El villancico "Alegría que ha nacido Dios" es una expresión sublime de la Navidad, que encapsula la esencia del amor divino y la encarnación. Este canto, profundamente arraigado en la tradición cristiana, nos invita a reflexionar sobre el significado del nacimiento de Jesús y su impacto en la humanidad.
El Villancico del Dios que Llora
Este villancico es quizá el más hermoso y profundo de los cantos al Dios recién nacido. Es el villancico del Dios que ha querido aprender a llorar, para saber así lo que es ser hombre, para saber de verdad lo que es ser Dios.
- Éste es el Dios que llora, para compartir la suerte de los hombres que lloran, pero no para quedarse en eso, sino para que ellos puedan reír y gozar.
- Es el villancico del Dios en el pesebre vacío de la historia, un pesebre de animales, en forma de cuna/sepulcro (como sabe la tradición oriental).
- Llora donde unos hombres hacen llorar a otros hombres...
Este villancico forma la conclusión del Romance de la Trinidad y de la Encarnación, un gran poema en el que San Juan de la Cruz (SJC) canta la historia de amor de Dios en sí, de Dios con los hombres.
El Romance de la Trinidad y la Encarnación
Con su estilo habitual, SJC expone en este Romance (RomTrin) el amor de Dios como matrimonio (es decir, como intimidad de amor) de sí mismo y de los hombres. Es como un canto de ciego en la noche que ilumina la vida de la humanidad, en la que Dios mismo llora y gime entre animales.
Este romance consta de nueve canciones, la última es la del Nacimiento, que hoy quiero presentar y recordar. Viene al final de un largo recorrido, que empieza en Dios como principio de amor, sigue con la creación y la historia de los hombres, para desembocar en el nacimiento del mismo Hijo de Dios, entendido como matrimonio eterno de Dios con los hombres.
Dice así (versos 289-310):
Ya que era llegado el tiempo /en que de nacer había,
así como desposado / de su tálamo salía
abrazado con su esposa,/ que en sus brazos la traía,
al cual la graciosa Madre / en un pesebre ponía,
entre unos animales / que a la sazón allí había.
Los hombres decían cantares, / los ángeles melodía,
festejando el desposorio / que entre tales dos había.
Pero Dios en el pesebre / allí lloraba y gemía,
que eran joyas que la esposa / al desposorio traía.
Y la Madre estaba en pasmo / de que tal trueque veía:
el llanto del hombre en Dios, /y en el hombre la alegría,
lo cual del uno y del otro / tan ajeno ser solía
Los Personajes Centrales
Éste es el tema, éstos son algunos de sus rasgos:
- El Esposo es Jesús, que nace desposándose con la humanidad, es decir, haciéndose humanidad sufriente, en amor a todos.
- La Madre es evidentemente María, que le acoge en pasmo, en experiencia mística suprema. Vivir es nacer en Dios, nacer Dios con los hombres...
- Jesús nace entre animales, rechazado por la Gran Humanidad de los poderoso... Ésta es la ecología suprema, la encarnación de Dios en todos los seres...
- Éste es el "trueque" de Dios...que allí lloraba y gemía, este es el gran "comercio", que consiste en ponerse en el lugar del otro, Dios en el hombre, el hombre en Dios.
Sería bueno comentar todo el Romance, sus 310 versos, quizá la obra de teología más excelsa de los nuevos tiempos. Yo me limito aquí a presentar los romances finales de la encarnación, con los últimos versos que acabo de citar, presentando la Encarnación y el Nacimiento como una historia de amor.
Encarnación, una Historia de Amor
Ésta es la última parte Romance, y se divide en dos partes. En la primera trata del abajamiento de Dios (es decir, de su kénosis profunda, para comunicarse de esa forma con los hombres) y en la segunda de su "matrimonio" con ellos. La Trinidad de Dios se expande y expresa de esta forma en la historia de la humanidad a través de la encarnación del Hijo Jesucristo.
