ejército como condestable le permitía imponer su voluntad cuando la negociación fallaba, mientras que la confianza del soberano le daba una protección casi permanente frente a sus enemigos. Esta combinación de carisma personal, poder militar y cercanía regia explica su longevidad política en una época especialmente inestable, marcada por las traiciones".
Álvaro de Luna, Condestable de Castilla, el Valido del rey Juan II de Castilla.
Un Personaje Complejo
"Era un personaje complejo, difícil de clasificar hoy en día como héroe o villano. Representaría a un antihéroe ambicioso: inteligente, estratégico y políticamente despiadado, pero no carente de principios. Describiría su personalidad como la de un hombre extremadamente astuto, con una ambición desmedida pero también con un sentido del honor y lealtad hacia el rey que lo distinguía. Era un manipulador experto en las redes de poder, capaz de eliminar rivales con frialdad, pero también de construir alianzas y mantener el reino en una relativa estabilidad. Su carácter combinaría la inteligencia política de un Frank Underwood, protagonista de la serie House of Cards, con la lealtad de un consejero medieval: un estratega que no dudaba en usar la intriga y la fuerza para mantener su posición, pero que creía genuinamente estar sirviendo a un proyecto político más amplio", explica Nadal.
Declive y Ejecución
Pero sus émulos y rivales no podían perdonarle esta victoria; y como su privanza y poderío aumentaban cada día, llegó al más alto grado el encono y la odiosidad, y promoviéronse nuevos desabrimientos que solo tuvieron tregua cuando los infantes, llamados por su hermano el rey de Aragón para acompañarle en sus expediciones a Italia, dejaron respirar a la infeliz Castilla, que alteraban con su ambición insaciable. Volvieron, sin embargo, y volvieron con ellos los bandos y los disturbios, y a pesar de que el infante don Juan era ya rey de Navarra, más atento a dominar en Castilla que a gobernar su reino, ora uniéndose a la corte, ora combatiéndola, fue el foco principal de las revueltas, que se complicaron todavía, tomando en ellas parte el rey de Aragón, que movió guerra al de Castilla, si bien con poca gloria suya, pues en ella llevó la peor parte, a lo que contribuyeron en gran manera el valor y pericia de don Álvaro.
Sin embargo, el privado a pesar de su grande influencia y superior talento, no siempre lograba sostenerse firme contra tan poderosos enemigos; pero estos reveses de fortuna eran vaivenes pasajeros que le procuraban al fin más estabilidad y firmeza en su puesto. Logró por último vencerlos completamente. Las parcialidades y bandos de la corte rompieron, como no podía menos de suceder, en una guerra civil. Los campos de Olmedo vieron combatir por un lado al rey y don Álvaro, y por otro a los príncipes aragoneses. Fuéle a estos la suerte funesta; vencidos y derrotados, tuvieron que huir; don Juan a su reino de Navarra y don Enrique a Aragón, donde murió a consecuencia de una herida que recibió en la mano.
La victoria de Olmedo elevó a don Álvaro a la cumbre del poder, y con ella sus rivales quedaron anonadados. Entre las mercedes que obtuvo fue la más importante el maestrazgo de Santiago, que había resultado vacante por la muerte de don Enrique, añadiéndose esta nueva dignidad con sus cuantiosas rentas a los numerosos títulos y tesoros que ya poseía. Desde entonces su ambición, su codicia y su orgullo no tuvieron coto; y en el desvanecimiento que produjo en él tan desmesurada grandeza, cometió faltas que al fin acarrearon su ruina.
La reina doña María, primera esposa de don Juan, había sido siempre enemiga de don Álvaro. Quiso aquel contraer segundas nupcias, y aun cuando su inclinación era hacia la hija del rey de Francia, logró el favorito casarle a su despecho con doña Isabel, infanta de Portugal, creyendo que una reina, hechura suya, le sostendría en su privanza por agradecimiento. Con efecto, el rey no veía ya en don Álvaro aquel joven seductor, aquel caballero tan brillante por sus sobresalientes prendas, tan superior a todos sus rivales, cual se mostraba en los primeros años. Era ya el condestable viejo, de carácter áspero y altanero, tan exigente con su rey, que hasta quería dirigir las acciones más ocultas de su vida privada, teniéndole, por decirlo así, en prisión perpetua, pues por todas partes y a todas horas se lo encontraba, y donde quiera se veía circundado de sus partidarios.
No se ocultó al maestre la traición de su ingrato criado, ni la trama que se le urdía; mas su honor le impedía huir, y su poder y el mucho amor que el rey le había tenido sostenían su esperanza. Pero se engañó; don Juan estaba ya resuelto a perderle: quiso matarle en Valladolid, en una comida que tuvo en el convento de San Benito; lo intentó también en Cigales en una partida de caza, y en Burgos, a donde fueron en la cuaresma de 1453, se intentó varias veces prenderle o matarle; pero don Álvaro avisado de todo, lo pudo evitar sin romper abiertamente con el rey.
Desconfiado, sin embargo, en vista del giro que tomaban los negocios de la corte, obligó a don Juan por medio de su ascendiente, antes del viaje a Burgos, a que le firmase en Simancas un salvo conducto que le hizo jurar sobre la hostia consagrada para poner a cubierto su persona que ya juzgaba en peligro. Con ánimo también de ver si quitada la causa principal del mal, el rey volvía a su antiguo amor, el Viernes Santo hizo precipitar desde la torre de su casa al ingrato Alonso Pérez de Vivero que murió en el acto, arrojando con él una de las barandillas del terrado que al intento se había dejado desclavada para que la caída pareciese casual. Pero esto no hizo más que aumentar el enojo del rey y el deseo en sus enemigos de acabar cuanto antes con un hombre tan poderoso y temible.