La lógica de fondo es la misma que hemos venido evocando en las partes anteriores: El amor como entrega de sí, para que surja el otro (estableciendo así con él la comunión). Pero esa lógica, que es siempre la misma, se expresa ahora un modo distinto, en otro plano: Dios como Trinidad sale de sí y se realiza plenamente, como ser divino, en la historia de los hombres.
Audiencia General: El Papa explica el significado del pesebre de Navidad
Abajamiento de Dios
Hemos hablado hasta aquí de la bajeza de la esposa humanidad, viniendo a inter¬pretarla no como pecado, sino como signo de su mayor perfección, de esperanza más honda y de su abandono más perfecto en brazos del esposo. Conforme a una visión también paulina (Gal 3-4), distinta de la que aparece en el texto del pecado "original" de Adán, los hombres fueron al principio como niños, pero Dios los fue "educando" poco a poco con su Ley (el yugo de Moisés, RTrin 225-226), para que así fueran madurando hasta el tiempo del "rescate" de la esposa (RTrin 223), un rescate que se expresa y define no como sacrificio para satisfacer a Dios por algún pecado, sino como expresión de amor intenso, de plena encarnación.
Jesús no viene para rescatar a la esposa de algún tipo de pecado y la condena, como en las teologías del pecado original y de la muerte redentora de Jesús, sino para cumplir su esperanza, según la promesa de Dios, como él mismo se lo comunica al Hijo:
Ya ves, Hijo, que a tu esposa / a tu imagen hecho había,
y en lo que a ti se parece / contigo bien convenía;
pero difiere en la carne, / que en su simple ser no había.
En los amores perfectos / esta ley se requería,
que se haga semejante / el amante a quien quería
(RTrin 229-238).
Estos versos nos sitúan ante el tema radical cristiano, que ahora interpretamos como "abajamiento", es decir, como "encarnación" de Dios. El hombre es imagen de Dios y por eso está empeñado en encontrarle, para vincularse a él en plenitud. Pero la imagen debe hacerse semejanza, es decir, identidad natural para que ambos puedan mirarse y darse vida, cara a cara, en pleno matrimonio, y para eso es necesario que Dios "baja", se haga carne. De esa forma, Dios mismo se introduce en nuestro mundo, asumiendo nuestra bajeza, nuestra nada. Sólo así la nada (ser del hombre) puede convertirse en todo: ser abierto plenamente a lo divino, porque Dios mismo se ha hecho carne, se ha hecho nada.
Recordemos que el misterio (Dios, creación...) tiene en Juan de la Cruz una forma esponsal. Había creado Dios una esposa para el Hijo; pero el Hijo no aca¬baba de tomarla: no ha venido a su vera, no se ha hecho asemejado a ella. Pues bien, ahora ha llegado el tiempo: el Hijo asume la voluntad del Padre y se encarna por María ("de cuyo consentimiento / el misterio se hacia",RTrin 271-272). Así viene a contarse:
Ya que era llegado el tiempo /en que de nacer había,
así como desposado, / de su tálamo salía,
abrazado con su esposa, /que en sus brazos la traía
(RTrin 287-291).
El Hijo de Dios sale del tálamo nupcial, del secreto de Dios, que se realiza en el seno de María. Sale como esposo eterno e infinito, abrazado ya a su esposa tan pequeña, reflejada y condensada en la propia humanidad de Cristo. Esta es la escena triunfal que el romance había preparado largamente en su relato: el Hijo de Dios tomaría en sus brazos a la esposa humani¬dad, para abrazarla y elevarla con él hacia la altura de los cielos, para introducirla ya en su propio misterio trinitario. Así lo prometían varios tex¬tos primordiales:
Reclinarla he yo en mi brazo, /y en tu amor se abrasaría (RTrin 95-96).
A la cual (esposa) él tomaría / en sus brazos tiernamente
y allí su amor la daría; / que así juntos en uno
al Padre la llevaría (RTrin 174-158).
Desposorio de Dios, Navidad
El Hijo de Dios se ha introducido en la "bajeza" del mundo, naciendo de esa forma en este mismo "lago" (RTrin 265) donde estaban los hombres oprimidos, en situación de impotencia, de fatigas y trabajos (RTrin 261-262). Sólo de ese modo, encarnándose en la carne de María y haciéndose en verdad "hijo de el hombre" (RTrin 279-286), el Hijo de Dios hace suya la humanidad, tomándola en brazos, acariciándola en ternura y elevándola a su gloria.
Ciertamente, en un sentido, el hombre parece "cautivo", en poder de "poderes adversos". Pero, en sentido estricto, su cautiverio no es más que ausencia de Dios. Llamado al amor (al matrimonio pleno con Dios) el hombre vive todavía en situación de "niñez" de desamparo. Pues bien, la forma de "salvarla" no es que ella se eleve y ascienda (como suponía el mito platónica y la teología general de la contemplación mística), sino que el mismo Dios descienda, pues el matrimonio no se cumple y se celebra en el cielo superior, sino en la misma tierra.
El punto de partida del misterio de las bodas no es que el hombre ascienda, para encontrar así al Señor más alto de los cielos (como en el mito de Platón), sino que el mismo Hijo de Dios descienda y tome carne, de manera que Dios y el hombre se vinculen en la misma tierra. En ese aspecto, la esposa verdadera del Hijo de Dios es por lo menos (prescindiendo ahora de los ángeles) la misma realidad. Es aquí donde se expresa la más honda paradoja:
‒ En un nivel, el Hijo de Dios actúa como esposo soberano: sale del tálamo (espacio generarte y signo de unión) llevando en brazos a su esposa, para conducirla de nuevo hacia Dios Padre. Es un buen esposo-amigo que, en fuerte ternura, rescata v eleva a su esposa a fin de abrazarse por siempre con ella.
‒ Pero ese mismo esposo, introducido en la bajeza de su esposa, viene a pre¬sentarse, al mismo tiempo, como pobre y necesitado, envuelto en llanto. Cantan los hombres cantares, entonan melodía los ángeles que tocan en el inundo la música del cielo, «pero Dios en el pesebre / allí lloraba y gemía; / que eran joyas que la esposa / al desposorio traía" (RTrin 301-304).
Significativamente, este relato de fe que es el romance, habiendo partido de Jn 1,1 ("En el principio....RTrin 1), ha culminado ofreciendo el mensaje de Lc 1-2, con textos de la anunciación y nacimiento. La encarnación se cumple ya en Belén como fiesta paradójica de bodas, como trueque misterioso en el que vemos "el llanto del hombre en Dios" (Cristo que llora en el pesebre)- y en el hombre la alegría" de los cielos (el cantar de los pastores).
Este es el pasmo de la encarnación, el centro de la fe cristiana. Como testigo de ese pasmo, como ejemplo y modelo para todos los creyentes, ha situado aquí SJC a la Virgen María. Ella es la Virgen del consentimiento (una doncella que se llamaba María, de cuyo consentimiento el misterio se hacía, RTrin 271), porque deja que Dios mismo se humanice dentro de ella: María es la Madre de la contemplación pasmosa, porque descubre y venera la grandeza de Dios en el llanto y pequeñez del Cristo que ha nacido. Esto significa que el Esposo, el Hijo de Dios y salvador, no viene para imponerse desde arriba, en gesto de grandeza, sino como aquel que necesita ser amado, recibido, poniéndose en manos de los hombres.
Ésta es la historia de aquel que viene como "erómenos" (el que ha de ser amado), pero no como el Primer Motor de Aristóteles, impasible en su grandeza, superior a todos, sino como sufiente, pequeño, dentro de la historia de los hombres. Pues bien, al llegar aquí, cuando parece que debía empezar todo relato de la vida de Jesús y de su pascua, se concluye el gran romance, acaba ya la con¬fesión de fe, con un finis (fin) que no deja lugar a discusión alguna.
La palabra de fe ya no puede decir más. El resto del misterio pertenece a la experiencia y camino personal de los creyentes, que deben situarse con María (como ella) ante el enigma de la encarnación. De esa forma, el relato deja paso al compromiso personal; cesa la narración externa, comienza va la historia de cada uno de los fieles que asumen y completan (ratifican y realizan) en su propia vida el gran camino de la encarnación de Dios en Cristo.