Conociendo don Álvaro el mal estado de sus asuntos, se rodeó de una numerosa guardia y tomó otras disposiciones; entre ellas, la de hacer trasladar a su fortaleza de Portillo dos arcas llenas de oro que tenía guardadas en el convento de San Benito de Valladolid, encomendando su custodia al alcaide de dicha fortaleza, Alfonso González de León y un hijo del mismo, que luego le fueron infieles. El rey, viendo que de todos los lazos que le tendía se escapaba don Álvaro, le llamó, intimándole que saliese de su corte; pero él lo dilató so pretexto que el monarca no quedase solo sin tener quien le aconsejara, y entonces éste se decidió a prenderle a todo trance.
Púsose de acuerdo al efecto con el alcaide del castillo de Burgos, que lo era don Íñigo de Zúñiga, y avisado el conde de Plasencia, hermano de éste para que acudiera con gente de armas, no pudo ir; pero envió a su hijo don Álvaro de Zúñiga, y en la noche del miércoles después pascua, 4 de abril de 1453, fue rodeada la casa de don Pedro de Cartagena, donde el condestable posaba, quien a pesar de tener muy pocos hombres, hizo una tenaz resistencia que duró hasta bastante entrado el día 5. Bien hubiera podido don Álvaro escaparse, y aun salió de su posada por un postigo excusado, y después de haber andado algún trecho, se volvió, pareciéndole vergonzoso huir, lo cual causó su desgraciado fin, porque el rey que se hallaba al frente de alguna gente armada y con su pendón real, viendo que la casa de don Álvaro resistía tanto tiempo, envió a requerirle para que se entregase, y después de varios mensajes y de haberle don Juan dado palabra de que sería respetada su vida y la de los que con él estaban, determinó entregarse.
Antes arregló sus papeles, distribuyó grandes cantidades a sus criados y servidores, comió con mucha tranquilidad, montó a caballo armado de todas armas, y salía de su posada para presentarse al soberano, cuando con engaños lo volvieron a hacer entrar, y al momento fue desarmado y su casa ocupada por el rey, quien no solo retiró su palabra de respetarle la vida, sino que dio por nulo el seguro que le había expedido en Simancas.
Preso el condestable, don Juan partió a ocupar sus tierras, se dirigió a Portillo en busca del tesoro que le fue entregado, aunque ya muy disminuido; siguió a Maqueda y demás posesiones hasta llegar a Escalona, en que la esposa, hijo y parciales de don Álvaro le resistieron con valor. Veinte días hacía ya que el rey tenía cercada la villa, y viendo lo difícil y costoso que sería tomarla y la mucha necesidad que padecían sus soldados, porque el año era muy escaso de pan, reunió consejo de sus caballeros, y todos unánimes opinaron que se le diese muerte al condestable. El arzobispo de Toledo fue el único que por razón de su estado no quiso votar.
Confirmada la sentencia por el rey, se dio el encargo de notificarla y hacerla ejecutar a Diego López de Estúñiga, el cual salió al momento para Portillo, donde se hallaba preso don Álvaro. Al llegar allí le dijo, que el rey le mandaba conducirlo a Valladolid; pero en el camino le reveló su fatal destino el P. Fr. Alfonso Espina, con quien se confesó el condestable, y pasó toda la noche arreglando sus asuntos y preparando su alma.
He aquí como refiere la crónica sus últimos momentos. «Y a otro día muy en amanecido, oyó misa muy devotamente y recibió el cuerpo de nuestro Señor, y demandó que le diesen alguna cosa con que bebiese, y trajéronle un plato de guindas, de las cuales comió muy pocas, y bebió una taza de vino puro. Y en la plaza y en las ventanas había infinitas gentes que habían venido de todos los lugares de «aquella comarca a ver aquel acto, los cuales desque vieron al maestre así andar paseando comenzaron de hacer muy gran llanto»; y todavía los frailes estaban juntos «con él, diciéndole, que no se acordase de su gran estado y señorío y muriese como buen cristiano». Él les respondió que así lo hacía, y que fuesen ciertos que en la fe «parecía a los santos mártires». Y hablando en estas cosas alzó los ojos y vido a Barrasa, caballerizo del príncipe, y llamóle y díjole: Ven acá, Barrasa, tú estás aquí mirando la muerte que me dan; yo te ruego que digas al príncipe mi señor, que dé mejor galardón a sus criados, que el rey mi señor me mandó dar a mí. E ya el verdugo sacaba un cordel para at...
Legado
Después de su muerte se intentó borrar su legado, pese a su inconmensurable contribución a la historia de Castilla. "Fortaleció el poder real frente a la alta aristocracia, sentando las bases del Estado moderno en Castilla. Logró debilitar el poder de los grandes señores y centralizar la autoridad en la corona, un proceso fundamental para la posterior unificación de España. Su capacidad para construir un modelo de gobierno más centralizado y profesional fue revolucionaria para su época, adelantándose décadas a la estructura política que vendría después", señala Nadal.
"Su legado va más allá de su figura personal: representó un punto de inflexión en la transición desde un sistema medieval fragmentado hacia un modelo de Estado más cohesionado. Aunque su final fue trágico y se intentó borrar su memoria, De Luna fue un arquitecto político crucial que transformó las estructuras de poder de Castilla, preparando el terreno para la monarquía moderna que surgiría décadas después con los Reyes Católicos".