No es que SJC ignore o quiera silenciar los "últimos misterios", relativos a la pascua de Jesús. Claramente los hallamos prometi-dos y esperados dentro del poema. El Hijo de Dios se ha encarnado para revelar la '-gran potencia, justicia y sabiduría" del Padre:
Irélo a decir al mundo / y noticia le daríade tu belleza y dulzura / y de tu soberanía (RTrin 225-258).
Esta indicación es sorprendente y nos coloca en el centro del mensaje histórico de Jesús que SJC ha interpretado como "mensaje sobre el Padre" (cf.RTrin 90-94). El evangelio se presenta en su verdad como la más profunda teología. Jesús ha revelado la verdad del Padre, en la línea que después desarrollará de forma inigualada 2 Sub 22; de tal manera actúa Dios en Cristo que ha quedado "como mudo y no tiene mas que hablar... porque ya lo ha hablado en él todo" (2 Sub 22,4). Tenemos en Jesús la noticia más perfecta (ya absoluta) de Dios Padre.
Pues bien, dando un paso más y siguiendo la doctrina de la iglesia, SJC identifica ese mensaje de Jesús con el gesto de su Pascua. Por eso continúa de esta forma:
Iré a buscar a mi esposa, / y sobre mí tomaríasus fatigas y trabajos /en que tanto padecía,y por que ella vida tenga /yo por ella moriría (RTrin 259-264).
La encarnación se expande hasta abarcar en sí la pascua: tomar en sus brazos a la esposa significa tomar sobre sí sus trabajos, muriendo por ella y con ella. Para desposarse de verdad, el Hijo de Dios ha de asumir la muerte y sufrimientos de su esposa, es decir, del conjunto de la humanidad.
La Navidad es el tiempo en el que la Iglesia celebra que Dios se hace hombre. Los cristianos celebramos su humilde nacimiento en Belén, anunciado a los pastores. Nace un niño que se presenta como signo de luz y paz en medio de la oscuridad de la violencia y de la guerra. Este niño nacido pobre en Belén traerá la paz. Jesús es nuestra paz y la fuente de nuestra alegría. Él es nuestra esperanza, como dice el Evangelio. En Navidad Dios nace en la humildad.
Después del nacimiento de Jesús no hay motivos ni para la tristeza ni para la desesperanza o el desaliento; sólo hay motivos para estar alegres, para mirar el presente y el futuro con una inmensa esperanza. La razón que nada ni nadie puede arrebatarnos -los hechos son los hechos-, es que en este acontecimiento que ahora celebramos encontramos el gran ‘sí’ que Dios dice al hombre y a su vida, a nuestra libertad y a nuestra inteligencia; Dios tiene rostro humano y trae la alegría al mundo.
El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado. Ante él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el futuro del mundo quedan iluminados por este acontecimiento. Este nacimiento, único en toda la historia, supera todas las expectativas de la humanidad y así será para siempre. Constituye el único medio por el cual el mundo puede descubrir la alta vocación a la que está llamado. Aquí está el centro de la historia. Todo converge ahí. Ahí está la gran esperanza.
En Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios mismo, Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, se hizo hombre por nosotros: éste es el gran y decisivo mensaje que cada año se difunde desde el silencioso portal de Belén hasta los rincones más lejanos de la tierra. Ahí está toda la esperanza y en todo para el hombre.
La Navidad es fiesta de luz y de paz, es día de asombro y de alegría interior que se expande al universo entero, porque “Dios se ha hecho hombre”. “Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso para que podamos amarlo. Dios es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, se nos comunique y continúe actuando a través de nosotros… Dios se ha hecho uno de nosotros para que podamos estar con Él, para que podamos llegar a ser semejantes a Él. Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: Él es así. En la fragilidad, debilidad, pequeñez de este Niño que nace en la más extrema de las pobrezas, Dios nos lo ha dicho todo acerca de Él, y sobre nosotros. En esto hemos conocido el amor: en que Dios nos dado a su Hijo Unigénito, venido en carne. Ha sido un verdadero derroche de amor el que el Hijo de Dios se haga carne de nuestra carne, nazca en condiciones dignas del último de los pobres.
Ahí está el infinito amor de Dios a los hombres: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito”, y de tal manera se unió íntimamente a nuestra humanidad, que quiso compartirla hasta hacerse hombre entre los hombres, uno de nosotros. En este misterio, el creyente, siente la cercanía de Dios en Jesús.
Detrás del ajetreo de estas fiestas, se encuentra la verdad silenciosa de que Dios se ha acercado de una vez para siempre al hombre y se ha comprometido irrevocablemente con él. Con ello no queremos decir que en Navidad se nos recorta la lejanía inconmensurable de Dios. Dios no deja de serlo y de habitar su luz inaccesible, pero no quiere serlo sin el hombre, sin participar en su desamparo. En la Navidad, Dios se ha unido, de uno u otro modo, con todos y cada uno de los hombres, se den o no se den cuenta de ello, lo acepten o no lo acepten. Dios se lo juega todo, por decirlo así, en el hombre. El destino de todos los hombres y de cada uno de ellos le importa supremamente a Dios mismo, desde que se ha hecho uno de nosotros y ha entrado en la historia.
Más allá de nuestras atenciones o desatenciones, nos aguarda en el silencio el Dios apasionado hasta el extremo por el hombre. A lo largo de la historia, Dios y el hombre se le han presentado a la conciencia desgarrada como rivales y en pugna. La antigüedad pagana llegó a creer que los dioses envidiaban a los hombres felices. La fe en Dios, como “Dios con nosotros” en Jesús, vence esta conciencia desgarrada y la reconcilia en sí misma.
En la Navidad podemos abrirnos, sin reservas ni sospechas a la acogida irrevocablemente decidida del amor de Dios por los hombres. Dios ha querido tener un destino en los hombres y con los hombres. No ha querido ser Dios sin los hombres. Detrás de la exterioridad de las fiestas navideñas, se esconde la verdad silenciosa de que Dios se ha acercado al hombre y se ha comprometido sin vuelta atrás, irrevocablemente, con él; Dios sale al encuentro del hombre y se hace hombre. ¡Esta es la verdad, aquí está la gran esperanza para todo hombre que viene a este mundo! ¡Esa es la gran Luz que alumbra a todo hombre, la luz que el mundo necesita para superar toda división y enfrentamiento, toda violencia, toda guerra, todo odio, que sume al mundo en la oscuridad!
Del portal de Belén nace una inmensa Luz, la luz que, en definitiva, necesita el mundo para encontrar y vivir la paz, cuya raíz se encuentra en el amor. En el establo de Belén aparece la gran luz que el mundo necesita y espera, porque, a pesar de todo lo que pueda parecer en contrario, espera la paz, ansía la unidad, anhela vivir en el amor que engrandece, alegra, llena de gozo y felicidad.
“En aquel Niño acostado en el pesebre, Dios muestra su gloria «su Luz»: la gloria del amor, que se da a sí mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor. La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado a hombres y mujeres a lo largo de los siglos, «los ha envuelto en su luz». Donde ha brotado la fe en aquel Niño, ha florecido también la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y a los que sufren, la gracia del perdón, «la unidad y la paz entre los hombres». Desde Belén, una estela de luz, de amor y de verdad impregna los siglos. Si nos fijamos en los santos…, vemos esa corriente de bondad, este camino de luz que se inflama siempre de nuevo en el misterio de Belén, en el Dios que se ha hecho Niño. Contra la violencia de este mundo Dios opone, en ese Niño, su bondad y nos llama a seguir al Niño” (Benedicto XVI), a acoger la Luz que es Él, que está en Él, que viene de Él.
En el prólogo del Evangelio de san Juan que se lee mañana se nos dice que esta Luz que es Jesús, el Niño Dios, vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Que no sea así entre nosotros. Acojamos esta Luz, acojamos a Jesucristo, acojamos su Palabra, sigamos al Niño, a Jesús. Deseo para todos, y así lo pido a Dios, que en esta Navidad nos abramos a Él y acojamos al que viene en su nombre; y que así podamos seguir su camino en toda la tierra que es el camino del hombre, el que conduce a la paz. Deseo que todos tengan el don y la dicha -la gracia- de conocer a Jesucristo, acogerle en la vida como criterio de la inteligencia y del corazón, como fuente y meta de la vida, de la razón, de la libertad, de la convivencia y del amor. Es el bien más grande y más gratificante, y dichoso que puedo pedir y desear, estos días y siempre, para la vida del hombre y de la sociedad.
Causa estremecimiento el contemplar la Encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios que se hace hombre por los hombres; provoca asombro maravillado el mirar a ese Niño y descubrir en El a Dios-con-nosotros, Dios con los hombres y para los hombres. Ahí se nos desvela la grandeza del hombre que de esta manera es amado. Ahí el hombre vuelve a encontrar la dignidad y el valor propio de su humanidad. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos de Dios, el Creador, si le ha dado a su Hijo para que tenga vida, vida plena y eterna, y sienta el estupor de ser hombre así querido y engrandecido!
Como dice un bello texto de San Efrén: “Todo el motivo por el que el Hijo ha descendido de aquella Altura a la que el hombre no alcanza, es para que pudieran llegar a Él los pequeños publicanos como Zaqueo. Esta es la clave de la Encarnación de Dios y del nacimiento del Hijo de Dios venido en carne: su condescendencia extrema con el hombre perdido y desgraciado; y el origen de condescendencia tan extraña es el amor de Dios al hombre. Nadie puede abarcar la grandeza del Señor; y a pesar de ella, Dios se ha apasionado por el hombre, una criatura tan fugaz, tan poca cosa, tan injusta y desgraciada y, a veces, tan mezquina. A partir del acontecimiento real e histórico que cada año celebramos en la Navidad experimentamos y palpamos ese estupor admirado de ser hombre. “Ese estupor profundo respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Ese estupor justifica también la misión de la Iglesia en el mundo, incluso, y quizá aún más, en el mundo contemporáneo. Ojalá que esto sea conocido por todos los hombres y que todos los hombres vivan desde ahí para llevar a cabo el surgimiento de una humanidad verdaderamente nueva y esperanzada, capaz de comunicar ese amor con que es amada. Ojalá que en cuanto somos, hacemos y decimos, anunciemos y demos fe de esta esperanza gozosa y mostremos así que Dios es afirmado afirmando al hombre y que el hombre nunca puede ser afirmado y reconocido plenamente al margen o en contra de Dios. Este es el camino de la vida verdaderamente digna del hombre. Ahí está el verdadero humanismo. Y todo esto gracias a la Santísima Virgen María, que dijo que sí y obedeció a la Palabra de Dios, como fiel esclava del Señor.
Antes de llegar a Belén, antes de participar en el gozo de la Noche Santa de Navidad, en la que todo queda inundado por la claridad del amor de Dios en el Niño, parémonos y contemplemos a Santa María, la doncella de la que habla Isaías, la esposa de José, la Madre de Jesús. María en la Encarnación; María acogida como esposa de José y con él pidiendo posada en la expectación de su parto virginal; María junto al pesebre, María Madre, llevando en sus brazos y acariciando al Hijo divino de sus entrañas. Ella es la fuente, Ella es la puerta del cielo que se abre a la tierra, Ella es la vivificadora y fecunda asociada de la redención.
La Navidad es el tiempo en el que la Iglesia celebra que Dios se hace hombre. Los cristianos celebramos su humilde nacimiento en Belén, anunciado a los pastores. Nace un niño que se presenta como signo de luz y paz en medio de la oscuridad de la violencia y de la guerra. Este niño nacido pobre en Belén traerá la paz. Jesús es nuestra paz y la fuente de nuestra alegría. Él es nuestra esperanza, como dice el Evangelio. En Navidad Dios nace en la humildad.
